Cicatrices en el cuello

Las huellas que los padres dejan en los hijos a veces son tan fuertes que dan lugar a los relatos. María Pía Chiesino se encarga de recuperar para Libro de arena un texto que es eco de esa marca que impresiona a la mente sensible de un narrador. Todo ocurre en el recuerdo del padre, tal como se cuenta en Crónicas de Motel, de Sam Shepard, nacido un 5 de noviembre en Illinois, Estados Unidos y considerado uno de los más importantes dramaturgos contemporáneos. Allí las cicatrices y los lugares son marca de identidad.




Mi Papá tiene una colección de discos metida en cajas de cartón que guarda alineadas junto a la pared de su dormitorio, coleccionando polvo de Nuevo México. Su mayor trofeo es un Al Jonson 78 original con la tapa sellada, pero hasta la cinta adhesiva está rota. La última vez que lo vi trató de sobornarme para que volviera con ese disco a Los Ángeles y lo vendiera por un buen fajo de billetes. Está convencido de que vale como mínimo mil dólares. Quizá más, según como esté el mercado. Dice que últimamente ha perdido el contacto con el mercado.
Mi Papá tiene una foto de una señorita española completamente cubierta de nata batida. La tiene clavada con una tachuela encima del fregadero de la cocina. Es cierto. Me llevó con él hasta la foto y los dos nos quedamos mirándola un rato.
-Se supone que por debajo de la nata está desnuda, pero apostaría cualquier cosa a que lleva algo-dijo.
Me hizo repasar todas sus paredes. Todas sus paredes están cubiertas de imágenes. Recortes de revista que van de pared a pared. Cada uno ofrece un punto de vista diferente. Es como asomarse a diferentes ventanas que dan a intrincados paisajes. Estuve mirando esas imágenes. Una cascada con rocas auténticas pegadas con cola en el primer plano. Unas rocas de otra foto que encajaban con esa cascada. Un perro blanco con un pez verde en la boca. Cactus Saguaro en un ocaso, arrancados de un número de mil novecientos cincuenta y cuatro de Arizone Highways. Un Orangután anaranjado que se toca las partes. Una patrulla de bombarderos B 52 volando en formación. Un collage de caras salpicadas con grasa de tocino.
Mi Papá tiene metida en una caja de té una colección de colillas de cigarrillos. Le compré un cartón de Old Gold pero no quiso ni tocarlos. Insistió en retorcer las colillas hasta sacarles todo el tabaco y luego armaba cigarrillos encima de una bolsa de papel para no perder ni una hebra. Lanzó una mirada burlona a mi cartón, a sus cigarrillos pulcros y armados a máquina.
Se gastó en Bourbon todo lo que le di para comida. Llenó la heladera de botellas. Se hizo cortar el pelo al cepillo, como un piloto de caza de la Segunda Guerra Mundial. Sonreía satisfecho cada vez que se pasaba la mano pos los tiesos pelos. Dijo que se los cortaban así para que les encajasen bien los cascos. Me enseño las cicatrices de metralla que aún se le notan en la base del cuello.
Mi Papá vive solo en el desierto. Dice que no se lleva bien con la gente.
 
4/79
Santa Fe, New Mexico


 
Por María Pía Chiesino  


Este hermoso texto de Shepard está en su libro Crónicas de Motel. Es un libro en el que hay poemas, fragmentos de narrativa breve que hablan de temas cotidianos o no tanto. Y está este sobre su padre acompañado por una foto de los dos. Cada vez que lo leo, me maravilla la genialidad de Shepard, para ir revelándonos de la poco, quién es su padre y  cómo vive y por qué.
Es una persona a la que hay que ayudar económicamente, es alguien que colecciona objetos del pasado (discos o cigarrillos usados), y que cubre las paredes de su casa con fotos más o menos extrañas.
Ante la ayuda, responde con la burla: no fuma lo que su hijo le regala, y sigue retorciendo lo que atesora. Cuando le dan dinero para comprar comida, lo gasta en llenar la heladera con alcohol.
Hasta ahí, el lector piensa en alguien difícil de tratar y de tolerar para un hijo. Pero el remate del texto cambia por completo cualquier prevención que pudiera tenerse hacia este hombre que  tiene cicatrices de la Segunda Guerra en el cuello.
No interesa hacer un diagnóstico de si es un personaje más o menos loco, más o menos perturbado. El padre de Shepard tuvo que pelear en la guerra y sobrevivió.
No importa que sea maniático, que guarde discos que no escucha y que cada tanto quiere vender. No importa que no quiera dejarse ayudar, que beba o que deje de hacerlo.
Lo que importa es esa decisión de vivir en el desierto, ese mal llevarse con la “gente”, como dice el texto. 
No es para menos. Pasó por una guerra. Y eso alcanza y sobra para no querer llevarse bien, no sólo con los vecinos (que elige no tener), sino con la condición humana. Alcanza y sobra para que un desierto sea para él, su lugar en el mundo.  




 Fragmento de:  Crónicas de motel


 Samuel Shepard


 Madrid, Anagrama, 1985

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