Como tela de araña

Las metáforas naturales, las explicaciones del universo humano que apelan a la naturaleza para aparecer, son recursos poéticos clásicos. En ocasiones ocupan el centro de una construcción retórica, como en el poema de Emily Dickinson que se presenta a continuación. En el natalicio de esta escritora estadounidense, nacida en 1830, Libro de arena publica un poema elegido y comentado por María Pía Chiesino.




La araña sostiene su pelota de plata
en desapercibidas manos
y danzando suavemente sobre sí misma
su hilado de perlas desovilla 
aplica nudo tras nudo
su insubstancial labor
suplanta nuestro tapiz con el suyo
en la mitad del tiempo
una hora en cultivar
sus continentes de luz
luego penden de la escoba del ama de casa
sus confines olvidados




Por María Pía Chiesino

En una carta a su amiga Abiah Root, enviada en mayo de 1850, Emily Dickinson (de regreso a su casa y con su madre enferma), le dice: “Que Dios me guarde de lo que llaman quehaceres domésticos…”
Cuando leo este poema en el que se refiere a la araña que teje su tela, siempre recuerdo la frase de esa carta, y siento inmediatamente, de qué manera el “yo lírico” valora el trabajo que realiza la araña. Está en su naturaleza. Gracias a su tela, come y sobrevive. No pasa como con el tejido que las mujeres realizaban por obligación.
La araña es más rápida, su tejido se equipara a una danza, sus manos son “desapercibidas”, realizan rápidamente lo que deben, y sin prestar aparentemente la menor  atención.
Cuando se refiere al tejido humano no remite a un abrigo o a algo que tenga una utilidad práctica, sino que menciona un elemento decorativo como un tapiz.
Para la araña el tejido es una danza. Para Emily era una pérdida de tiempo en una actividad que le desagradaba.
La metáfora de las perlas relaciona, además, la tela con la belleza. Algo que no tendría mayor relación con un insecto.
Todo el poema muestra un momento de contemplación y valoración de la naturaleza, condensado en algo tan frágil y diminuto como una tela de araña, que, hacia el final sucumbe a la escoba de un ama de casa. Algo tan frágil como la propia Emily, que temía a la muerte, que no tenía la religiosidad de su familia, y que se dedicó a buscar en la naturaleza (y en la muerte de árboles, flores, animales) los elementos que le permitieran tratar de comprender a llegar aceptar la inevitabilidad de su propia muerte.

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