martes, 9 de diciembre de 2014

El desafío de pensar como el autor

Algunos libros son verdaderos laberintos de tramas, de nombres, de personajes; entretejidos abigarrados que logran ejercer una fascinación tal que lleva a minuciosos recorridos y anotaciones por parte de los fanáticos lectores. Libro de arena publica una impresión de lectura de La dama del lago, de Raymond Chandler.


Por Eugenia Galiñanes*


Amo el género policial. En cualquiera de sus versiones y formatos: cine, televisión, literatura. Puedo ver cualquier serie de TV donde haya un asesinato por resolver y devorarme cualquier novela policial (clásica, negra, multicolor, lo mismo da). No sé bien qué es: si el suspenso y la intriga, si el magnetismo del costado oscuro del alma humana o simplemente el enigma, el rompecabezas que hace falta armar para dar con la respuesta. Es una especie de desafío: ir a la par del investigador de turno, juntando las piezas, vinculando los hechos, atando cabos. Si hablamos de literatura, se trata además de una disputa intelectual con el autor.  No sólo es cuestión de ir a la par del relato, sino que hay algo de pensar como el que escribió la obra, para adelantarse a su pensamiento e imaginar por dónde van la trama y los personajes. Para resolver un misterio en una novela policial no hay que pensar como el asesino: hay que pensar como el autor.
De todos modos es cierto que con esa estrategia hay algo que se pierde. Algo del orden de la sorpresa. Pero los que tenemos egos grandes no podemos resistirnos a la tentación, es más fuerte que nosotros. Así que, en el afán de resolver misterios, el último verano me crucé con Raymond Chandler y me dije: “¿Cómo pude haber pasado tanto tiempo sin leerlo?” No hay modo, con Chandler no hay modo. Anoté los nombres de todos los personajes, anoté fechas y lugares, tejí y destejí hipótesis. Pero no, siempre se guarda un as bajo la manga, siempre tiene un dato más que se nos escapa. Y por eso es maravilloso.
Fiel exponente del policial negro, La dama en el lago relata la búsqueda, por parte de un detective privado (el celebérrimo Phillip Marlowe, creación que será protagonista de todos los relatos largos de Chandler), de la esposa de un empresario de la ciudad de Los Ángeles. Y están todos los condimentos: mujeres misteriosas, policías corruptos, crímenes del pasado y mucho whisky. El relato comienza con una descripción detallada, lenta pausada y los hechos se van concatenando como si nada sucediera hasta que, de pronto,  todo es un embrollo, nada es lo que parece ni nadie es lo que parece. La trama se va complicando capítulo a capítulo, a medida que los cuerpos se amontonan y salen a la superficie los vínculos entre los personajes. Sin embargo, la prosa de Chandler no sólo hace llevadera la lectura sino que la torna casi adictiva. Necesitamos llegar al final porque será recién en las últimas páginas en que podremos poner blanco sobre negro y descubrir “la verdad” (como si de algún modo esa verdad viniera a arrojar algo de luz sobre la realidad opaca y turbia de una sociedad corrompida).
Todavía tengo la esperanza de ganarle al bueno de Raymond, por suerte aún me quedan siete novelas en las que seguirle los pasos al duro detective Marlowe.


La dama en el lago
Raymond Chandler
Buenos Aires, Ediciones Debolsillo, 2013
















*Eugenia Galiñanes: es docente, bailarina, y adora viajar, siempre con la compañía de una buena lectura.

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