Tras las huellas de Pizarnik

A los 80 años del nacimiento de Alejandra Pizarnik, recordamos a la poeta cuya obra es compleja y rica y pide ser leída desde múltiples perspectivas, que conectan con su vida algunas, que conectan con zonas de la literatura, otras. Libro de Arena la homenajea con una nota de lectura acerca de su figura.

Por María Pía Chiesino

Cuando pensamos en escribir acerca de las huellas que la lectura de Alejandra Pizarnik ha dejado en nuestro trayecto como lectores, intentamos correrla de ese sitio relativamente “mítico”, que se le asigna muchas veces, como consecuencia de un cierto posicionamiento como “poeta maldita”, que además, terminó su vida de manera trágica y siendo muy joven. Ese tipo de lecturas, a nuestro entender, cierran la lectura de su obra en lugar de abrirla.
Una vida atormentada y un consecuente suicidio, no son puntales del talento de ningún artista. En todo caso, podemos rastrear obsesiones, temas en la poesía de Pizarnik, que podemos asociar con su biografía, desde luego. Pero habría que revisar hasta qué punto, ese mismo rastreo se limita a encontrar huellas de la vida de un artista en lo que escribe, cuando nos enfrentamos con una obra de semejante peso, y que sigue siendo tan contundente frente a lectores actuales diversos, que pueden disfrutar leyéndola, más allá de compartir o no aquellos aspectos vinculados con lo autodestructivo.
En la lírica de Pizarnik, el yo poético habla de ella, sí. Y si hoy seguimos leyéndola es porque habla de nosotros. No sentí otra cosa, la primera vez que leí, en Árbol de Diana:

  “has construido tu casa,
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos

has terminado sola
lo que nadie comenzó”

Siempre asimilé esos versos a mi propia vida.

O cuando leí en “Verde paraíso” (de Los trabajos y las noches), esos dos versos finales:

  “atesoraba palabras muy puras
para crear nuevos silencios.”

Alejandra Pizarnik tiene una obra muy extensa y publicada casi en su totalidad. Esto incluye sus Diarios y su Correspondencia. Su lírica (como la de todo poeta) está marcada por ciertas obsesiones: la noche, la infancia perdida, la fragmentación, la locura, la muerte como búsqueda..
Sería muy cómodo, a ochenta años de su nacimiento, quedarnos con las marcas de la autodestrucción y del suicidio, que asoman desde muy joven en sus Diarios.
Preferimos cerrar este recuerdo, refiriéndonos a la pulsión que marcó su vida, y que anota en la entrada de su Diario, que corresponde al 1 de julio de 1955:

“Escribir y escribir. Siento un placer casi morboso al escribir estas sensaciones. Por nada del mundo quisiera estar en otra parte o en otro ser.”

Apelando a su deseo de escribir, por encima de su obsesión con la muerte, homenajeamos su nacimiento, y su decisión juvenil de unir su vida a la literatura.

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