El mundo desencantado

El terreno de la fantasía, de la libertad y del sueño son patrimonio de niños y adultos, tanto como lo son el de la cruda realidad, la mentira, la crueldad o el cinismo. Ambos son el mundo que niños y adultos, con perspectivas diferenciadas, comparten. Un mundo desencantado o con un nuevo encanto es el escenario que nos une y desafía a compartirlo.


Por Adriana Marquez*


En la película El profesional (o León, el profesional, de Luc Besson), Mathilda pregunta: “¿La vida siempre es así de dura, o nada más cuando uno es chico?” León responde: “Siempre es así”.

Mathilda tiene doce años. Quien le responde es un adulto, más exactamente: un asesino a sueldo. En esta excelente película en la que sobresalen las actuaciones de la jovencísima Natalie Portman y el “profesional” Jean Reno, se rompen varios mitos sobre la concepción de la niñez como una etapa rosada, soñada, plácida, inocente –sobre todo inocente-. La respuesta del adulto rompe con el mito cuando evita la “mentira piadosa”, aparentemente necesaria para mantener a los niños en lo que Graciela Montes denominó el “corral de la infancia”; corral que, paradójicamente, a la vez que protege, encierra. Porque en El profesional la realidad cruda, cruel se introduce en la ficción con una fuerza de esas casi imposibles de evadir: está ahí. Ya no se puede vestir a las niñas con vestido de encaje y ponerles una pulcra muñeca en la mano. La realidad está ahí, ahogando: el padre de Mathilda trafica drogas, la madre se prostituye, la relación con los hermanos es nula o pobre, la escuela se advierte como reformatorio y claustro. Nada de muñecas ni vestido organdí. Entonces el adulto (en la película: León) actúa en contra de los que creen que al niño hay que responderle de modo cómodo para mantenerlo cómodo.
Es que la infancia tiene su historia, señala Graciela Montes. En la Edad Media, niños y adultos se mezclaban. Compartían espacios, conversaciones, narraciones. En el siglo XVIII esto comienza a cambiar: nace la concepción del niño como un objeto frágil al que hay que cuidar y resguardar. Los pedagogos se dan un banquete. Será con el surgimiento de la escuela cuando nazca la concepción de “lo infantil” (la escuela, la principal domesticadora), que finalmente comenzará a consolidarse en el siglo XIX. Esa pedagogía, afirma, se valió del texto literario para transmitir ideas, representaciones que se creía debían llegar a los niños: educar en valores. Transmitir mensajes edificantes a través de los cuentos. Pero esto comenzó a tambalear, porque la realidad se metía por todos los intersticios.
Y recuerdo entonces a otra Mathilda, también protagonista de una conocida película pero que nació en un libro de Roald Dahl. Matilda tiene cinco años. Sabe leer a la perfección. Es inteligente. Pero sus padres la perciben como una inútil y cambian sus libros por el control remoto de la televisión. Su padre es corrupto, su madre la desatiende, su hermano la ignora. Su escuela es casi un reformatorio en el que la directora idea sofisticados sistemas de castigos. El único adulto que le presta atención es la señorita Honey, en la escuela. Demasiados paralelismos con la Mathilda de Besson… Y ambas están en el borde de la moral. Ambas quieren venganza. Ambas cuestionan, desde su lugar de niñas, la identidad de “los buenos” y “los malos”, el margen, el límite, la imposición. La invisibilidad y la crueldad, también, dirigidas hacia la niñez.
En ambas narraciones, el abismo padres-hija es eso: un abismo. De principio a fin. También lo es entre seres no tan polarizados, es cierto. También lo es en familias más “normales”, es cierto. Y agregaría: lo es casi siempre entre el mundo de la infancia y el mundo de la adultez. Lo explica mejor Montes: “Y ahí llegamos al ojo de la tormenta. La relación entre los grandes y los chicos no es una campiña serena sino más bien una región difícil y escarpada, de a ratos oscura, donde soplan vientos y tensiones; un nudo complejo y central a nuestra cultura toda, que sería tonto pretender despejar en pocas palabras. Me limito a señalar que nuestra sociedad no ha confrontado todavía, serenamente, como el tema merece, su imagen oficial de la infancia con las relaciones objetivas que se les proponen a los niños, porque una cosa es declamar la infancia y otra muy diferente tratar con niños. Sólo cuando franqueemos nuestra relación con ellos podremos franquearnos con su literatura. Hoy apenas estamos aprendiendo a cuestionar algunas de las muchas hipocresías con que ocultamos nuestra relación con la infancia. Al menos hoy, lo infantil es problemático.” (“Realidad y fantasía o cómo se construye el corral de la infancia”, en El corral de la infancia, 1984).
Lo interesante es cuando ese abismo parece achicarse o casi cerrarse. Y en general, como bien señala Graciela Montes, este acercamiento depende de los adultos: de que cambien la percepción que tienen de la niñez, de que recuerden su yo-niño. Sólo así, dice, podrán acercarse a los niños genuinamente. León y la señorita Honey lo logran. Sin pretenciones morales (así como Roald Dahl no las tiene: en cambio, sí tiene un penetrante y ácido sentido del humor que le permite plasmar los grises que pueblan el universo de lo infantil).
Más paralelismos. Aisladas en su niñez, las dos Matildas encarnan a ese pequeño ser que en realidad es más una apariencia: parecerían decir “ya somos adultas”, “la niñez es una mentira”. O: “los niños también tenemos una mirada crítica”. Han cambiado las circunstancias generales de la crianza, y también la conciencia sobre la cuestión de la infancia, explica Montes. Los niños ya no lo intuyen: lo saben. También los escritores como Roal Dahl. O los directores y guionistas de películas como “El profesional”, donde Mathilda carga su conejo de peluche con un brazo y con el otro, la planta que cuida devotamente un asesino al que, tiernamente, la niña le enseñó a leer, y que por momentos se presenta como más ingenuo que ella. Porque el adulto, en esta película, también está tiznado por la inocencia adjudicada históricamente a la niñez. León es un asesino con un corazón infantil. Por eso puede construir una relación sincera con la niña. Por eso no puede frenar su deseo de proteger a Mathilda, incluso aprender a confiar y querer. Por eso puede, en las primeras escenas y sin conocerla aún, responderle que la vida es dura siempre, de niño y de adulto. Por esa sinceridad mutua que se tienen, un adulto y una niña logran construir una relación en la que convive lo lúdico con las armas. Una relación que dista de ser la descripta y deseada por los pedagogos del siglo XVIII pero que, sin embargo, logra configurar un nuevo vestido organdí para una nueva niña: un arma envuelta en una preciosa y delicada tela. Esa es la relación que se visualiza en “León el profesional”. Una vida dura siempre envuelta por momentos de luz. La amistad. La lealtad.
Claramente, Matilda no es un libro para disciplinar a los niños. Ni lo es el personaje de Natalie Portman en “El profesional”, ni la película misma. Ya quedan pocos adultos que puedan responder (¿mentir?): “la vida es dura sólo cuando se es niño”.
Otra vez, Graciela Montes: “Hoy hay señales claras de que el corral se tambalea, de que grandes y chicos se mezclan indefectiblemente. Ya nadie cree que los chicos vivan en un mundo de ensoñaciones, todos comprenden que son testigos y actores sensibles de la realidad. Tampoco quedan muchos que se nieguen a admitir que hasta el más sensato de los adultos es extraordinariamente sensible a la fantasía.” 


*Adriana Marquez: es Licenciada en Letras, docente del Taller de lectura y escritura en la materia Semiología (CBC - UBA). Publicó el libro de relatos De paso (2013, Editorial Simurg). Dicta talleres literarios.

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