Defoe y la decisión del náufrago

Libro de arena presenta un comentario y un fragmento de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, al cumplirse un nuevo aniversario de su natilicio. Robinson debe elegir entre vivir en un pequeño paraíso o en la costa hostil ante una mínima e incierta posiblidad de ser encontrado. ¿El lector que elegiría?


Hacía cerca de diez meses que habitaba esta desdichada isla y, al parecer, no me quedaba posibilidad alguna de salvación. Además, tenía la firme convicción de que jamás criatura alguna con forma humana había puesto sus pies en este lugar. Yo había asegurado perfectamente mi habitación, y tenía grandes deseos de emprender una exploración completa de la isla, y descubrir los productos que allí se daban, de los cuales no tenía conocimiento todavía.
Fue el 15 de julio cuando comencé a realizar una inspección minuciosa de la isla. Primero, me dirigí hacia el río, del que ya he hablado, y adonde llegué con mis balsas. Recorrí unas dos millas y descubrí que la marea no iba más arriba y que no se trataba más que de un pequeño curso de agua dulce, muy fresca y buena, pero, al ser esta la estación seca, apenas tenía agua en algunas partes; al menos no la suficiente como para que se formara una corriente más o menos perceptible.
En sus orillas encontré numerosas y bellas praderas y sabanas, lisas, suaves y cubiertas de hierba, y en las partes más elevadas, próximas a las tierras más altas, acaso nunca inundadas por el torrente de agua, encontré gran cantidad de tabaco verde que crecía en robustos y fuertes tallos. Había allí muchas otras plantas que no conocía y que tal ves tuvieran virtudes que no podía imaginar.
Busqué raíces de mandioca, con las que los indios de aquella región hacían pan., pero no encontré. Observé enormes plantas de alóe, pero en aquel momento no supe cuáles eran sus propiedades. Vi también varias cañas de azúcar silvestre, imperfectas porque carecían de cultivo. Por esta vez me conformé con estos descubrimientos y regresé pensando cómo podría llegar a conocer las virtudes y bondades de estos frutos o plantas que había encontrado pero no llegué a conclusión alguna, pues diré brevemente que durante m estancia en Brasil no había observado casi nada o conocía muy poco las plantas silvestres, como para que ahora pudiera servirme de ellaspara mi enfermedad.
Al día siguiente, día 16, volví a recorrer el miso camino, y después de haber avanzado un poco más allá que el día anterior, observé que el río y la pradera concluían, y que la campiña comenzaba a poblarse de bosques. Allí encontré diferentes frutos y particularmente abundancia de melones por el suelo y uvas en los árboles. Las viñas, en efecto, se habían extendido sobre los árboles, y los racimos, en plena maduración, estaban muy buenos y jugosos. Este sorprendente descubrimiento me llenó de alegría, pero, por experiencia, sabía que debía ser moderado con aquella fruta; recordaba que, cuando había estado en Berbería, muchos de los ingleses esclavos murieron a consecuencia de las uvas, que les causaron fiebres y disentería. Pero encontré un medio para hacer de ellas un excelente uso, secándolas al sol  y conservándolas como suelen guardarse las uvas secas o pasas. Pensé quede esta forma  constituirían ciertamente un alimento agradable y sano para cuando no pudiera cosecharlas frescas, y así fue. Pasé allí toda la tarde y no volví a la habitación; fue, por otra parte, la primera vez que me quedaba fuera de casa. Por la noche tomé la antigua precaución de trepara a un árbol, donde dormí muy bien., prosiguiendo mi exploración a la mañana. Recorrí cerca de cuatro millas, según pude juzgar por la longitud del valle, siempre en dirección al Norte, teniendo la cadena de montañas por el Sur y por el Norte.
Al final de esta marcha llegué a un descampado en el que el terreno parecía descender hacia el Oeste, y donde había una pequeña fuente de agua dulce. (…) Esta región parecía tan fresca, verde y floreciente, y todo allí tenía un verdor tan inmutable y un aspecto tan primaveral, que parecía un jardín artificial.
Descendí un trecho por el declive de aquel delicioso valle, observándolo con una especie de secreto placer, aunque mezclado con ciertas reflexiones dolorosas, al pensar que todo aquello era mío, que yo era el rey y señor irrevocable de aquel sitio, sobre el que tenía plenos derechos de posesión; y que si hubiera podido transmitirlos, serían un bien hereditario tan sólido como el de cualquier señor feudal en Inglaterra. Vi multitud de cocoteros, naranjos, limoneros y cidros, todos silvestres, pero tenían pocos o ningún fruto, al menos en aquel momento. Sin embargo, recogí algunas limas que no solo tenían  buen sabor, sino que eran saludables. Mezclé luego su zumo con agua, obteniendo una bebida muy sana y refrescante.
Me di cuenta entonces de que me llevaría mucho trabajo recoger y transportar a casa aquella fruta, así que resolví  separar una provisión de uvas, limas y limones para disponer de ellos durante la estación húmeda que, como sabía, se aproximaba. (…)
Cuando regresé a casa del viaje, recordé con gran placer la fecundidad de aquel valle  y su feliz situación, al abrigo de las tempestades, cercano al río y al bosque, y llegué a la conclusión de que el sitio donde había establecido mi morada era sin duda el peor de toda la isla. En consecuencia empecé a considerar la idea de mudar mi habitación y buscar un lugar tan seguro como el que tenía, situado, si era posible, en aquella parte fértil y agradable de la isla.
Este pensamiento siguió dando vueltas en mi cabeza largo tiempo, ya que  estaba excesivamente prendado de aquel sitio tentador. Pero cuando me puse a examinar minuciosamente la situación, comprendí que me encontraba junto a la costa, donde por lo menos existía la posibilidad de que ocurriese algo en mi favor y que el mismo lamentable destino que me había arrojado allí podría traer a otro desgraciado al mismo sitio que yo, y que pese a que las posibilidades de que ello ocurriese fueran escasas, recluirme en las montañas o en los bosques de la parte central de la isla, era aceptar de antemano mi cautiverio, haciendo que un hecho probable se transformara en imposible, y que por lo tanto no debía trasladarme bajo ningún concepto.”



Por María Pía Chiesino

Me acuerdo de la primera vez que leí Robinson Crusoe, en la edición de la Colección Robin Hood. Estaba de vacaciones y tenía catorce años. No era el primer título de la colección que leía. Sí el que me dio la sensación de que estaba leyendo “otra cosa”. Algo “para grandes”. La historia de Robinson me conmovió y me fascinó a la vez. Mas allá de la soledad y la necesidad que siente el personaje porque llegue alguien que lo rescate, las diferentes cosas que hace para tener un lugar habitable, alimentarse, me parecían fascinantes. Y este fragmento es particularmente conmovedor.
Sentí lo mismo que ahora, cuando lo leí ese verano, y más tarde, cuando leí la novela para un examen de Literatura Inglesa, en la Universidad. Ahí sí leí la versión completa, para adultos.
En este momento, Crusoe no ha pasado ni siquiera un año en la isla y sigue pendiente de que lo rescaten. Pero sale a conocer la isla y descubre ese pequeño paraíso que “parecía un jardín artificial”, parecido a los que estaba acostumbrado a ver en su país. El náufrago se maravilla por la belleza y fertilidad del lugar. Encuentra frutas que conoce y que sabe que son comestibles. Tiene agua dulce. Incluso pasa la noche en el lugar, y piensa seriamente en mudarse allí. El lector acompaña los sentimientos del personaje. Y en ese acompañamiento, se encuentra con el obstáculo clarísimo que implicaría mudarse de lo que define como el peor lugar de la isla. Puede que no haya frutas o que tenga menor protección cuando hay una tormenta, pero su vivienda está en la costa. Y Crusoe es un náufrago. No un turista. Y no se resigna ni se acomoda en ese momento a no volver a “la civilización”. Irse al medio de la isla lo condena a ser invisible a cualquiera que pueda pasar y verlo para llevarlo de vuelta a su casa, por lejana que sea la posibilidad de que eso suceda.
Más adelante ese lugar va a ser una especie de “casa de fin de semana” en la que el personaje va a pasar algunos días, para retornar siempre a la playa. Como a todo lo que le pasa durante los años que pasa en la isla, se las ingenia para que esta sea lo más placentera y cómoda posible. Falta mucho tiempo para que lo encuentren y lo rescaten. Y cuando se lee la novela por primera vez, el lector no lo sabe.
Lo que sí se sabe y se siente, es que Robinson encontró un sitio del que quedó “prendado” por su belleza, y al que tuvo que renunciar, por lo menos como morada permanente. No quiere pasar el resto de su vida solo. Y elegir ese lugar sería casi una decisión voluntaria por darle la espalda a todo aquello que lo constituyó como hombre, y que le va a permitir vivir durante años en la isla. Esos elementos se los dio la cultura en la que creció y que le permite valerse por sí mismo en una situación tan extrema.
Puede agradecerle el alimento a la naturaleza. Pero no puede elegirla como hábitat.
Quedarse en ese paraíso implicaría acomodarse a la nueva situación y olvidarse de que es un náufrago que ha llegado a la isla por accidente.  Y Robinson no puede permitirse eso.
Para poder contar su historia a otros hombres, tiene que poder ser rescatado. Y eso implica no moverse de la costa. Y en consecuencia, no confundir la abundancia que le ofrece la naturaleza con el Paraíso.

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