martes, 11 de marzo de 2014

Retrato de una pasión

Amores que duran toda la vida escasean, pero cuando aparecen se convierten en el centro de todas las referencias, avivan pasiones e inspiran también el arte de escribir. A una semana del aniversario de su muerte, Laura Ávila, guionista y escritora comparte con Libro de arena una nota sobre Mariano Moreno. En ella cuenta acerca de la influencia de Moreno en su vida y en su profesión como escritora además de incluir un poema propio.



Por Laura Ávila



Cuando tenía ocho años me enamoré por primera vez. Era un amor platónico: a todas nos 
agarraba algo así, tarde o temprano. Íbamos a un colegio de monjas, éramos todas chicas. El amor platónico arrasaba como la varicela.
Pero en lugar de enamorarme de un cantante, de un actor o de un compañero de catecismo, me enamoré de Mariano Moreno. 
Lo vi por primera vez en las páginas de una revista Anteojito. Su cara no me impresionó mayormente -un gordito de rasgos helénicos-, pero sí su tintero, su Gaceta de Buenos Aires, su fervor revolucionario y su misteriosa muerte en el mar. Esa carita plácida que publicaba la revista no se condecía con tamaño espíritu, pero nunca fui de fijarme en el aspecto físico de la gente.
Más tarde, a los dieciséis años, lo volví a encontrar. Corrían los noventa y en el medio del boom de Tinelli y The Sacados, las madres de Plaza de Mayo se embarcaban para tirar flores en el océano y homenajear así a sus hijos desaparecidos. La historia de Moreno me sirvió para canalizar toda esa pena junta, la de saber que había vivido mi infancia en un país violento que además se estaba poniendo frívolo.
Leí todo lo que encontré acerca de Moreno. Vorazmente. Sin distinguir corrientes historiográficas. Devoré la biografía lavada de Ricardo Levene, las mentas que de él hacían Paul Groussac y Bartolomé Mitre mientras emparedaban en bronce a Liniers, Belgrano y San Martín.
Leí la "Vida" que escribió su hermano Manuel, las teorías de Puiggrós y Galasso, el valioso libro de Julio Novayo, las cartas que su esposa María Guadalupe le envió cuando se embarcó en el viaje que lo llevaría a la muerte. 
Nunca hubo un personaje más misterioso que Mariano Moreno. Descubrí que su cara del Anteojito, la oficial, no era la verdadera. Eduardo Durnhofer, un investigador meticuloso que le dedicó su vida, me mostró su aspecto real, copiado del natural por Juan de Dios Rivera, un platero descendiente de Túpac Amaru que tenía un taller en Buenos Aires.
Ese dibujo muestra a un muchacho muy joven, con cara de loco, ojos que prometían tormento y cabellos desordenados. Un héroe de novela de Austen. Delicioso.
Durnhofer me facilitó trabajos en donde había recopilado textos inéditos de Moreno, los artículos que no llegó a publicar en la Gaceta, la primera Constitución -que Mariano tradujo en 1810 de la norteamericana, sacándole el artículo de los esclavos, porque él no quería esclavitud en las Provincias Unidas-. Leí sus cuadernos de juventud, sus reflexiones, sus miedos secretos.

Moreno fue un muchacho valiente, que vivía quemando naves para no dar nunca un paso atrás. Su familia era pobre en serio.
Su padre Manuel Moreno y Argumosa le hizo diez hijos a Ana María Valle. Sobrevivieron ocho, de los cuales Mariano era el mayor. Apenas cayeron en la cuenta de lo inteligente que era, lo educaron para que salvara al resto de la familia. El plan era que se convirtiera en sacerdote, única forma de escalar socialmente en ese sistema de castas que era el Virreinato del Río de la Plata.
Vendiendo sus pocas alhajas y confiando en la bondad de curas amigos lograron enviarlo a estudiar a la Universidad de Chuquisaca, para que se doctorara en Teología y se ordenara. Pero Mariano se recibió de abogado, se enamoró y se casó en secreto con María Guadalupe Cuenca, una chica de catorce años que vivía en un convento vecino. 
María Guadalupe logró que Moreno reparara en ella y la sacara de esa cotidiana opresión de los rezos y las polleras largas. Yo suspiraba por un hombre así, que también a mí me arrancara del colegio de monjas y me enseñara el camino de la liberación.
Esa cruza con revolucionario y cura tercermundista me arruinó a los otros hombres, a los vivos, a los que después conocí a lo largo de mi camino.
Todavía conservo una copia de su retrato, el verdadero, colgado en el medio del living. Se lo muestro a mis novios, un poco en serio y un poco en broma, previniéndoles que si me quieren me van a tener que querer con él, con mi Moreno, el Secretario quijote que hacía la guerra para poder vivir en paz.
Creo en él, y lo amo, y lo extraño todos los días un poco. Desde los diecinueve años trato de escribir un guión que cuente su vida para filmarla como se merece. Era un hombre que pensaba en la igualdad y la fraternidad como política de Estado, un defensor de la industria nacional, un adelantado de la diversidad cultural al que no le importaban ni la limpieza de sangre ni los colores de la gente porque "eran pura influencia de los climas", como confesaba en el Plan de Operaciones.
Hoy soy novelista y guionista. Escribo algunos libros que suceden en el siglo diecinueve, y en cada uno de ellos hay un recuerdo cariñoso para él. A veces creo que le debo mi carrera a su embrujo revolucionario.
Mis primeros poemas se los escribí a él, antes de conocer un hombre "verdadero". Eran muy fantasiosos, yo hablaba de tú y me quemaba a fuego lento en un amor sin remedio. Les ofrezco algunos de estos versos imposibles, escritos en plena adolescencia:

Porque tus palabras son cañas de pescar

me levantas, fresca, por los aires.

Me conduces tirando de mi alma

soy un surubí a contra-río.

Puedes hacer que nade por tu cuerpo

puedes lograr que beba en el hueco de tus pies...

Y también puedes hundirme,

malograrme, perderme,

si un día no me hablas y te olvidas de mí.

Moreno me hablaba a través de sus escritos, de las Instrucciones a Castelli, de la Biblioteca Nacional que fundó con tanta ilusión. Yo rezaba para que esas cosas siguieran funcionando, hasta que crecí y pude escribir para perpetuarlas de alguna manera.

Mariano también escribía poesía, también tenía amores imposibles.

Les transcribo un poema de cuando era muy jovencito. Quizás se preparaba para ser sacerdote y no había conocido todavía a María Guadalupe. Quizás a él también, como a mí en mi juventud, le explotaba el cuerpo por las hormonas y la noción de pecado. Estaba enamorado de una tal Eugenia y la válvula de escape a tanta ternura inalcanzable fueron estas líneas:

Al mirar, María Eugenia esos tus ojos

se empapa el corazón en alegría,

y tu vista disipa mil enojos

que ha formado en tu ausencia el alma mía.

Disculpa, pues, disculpa mis arrojos 

si pretendo mirarlos a porfía

que no es extraño aspire mi desvelo

a esos dos Soles de tu hermoso Cielo.

Amores imposibles. Mariano Moreno intentó revertir el orden del sistema colonial que lo había visto nacer. Quiso terminar con los abusos de la encomienda, con los privilegios de los españoles y con el contrabando inglés que perjudicaba los intentos de manufactura criolla. También soñó escuelas, parcelas de tierra trabajadas, puertos en las provincias interiores e iguales oportunidades para todos. Fue violento, impetuoso, pero nunca perdió su norte, como el mar tampoco pierde el reloj de su marea.
Este cuatro de marzo se cumplieron doscientos tres años de la muerte de este hombre, nacido en primavera y muerto en la flor de la edad. 


A sus treinta y dos años inolvidables, a su fe y a sus ganas de cambiar el mundo, le dedico estas palabras, además de mi amor eterno.



Publicado originalmente: aquí

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