jueves, 5 de junio de 2014

Informe Kafka

Los efectos que las lecturas provocan desbordan los textos mismos. Y escrituras poderosas como la de Franz Kafka trascienden porque logran superar su propio tiempo, renuevan lectores que encuentran en su obra posibilidades de pensar el sentido de la existencia. En el Taller de Memoria del CSM Ameghino, de la Ciudad de Buenos Aires, la propuesta del Programa Bibliotecas para armar fue la lectura de fragmentos de relatos del escritor checo, como parte del homenaje que se le rinde esta semana. A partir del trabajo realizado por la docente en animación a la lectura, María Trombetta, los participantes desarrollaron a través del relato sus propias experiencias en conexión con los temas surgidos de los textos de Kafka. Libro de arena publica la crónica de la actividad junto con los fragmentos textuales.




Por María Trombetta



  Mi abuelo tenía la costumbre de decir: “La vida es sorprendentemente corta. En mi memoria, ella se repliega hoy sobre sí misma, tan apretada que apenas si puedo comprender cómo un joven puede decidirse a partir a caballo hacia el pueblo más cercano sin temer que – excluido todo accidente- una existencia común y sobrellevada sin choques no sea suficiente, ni aun para ese paseo”.
Franz Kafka - El pueblo más cercano


En un fenómeno no muy habitual, el nombre de Franz Kafka despierta representaciones definidas aún en aquellas personas que no tienen un conocimiento profundo de su literatura: el adjetivo “kafkiano” resulta muchas veces una síntesis de utilidad para calificar con precisión determinados hechos o circunstancias.
Al cumplirse 90 años de su fallecimiento, con las asistentes al Taller de Memoria del CSM Ameghino, de la Ciudad de Buenos Aires, nos propusimos extraer los temas fundamentales de su obra a partir de la lectura de algunos de sus relatos breves.
Ante la pregunta ¿qué conocen sobre Franz Kafka?, los primeros comentarios se dirigieron hacia la novela “La Metamorfosis”. Algunas asistentes recordaban haberla leído hacía mucho tiempo. Inmediatamente aparecieron las referencias al término “kafkiano”, que todas habían escuchado y utilizado alguna vez, y al tono opresivo de muchas de sus historias, que las trasciende al punto de generar un calificativo que a esta altura forma parte de nuestro lenguaje cotidiano.
Entonces nos preparamos para la lectura: ¡Renuncia!, La Partida y Ante la Ley para empezar. Y luego, algunos párrafos de Informe para una Academia. Si los estudios sobre Kafka coinciden que entre los escritores a los que influenció se encuentran los representantes más destacados del existencialismo, en estos relatos puede rastrearse con facilidad esa relación: un hombre debería desistir de buscar un camino que no puede encontrar por sí mismo; las metas que se alcanzan son las que se buscan; las puertas de la oportunidad están para ser atravesadas. Un mono cuenta a los miembros de una academia de científicos cómo se convirtió en hombre por propia decisión.  Y,  finalmente El pueblo más cercano: el relato de una vida entera cabe en el tiempo que dura el viaje a caballo entre dos pueblos vecinos.
La propuesta a las participantes fue, entonces, probar el desafío que plantea el texto, y animarse a contar en pocas palabras los sucesos que las ayudaron a convertirse en lo que son hoy. Entonces se sucedieron las intervenciones: los vínculos con los hijos, más complicados unos que otros, los nietos, la vida profesional. Las historias llevaron a la reflexión sobre las encrucijadas de la vida, qué hacer ante los conflictos. “Siempre, plantearse signos de interrogación”, “cuando uno se falla a uno mismo, les falla a todos”, “yo quiero vivir para mis nietos, pero no por mis nietos”. Una constante en todas las asistentes era sostener que nunca se agota la necesidad de adaptarse a los cambios, seguir creciendo y planteándose metas. Como dijo María Esther: “La búsqueda, es la salida”.


¡Renuncia!
Era muy temprano por la mañana, las calles estaban limpias y vacías, yo iba a la estación. Al verificar la hora de mi reloj con la del reloj de una torre, vi que era mucho más tarde de lo que yo creía, tenía que darme mucha prisa; el sobresalto que produjo este descubrimiento me hizo perder la tranquilidad, no me orientaba todavía muy bien en aquella ciudad. Felizmente había un policía en las cercanías; fui hacia él y le pregunté, sin aliento, cuál era el camino. Sonrió y dijo:
-¿Por mí quieres conocer el camino?
-Sí –dije-, ya que no puedo hallarlo por mí mismo.
-Renuncia, renuncia -dijo, y se volvió con gran ímpetu, como las gentes que quieren quedarse a solas con su risa.


La partida
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
-¿Adónde va el patrón?
-No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó.
-Sí -repliqué- te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta.


Ante la ley
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.


Informe para una Academia (fragmento)
Temo que no se entienda bien lo que para mí significa “salida”. Empleo la palabra en su sentido más preciso y común. Intencionadamente no digo “libertad”. No hablo de esa gran sensación de libertad hacia todos los ámbitos. Como mono posiblemente  la viví y he conocido hombres que la añoran. En lo que a mí atañe, ni entonces ni ahora pedí libertad – y esto lo digo al margen- uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto, cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo por los dientes. “También esto”, pensé, “es libertad para el hombre: ¡el movimiento excelso!” ¡Oh burla de la santa naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría entre la simiedad.
No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería mayor. ¡Avanzar, avanzar! Con tal de no detenerme con los brazos en alto, apretado contra las tablas de un cajón.


 Franz Kafka

 Relatos completos

 Buenos Aires, Losada, 1980.

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