Lidia Blanco y Lola Rubio: " La literatura infantil y juvenil es parte esencial de la iniciación en la lectura"


Lidia Blanco, docente y especialista en literatura infantil y Lola Rubio, editora, inauguraron el ciclo de "Encuentros con autores de Literatura infantil y juvenil" 2014. La primera charla de 2014 en La Nube, coordinada por Mario Méndez, contó con la participación de ambas especialistas que hablaron del lugar que ocupa la literatura escrita para jóvenes y niños; de cuál es la conexión que permite establecer con el resto de la literatura universal cuando opera como puerta de acceso a ella; de la importancia de la empatía con el lector, aspecto que es preciso no perder de vista, cuando se trata de un público de edad tan joven, entre otros temas. Con la presentación de Mateo Niro , Libro de arena publica hoy la primera parte de la entrevista, el viernes próximo saldrá la segunda parte.




Mateo Niro: ¡Buenas tardes! ¡Cuántos que somos!… ¡Qué suerte! Por muchas razones. En principio, con los que no nos conocemos o nos estamos conociendo, siempre es una linda excusa encontrarnos en estos casos, y no en velorios y eso. (Risas). Hay muchas maneras de encontrarse con personas que uno no conoce, y es bueno que sea en este contexto festivo y además porque estamos iniciando un nuevo seminario, curso, encuentro, de literatura infantil y juvenil. A Mario ustedes lo conocen… y a los que no lo conocen les comentamos que hace unos años que venimos realizando estos encuentros, en el marco de un programa del Gobierno de la Ciudad que está cumpliendo diez años y que se llama Bibliotecas para Armar. Para los que no lo conocen, es un programa de promoción de la lectura a través de las bibliotecas comunitarias. En este momento, hay alrededor de cien proyectos en la ciudad en los que trabajamos nosotros, en distintos lugares. Desde clubes sociales hasta complejos penitenciarios, hospitales, etc. Bibliotecas que se arman en distintos espacios de estas características. Y también es un nuevo año que empezamos acá, en La Nube, que es como nuestra casa, y nos pone muy contentos. El año pasado, como se habrán enterado por los medios, acá se vivió una situación que nos preocupó a todos, y muchas veces, de esas cosas se sale fortalecido. Y esa es la sensación que tenemos los que queremos tanto a La Nube, y a Pablo Medina, que está allá y para quien pido un aplauso. (Aplausos). Conclusión, nos pone muy contentos estar acá, por nosotros, por lo que significa La Nube, por lo que significa Pablo, y todo el trabajo que hace cotidianamente. Así que lo tomamos como algo festivo. Por eso también el chiste del principio. Uno a veces se encuentra por cosas feas o tristes, y otras por algo que nos da muchísima alegría. Les decía que empezamos un nuevo curso, y quien está manejando este barco es Mario. Todos lo conocen, no hace falta mucha presentación pero corresponde también. Mario Méndez es amigo, es editor célebre, compañero de trabajo del Programa Bibliotecas para Armar, es autor y es un maestro. Esa es la más importante, para mí, de sus múltiples actividades. No sólo porque se recibió de maestro, y tiene ese espíritu que ustedes van a ver, de transmitir conocimientos y no guardarse nada. En sus charlas la idea es que todos conozcamos ese mundo editorial, de la cocina del escritor y de la escritura, etc. A propósito de eso quiero decirles una cosa: desde el año 2007 estamos llevando adelante estas reuniones, y tenemos la suerte de que en unos meses va a salir un libro, que recopila las entrevistas que se hicieron. A partir de hoy, empezamos el camino de lo que ojalá sea un nuevo libro, que sea el segundo tomo de este que va a salir en un tiempito. Lo único que me queda decirles en esta presentación, es que La Nube tiene distintos cursos, actividades, la librería, muchos de los libros de los que vamos a hablar van a estar acá, y es una forma de colaborar con La Nube. Hoy estamos contentísimos por la presencia de dos maestras como Lola y Lidia. Esa presentación la va a hacer Mario. Cualquier duda o inquietud que tengan, nos escriben al mail del Programa. Muchísimas gracias, bienvenidos, y vamos a disfrutar otra vez de estos Encuentros.

Mario Méndez: Buenas tardes. Como dice Mateo, siempre es una alegría empezar un ciclo nuevo. Empezamos en el 2007, e hicimos uno o dos por año, así que son unos cuantos. Como hace ya tres o cuatro años, lo iniciamos con la presencia de editores y especialistas. En este caso nos hemos dado un lujo, la especialista Lidia Blanco, para quien pido otro aplauso más (Aplausos), y la editora Lola Rubio (Aplausos). Muchas gracias por venir. La verdad es que es una alegría. Les cuento que a Lidia la vengo persiguiendo hace como cuatro o cinco años. ¿Puedo contar los detalles?

Lidia Blanco: Sí, claro.

MM: Le pongo cada año, salvo el primero en que la invité: “¿Todavía tenés los lunes ocupados?”. Porque sus lunes son para los nietos. Tiene que estar atendiéndolos, cuidándolos, y le pasan factura y tiene que marcar reloj. Entonces, esta vez hizo cambios, mandó a la consuegra a cuidar a los chicos y acá está, por suerte. Lidia es profesora de Lengua y Literatura, egresada de la UBA, es especialista en literatura infantil, hoy me enteré de que es una de las fundadoras de ALIJA. Tiene muchos libros escritos, muchas ponencias, da conferencias, y en este momento está dando un curso acá en La Nube, ¿cuál es, Lidia?

LB: En este momento estoy dando un Seminario de Literatura Infantil y Juvenil Española, los jueves. Es una mirada especial sobre la  España post franquista. Brinda información sobre qué fue lo que tuvieron que hacer los escritores españoles para salir de la oscuridad franquista y construir una LIJ. Uno cree que es todo tan sencillo, y para ellos fue muy difícil. Toda la década del ’80, después de la muerte de Franco fue de construcción. Y hay muchos autores que aún están vivos y editando como Jordi Sierra i Fabra, Joan Gisbert, y otros ya partieron como Juan Farias.

MM: Bien. De eso vamos a hablar, incluso en relación a cómo fue salir de la dictadura acá. Co autora y compiladora, entre otros, de Los nuevos caminos de la expresión, que editó Colihue,  Literatura infantil. Ensayos críticosCuentos del primer nivelUn puente sobre el río,y Leer con placer en la Primera Infancia editado por Novedades Educativas. Es profesora de Teoría de la Comunicación y de La ilustración en el Libro Infantil en la Escuela de Arte Leopoldo Marechal de La Matanza… ¿seguís trabajando en la Villa 15? Ahí nos conocimos.

LB: No, lamentablemente me alejé de ese trabajo… Yo fui capacitadora por el gobierno de la ciudad durante muchos años en el CEPA (Centro de Pedagogías Aplicadas), y cuando me jubilé no tuve cómo volver a la villa. Siempre tengo deseos de volver.

MM: Ahora volvemos sobre algunos de estos temas que están iniciados, y la presento también a Lola Rubio, que en este momento es Secretaria de ALIJA. Es editora, bibliotecaria, está en el Fondo de Cultura Económica de la Argentina, y también en Ríos de Tinta…

Lola Rubio: Estuve. Ahí estuve.

MM: Lo sé porque me editaste. ¿Seguís siendo bibliotecaria en el Michael Ham?

LR: Sí. Sigo siendo bibliotecaria.

MM: Y fuimos compañeros (de ahí la conozco), de la carrera de Edición. Editora que ejerce legalmente, digamos. Sos una editora “de verdad”.

LR: Sí, si me demandan por mala praxis tengo el título.

MM: Me acuerdo de que te conocí en el seminario que daba Dobruskin, que hoy es el director de la carrera. Habías preparado un proyecto para el seminario, de libros con letra grande para lectores mayores.

LR: Sí, fue la peor nota que tuve en toda la carrera. Era un seminario de investigación. Yo quería hacer una colección de libros con letras grandes, para adultos mayores. Con ciertas hipótesis… porque uno arranca una investigación con una hipótesis. Después de que hice la investigación mi hipótesis cayó, y ahí cometí un suicidio horripilante, que fue poner en la investigación que no haría la colección de letras grandes porque no se corroboraba mi hipótesis, y no era una buena idea hacerlo. Y me puso una mala nota.

MM: ¿Ya te dedicabas a la literatura infantil cuando estudiaste Edición?

LR: Yo arranqué con la literatura infantil, porque era bibliotecaria antes de entrar en la carrera de Edición. Ahí descubro la literatura infantil. Yo, de chica leía libros para chicos, pero no tenía ni idea de que hubiera un campo dedicado a la literatura infantil. Entre vecinos nos pasábamos libros, pero no había biblioteca en la escuela. Era una escuela privada, grande, pero no había biblioteca, así que para mí fue un descubrimiento. Tuve la suerte de trabajar con una bibliotecaria excelente, muy bien formada, en ABM, en lo que era la Asociación de Bibliotecas de Mujeres, había muchísima literatura infantil y ahí me enteré. Yo venía de Bellas Artes, no sabía muy bien qué hacer con mi título. Y ahí decidí estudiar Edición. Cuando entré, me gustaban mucho la investigación y la literatura infantil. 

MM: Interesante lo de la formación en Bellas Artes para el trabajo de Edición.

LR: Genial. Después uno lo descubre. Quizá a los veinticinco años uno se angustia, pero después descubre que capitaliza todo eso que va haciendo. Definitivamente.

MM: Todo pasa y todo queda.

LR: Tal cual.

MM: ¿Y cómo nació tu interés por la literatura infantil, Lidia? Porque no era algo popular como es hoy…

LB: El comienzo tiene que ver con los hijos pequeños, y con mi búsqueda de material literario para ellos. Yo compraba la revista Billiken, y allí descubrí a Laura Devetach. También influyó mi conocimiento de Carlos Silveyra, que en ese momento era el director de la revista (estoy hablando de la década del ’70). De manera que me interesé mucho por la LIJ desde entonces hasta ahora. En el ’77, cuando Laura Devetach y Gustavo Roldán tuvieron que irse de Córdoba porque sus vidas corrían peligro, ya había comenzado la dictadura, se instalaron en Buenos Aires y trabajaron en Billiken. El cuento “El hombrecito verde y su pájaro”,  de Laura Devetach despertó mi deseo de estudiar con ella. Participé de un seminario en el Instituto Diálogos, mi primer curso de LIJ. Luego Laura me invitó como profesora en el Instituto Agnón, para docentes de Nivel Inicial. Eso fue un honor. Ahí tuve que ponerme a estudiar en serio, porque con el curso que había hecho con ella solamente, no era suficiente. De manera que puedo decir que mi carrera se inició exactamente en el ’77, de la mano de Laura Devetach, a quien considero mi maestra. Y mi referente ético y estético.  Hay que escribir así, hay que ser así, hay que comprometerse de esa manera. Es un referente importante. Cuando uno dice que alguien es su maestro está diciendo muchas cosas que van más allá del título. Atravesé la dictadura leyendo cosas a escondidas, algunas me las pasaba Laura. Uno de esos libros todavía figura en las bibliografías de mis cursos: El poder de leer, del Grupo Francés de Educación Nueva, coordinado por Josette Jolibert y Robert Gloton. Se había editado en Francia, y luego la Editorial GEDISA lo editó en España. Se trataba de una revisión crítica de los sistemas de enseñanza de la Lengua y la Literatura en Francia. Entre los autores del libro estaba Marc Soriano, nombre que seguramente ya conocen. Ese libro estuvo prohibido, como todo lo que venía del exterior. Laura Devetach lo trajo al profesorado. Lo considero un libro de iniciación muy completo. Había muchas cosas que no se podían leer en aquel tiempo: Antonio Machado, Pablo Neruda, Horacio Quiroga, y también había autores LIJ prohibidos, como Elsa Bornemann. Laura Devetach también estaba prohibida como autora, pero  trabajaba en ese profesorado, que tenía un criterio democrático y estaba contra la dictadura. Era un profesorado de la comunidad judía. Allí hice mis primeras armas como docente. Cuando me sentí más sólida, más preparada, más leída, fui a trabajar en institutos de formación docente en Palomar, en San Martín, en profesorados públicos de la provincia, al mismo tiempo que trabajaba en una escuela secundaria, el Instituto de Educación Integral de Munro, donde enseñaba Lengua y Literatura.  El Integral me permitió mis primeros contactos  con adolescentes y con el tema de la formación del lector. Había leído algo en El poder de leer, pero tenía que hacer mi propia práctica. Y consistió en proponer a los alumnos que trajeran de sus casas las obras literarias que quisieran. Trajeron El Pato Donald, el Patoruzito…  A mí me pareció bien. No se me ocurrió que tendrían que leer Borges. Ni tampoco el Martín Fierro. Porque sabía que me iba a ir muy mal. Me quedó clarísimo que había que acompañarlos y tratar, de a poco, de ir ofreciéndoles lo que les gustaba, hasta que llegara el momento de ofrecer otros libros más complejos. Cuando llevé textos de Pablo Neruda, grabados, se produjo un gran movimiento. Y se pusieron como locos a escuchar los poemas de amor. Tocó el timbre del recreo y no salía nadie, y vino el preceptor a preguntarme qué estábamos haciendo. “Estamos escuchando poesía”, dijeron los chicos. Y a mí me quedó muy claro que había cosas que funcionaban muy bien y otras que funcionaban muy mal, y que Marc Soriano tenía razón: había que empezar con los motores de autos, si les gustaban los motores de autos, no había que imponer nunca una lectura porque eso era destruir al lector. Y saber esperar el tiempo de cada alumno. Yo había empezado con el Pato Donald con chicos de 13 y 14 años.

MM: En esos años de la dictadura, antes de la primavera que empieza a fines del ’83, además de estos libros que traía Laura, ¿qué recordás como importante en la LIJ de ese momento?

LB: Había algunas cosas de la Editorial Plus Ultra que me gustaban, a pesar de que después fue una editorial un poco impuesta, y eso no estaba bien, pero los Libros de la Colección “Para Leer y Escuchar”, me parecían muy buenos, para trabajar en un nivel inicial. Me parecía interesante la propuesta. Yo trabajé mucho con esos libros, y a escondidas sacaba algunos de Laura Devetach, Sebastián Tallon, María Elena Walsh, Horacio Quiroga y otros de Elsa Bornemann, que estaban prohibidos y los teníamos escondidos en un rincón de la biblioteca del profesorado, porque si venían a revisar hubiera sido un problema.  En la escuela secundaria teníamos un sistema de alarma que nos protegía de las requisas de libros… Allí  no trabajé con literatura juvenil porque todavía no era un momento de ese tipo de literatura en Argentina… de manera que llevaba algunos textos, o grabaciones  y funcionaba un sistema de autoprotección. Teníamos dos currículums. El oficial, y el oculto porque la directora era una maravilla y nos alentaba a la rebelión. Era la señora Susana Vior de Palamidesi, que después fue rectora de la Universidad de Luján. Entonces sacábamos los libros que queríamos, por ejemplo, Neruda. Y dónde tenía que anotar el contenido de la clase ponía “poesía lírica”. Y tenía un libro de Bécquer como alternativa. Cuando venía el inspector, el preceptor, atravesaba corriendo el patio, es como si lo volviera a ver, y avisaba que teníamos “visitas”. Inmediatamente, yo guardaba a Neruda y ponía a Bécquer en mi escritorio. El inspector entraba al aula, escuchaba, y todo en orden. Y ninguno de los chicos, que eran criaturas de trece, catorce años, decía nada. La tenían clara como el agua. Había militantes en la escuela. La militancia de los adolescentes no es una novedad para mí. Soy muy feliz de que haya mucha militancia juvenil en este presente, aunque a algunos no les parezca bien. En el Integral teníamos tres grupos bien definidos: un grupo de la JP, que eran Montoneros, otros que eran católicos, y estaban en contra de la otra postura, y pibes de la Federación Juvenil Comunista. Cada tanto la rectora armaba encuentros de reflexión, y los titulaba, por ejemplo, “La voz de Sarmiento”. Nadie sabía de qué íbamos a hablar. Y ahí nos trabábamos en arduo combate. Se organizaban los sábados por la tarde junto con el Centro de Estudiantes. Eso también estaba oculto. Fueron años difíciles pero en el Instituto estuve protegida y en el Profesorado Agnón también. Ambas instituciones fueron por decirlo de alguna manera, mis “abrigadores”. Me daban una libertad absoluta para decir lo que pensaba. Me malcriaron. Nunca pude trabajar, ni aún en momentos económicos complejos (yo tengo tres hijos, en algún momento tuve que hacerme cargo de los tres, de mi papá, de mi mamá, soy hija única y había que traer el dinero) pero nunca pude trabajar en un lugar donde no pudiera ser “yo”. Me jacto de eso. Creo que la salud mental se cuida de esa manera. Si uno se violenta a sí mismo, aprende a violentar al otro y corre peligro de enfermarse de alguna cosa. Como un cuidado de la salud elegí este camino que es el que sostengo hasta el presente. Este lugar, que es La Nube, es uno de los lugares que más amo, porque mi relación con Pablo es la relación con un amigo. Tengo una confianza absoluta, puedo hablar, decir, preguntar, nadie me va a perseguir ni a decirme que no diga algo. Lo mismo me sucede en la escuela Leopoldo Marechal, donde actualmente soy profesora, y donde tengo un taller de lectura donde leen literatura juvenil. Aunque son veinteañeros, en provincia viene un poco pobre el tema de la lectura. Después de la Reforma Educativa algunos no saben ni quién fue María Elena Walsh, no tienen idea, así que arranco con literatura juvenil que tiene muchas obras accesibles para lectores en formación. El director de la escuela, que se llama Pedro De Gaudia es un sol, un hombre maravilloso al que me une también una relación afectiva. Fue Secretario Gremial de SUTEBA, es un militante sindical. En la Marechal tengo toda la voz que quiero. Puedo hablar del 24 de marzo, de los Derechos Humanos, del sufrimiento de los pueblos originarios con una libertad absoluta y nadie me controla ni media letra. Otro lugar que también quiero mucho es la Facultad de Filosofía y Letras. Allí, dentro de la maestría de la señora Elvira Arnoux, tengo un Seminario de literatura infantil. Es otro espacio en el que tengo absoluta libertad para dar el tema que quiero, como quiero, sobre el autor que quiero… estoy malcriada. (Risas). Así que el que dice que no puede, es porque no buscó. Como decía Saramago, hay que buscar los lugares para ser plenamente uno. Porque si no, la vida, por lo menos para mí, no valdría la pena. Quizá hubiera hecho otra carrera… pero esta que hice es la que me complace.

MM: Podría preguntarte muchas cosas… una de ellas, y la pregunta va para las dos, recién decías que los chicos, estudiantes de veinte años, en la Provincia, leen literatura juvenil. Y que en el ’76. ’77, ’78, había poca literatura juvenil. Y en estos encuentros, los que están viniendo desde antes lo saben, uno de los temas es justamente problematizar si existe o no la literatura juvenil. Si no es una marca editorial. Por una cuestión comercial. Que el límite de la literatura juvenil con la adulta es bastante lábil. ¿Ustedes qué piensan acerca de esto? ¿La literatura juvenil tiene entidad propia o es un invento editorial?

LB: Bien. ¿Querés empezar vos, Lola?

LR: No sé si teorizar tanto o si ponerme más concreta. Pienso en la colección que manejo cotidianamente, y en la que hay libros que me parecen muy buenos y otros que no. No son todos iguales. Los libros que me parecen muy buenos, se los recomiendo a muchos adultos. Me parece que son buena literatura, que están bien escritos, que tienen algo desafiante. Lo que sí, reconozco, que desde lo que son las estrategias literarias, lo que es la construcción literaria de ese relato, es un poco más previsible. Cumple con la expectativa de desarrollar un tema o varios, y que los conflictos están claros, hay una secuencia. Aunque tenga un final inesperado, bien construido. Eso va en la calidad. No hay experimentación… un ejemplo que se opone a esto que digo es el libro de Chávez Castañeda, Fernanda y los mundos secretos, donde hay mucha experimentación en el manejo del lenguaje, hay experimentación literaria. Pero si no, creo que una característica de la literatura infantil y juvenil, es que hay menos exploración desde lo literario, y hay  más exploración desde lo que sería un mundo interior. Más cercanos a las inquietudes del público que está encuadrado en los límites de esa adjetivación. Hay libros. No todos son literatura. Hay manuales de uso de un microondas que están bien redactados, y vos entendés cómo se usa el microondas. Y hay otros que no… Están en el mismo soporte, el libro, pero no todo está bien escrito. Y hay muchas cosas, dentro de lo que se considera literatura juvenil…El hormiguero, de Sergio Aguirre, supongamos. Se la daría a cualquier adulto porque me parece una novela muy interesante. El espejo africano… un poco menos para mí, pero conozco muchos adultos que lo han disfrutado mucho. Esto tiene más que ver con una valoración personal. Desde lo objetivo, yo lo ofrecería tranquila. Me parece que Cortázar, cuando escribía Historias de cronopios y de famas, no se veía a sí mismo en el ámbito de lo juvenil. Y sin embargo, cuando uno está en el lugar de ofrecer literatura para jóvenes, es un autor que uno ofrece con bastante tranquilidad. Cuando querés atrapar a un lector. Sabés que le va a interesar y que va a querer más. Le das Cortázar. Y no creo que él jamás se lo haya preguntado. No se hubiera autotitulado autor de literatura juvenil.

MM: Salinger podría ser un buen ejemplo. No creo que haya escrito El guardián entre el centeno pensando en los jóvenes.

LR: El señor de las moscas… (estoy pensando en cosas típicas de la currícula secundaria) me parece una novela que tiene ribetes fascinantes. Es un autor que se lee muy poco, aunque Golding fue Premio Nobel. Me parece que esa novela tiene muchas cosas interesantes. Y creo que uno no se la da a los jóvenes, porque un tiene el prejuicio de que los jóvenes tienen menos aguante… menos tolerancia a los tiempos muertos que a veces tiene la literatura. Cuando hay menos acción y más devenir o descripción de un mundo interior. Creo que es eso. Pero también es un prejuicio, porque hay jóvenes que han leído toda la vida, y que en su casa se ha leído toda la vida. Y hay jóvenes a los que les cae un libro por primera vez cuando tienen la suerte de tener una profesora que les pide que traigan algo. Hay un universo de jóvenes muy disímil.

LB: Es interesante porque se plantea desde el lugar en el que antes no había literatura juvenil, y ahora sí. La pregunta sería, a partir de qué y a quiénes se les ocurrió. Si esto era comercial o tenía otra fundamentación. Me parece importante valorizar la función de dos editoriales que siguen siendo muy importantes ahora. Nos ubicamos en España. Las editoriales son SM y Alfaguara. Los primeros libros de literatura juvenil fueron bastante fuertes especialmente al iniciarse la década del 80, cuando ya Franco había muerto. Tenían características significativas. Un escritor que trabajó mucho en la construcción del campo LIJ, es Juan Farias. Escribió numerosas obras para niños y para jóvenes. Una de ellas lo define como crítico del franquismo: Pequeños nazis del ’43. La otra es una denuncia de ciertas formas de tratamiento de los adolescentes en institutos penales: Los niños numerados. Imagínense en la España católica post franquista… a Farias, gallego, escribiendo estas dos novelas.

LR: Para buscar amigos… (Risas).

LB: En la literatura juvenil lo habitual es la presencia de personajes  jóvenes. Pensemos un poco en el tema de la identificación que cada uno de los que estamos acá podemos tener con lo que estamos leyendo. A mí me dan un libro… vamos a inventar uno que no exista para no dañar el prestigio de ningún escritor… Supongamos que a mí me regalan un libro en el que, de entrada, la mujer es una bobalicona, completamente entregada a las órdenes del marido… cuando llegué a la página número cinco, cierro el libro. A los adolescentes les pasa lo mismo cuando la problemática de los adultos, que están en un libro para adultos, no tiene nada que ver con ellos. El vino del estío, de Ray Bradbury… que es un libro maravilloso. Pero ¿cómo identificarte a los catorce años con esa  novela? Hasta los catorce, quince, dieciséis años, están transitando una etapa de la vida en la que no dejaron del todo de ser niños y están empezando a crecer. Estoy repitiendo a Marc Soriano, que es un maestro que respeto mucho. La identificación con lo que está sucediendo dentro de un libro me lleva a leerlo o no. Hay autores de obras literarias que un profesor de literatura considera como de poco valor estético. Pero yo respeto al lector. Y no me importa que la calidad literaria no responda a la Teoría Literaria que aprendí en la Facultad de Filosofía y Letras porque no me sirve para nada. No violento a la persona que está leyendo, porque en otro momento leerá otra cosa. Los más jóvenes, con poco recorrido literario, tal vez no puedan entender obras literarias de cierta complejidad, y es aquí donde la literatura juvenil cumple un papel muy valioso, interesarlos por la lectura, ayudarlos a pensar ciertas problemáticas de la edad adolescente, y descubrir en la lectura un momento de placer. Creo que la literatura juvenil surge con un descubrimiento, que veo fundamentalmente en Francia con este grupo: Soriano, Jolibert, en Italia con Gianni Rodari… y es esta cuestión de que no se pueden imponer libros. Basta de clásicos, hay que renovar todo lo que se ofrece. Y entonces se le empieza a dar importancia a una literatura que tenga como personajes, a jóvenes. Jóvenes que se enamoran, que van a la guerra, que están encerrados en una institución… una adolescencia plena de hormonas, con pasión, con ideales, con locura…  Como pasa en todos los campos, hay libros de excelentísima calidad, y otros no tanto. Nosotros tenemos una literatura juvenil de primer nivel. María Teresa Andruetto, Liliana Bodoc, Márgara Averbach, Paula Bombara, Cristina Ramos, Lydia Carreras, Andrea Ferrari, Esteban Valentino,  el aquí presente, Mario Méndez y muchos nombres más que han ganado un lugar en el universo juvenil. Creo que es una obligación del profesor de sexto, séptimo grado, y hasta segundo año de la escuela media,  dar literatura juvenil como una transición hacia una literatura con otra complejidad. A un pibe de catorce años, la locura de la Maga de Rayuela, le resulta difícil de comprender. Está enamorado del amor, de alguien parecido a él en sus gustos, en su manera de escuchar música, de bailar. Amamos a Cortázar, pero no podemos transmitirles a los adolescentes, una visión del mundo o un conflicto propios de la adultez. Mi opinión es que Don Quijote de la Mancha es un libro para leerlo a partir de los veinte años. Y después de haber estudiado historia  de España. Porque si no, nadie  entiende por qué se muere Don Quijote. Si yo no entiendo quién es Sancho, ni quién es el Quijote, no entiendo la historia. Resulta aburrida. Es lo que diría un adolescente. ¿Y qué le importa si lo escribió don Miguel de Cervantes Saavedra? No le importa. No puede comprender la intensidad, la filosofía, la complejidad del Quijote, que está planteando una crisis filosófica, humana, sociológica, política, de España. El momento en el que se escribe, es un momento de crisis muy grande. España empieza a preguntarse qué hizo en la Conquista. Don Miguel de Cervantes Saavedra es brillante con este libro. Pero si yo no le enseñé eso, lo que está leyendo es la anécdota de los molinos de viento. Soy una defensora obstinada de la literatura juvenil. Del respeto por todos los libros de literatura juvenil. Incluso de aquellos que pienso que podrían haber estado un poquito mejor escritos. Puedo pensar que podría haberse esforzado un poco más, que tuvo mala corrección, que repite algo tres veces en el libro… esas cosas que uno tiene de Profesor de Lengua y que se da cuenta que algo no funcionó en un texto... Pero no importa. Si están fascinados con esa lectura ya está.
Les cuento una pequeña anécdota de lectores de la escuela secundaria a la que asistieron mis hijos. Recupero en el recuerdo la primera novela juvenil importante, para mí, en la historia de la literatura argentina. Alma Maritano, En el sur. Integraba una trilogía: Vaqueros y TrenzasEn el sur, y El visitante, novelas editadas por Colihue. Teníamos en casa estos libros de Colihue. Mi hija los pudo leer. Se sacaron fotocopias y la división entera leyó a Alma Maritano a espaldas de la profesora que nunca se enteró de que sus alumnos leían. Eran lectores, pero de otros libros. Tuvo tanto éxito, a pesar de las críticas académicas que se le hicieron a Alma Maritano, que apareció una edición pirata y Colihue tuvo que hacer un juicio. Entonces para mí quedó algo muy claro: lo que funciona es cómo escribe ella. Esos chicos. Esas voces. Eso que pasaba. Una iniciación sexual al lado del lago Nahuel Huapi.  Me parece que cuando los temas se aproximan al ser humano del que se trata, el libro tiene éxito. Y si uno es profesor, tiene que decir: “Bueno, estoy acá. La próxima vez les voy a leer un poquitito otra cosa a ver qué pasa.” Pero respetar el nivel lector, los deseos, el movimiento emocional que genera la lectura. Esos libros quedaron en la memoria de todo ese grupo, porque siguen siendo amigas de mi hija, son todas mujeres de cuarenta, madres de familia, y recuerdan su iniciación literaria con Alma Maritano.

MM: Mi hija está yendo al Liceo 9 y el año pasado, en primer año leyeron Los ojos del perro siberiano.

LB: ¡Ah, muy bien! Hemos mejorado un montón. Ese libro de Antonio Santa Ana,  que estuvo muy cuestionado porque es un libro temático que habla del SIDA. Que hable del tema del SIDA. Está muy bien escrito. Empecemos por ahí. Y hay quienes no están de acuerdo con una literatura que sirva para la autorreflexión. Pero los pibes se lo devoran. No hay discusión alguna. 

LR: Lo de Alma fue una pelea. Yo fui bibliotecaria en otras instituciones, y allí siempre pasa que venían dos o tres en grupo, algunos entusiastas y otros arrastrados por los amigos. Y una busca la “cajita feliz” para el menos lector, y algo más sofisticado para otros. Y a los que venían más remisos, les dábamos los de Alma Maritano. Y la profesora de Literatura se sacaba, se ponía loca. Y nosotros les decíamos que dejaran que los chicos descubrieran que podían pasar un buen momento leyendo. Y que ya iban a venir por otra cosa.

MM: Yo creo, no sé si ustedes coinciden, que esa pelea está bastante ganada. Los profesores de secundaria, que me parece que son más remisos que las maestras, se dan cuenta de que literatura juvenil es buena para la iniciación.

LR: Los profesores de secundaria son mucho menos permeables, porque está la idea de que al terminar la Primaria pueden dedicarse a la literatura “menor”, y además argentina, o sea que es “menor y menor”, pero que en la Secundaria es momento de empezar con la literatura. Es muy difícil penetrar en la Secundaria.

MM: Lo sé, por las editoriales, los promotores… pero me parece que por suerte que entendieron el concepto de Soriano que es clave, que es el de la literatura juvenil como momento de iniciación. Están iniciándose en la vida, y como lectores también. Me parece que es una de las claves.

Asistente: Los chicos que en este momento se están devorando Los juegos del hambre, por lo menos leen…

LR: Yo creo que es una experiencia feliz. El registro que queda en ellos, es: “Uy, probé fideos con bróccoli y el bróccoli no era tan espantoso”. Puedo salir de la papa y la batata y tener un buen momento. Descubren que no les va a pasar nada. No hablo del que ya lee. El que lee a los ocho años, a los catorce no es un problema. El problema son todos aquellos que se lo pierden. Y creo que con esos libros descubren que pueden pasar un momento muy intenso leyendo. Que el volumen no es un problema. Que puede gustarles tanto como para dejar de lado el teléfono, la Play… lográs eso y ya es una maravilla.

MM: Fue Harry Potter en su momento. O los vampiros de Crepúsculo. Una de las cosas que se plantea Soriano en esa guía tan famosa, me imagino cuál es la respuesta pero quiero que se explayen: ¿Adaptación sí o adaptación no?

LB: Lo mío es breve. Yo estoy en desacuerdo con las adaptaciones. Creo que los libros se tienen que dar enteros, y que si el lector todavía no tiene el nivel de apropiación para ese texto, es porque todavía no es para él. Yo no voy a corregir los cuadros de Goya, del Goya loco, para que puedan comprenderlo. O voy a disimular una imagen de Dalí porque no entienden el surrealismo. De la misma manera que no tocaría un cuadro, no tocaría un libro. Lo leerán cuando puedan. Lo que voy a buscar, son libros que, este grupo de alumnos que tengo, y que es diferente cada año, pueda leer. Doy un ejemplo. En un Taller de Lectura y Escritura con jóvenes entre veinte y treinta años, preparé una selección variada. ¿Cómo hago el diagnóstico lector? Grupos de cuatro o cinco alumnos, cada uno con un libro diferente: Gustavo Roldán, María Teresa Andruetto, Paula Bombara y libros que no pertenecen a la literatura juvenil, como Manuel Rivas, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez… Tienen un tiempo de lectura y después, cada grupo tiene que decir qué pasó.  Los alumnos a los que les tocó Manuel Rivas me dijeron que no habían entendido. Lo saqué. Es suficiente. No importa que sea Rivas si me dicen que no entienden. Tampoco sabían nada de la Guerra Civil Española. “Historias de cronopios y de famas”, fue muy aceptado. Las obras juveniles, muy bien recibidas. Ese era el camino. Hay problemáticas de libros para adultos que entran en fricción con las posibilidades de un público juvenil. No voy a adaptar Rayuela de Cortázar. ¿Alguien estaría de acuerdo en adaptar Cortázar? No. Bueno, yo no estoy de acuerdo en adaptar a Don Miguel de Cervantes Saavedra, ni con adaptar nada. El libro es el libro y si se puede, se puede, y si no, hay que esperar.

MM: A mí me sorprendió, porque Soriano no lo tiene claro, ¿vos qué pensás, Lola?

LR: Hay que ver… ¿cuándo uno admite ciertas cosas de una adaptación? Todo Salgari… todo Verne… de doscientas y pico de páginas, es literatura tan vinculada a la acción que vos podés tomar esos pasajes que están muy compartimentados, y entonces se tiene la presunción de que se puede eliminar la descripción sin eliminar la acción. Pero también eso es un empobrecimiento.

MM: Es un tema. Me cuesta entrar en polémica con vos…

LR: Y he editado adaptaciones…

MM: Me pregunto… No adaptar a Cervantes, mucho menos a Cortázar, por una cuestión de distancia corporal… pero Homero… Si La Ilíada y la Odisea no las adaptás para primeros lectores, ¿quién las va a leer?

LB: Todo tiene su tiempo. Esos libros pueden esperar. Y también es necesario diferenciar niveles lectores dentro de una misma etapa etaria. A veces, el nivel lector puede sorprendernos, como sucedió con un adolescente que leía a Dostoievski.  Estábamos haciendo una jornada de literatura infantil, en la sala Paco Urondo de la Facultad de Filosofía y Letras. Y habíamos logrado que un grupo de alumnos de  una escuela secundaria prepararan comida para los alumnos que estaban participando de la jornada. Eran muchachos de quinto que de esa manera juntaban plata para el viaje de egresados. Y entonces vino uno, Damián, y me dijo: “Mirá, yo no te quiero ofender, pero estoy leyendo Dostoievski”. Como diciéndome que estábamos equivocados al definir al adolescente como lector precarizado. ¿Cuántos chicos de esa edad leen Dostoievski? No muchos. Habrá que esperar que tengan la edad suficiente, y que sean lectores de los autores de la literatura universal que reclama un recorrido significativo.

LR: Hay una edición del Quijote, que es la de Sergio Saposnic y Alejandro Spiegel, editado por Homo Sapiens, si no la estoy pifiando. Lo que hace es algo que sí me parece que está bien que es apropiación del Quijote, que lo transforma en un libro que tiene entradas. Desde el diseño. Tiene columnas, explicaciones, glosario, parodia, fragmentos que están tal cual, y que el chico sí va a poder leer como están en el Quijote, y le va a quedar resonando, hasta que algún día llegará al Quijote. Pero no tiene este pastiche, este cercenamiento, esta cosa de “premasticado”, que eso es lo que tiene la adaptación, que no queda nada nada vital. Está todo como muy muerto. Le estás sacando tono… ahora, cuando me decís que es la versión de Saposnic y Spiegel del Quijote, estamos hablando de otra obra que “está hablando de”.

MM: Yo creo que por algo Soriano, que era un especialista y un maestro, como bien dijiste, se lo platea como pregunta. Me parece que es bastante difícil. Pienso en mi experiencia como lector. Yo empecé leyendo la Colección Billiken, y leí Moby Dick, el QuijoteRobinson Crusoe. Quizá por una cuestión de fidelidad a mi historia como lector… a mí esas adaptaciones me llevaron a leer. El Quijote lo leí como a los treinta. Moby Dick todavía no lo leí, no sé si algún día lo voy a encarar, pero creo que sin eso ni lo pensaría, y jamás hubiera sabido la historia de la ballena blanca. El tema de la adaptación me parece que es más que dudoso. ¿Qué decías, Luján?

Luján: Yo pensaba en esos relatos de Graciela Montes de mitología griega. Ahí están la Ilíada y la Odisea, o los de Los caballeros del Rey Arturo, que realmente no sé si se refiere a lo que vos decís del Quijote, de esta nueva versión, pero esas versiones de Graciela Montes llegan mucho a los niños. Se conocen las novelas de caballería a partir de eso, creo que también va en la calidad de la adaptación.

LB: La calidad de la escritura del adaptador.

LR: La calidad de la escritura, la honestidad de la presentación, en lo que es mitología, al no tener un texto madre, uno puede apropiarse mucho más de esa historia para hacer una escritura. Es importante la honestidad de la adaptación. De hecho, estoy pensando en este libro del Quijote, y lo tengo en la biblioteca adaptado por Saposnic, no lo tengo adaptado por Cervantes. Porque no tiene  nada que ver… o sí tiene que ver, pero no podría decir que esto lo escribió Cervantes. Es claramente una propuesta lúdica, didáctica, sobre Cervantes. Es otra obra. Hay mucha honestidad ahí. Hay un intento de acercamiento. Creo que también tienen otra con el Martín Fierro. Este mismo dúo.


MM: En ese sentido, la Colección Billiken no era tan honesta. Yo estaba convencido de que había leído el Quijote.


LR: Creo que son cosas que han cambiado. Hoy en día no es una cosa tan aceptada. Los lectores grandes estamos un poco más alertas con esas cosas. Queremos saber quién tradujo…parece medio inaceptable tener un libro traducido y que el traductor no esté ni en los créditos. Es un escándalo.






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