De encierros e inundaciones

La naturaleza es una fatalidad, pero la vida social no. Sin embargo, Ezequiel Martínez Estrada, más conocido por sus ensayos que por sus ficciones, ha sabido poner ambas dimensiones de la realidad en un vínculo en que las características de la primera se transfieren a la segunda, creando un mundo en el que la desgracia y la catástrofe natural desbordan al hombre hasta anularlo. Libro de arena publica un comentario a propósito de "La inundación", un cuento de Martínez Estrada que aborda la problemática del poder, de las relaciones sociales y de la identidad local.


Por Marina Ruiz*



No sé a qué adjudicárselo, sinceramente, no sé si es el azar, la casualidad, la alineación de los planetas… Pero era domingo de sudestada, parecida a esta última que tanto aquejó a vecinos y pobladores de Buenos Aires. Era uno de esos domingos y era una de esas sudestadas que incentivan a amantes y a suicidas. El agua invadía calles, patios, jardines, caminos, pueblos. Las noticias de ríos con crecidas inesperadas poblaban los flashes informativos. Este fenómeno meteorológico, tristemente común por estas latitudes, está bien lejos de ser nuevo y no faltan hoy, como no faltaron en el pasado, quienes lo vieron como signo de un castigo, como presagio de una necesidad de transformación, o como marca de una identidad mal resuelta. La tarde gris no motivaba a hacer mucho, un poco de limpieza por acá, un poco de orden por allá, y en eso me crucé con un libro que no recordaba haber visto nunca. Hojeando, de puro aburrida, vi que en el índice decía: “La inundación”, de Ezequiel Martínez Estrada. El título me pareció oportuno, y como hasta ese momento no había leído nada del célebre autor argentino, me di la oportunidad de conocerlo.
Si la tarde venía enturbiada por el contexto climático, la lectura del cuento no colaboró para mejorar mi estado de ánimo. La historia trata de un pueblo que se ve obligado a auto evacuarse debido al desborde del río que lo cruzaba. Justo lo que se repite una y otra vez, horrible casualidad. El lugar más alto de la zona era, por supuesto, donde se erigía la iglesia, una colina a tres kilómetros del pueblo. Hacia allí partieron los habitantes de General Estévez, después de tres días de una “lluvia diluviana”, como señala el narrador. La relación de los pobladores con el párroco, el vínculo entre campo y ciudad, lo mismo que entre Dios y las circunstancias del castigo y el pecado, son series de oposiciones conocidas al igual que bien elaboradas dentro de la economía del relato de Martínez Estrada y que contribuyen a crear la atmósfera y anudar con el clima desolador. Cuando de la iglesia se trata, pareciera que sirviera de reparo ante la desgracia, pero sólo en términos de refugio físico porque es incapaz de servir en otro sentido: cuando debiera dar a sus feligreses lo que esperan recibir, un apoyo espiritual, falla. Es como si Dios los hubiera abandonado.
El relato continúa en un ir y venir entre el pasado y el presente, un poco para contextualizar cómo llegaron hasta allí algunos personajes: el párroco, la pareja de extranjeros, el médico, los mendigos del pueblo, entre otros. Del futuro, en cambio, poco se sabe. Se espera que deje de llover, que el agua baje, que el terreno la drene, que alguien venga a socorrerlos. Se espera un rayo de luz que ilumine la desesperación. Se espera. La pasividad no podría estar mejor expresada porque eso es lo que ocurre: pasan los días y sigue lloviendo. Escasean las provisiones, no quedan animales para carnear, el hacinamiento comienza a provocar las primeras muertes, de niños, luego ancianos. La tensión en un aire que se ha hecho irrespirable nos induce a creer que la tragedia está por llegar, que en algún momento todo esto debe estallar, pero no, ni siquiera. Todos los acontecimientos se amortiguan en una letanía que termina por resultar eso, una espera interminable.
Si uno quisiera encontrar un paralelismo cinematográfico, en cuanto al sentido del encierro ineluctable aunque con una causalidad que obedece a otros hechos, por supuesto, podría pensar que la escena se asemeja a la de El ángel exterminador, de Buñuel. En la película también ocurre una sociabilidad obligada, la sucesión de hechos ominosos, la perturbación del carácter de los personajes sometidos, no por un hecho externo identificable, sino por algo así como un conjuro indescifrable, como por arte de magia; allí también se ven obligados a permanecer juntos. Pero a diferencia del relato fílmico, en cuyo cierre los personajes logran salir al exterior con la nueva mañana, en el cuento no hay un final preciso, contundente, o siquiera devastador. Sólo hay desesperanza. Sólo hay un cielo gris. Sólo hay lluvia. Esa falta de cierre, esa continuidad, esa medianía que surge de la inacción, quizá son la cifra, la clave de una forma de entender una realidad mayor, la de las relaciones sociales para las que el estancamiento de las aguas de una inundación son nada más que una forma posible, una metáfora.


La inundación y otros cuentos
Ezequiel Martínez Estrada
Buenos Aires, Sudamericana, 1964
















*Marina Ruiz: vive en Buenos Aires, estudia antropología en la UBA, y su mayor pasión es viajar, y conocer cómo se vive en otros lugares.

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