90 años de la muerte de Roberto J. Payró

Por María Pía Chiesino

Habitualmente, se señala que la obra de Payró es una de las primeras y más acabadas manifestaciones del realismo en la literatura argentina. Cuando Payrò (que ya ejercía el periodismo como oficio), decide escribir ficción, su proyecto apunta a dar cuenta de la realidad argentina. Sus modelos eran   La Comedia Humana de Balzac y los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. Llegó a comentarle a Alberto Gerchunoff, que para narrar la realidad nacional, proyectaba escribir ochenta novelas.

El blanco al que dirigió sus mayores críticas, además, fue la política. Tanto en Pago Chico, como en Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira aparecen representados los dueños del poder, que se han beneficiado en los años del fraude conservador. Aparecen entonces caudillos de pueblo, el juez de paz asociado a la coima, el comisario prepotente, jugador, tramposo.
El casamiento de Laucha es una novela corta que apunta también a contar un aspecto de la realidad argentina, pero sin hacer foco en la política, sino en la llamada “viveza criolla”. Y en este caso, Payró inscribe su relato en una de las tradiciones más interesantes de la narrativa realista: la picaresca española.

Hay una breve presentación del personaje, a cargo de un narrador en tercera persona, y a continuación, Laucha aparece como protagonista y nos cuenta su historia.
Es casi imposible no hacer una primera asociación uno de los personajes más entrañables de la picaresca: el Lazarillo de Tormes. Pero esta primera impresión se disuelve rápidamente, por razones bastante sencillas. En el Lazarillo, la historia se cuenta desde el nacimiento del personaje, se narran sus padecimientos al servicio de diferentes patrones. Cuando cierra el relato, el personaje adulto, (que tolera sin problemas la infidelidad de su esposa con el arcipreste para quien trabaja) es un resultado de esos años de aprendizaje, durante los que, ninguno de sus patrones le ahorró el menor sufrimiento. Lázaro llega a esa situación que implica “vivir en el deshonor”, por lo que le han enseñado la crueldad del ciego, la del clérigo de Maqueda, y la más benévola del escudero, que le aseguran cada vez en mayor medida el contacto con una sola realidad: la del hambre. Su aprendizaje desde la infancia no le proporcionó muchos elementos  que le permitan decidir otra cosa que comer todos los días para sobrevivir.
Laucha, por el contrario, nos habla desde el comienzo del relato, de su vida adulta. Y habla de sí mismo como de un hombre “sin un peso, ni mucha letra menuda, ni mucha fuerza… ni ganas de trabajar tampoco”.
Si bien tiene problemas de dinero, los presenta como un resultado de su personalidad.  Y si no le gusta trabajar, necesita sacar plata de alguna parte, aunque sea para vivir con lo justo. Después de probar una o dos ocupaciones que no le duran mucho tiempo, (no tolera que le den órdenes) y de viajar por distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires, llega por recomendaciones a la pulpería de Doña Carolina, cerca de Pago Chico.  La mujer es una inmigrante, viuda reciente, que necesita un empleado que la ayude a atender su negocio.

Aunque Laucha no tiene en principio intenciones de casarse con ella, los consejos de Cipriano (un anciano encargado de cuidar los chanchos), y las distintas referencias que la mujer hace acerca de su dinero, van encaminando la ruta del protagonista hacia una propuesta de matrimonio que la mujer tarda un poco en aceptar, pero en la que finalmente cae.

Laucha no tiene otro objetivo que el de resolver sus problemas económicos casándose con ella. No hay referencia alguna que permita a los lectores pensar que el amor tiene alguna participación en lo que pasa. Laucha es un fraude desde el comienzo. Desde ese apodo que lo asocia a ese animal astuto y un tanto repelente, y que oculta sin duda alguna, un nombre verdadero que nunca llegaremos a conocer.

Los problemas con el dinero permiten inscribir la historia en la tradición de la picaresca, pero al tratarse de un adulto, los artilugios a los que recurre, en lugar de inspirarnos piedad, como sucedía con Lázaro de Tormes, nos ponen frente a alguien por quien nos resulta muy difícil sentir empatía.

Todo es un enorme engaño. El cura que les extiende el certificado de matrimonio también es un tramposo que a cambio de dinero negocia con Laucha un “casamiento” que llegado el momento, no tendrá la menor validez legal.
Lo que Laucha necesita no es comer todos los días, sino tener una situación de tranquilidad económica que durará el tiempo que dure el dinero de su mujer. Ella por otra parte, confiada, le entrega a su “esposo” la responsabilidad de todas las cuentas de la casa y del negocio.
El manejo de la economía doméstica en manos de Laucha, es inseparable del delito y del despilfarro. Los lectores no tardaremos en ver las consecuencias.

Lo que en la picaresca española está marcado por la necesidad de supervivencia, en este caso es simple viveza, y sigue una secuencia que atraviesa sucesivamente la manipulación, el cálculo, el egoísmo, la crueldad y finalmente, el abandono.

Payró nos deja entonces esta picaresca criolla, en la que la vida de un campesino un poco atorrante, reproduce en pequeña escala lo que en la política tiene una mayor dimensión: la relación necesaria del bienestar económico con la mentira y el delito.
A pesar de que le sobra discurso para justificar lo que hace es difícil que este pícaro criollo tenga alguna manera de caer simpático a los lectores.
Es imposible no pensar que mientras saca argumentos del bolsillo, esquilma los bolsillos de la pobre y confiada Carolina.

De todas formas, aunque no nos encariñemos con Laucha, es posible disfrutar de este relato de Payrò, que hace un impecable trabajo con la lengua rural, y tiene un ritmo narrativo que no nos permite abandonar la lectura, aun cuando vemos que los hechos se van acercando rápidamente a un final poco feliz.


El casamiento de Laucha
Roberto Jorge Payró
Losada, 1949.

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