Tu nombre me sabe a recuerdos


El miércoles 12 de febrero se cumplirá el 30° aniversario del fallecimiento de Julio Cortázar. Libro de arena lo conmemora con una serie de publicaciones durante toda la semana. En esta ocasión, una lectora y algunos recuerdos que le trae el simple (y complejo) nombre de Julio Cortázar.


Por Belén Leuzzi

“Julio Cortázar”. ¡Ese nombre tan nombrado dice tantas cosas! Pero casi todas terminan siendo, por esas cosas de la vida, autorreferenciales. Es por eso que su nombre, además de denotar al “escritor, traductor e intelectual argentino nacido en Bélgica”, como podríamos sacar de sus biografías o de Wikipedia, nos dice algo más. Y ese plus que lo hace tan especial lo asociamos con nuestra propia vida.

Como varios de sus relatos, mis pensamientos ligados a Cortázar no siguen un orden cronológico, sino que dan saltos temporales y espaciales en el laberinto de mis recuerdos. Lo que sí estoy ciertamente convencida es que mi primer contacto con él fue con Final del juego. Era bastante pequeña, pero tenía ganas de leer algo interesante y saqué de la biblioteca ese libro que ya habían leído mis hermanos mayores. Quedé impactada sobre todo con el cuento homónimo. Y a eso le sumaba que yo vivía frente al tren –aunque lejos del panorama que describe Cortázar-, era algo en común y yo también quería recibir alguna notita. 

Ya en la adolescencia, y después de haber leído varios de sus cuentos –“Los venenos” era el que más recordaba-, organizamos en mi colegio el llamado “Día de las Artes”. Realmente un logro de los estudiantes, pues convocábamos a exponer dibujos y pinturas; micrófonos abiertos para lectura de poemas; preparábamos aulas temáticas –la sala surrealista, la sala pop art, la sala de letras, etc.-; invitábamos a bandas del colegio; daban charlas profesores y artistas de distintas disciplinas. Y uno de esos dibujos… era un retrato en lápiz de Julio Cortázar. ¡Parecía una foto en blanco y negro! Pero cuando uno se acercaba podía observar los trazos del grafito. Y el autor de ese retrato era un gran lector de su retratado. Realmente me había encantado esa obra, pero lamentablemente se extravió. Fue la única obra que perdimos en la exposición. El grupo estaba muy triste y también decepcionado por nuestro error. ¿Dónde estaría? ¿Se lo habrían robado? Yo creo que sí. Era demasiado buena y algún visitante, amante de Cortázar seguramente, se habrá tentado en retenerlo para sí. Me gusta pensar que podría haber pasado algo más mágico, algo más propio de Cortázar.

Esto me hace acordar también que alguna vez un amigo me dijo que leyera Rayuela, pero de determinada editorial porque le había parecido la mejor. “Sólo de ahí léelo, eh”, dijo. En algún momento me lo iba a regalar. Estábamos en una librería antigua y lo señaló insistentemente. Creo que era negro con amarillo, y debía ser la Ed. Sudamericana, pero fue hace demasiados años y se torna borroso. Todavía espero ese regalo. 

Aunque lo cierto es que uno no puede esperar tanto, y con tantas editoriales e internet es fácil incitarse a leerlo por cuenta propia. Por eso supongo que casi todos quieren, en mayor o menor medida, un pedacito de Cortázar para sí.

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