Eduardo Gonzalez: "Escribir por encargo te obliga a manejar reglas muy estrictas."

La segunda parte de la entrevista a Eduardo Gonzalez continúa profundizando acerca de las anécdotas que dieron vida a las historias de los libros, del fútbol, de los referentes de la infancia, del amor. Además, el escritor sostuvo, en la conversación con Marió Méndez, coordinador del encuentro, y los asistentes, que el crecimiento que ha experimentado la literatura infantil y juvenil a partir de los años '80 es indiscutible. Libro de arena publica el final de la última charla del primer ciclo de "Encuentros con autores de literatura infantil y juvenil" de 2014, desarrollado en La Nube. Para finalizar el autor compartió la lectura de uno de sus textos con el público.





MM: Bueno, en  En busca del cielo perdido, cuando te pedimos que recomendaras libros, el que recomendaste con más calidez fue El eternauta… Vos me habías contado una vez en unos mails esta historia del cura al que homenajeás. Contanos un poco.

EG: Pienso que lo que le agradezco a este cura, que acá se llama Ernesto, pero en realidad se llamaba Alberto, es que, nosotros éramos chicos, íbamos a jugar al fútbol a la iglesia, había dos chicas que organizaban los campeonatos, nos habían puesto nombres de pueblos originarios… te estoy hablando del año ’74…

Asistente: ¿En dónde?

EG: En San Martín. Los equipos eran “Los charrúas”, “Los quechuas”. Cantábamos las canciones de Leda y María (Leda Valladares y María Elena Walsh)… y lo que yo siempre le voy a agradecer es que nos transmitió la idea de lo religioso, sin ligarlo con la represión, ni con el miedo, el pecado, el castigo o la culpa.  Ibas a confesarte y le decías: “Dije una mala palabra”. Y él te decía que hicieras una buena acción. Le agradezco eso, la apertura. La humanidad. Él después colgó los hábitos, se casó. Y dijo que él no dejaba los hábitos, porque seguía teniendo buenos y malos hábitos, se puso una imprenta… Después tuvo que irse porque a la imprenta la sonaron en la época de los militares. Una de las chicas que trabajaba tenía una librería y desapareció, pero queda el espíritu de toda esta gente que fue como un puente, que trajo algo nuevo hace muchos años, y traté de que eso siguiera ahí. Que no se perdiera.

MM: Hoy nos decía una lectora que estaba conmovida con En busca del cielo perdido.

Asistente: Me hiciste llorar. Me impresionó la escritura en tono de cronista deportivo, el relato de las jugadas.

EG: Hubo un cuestionamiento. Yo planteaba que el fútbol no era una guerra. Y en ese foro hubo alguien que decía que había una contradicción, porque yo tenía un relato en el que se fomentaba la competencia.

MM: Sí, en la crítica de El Mangrullo.

EG: Lo que yo decía es que este es un libro que va en contra de la explotación infantil en el futbol. Que es algo que está pasando. Hay chicos que ya no juegan por la camiseta, van a cobrar…

MM: Sí, tienen representante a los diez años…

EG: Van a cobrar. Los pibes de FUTSAL cobran. Y la madre dice que si no cobra no juega.

Asistente: Los papás están parados al costado de la cancha gritando barbaridades en partidos de chicos de cinco años.

EG: Me decía un amigo que fue con su hijo a probar porque el pibe quería, y que le impresionó, un padre que estaba ahí y que le hizo una seña a su hijo para que jugara porque tenía que comer… Tenía que ganarse el pan. Eso es lo que yo le decía a la gente de El Mangrullo. Yo estoy manejando dos discursos distintos. Una cosa es el discurso o le ideología que sustenta la novela, en la que estoy en contra de la explotación infantil. Pero si yo voy a relatar un partido de fútbol, tengo que hacerlo con el discurso del periodista deportivo, no con el discurso de un intelectual que dice que eso está mal.



Asistente: También es interesante lo del acercamiento amoroso, que está narrado con la expectativa del que está por hacer el gol. Me causó mucha gracia.

EG: Eso tiene que ver con algo que hablamos con Mario. En la novela original no estaba Nati. Cuando él la leyó, me dijo que le había encantado, que la había leído de un tirón, pero que le parecía demasiado masculina. Y me preguntó si no me animaba a que apareciera un personaje femenino. A mí me deba miedo desbalancearlo y le dije que me lo dejara pensar.

MM: Sí, me acuerdo. Me acuerdo de que me dijiste que se estaba por casar tu hija, y que después de eso te ponías a pensarlo.

EG: Claro, en noviembre se casaba mi hija… Bueno, pensando y pensando, se me ocurrió que tenía que ser una chica futbolera, porque ¿quién les podía hacer el aguante? Y a su vez, tenía que  haber cierta separación, porque ella llega al fútbol por el papá, pero también por la literatura. Ella es de Rosario Central por el Negro Fontanarrosa. Tenía que ser un personaje que tuviera algo que la diferenciara del hincha. De hecho, ella le dice: “Atajaste muy bien y estabas muy lindo”. Y entonces él le dice que las mujeres pueden saber mucho de fútbol, pero que no tiene nada que ver que sea lindo.

MM: Acá surgió una polémica interesante, porque toca el tema de tu profesión de psicólogo, que era la relación del pibe con su padre, golpeador, violento… Me acuerdo que cuando me diste la novela para que la leyera, me dijiste que era de fútbol, pero que en realidad el fútbol era una excusa, porque se hablaba del abuso familiar. La polémica que se dio acá el lunes pasado era sobre si Pupi lo quiere o no lo quiere al padre.

EG: En realidad, la relación amor-odio es una relación compleja…

Asistente: En Barrio de tango también pasa esto…

EG: Sí, con el abuelo. Lo que pasa es que en Barrio de tango el abuelo quiere otra cosa, lo hace porque es bruto y tiene miedo. Yo creo que un niño capta la intencionalidad. Hay algo que los adultos perdemos porque la cultura nos va sacando ciertas cosas. Y creo que lo que más capta un niño es la intención. En el caso del abuelo de Barrio de Tango, si bien es cierto que él lo odia y piensa que se murió, hay cierta intención en el abuelo, que lo quiere. Y que eso se ve en el final, porque está preservado el amor. En cambio acá, creo que el tema de este hombre, si bien uno puede entender que es por la adicción y por el deterioro, creo que hay un daño  que el personaje hace sobre su hijo. De hecho, eso pasa con cualquier adicto. En todo programa de recuperación con adictos, el último paso de la recuperación es la reparación. Porque un adicto, por su enfermedad, ya sea drogadicto, alcohólico, jugador, lo que sea, hace daño. Lo hace por su enfermedad. Puede ser que revierta la enfermedad o no. Y en el caso de que la revierta, el último paso es la reparación. Si este hombre se recuperara, cosa que no sé, porque eso queda abierto, tendría que reparar el daño que le hizo a Pupi. Y habría que ver si Pupi lo acepta. Porque eso pasa con los adictos. Puede ser que la otra persona no lo acepte. Y está en su derecho.

MM: Lo fuerte es que Pupi se queda sabiendo que va a tener que soportar golpes, y que después se va a ir a la miércoles, apenas pueda.

EG: Eso pasa. Había una película hace muchos años que no sé si se acuerdan, Padre Padrone, en la que finalmente pasa eso. Un día el pibe se cansa, se la devuelve y se va. Es que el que tiene la responsabilidad, para no decir la culpa, es el adulto. Será por su enfermedad, pero Pupi se defiende como puede. Si este hombre no repara esto, no creo que Pupi pueda quererlo algún día, porque el daño que hace es terrible. Es más… Pupi va a tener que hacer un esfuerzo por no repetir esa historia con sus hijos cuando crezca.

Asistente: Es muy fuerte el acto de coraje que hace que él lo desafíe, que elija por el amigo, que la amistad pueda más que el miedo.

EG: Claro, es como que el amor es su alternativa. Además, el ve otro padre. Y eso lo sostiene.

MM: El otro tema es que la madre es un personaje victimizado y débil…

EG: Lo que pasa es que en realidad, en toda adicción, hay una coadicción. Todo adicto tiene un co-adicto. Si no, no está al lado. Si no, ella no se queda. Ella de alguna manera sostiene esa adicción. Si no, se va. O lo denuncia. Se queda porque es co-adicta, es complementaria de esa situación.

Asistente: Es complicidad…

MM: Es fuerte. Es un tema muy fuerte.

EG: “Complicidad”, tendría una carga más jurídica. Es co-adicta, está enferma… es una cuestión patológica.

Asistente: A mí me hizo acordar mucho a una película que se llama Pelota de trapo, de Armando Bó. Esa cosa de adicción que genera el fútbol.

EG: Es como en la película Los tres berretines, el tango el fútbol y el cine. Yo creo que también el psicoanálisis. (Risas). Yo creo que las pasiones que tenemos son estas tres.

MM: Saliendo un poco de la novela… Te van a dar un Konex por una obra de diez años. ¿Qué has visto en estos últimos diez años, de literatura infantil y juvenil? ¿Qué destacás? ¿Qué criticás?

EG: Me parece que el crecimiento que ha tenido la literatura infantil y juvenil ha sido enorme. No se puede discutir más si esto es algo menor. Me acuerdo que hace muchos años, en el ’80, le escribí una carta a Andreu Martín. A mí  me gustaban mucho los libros de Flanagan, le escribí y  a partir de ahí nos hicimos amigos. Yo también estaba escribiendo, y le mandé esa carta en broma, en la que le decía que yo no era un escritor en serio, y que escribía para chicos. Me mandó una carta, enojadísimo. Me decía que no podía decir eso, y que en España había pasado eso. Ellos ya tenían un Premio Nacional de Literatura,  que acá todavía no había. Entonces le aclaré que era una broma. Todavía no existía el mail. Y él me decía en ese momento, que todavía había gente que discutía si la literatura infantil y juvenil es algo menor en calidad que la literatura para adultos. Como si la única literatura fuera la de los grandes. Es como decir que la Pediatría no es Medicina. (Risas). Creo que han surgido un montón de editoriales nuevas, independientes, que han permitido una diversidad muy amplia. Creo que la Argentina tiene autores muy buenos, impresionantes. Colombia lo tiene a García Márquez, y nosotros tenemos a Quiroga, Cortázar, Borges… (Risas). La Argentina es un país de grandes escritores. Y que en la literatura infantil y juvenil argentina hay grandes escritores. No tengo nada que decir que sea negativo. Uno puede decir que hay escritores que a veces publican por demás… Puede ser. Pero uno entiende que si alguien vive de la literatura, está contemplado dentro de lo que se hace para vivir. O escribir por encargo, o algo que no tenga la misma calidad que otras cosas. Pero dentro de lo que se escribe por encargo, uno encuentra cosas muy buenas.



MM: ¿Cómo funcionás con el encargo? ¿Trabajaste por encargo?

EG: El  regreso del fantasma de Gardel, fue por encargo. Y los TNT. Norma  Huidobro  me rogó que escribiera un TNT Y escribí El misterioso campamentoen Maschwitz.

MM: ¿TNT qué significa?

EG: Tomás, Teo y Nina. Ese lo hice por encargo y me divertí muchísimo. Ya estaba muy pautado. Los personajes, la estructura, y fue una buena experiencia. Es interesante escribir por encargo, porque te obliga a manejar reglas muy estrictas.

MM: Es como una consigna de taller, pero te la mandó la editora. (Risas). ¿Y de la diversificación? Esa es una charla que tuvimos con varios de los autores que han venido, o incluso fuera de estos encuentros. Hay gente que se centra en dos o tres editoriales. Otros, como vos y yo, andamos por varias. Origami se lo diste a Del Náufrago, que es una editorial mínima. En busca del cielo perdido a una un poquitito más que mínima que es Crecer Creando. ¿Cómo manejás eso? ¿Por qué lo aceptás? Si sos un escritor que está en Norma, en Alfaguara, podés decir que a Crecer Creando no le das una novela.

EG: Es como en el fútbol. Los equipos chicos tienen la cosa de la camiseta. Norma o Alfaguara tienen el desafío de grandes editoriales, un gran respaldo, venden gran cantidad de libros, están muy bien organizados, pero a veces tienen criterios editoriales más estrictos. Me pasó que me dijeran que la novela vino con una devolución de diez puntos, pero que no va dentro del plan editorial. De hecho, tengo dos novelas finalistas en el concurso de Norma, Fundalectura, y todavía no se sabe si las van a publicar. Y las dos son finalistas.

MM: Porque no le ven el costado comercial…

EG: Claro. No entran dentro de “lo que se vende”. La editorial grande tiene eso, que es respetable. Son grandes empresas que tienen que sostener una estructura. Me parece que lo que tiene la editorial chica es que te permite otro tipo de vínculo, otro tipo de trabajo, y otra libertad. “Yo quiero escribir esto. Al que no le gusta… bueno…”. Estas editoriales permiten que uno pueda escribir y publicar.

MM: Muy bien. Antes de despedirnos, ¿qué nos vas a leer?

EG: Estoy escribiendo una trilogía policial. La primera novela fue una de las finalistas. Esa novela se llamaba Muerte Súbita. Por el fútbol y por un asesinato. Es sobre la explotación infantil.

Asistente: ¿Por qué Muerte Súbita se relaciona con el fútbol?

MM: Te lo explico rápidamente. En un tiempo ensayaron que el alargue de los treinta minutos, cuando termina un partido, se cortaba cuando había un gol. Entonces, como se cortaba ahí, era “muerte súbita”. El nombre más elegante era “el gol de oro”.

EG: En la novela son las dos cosas. Hay un periodista que denuncia una situación de explotación infantil en el fútbol y lo matan, y es Muerte Súbita porque no te esperás quién es  la persona que organiza todo esto. Es como decir: “Vos te acostaste a todos, es como la muerte súbita del fútbol”. Bueno, de esa trilogía que todavía está en proceso de escritura, es sobre la trata de personas  y no tiene título, este es el comienzo de la novela. El primer capítulo… Ya lo corregí, además.

MM: Es inevitable.



EG: Se llama “Abril”, el primer capítulo. La vi por primera vez una tarde luminosa de abril. O por lo menos así lo recuerdo. Un recuerdo claro como la luz del otoño, a las tres de la tarde, en las cinco esquinas de Soler y Honduras. Claros como abril. Yo estaba tomando un café, leyendo a Cortázar, como también lo estaba leyendo el día en que conocí a Akemi, cuando los cerezos florecían en Tokio. Ella entró y todo el mundo dejó de hacer lo que estaba haciendo. Porque cuando apareció el tiempo se clavó a las paredes y todo se detuvo. Se quitó la campera y se sentó junto a la ventana. Justo frente a mí. Casi por reflejo pensé en cazar su alma solitaria. Abrí el cierre de mi bolso y metí la mano. Saqué la Nikon y apunté; pero justo en el momento en que estaba por gatillar ella puso un libro sobre la mesa. Moby Dick. No sé si por la luz de abril, por el aura de su presencia, o por el libro, sentí que fotografiarla sería imperdonable. Me levanté atrapado por el hechizo. Me acerqué y apoyé la cámara sobre su mesa.
-Puedes llamarme Ismael –dije.
Sonrió con una sonrisa quieta como la luz de otoño, a las tres de la tarde, en Palermo. Abrió el libro y comenzó a leer. Yo volví a mi mesa, junté mis cosas, regresé y también leí.
Así pasó la tarde. Con palabras dichas sobre el papel. Habladas por otros que nos hablaban y nos hacían hablar en silencio. A veces ella levantaba la vista y me descubría mirándola, otras, de reojo me daba cuenta que ella me miraba. O nos sorprendíamos observando, tras la ventana, las hojas arremolinadas por el viento, entonces nos mirábamos y, enseguida, como si ese fuera el pacto, volvíamos a los libros.
Sin que nos diéramos cuenta las nubes cubrieron el cielo, las sombras se hicieron largas y las luces del bar dieron por finalizada la tarde. Llamó al mozo; pero le dije que yo la invitaba.
-Gracias. –sonrió y guardó el libro. Se levantó y se puso la campera-. La próxima pago yo.
“¿Próxima? ¿Si ni siquiera sé tu nombre?”, pensé y me angustió la idea de no verla nunca más. No habíamos hablado. No sabíamos nada el uno del otro. Sólo que a ella le gustaba Melville y a mí Cortázar. Que amábamos los libros viejos, con olor a librería con estantes de madera desvencijados por el peso de toneladas de papel escrito y tiempo y tinta volcados en la escritura. Y eso era más que suficiente. Quería estar con ella. Algo mágico había sucedido; pero si salíamos juntos a la calle todo se echaría a perder. Cualquier movimiento fuera de lugar arruinaría todo. Mis pasos tenían que tener la levedad de una grulla sobre la nieve.
Me miró como diciendo “¿no pensás hacer nada?” Cerró su campera y levantó las solapas. Se colgó el bolso al hombro. Había olor a café. Los vidrios estaban empañados. Se leían las letras al revés en la vidriera que miraba hacia la calle.
¿Adónde vas? ¿Te acompaño? Quise decir. Pero eran palabras torpes. ¿Cómo competir con Melville y con Cortázar?
Caminó hasta la puerta sin dejar de mirarme.
-Gracias –murmuró y frené el impulso de levantarme, de abrazarla, de gritarle que se quedara conmigo para siempre. Pero me había dicho gracias y eso significaba que estaba bien así. Que la tenía que dejar ir. Tal vez algún día la ballena blanca o el gato de Cortázar volverían a juntarnos. O no.
O no.
O no.
Como un eco el dilema se repetía en mi cabeza. O no.
Salió del bar y me sentí solo, como tantas otras veces. Con un silencio insoportable dando vueltas. Me quedé mirando el vidrio empañado. Las letras al revés. Los coches borrosos pasando por Coronel Díaz. Las sombras extinguiéndose en la noche prematura. ¿Por qué no la había fotografiado?, aunque sea tendría el consuelo de su imagen atrapada en píxeles. El destino me había dado la gracia de unas horas de tregua; pero otra vez la realidad me empujaba al abismo. A la desesperación.
De repente, la puerta se abrió. Un aire frío se mezcló con el olor a café y todo el mundo dejó de hacer lo que estaba haciendo. Una vez más el tiempo se clavó a las paredes y todo se detuvo.
Se paró frente a mí y casi susurrando me habló.
-Aunque tentador, sería imperdonable dejar todo esto en manos del azar…
Quise responderle en glíglico, para que solo ella y yo entendiéramos, pero preferí no hacerlo por temor a que no comprendiera. Saqué una tarjeta y se la di. Una tarjeta que tenía el logo de mi estudio dibujado en letras de graffiti: LSH.
Bajó los ojos y la miró. Vi sus párpados y sus pestañas. Lo único que recuerdo, de aquel soplo de tiempo, fueron sus pestañas, cuando bajó los párpados para leer. Guardó la tarjeta y antes de que volviera a salir le tomé la mano. Frené el impulso de besarla, hubiera sido obsceno.
-No te vayas…
-Es tarde.
-¿Cuándo nos vamos a ver?
-Ya no depende del azar, ahora depende de mí.
Sonrió y se soltó de mi mano.
-Por favor, no te vayas.
-No puedo, es tarde.
Antes de que saliera del bar puede atajarla con una última frase.
-¿Cómo te llamás? Aunque sea decime tu nombre.
Me miró. Sonrió. Miró el almanaque que estaba tras el mostrador al lado del reloj y bajó la vista. Vi sus párpados. Sus pestañas. Una vez más.
-Podés llamarme Abril.
Salió. Me quedé mirando el vidrio empañado. Las letras al revés. El olor a café. Los coches borrosos pasando por Coronel Díaz. Las sombras largas extinguiéndose en la noche prematura. Cerré el libro de Poe y lo guardé en mi bolso. Colgué mi Nikon al cuello. Cuando levanté la vista tuve que esquivar la mirada del mozo. “No te entiendo”, imaginé que pensaba. Tomé la campera, calcé el bolso al hombro y salí. Caminé por Soler. Lloviznaba. Los autos trazaban conos de luz el asfalto brilloso. Saqué las llaves del bolsillo de mi campera y apreté el botón de la alarma. Las luces de la camioneta parpadearon. Abrí la puerta y arrojé la campera y el bolso en el asiento de atrás.
-¡Me van a matar! ¡Ayúdenme! ¡Policía! ¡Policía!
Los gritos fueron una bofetada. Levanté la vista. Alguien corría. La perseguían dos hombres.
-¡Abril! –grite y corrí hacia ella. Me esquivó. Quise frenar a sus perseguidores y me interpuse; no duré mucho. Eran dos gorilas. Me empujaron como si se sacaran una basurita del hombro. Caí de rodillas sobre el asfalto. Un auto negro frenó demasiado cerca de mi frente. Me levanté. Salté hacia la vereda. Por reflejo empuñé la Nikon y apunté como si fuera un fusil con mira telescópica. Empecé a disparar. Los gorilas se abalanzaron sobre Abril. El coche paró y se abrió la puerta trasera. La metieron a empujones. Los tipos treparon atrás. Los gritos se acallaron al cerrarse la puerta, como si una campana de vidrio la asilara del resto del universo. El auto negro arrancó a toda velocidad. Pensé en perseguirlo pero era inútil, me llevaba ventaja y, además, mi camioneta era muy vieja y jamás podría alcanzarlo. Ajusté el zoom y fotografié la patente. El auto se esfumó en la noche. (Aplausos)

MM: Nos dejás con muchas ganas de seguir leyendo.

Asistente: ¿Es un papparazo?

EG: No, es un cazador de modas. Se llama headhunter Son los que cazan moda callejera. Tienen un blog que se llama Blog de las almas solitarias. Él fotografía esta escena por casualidad y después sigue.

MM: Bueno, ya lo leeremos. Acá los asistentes se acercan para que firmes libros. Muchas gracias, Eduardo.

EG: Gracias a vos.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Juan Rulfo. Narrar la muerte

Lewis a través de la lente

Estrategias para alentar la lectura