El silencio después de las palabras

Rescatar el silencio resulta imprescindible para las palabras. Para que encuentren su lugar, para que se resignifiquen. El silencio es necesario, deja oír la voz, deja desenvolver la poesía. Libro de arena propone la lectura de un artículo sobre Marosa, la poetisa uruguaya, en la semana que la tiene por protagonista de una edición especial en su memoria. El texto, de Miguel Ángel Campodónico, aborda desde la perspectiva singular del conocimiento directo los aspectos de esa figura misteriosa de la escritora que inquietaba tanto por sus palabras como por los silencios que estas precisan para ser oídas.


Por Miguel Ángel Campodónico


Más de una vez, a propósito de la muerte de Marosa, recordé lo que dijo Octavio Paz: “Es necesario crear para ver”. Ella no lo dijo, simplemente lo hizo. Creó un mundo y nosotros lo vimos. Lo habitamos, en realidad. Sin embargo, no es de esto que quiero hablar en el comienzo, prefiero evocarla de otra manera, recordarla en el mundo real si es que ella alguna vez realmente lograba librarse totalmente del otro, del fantástico, del que creó para que nosotros lo viéramos.
Compartí con Marosa muchos momentos, hicimos un viaje a Río de Janeiro para asistir a un congreso literario, participamos con Amanda Berenguer en recitales leyendo textos nuestros en teatros de Montevideo, la vi en el café “Azabache”, de su Salto natal atendiendo a sus admiradores que llegaban a pedirle una palabra, un consejo, una opinión, un gesto, lo que fuera, con tal que viniera de la hija pródiga que, de tanto en tanto, volvía al huerto familiar. Y, por supuesto, nos sentamos innumerables veces a las mesas de los cafés de Montevideo, para hablar o para permanecer en silencio mientras bebíamos una copa de vino.
Todo aquello es ya pasado, ¿dónde está su mirada, su sonrisa, su cabellera de cuento de hadas? ¿Y su andar despacioso? Ella se fue hace ya largo tiempo y curiosamente tampoco lograron sobrevivir ni el “Sorocabana” ni el “Mincho”, los lugares montevideanos que habitualmente nos recibían para que en ellos formáramos apretadas ruedas de amigos. Ahí siempre estaba Marosa, disfrutando de la amistad, riéndose de algún crítico literario que gastaba palabras sin decir, quejándose de la ramplonería, condenando el amiguismo y el ninguneo, reclamando honestidad intelectual, exigiendo lo que ella misma estaba dispuesta a dar.
¿Cómo olvidarme de aquel viaje a Río de Janeiro? Fue como si Marosa no hubiera escuchado todo lo que se nos dijo sobre la conveniencia de no andar por algunas calles, no hubo forma de que atendiese ni una sola de las palabras que nos advertían de los peligros de los barrios que no debíamos cruzar. Y allá se iba ella a hacer siempre el recorrido prohibido protegida por los pobladores de su huerto encendido, provocando al azar con tanta decisión que él no se atrevió a hacerse presente. Fue y vino por la ciudad porque llegada de un mundo fantástico nada de lo que pudiera suceder en este otro podía afectarla.
Quiero también volver a acompañarla al encuentro con Mario Vargas Llosa en la casa montevideana de un matrimonio de escritores amigos para alarmarme nuevamente con ella cuando al final se produzca una fenomenal estampida de hombres y mujeres que arremeterán con sus libros en mano para que el famoso peruano se los lleve y algún día los lea, los admire y los aplauda. Y vuelvo a escuchar a Marosa repitiendo “no puede ser, no puede ser, qué barbaridad”, hasta que decidimos irnos para darle la espalda al lamentable espectáculo. Caminamos por la vereda y nos decimos que fuimos los únicos que no llevamos nuestras obras literarias para que Vargas Llosa entendiera lo buenos escritores que somos. Menos mal.
Repito ahora la misma pregunta que me he formulado más de una vez. Si la literatura de Marosa ha servido para que de ella se dijera, entre tantas cosas, insólita, pasmo, fábula, hechizo, hermosura, monstruosidad, originalidad, deslumbramiento, extrañeza, perversidad, erotismo, exceso, imagenería, desborde sensual, magia multicolor, prosa poética, poesía fantástica, poesía en prosa, poesía a secas, ¿qué hacer con tantas palabras ajenas depositadas sobre las suyas antes, durante y, sobre todo, inmediatamente después de su muerte? Quizás lo mejor sería abrir las jaulas para liberar a sus liebres, corderos, pájaros, mariposas, águilas, serpientes y lobos de modo que cayeran sobre todo lo dicho y se engulleran letra por letra tanto palabrerío incapaz de abonar su huerto.
La propia Marosa había dicho en un reportaje que le hice hace ya muchos años: “El libro de poemas es para transitar, agotar –y nunca se agota- en la paz y en el silencio.” Ese silencio que después de leer lo que dejó escrito nos dejará con la sensación de que a partir de lo que ella dijo, como siempre sucede con los escasos poetas creadores, cualquier otra palabra estará de más especialmente en esta época en la que las palabras vicarias suenan más fuertes que las principales.
Esperemos que todos seamos capaces de volver siempre a la lectura que genera silencios. Que nos encontremos frente a un libro de Marosa que acabamos de terminar y que cerraremos sin pronunciar más palabras. Que nos dejemos envolver dulce o furiosamente por las suyas con los ojos cerrados. Y sobre todo con la boca bien cerrada. Libro cerrado, ojos cerrados, boca cerrada. Y sus palabras abiertas escarbándonos bien adentro. Rendidos a ellas mientras no dejan de inquietarnos.

Extraído de: aquí

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