El fuego de la creación

Una vuelta a Cortázar en cinco días. En recuerdo del escritor que hizo del cambio de punto de vista, y de las transformaciones de recorridos de lectura, construcción del tiempo y el espacio,  pero también de personajes y voces, su derrotero de escritura Libro de arena publicará a lo largo de esta semana una serie de notas, artículos y textos de vuelta a Cortázar.



Por Cecilia Druz

Qué mejor forma de rememorar a un escritor que a través de las huellas que dejó...sus palabras: “...Ardemos en nuestra obra, fabuloso honor mortal, alto desafío del fénix. Nadie nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette”. (Rayuela, 1963,502).
Esa era la esencia de Cortázar, el fuego, la llama que todo lo consume y todo lo resucita. La primera vez que leí Rayuela tuve sentimientos encontrados; por un lado admiré a ese autor que fue capaz de quebrar la barrera de la lectura lineal, e incluso las prescripciones de la lingüística al crear su propio idioma. Al mismo tiempo, esta novela cumple con una función que tienen o deberían tener todos los libros, estimuló mi curiosidad, impulsándome a investigar. Por el otro lado, esta obra tenía desde mi perspectiva una veta amarga cuya raíz era subjetiva: nunca llegué a congeniar con el personaje principal, Oliveira. Sin embargo, no sé si fue realmente negativo; negativo hubiera sido que la trama me hubiese resultado indiferente, que los personajes fuesen anodinos y las palabras vacías. Ese fue mi primer encuentro con Cortázar. Años más tarde conocí a una amiga que ama profundamente a Cortázar y me exhortó a darle otra oportunidad, por lo que decidí leer sus cuentos. Y eso fue amor... El primer cuento que leí fue “La señorita Cora” donde cambia el punto de vista innumerable cantidad de veces desafiando la concentración del lector y nos introduce en un mundo donde algo tan cotidiano, como una operación de apéndice puede terminar en un hecho extraordinario y fatal, para que luego la rutina vuelva a convertirse en premisa. O como en “La autopista sur”, historia en la cual tras un  embotellamiento los acontecimientos más absurdos y extremos tienen lugar generando lazos entre los personajes que parecen eternos y terminan en el olvido, en un camino “donde todo el mundo miraba hacia adelante, exclusivamente hacia adelante”.
Cortázar jugaba con los límites de este y de todos los mundos imaginables, cuestionó todas las normas preexistentes, puso a prueba sus fronteras y creó su propia realidad. Un mundo a veces mágico, a veces lúgubre, donde el juego es la palabra clave, donde la muerte no es el fin y el cuerpo no define nuestro tiempo pues el tiempo ya no es relevante, donde la lógica danza con la locura en una delicada armonía que amenaza constantemente con colapsar y arrastrar consigo todo lo que ha creado. Julio Cortázar fue una y muchas personas a la vez, así como Rayuela es uno y varios libros a la vez. Nos ha legado un estilo, una perspectiva, en fin... Cortázar puede agradarnos o no, podemos comprenderlo o no, pero jamás nos será indiferente, pues su rúbrica fue, es y será la pasión.

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