viernes, 8 de mayo de 2015

Antonio Ventura: "Cada libro tiene tantas lecturas como lectores ."

La segunda parte de la charla con Antonio Ventura retoma la conversación acerca del trabajo del editor, de su identidad como tal, de su conocimiento y formación, de la importancia del acompañamiento gráfico de los textos. El escritor también habló sobre los clásicos y la literatura de masas, de los fenómenos editoriales que entrañan para luego responder preguntas puntuales referidas a su propia escritura, sus influencias, gustos. Hacia el final del encuentro comentó su libro El sueño, desde la intimidad de su factura, y el trabajo realizado con el ilustrador y compartió su lectura con el público.



AV: Muchas veces,  cuando los creadores de un libro infantil ilustrado van a una gran editorial, ese editor está un poco atado de manos. Porque las leyes que rigen la edición de los medianos hacia arriba son las leyes del mercado. Y el pequeño editor, muchas veces, lo que hace es editar los libros que le gustan. Pero no es un editor. Es alguien que tiene dinero y en lugar de poner una pastelería o una peletería pone una editorial. Pero le falta una formación gráfica, es donde creo que más flaquea la selección y el criterio, al final. Pues yo creo que lo que cabe desde la perspectiva de los hacedores, de los creadores, es contar nuestra verdad. Y si hay alguien que nos la quiera comprar, maravilloso. Tres Millas es el libro que acaba de publicar esta editorial que se llama Treinta y Seis, que es un texto mío ilustrado por Gabriel Pacheco. El texto tiene catorce años, y Gabriel habrá terminado de ilustrar ese libro hace diez. No es un trabajo reciente. Ese libro nos lo han rechazado dos o tres editoriales latinoamericanas y por lo menos diez españolas. No voy a decir los nombres por respeto.

Asistente: Me lleva a una idea… Uno escribe, y siempre habrá un lector que te hará un comentario u otro. Como yo le pude haber hecho a Mario Méndez. Es como si hubieran desaparecido los clásicos masivos. Yo pertenezco a una generación de clásicos masivos. Ahora, ¿dónde están? Hay una sobrecarga de producción, muy rica y valiosa. Pero tiene una comunicación ilimitada, circunstancial, no pueden engrosar una línea de orientación en la lectura masiva.

AV: Yo creo que esos clásicos a los que usted se refiere, que probablemente sean los mismos que yo tengo en mi imaginario de ficción, que han alimentado durante unos cuantos años a los seres humanos, no sé hasta qué punto lo siguen siendo. El otro día, un amigo español me contaba una anécdota, antes de iniciar este viaje. Él trabaja en la cuestión del cine. Y me contaba que  en el parque temático del Disney de París, estaban retirando ciertos personajes del Tren del Terror, porque a los chavales no les daba miedo. Confundían al vampiro con Batman. (Risas). Y nadie sabía quién era Frankenstein. Esas referencias literarias que las personas de una edad ya tenemos…

Asistente: Pero hoy existen nuevas referencias.

AV: Claro. Hay un fenómeno editorial, que ha supuesto un antes y un después en la edición, que se llama Harry Potter. Más allá de que nos guste o no nos guste, nos parezca bueno o malo, supuso un cambio tremendo en la edición. Nunca en la historia de la edición un libro había producido tanto dinero como este. Y yo estoy seguro de que me moriré sin ver otro fenómeno editorial de igual calibre. Eso ha supuesto una distorsión en el ámbito editorial, por lo menos en España y en Italia. Lo puedo decir con absoluto conocimiento. Ustedes cojan, perdón, agarren catálogo de SM, que fue siempre una gran editorial, grande y con alguna calidad, y por lo menos Gran Angular y Barco de Vapor, esas dos colecciones que han invadido los países de América Latina y España, cuando uno ve la oferta es o de princesas, para la infancia, evidentemente, rosas, y, consecuentemente, estúpidas (Risas), sagas de vampiros, hombres lobo… o sea, fantasy y sucedáneos.

MM: En el fantasy todavía sigue siendo más fuerte la propuesta clásica, para retomar las palabras del señor, que la de Gran Angular o la de Barco de Vapor. Yo querría hablar de los libros que me ha tocado leer, para llegar al que presentamos hoy. Me hubiera gustado leer mucho más, pero fueron los que conseguí en esta semana. Dos lobos blancos, de Edelvives. Bellísimas ilustraciones de Teresa Novoa, una historia sencilla de solidaridad, de amistad, de búsqueda, y una ilustración en especial. Los lobos están buscando a una loba que está herida, y llega un momento, en el que nosotros vemos en un primer plano la mirada y  la cara de los dos lobos blancos y dice: “La loba herida se encuentra tendida junto a la boca de una pequeña cueva.” Y la ilustración es esta. El primer plano de la mirada de los lobos. Y a mí me pasó que vi a la loba herida dentro de la cueva, además de los lobos que están en primer plano, mirando. La vio junto con ellos. Vos trabajaste con Teresa Novoa…

AV: Sí, y tengo que decir que el mérito es de ella. Yo tengo dos libros con Teresa. Éste y El pájaro y la princesa.

MM: Sí. Me dijo Lola que era uno de sus favoritos y no me lo prestó. (Risas). Pensó que se lo iba a robar y tenía razón. (Risas).

AV: Primero hicimos este, y luego el de los lobos. A mí me gusta más El pájaro y la princesa. Me gusta más mi texto. Y me gusta más el trabajo de Teresa de Dos lobos blancos. Siempre dice que son sus dos libros favoritos. Se lo he oído decir en público y lo dice de corazón. Yo le he editado varios libros. Ha habido siempre muy buena empatía. Nos hemos entendido muy bien. Creo que ha leído muy bien mis textos. Este cuento de los lobos es un cuento vacío, en el que no pasa nada. Hay una expectativa de ternura, de miedo, pero es un cuento vacío en el que solamente hay dos momentitos. Yo creía que ella era capaz de pintar el vacío, y ahora veo que sí. Esa nieve blanca… Sé que para ella fue un reto, sé que sufrió enormemente con esas pisadas. Y sí nos sentamos muchas veces a ver esa historia, a discutir la composición, y para la edición no hubo que tocar nada. El editor se encontró un libro hecho.

MM: ¿Definirías esto como libro álbum?

AV: Sí, es un libro álbum. Es verdad que en el cajón “libro álbum” caben muchos productos con señas de identidad muy distintas. La diferencia entre un libro ilustrado y un álbum, es que el primero  ha tenido muchas más posibilidades de ilustración que las que tiene. Por ejemplo, un libro de cien páginas que tiene veinte ilustraciones. Ha existido siempre. Y el ilustrador, a veces ha podido decir que pone una ilustración en una página, o no. Y un álbum ilustrado, es un todo. No se puede separar.

MM: Sí, y esa imagen que mostré lo pinta. Otro libro que me gustó mucho, un cuento bastante inquietante, es El cuento del Pingüino, que publicó el FCE. Me hizo acordar a “Continuidad de los parques” de Cortázar. Esta cosa del cuento dentro del cuento. Y me llamó la atención la composición de Carmen Segovia, como un collage, con recortes pegados. ¿También trabajaste con Carmen en esto?

AV: Sí, y además trabajamos mucho porque este libro fue finalista del premio La orilla del viento. Esta obra recibió una mención honorífica en el concurso. Y era una época en la que el premio, y la mención, se publicaban. Desde que le presentamos el proyecto a Fondo hasta que el libro se publicó solo pasaron dos años. Y como el proyecto no se presenta completo, sino con dos o tres ilustraciones, en esos dos años Carmen cambió mucho el estilo. Pero ella quería a toda costa (y yo también), que permanecieran esta ilustración y esta otra.

Lola Rubio (editora de FCE): Esa fue la tapa del catálogo de ese año.

AV: Sí. A los dos nos encantaba, nos parecía un hallazgo, es un cuento especialmente lírico en el trabajo de Carmen. Creo que en esos dos años, ella leyó varias veces el cuento y le dio una vuelta de tuerca. Porque evidentemente es un libro en el que yo juego a “¿Pero dónde está la historia?”¿Quiénes son los protagonistas? ¿Los niños que leen? ¿Los personajes que viven en el cuento? Ese dentro y fuera de la obra que se llama metaficción. Y ella hizo ahí una relectura muy interesante, le pegó una vuelta al libro, que es otro libro porque genera otro espacio de ambigüedad. Me pasa que termino siendo amigo de mis ilustradores.

MM: Es decir, que hay un buen trabajo.

AV: Sí.

MM: Ahora voy a hablar de dos juntos. Un libro ilustrado, para mí, es La Rayuela, de Kókinos. Y la novela Berta sueña, de FCE. Los tomo los dos  juntos porque me parece que la historia es la misma. No la historia, sino el motivo, en realidad.  Acá estás hablando del amor y el deseo, en chicos de nueve, diez, once años. Y ese no es un tema que suela estar mucho en la literatura.

AV: Yo creo que hay muchos juicios previos para tratar determinados temas con protagonistas niños. Uno de ellos es el amor. Otro de ellos es la ausencia. La muerte definitiva o la ausencia temporal.

MM: Miguel, en Berta sueña, se va, y a ella le cuesta vivir con esa ausencia.

AV: Efectivamente. Como nos pasa a los adultos. Y en La Rayuela, yo quería contar por un lado una historia de mi infancia y por otro una cosita que me contó un ilustrador español. Me contaba que cuando él tenía cinco años, Fulanita era su novia, aunque ella no lo sabía. Me pareció tan bonito… Hay que tomarlo. En La Rayuela es cómo el deseo puede trascender lo real, ese juego de espejos que es el anillo como metáfora del amor del niño, y de la niña que se siente amada. Y Berta… es la réplica de mi primera novelita infantil, que se llama La mirada de Pablo. Está publicada en Siruela y es muy autobiográfica, y cuanta cómo un niño elabora la ausencia, la pérdida. Un niño de mi generación. En el libro no se dice ni que es España ni que son los años ’60, pero la atmósfera es esa. Y yo me sentía en la obligación de contarlo desde la perspectiva de una niña, en los años ’90. Está inspirada en varias niñas que son hijas de amigos míos. Yo iba tomando notas. Y, sobre todo, quería una niña muy especial…

MM: Berta es una niña muy especial, con una familia muy especial.

EV: La reeditó en aquel momento Eliana Pasarán que en aquel momento era directora editorial de FCE, una excelentísima editora. Yo me sentí tan acompañado… Cuando te lee un editor y además sale tu cómplice… lo sabes tú tan bien como yo.

MM: Y llegamos al plato fuerte, que es el libro que hoy estamos presentando, El sueño, de Antonio y Jesús Cisneros. Una historia pequeña también, la de este abedul solitario, aislado, lejos de los otros compañeros abedules, que desea el canto de los pájaros. Muy poético. Casi diría que es poesía. ¿Qué nos contás de El sueño?

AV: Este libro es un homenaje a Jean Giono que fue un escritor francés, que escribió un libro que les recomiendo a todos ustedes, que se llamaba El hombre que plantaba árboles. Es un libro que un lector de nueve o diez años puede entender sin problemas. Una novelita maravillosa, escrita en primera persona sobre un muchacho que ingresa en la zona de Las Ardenas, en Francia, y en una excursión que hace por el campo se pierde, y le da cobijo un pastor. Un pastor muy silencioso que tiene su rebaño de ovejas y luego tiene unas cuantas colmenas en las que hace miel. Él pasa varios días viviendo con aquel hombre y descubre que planta árboles. En el momento en que él vive con el pastor, está plantando robles. Ve como mete las bellotas en agua, luego con una vara hace el agujero… Yo leí este libro con mis alumnos, en la época en la que fui maestro, y en este cuento, yo quería hablar de la sabiduría de la vejez y la fuerza del deseo de la juventud. Les voy a leer el cuento porque creo que es lo suficientemente breve. Creo que el diálogo entre la vejez y la juventud está conseguido, y el trabajo de Jesús Cisneros es de morir. Jesús vive ahora en México. Es un excelentísimo ilustrador español de Zaragoza. Yo le conocí hace muchos años y, de hecho, le publiqué su primer libro. Y luego unos cuantos más. Es un ilustrador reconocido. Yo le pasé este cuento hace seis o siete años. Le escribí que me apetecía que dibujase un cuento. Se lo pasé y le encantó. Él atravesó una época personalmente complicada, difícil. Ya estaba el story planteado. Cuando Jesús salió de su malestar se lo pasamos, y ahí vivimos la salida de Eliana y la llegada de Socorro Venegas que es la nueva editora. Ahí Jesús replanteó todo el libro. El otro era bueno, pero este es mucho mejor. Es una belleza el trabajo de Jesús. Una maravilla. Y para que Socorro no crea que solo se lo digo a ella, está excelentemente editado. Han elegido un muy buen papel, está muy bien diagramado. Trabajar con ellos ha sido realmente un gusto. Cuando lo tocas, cuando lo tienes en la mano dices: “Es este”.

MM: ¿Y nos lo vas a leer?

AV: Sí. “En el transcurso del otoño, los árboles perdían sus hojas y poco a poco se dormían en un invierno blanco de silencio y ausencias. La bruma gris velaba su sueño hasta la llegada de la primavera. De nuevo, los rayos del sol anunciaban el comienzo de otro ciclo, y con su llegada, el joven abedul comenzaba otra vez a soñar. El viejo roble lo miraba y callaba. Le sorprendía la fuerza de su deseo. Aquel abedul había crecido alejado del pequeño bosque próximo a la ladera sur de la montaña, pero hasta él llegaba la sombra del anciano roble que se alzaba en lo alto del escarpado acantilado. Desde muy joven el abedul sintió la distancia de sus compañeros, y la presencia del gran roble. Hasta él llegaban los cantos de los reyezuelos y ruiseñores que volaban entre las suaves ramas de los abedules del bosquecillo próximo. El abedul soñaba con aquellos cantos. Hasta que un día, un ruiseñor se posó en una de sus ramas, y sintió que el temblor con el que tantas veces había soñado, se hacía realidad. Desde aquel momento su deseo fue aún mayor y sus días de soledad transcurrían entre la añoranza de la visita del pájaro y el recuerdo maravilloso de su canto enredado en sus hojas. El abedul movía sus ramas al viento reclamando la atención de los pájaros, pero éstos no se acercaban hasta el extremo del desfiladero. El roble silencioso lo miraba con paciencia y sabiduría. Le gustaría hacer algo, pero no podía. Entonces, una hoja del viejo roble se desprendió y cayó lentamente mecida por el suave viento del alba. Bajó por el desfiladero, hasta rozar una de las ramas del tierno abedul. Y en ese instante, se convirtió en pájaro. El árbol, soñó su canto.” (Aplausos)

MM: Hermoso. Yo no hago más preguntas. Queda en ustedes si tienen ganas de hacerle alguna pregunta más a Antonio, y si no hay más… sí, Silvina…

Silvina  Rocha: Quería preguntarte si los libros siempre los armás primero con los ilustradores y los presentás en las editoriales como un proyecto ya maquetado, o si las editoriales te ofrecen.

AV: Siempre los hemos presentado, algunas veces completamente terminados, como es el caso, por ejemplo, de Dos lobos blancos, o el de La Rayuela, por poner como ejemplo libros que se han armado aquí. Quizá por mi deformación como editor, eso me gusta hacerlo. También, con los ilustradores con los que he trabajado como escritor, tienen una confianza en mí en términos editoriales. Soy un poco editor del libro, aunque una vez que lo tenemos medio avanzamos pensamos en a quién enviárselo. Cuando el editor es alguien en quien confiamos y a quien consideramos solvente, como es el caso de Eliana en México o el de María Osorio en Colombia, aunque no esté armado del todo lo presentamos. Cuando se lo vamos a enviar a una editorial que su editor no nos merece respeto, se lo enviamos lo más acabado posible. (Risas).



Asistente: Hablaste de la intención del escritor. ¿Te parece que cuando un escritor empieza a escribir ya tiene una intención clara o no?

AV: He tomado la palabra “intención” prestada de Umberto Eco. Él lo explica muy bien. Siempre hay alguien que lo explica mejor que uno, y como yo no soy inteligente, pero sí tengo memoria, “me atrapo” de cómo lo han explicado. Eco habla de las intenciones del autor, las intenciones de la obra y las intenciones del lector. Entonces, creo que el escritor puede dar fe de sus intenciones que a veces son confusas. Hay un escritor español, que dice que hay escritores con brújula y escritores con mapa. Eso me parece magnífico, y siento una envidia profunda de que no se me haya ocurrido a mí. (Risas). Yo soy de una inseguridad absoluta, tengo que tener el mapa completamente dibujado, no soy capaz de sobreponerme al pánico que me da la hoja en blanco.

Asistente: ¿Te referís a que tenés todo pensado?

AV: La prehistoria de la novela, por ejemplo, la de Berta sueña, poco menos que me faltaba cuando la bautizaron, en qué hospital nació (Risas), quiero tenerla súper clara para atreverme a entrar. Sé que es una manera de paliar la inseguridad que tengo. En ese sentido hablo de las intenciones. Y también es verdad que cuando pasan años y uno relee, revisita la obra, encuentras un montón de cosas que pusiste sin consciencia. Esas son las intenciones de la obra. El otro día en la mesa del FILBITA, Marcela Carranza me encantó. Dijo: “Hay que hablar de los cuentos de Antonio Ventura que la mayoría de sus personajes son coleccionistas”. Y ahí reparé en eso. Muchos de mis personajes son coleccionistas. Pero yo no lo había pensado. Esas son intenciones de la obra. La primera persona que dijo eso de un libro mío fue Mario Merlino que presentó un libro mío en Madrid, El sueño de Pablo. Y Mario comenzó diciendo: “Todos los personajes de esta novela son una manga de coleccionistas”. (Risas). El niño colecciona no sé qué, la madre, también… Y yo me di cuenta de que era verdad. Era mi primera novela. Y el otro día, Marcela Carranza también se dio cuenta. Ahora tengo treinta libros publicados. Fíjate, dos lectores competentes se han dado cuenta de esto. ¿Qué tengo yo de coleccionista, si no soy coleccionista de nada más que de libros? Y no los he comprado para coleccionarlos sino para leerlos. Yo creo que uno tiene que tener algo claro, aunque sea un balbuceo, y después el estilo se va haciendo en el trabajo. Cuando tenemos la suerte de seguir a un escritor, su obra en orden cronológico con su escritura, Julio Cortázar… o Antonio Tabucchi, cuando vas por el séptimo te das cuenta de que ese es el estilo. Son señas de identidad que van a aflorar a expensas, incluso de nosotros mismos.

Asistente: Tabucchi era un escritor con mapa.

AV: Era un obsesivo, como soy yo, o yo como él. Lo digo porque le conocí, y era admirable.

Asistente: Yo quería preguntarte por una novela que tiene fotos tuyas… si podés contarnos algo sobre tu trabajo.

AV: Trece horas. Sí, es una novela juvenil o para adultos, en la que el tiempo literario son trece horas, por eso se llama así. Y es un homenaje a Antonio Tabucchi. Es una novela en la que un joven llega a Madrid un sábado de agosto, (Madrid es una ciudad inhóspita en agosto, por el calor y porque está vacía). Él está veraneando con su madre y su hermana pequeña en un pueblecito de la sierra madrileña, va en el autobús a la ciudad porque ha quedado a las once de la mañana con una muchacha en la puerta del Tazón del Buen Retiro, que es un edificio que pertenece al Museo del Prado, porque se supone que ella ha vuelto el día anterior de un curso en Boston. Él tiene dieciocho años y ella, diecisiete. Ella no aparece, y él se ve obligado a pasar el domingo solo en Madrid, porque su billete de vuelta ya está sacado y es a las diez de la noche. Y no quiere cambiarlo, porque le cuesta dinero. Se pasa trece horas en Madrid, desde que se baja del autobús hasta que agarra el de vuelta, solo, y es un homenaje a Tabucchi porque Réquiem es una persona sola en verano en Lisboa, buscando el fantasma de Fernando Pessoa. Mi personaje no busca ningún fantasma, busca encontrarse con su chica y como no aparece se pasa el domingo especulando sobre si la quiere, la ama o la desea, y cuál es su relación con la ficción. El chaval está leyendo un libro en el autobús, el Mecanoscrito del segundo origen, de Manuel de Pedrolo, una novela de ciencia ficción. Las fotos son mías y las hice como capricho, yo caminé el itinerario que hace el muchacho por Madrid, para ver cuánto se tardaba. Para ver si era verosímil. Fingí bajarme del autobús del que él tendría que bajarse, dejé mi auto allí, y lo hice un domingo, además. Y en verano. Y fui sacando fotos, del suelo, de las paredes, de árboles, de la verja del Retiro, de los turistas que están en el Museo del Prado. Me hubiera gustado que las cosas hubieran estado ordenadas en el cronología del recorrido, pero están salteadas. De todas maneras, han quedado muy bonitas.

Asistente: Da para  una novela gráfica.

AV: Sí. Es que en la novela van catorce o quince fotos, pero yo a la directora de arte le di doscientas.

MM: ¿Alguien quiere decir algo más?

Asistente: Se puede decir que la historia del abedul es de una angustia… Solo en el extremo de un desfiladero, salvo cuando recibe la visita de un pájaro, y con la compañía del viejo roble que, como quien dice, le tiró una mano.

AV: Cada libro tiene tantas lecturas como lectores. Están las intenciones del autor, las de la obra, y usted acaba de manifestar el tercer nivel de intenciones, que son las del lector. Antes de que nos levantemos,  como es muy cortito, me gustaría mucho leer el capítulo uno de esta novelita, Berta sueña. Y es un homenaje. A ver, un desafío para los ilustradores, de qué  álbum se está hablando:
  
—Berta, apaga ya la luz, que es muy tarde.
—Sí papá, ya voy, ...enseguida.
—No, enseguida no, deja ya de leer, ya te terminarás el cuento, y ahora apaga la luz, que si no mañana no hay quien te levante.
—Sí, papá, ahora mismo.
Pero Berta no está leyendo el cuento. Está mirando las imágenes de esa locomotora que arrastra unos cuantos vagones en la noche, bajo la nieve, y que está detenida en un pueblo todo nevado, y lleva un faro encendido, que ilumina los copos de nieve que parecen dibujados con una tiza pequeñita. Recorre lentamente, un dedo por el perfil del dibujo de la locomotora. Una vieja locomotora como las que se ven en las películas de indios y vaqueros. Después, pasa dos páginas, y observa esa otra ilustración en la que se ven tres lobos con las patas enterradas en la nieve. Entre los árboles del bosque, y al fondo los vagones del tren con las ventanas iluminadas. Y sobre ellos, la estela de humo que la locomotora va dejando a su paso. Y Berta piensa que le gustaría ir en ese tren que atraviesa el bosque nevado, y en ese pensamiento se duerme, y sueña. Sueña que viaja en un tren que asciende por una montaña nevada y que llega a una ciudad toda iluminada con muchas bombillas, y es de noche, y es Navidad, y ella es una princesa, y el tren atraviesa un puente, y desde la ventana por la que ella mira se ven los tejados de las casas; parecen las casas de un cuento. Están iluminadas con muchas bombillas pequeñas, como esas guirnaldas luminosas que se colocan en los árboles de Navidad. Entonces, el tren se detiene, y Berta abandona su asiento, atraviesa el pasillo, llega hasta la puerta del vagón, que ya está abierta, y se asoma a la estación iluminada bajo la noche. Y ya no nieva, y como es una princesa, una carroza la espera bajo un cielo lleno de estrellas, que brillan casi tanto como las bombillas que iluminan esa ciudad de cuento”. (Aplausos)

Asistente: ¿Y el libro álbum cuál es?

AV: El expreso polar.

MM: Bueno, vamos a darle otro aplauso a Antonio (Aplausos). Muchas gracias.

AV: Ha sido un placer, de verdad.


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