Mrs. Dalloway

La búsqueda de la identidad, la mirada analítica sobre su construcción, el trabajo con la lengua, el  preciosismo del detalle son signos inequívocos de la escritura de Virginia Woolf. En el noventa aniversario de la publicación de su novela Mrs. Dalloway, Libro de arena comparte un artículo que sigue el relato de cerca y aporta un punto de vista acerca de su desarrollo y su sentido.


Por Ernesto Hollman*

Hoy se cumplen noventa años de la publicación de Mrs. Dalloway -un hito de la literatura contemporánea- de Virginia Woolf , quien  junto con James Joyce y Marcel Proust marcaron las pautas para una escritura subyacente, egocéntrica y personalista que irrumpió para imponer conceptos únicos y revolucionarios en la lectura del siglo veinte. Clarissa Dalloway es el vivo retrato de dichos conceptos. La novela se abre a un día de verano a pleno sol, a poco de finalizada la Primera Guerra. Mrs. Dalloway, una madura aristócrata –se podría decir, una complaciente burguesa- se prepara para dar una fiesta  en su casa esa noche, y se encamina a comprar las flores que lucirán los jarrones de exquisita porcelana en la plenitud de la luna que alumbrará la celosa alquimia de la anfitriona. Ya en la calle deambula por ese Londres que tanto la dignifica como persona y           que ella ama de manera singular. Desde la apertura de la novela asistimos a la presentación de la memoria y  la subjetividad de los personajes,  como herramientas que Woolf desplegará a lo largo de toda la novela. También en el inicio recuerda a Peter Walsh -un antiguo enamorado que vive en la India y esa misma tarde se hará presente- con un dejo de melancolía y desdén. En la vereda rememora los años que  ha vivido en la ciudad, las campanadas del Big-Ben, las razones de su amor, el ajetreo y el tránsito, en ese maravilloso día de junio. Mientras camina se encuentra con un viejo amigo y vuelven las imágenes del pasado: cuando Peter peleaba con ella o se embarcaba hacia  la India… Siente en ese instante el dolor y el ahogo que le produjo enterarse de que él se había casado con una hindú, una mujer dócil carente de todo carácter. Siente además  una honda tristeza por el fracaso en la vida de Peter; todo se hilvana y se corta al llegar a una esquina y otra vez vuelven las escenas a su mente cuando cruza una plaza.
La historia se construye minuto a minuto, hora tras hora durante toda la larga jornada de ese día miércoles. Woolf escribió en su diario  “…quiero construir la novela como si se subiera una escalera, escalón por escalón…” También el devenir de la vida de Mrs. Dalloway se hace presente: sus profundos claroscuros, su alma en la que  aflora cierto monstruo oculto, la decisión de casarse con Richard para compartir los años… Del arte no sabe ni ha aprendido demasiado, pero ha llegado hasta este momento con estoicismo y propósito y porque le fascina la gente; todos y cada uno de los transeúntes que la rodean. Por eso, simplemente por eso, esa noche va a gozar cada instante de la fiesta que está preparando. La llegada a la florería de la señorita Pym, con su infinidad de habitáculos floridos repletos de perfumes y colores chillones, (violetas, rojos, blancos y azules infinitos)  produce el quiebre del relato. Se escucha el chirrido de un automóvil –todos creen descubrir dentro del auto a alguien especial -¿la reina? ¿ el príncipe de Gales?- y se introduce el mundo del afuera con la mismísima monarquía –hallazgo magistral de la Woolf- de la mano de  un personaje muy particular: Septimus Warren Smith, un ex soldado con graves traumas de guerra y junto con él,  su menuda y joven esposa italiana. Aquí la trama de la Inglaterra, que en párrafos anteriores es mirada con apasionamiento y patriotismo aristocrático, se transforma en un lúcido relato macabro de locura y muerte. La fervorosa multitud se encuentra expectante ante el palacio de Buckingham; mira el cielo, donde un avión escribe letras inconexas, los unos y las otras miran para asistir a un vacío que los colma de felicidad. Septimus indaga sobre sus propios secretos en los que  cohabitan sus fantasmas y el caos. Entre la multitud desfilan personas que mascullan sus dolores y angustias.
Clarissa llega a su casa, la casa que late en su corazón y  cuyos más recónditos secretos  ella conoce, para deleitarse con los instantes felices. Y  aunque Dios no esté, vibran de éxtasis los primorosos reflejos de una rosa abierta, únicamente para ella, único instante, única presencia. Sobre la cama de casada solitaria y de virgen con hijos, se le ilumina la piel avejentada y enjuta rememorando a un amor tierno y bello: Sally Seton. Sentada en el sofá cose el faldón del verde vestido de seda que lucirá esa noche, mientras la aguja hilvana como las olas que se rompen contra el acantilado murmurando: “Eso es todo”. La interrupción de Peter Walsh que ha regresado de la India para confesarle que se divorcia y está perdidamente enamorado de una mujer casada, desgrana un recóndito lugar inhóspito en el alma de Clarissa; por un breve momento tiene envidia de ese enamoramiento, de ese arrebato juvenil que se disuelve en las campanadas de las once y media.
Es el mediodía. La mitad de la novela acompaña el deambular de Peter por la ciudad: persigue adolescentes como un jovenzuelo, luego dormita  en el banco de una plaza y sueña con la vejez y la muerte del alma. El avanzar de la obra se hace tenso, zozobran las mentiras, las miríadas de seres se mueven en ese bienestar y aglomeramiento; muchas veces son patéticos en su propia desolación. El sol los abraza física y metafóricamente pero no parece calentarlos, siguen fríos. Dentro, sus almas están como muertas. Lucrezia la joven esposa de Septimus, camina por el pedregullo de esa Londres que odia; detesta cada instante que pasa junto a ese ex soldado que es su esposo y al mismo tiempo un muerto en vida.
Peter recomienza su andar y el texto elabora en su subjetividad (es el personaje más dinámico rebelde y cuestionador) los pormenores mezquinos de la burguesía londinense hasta llegar a la mendiga que canta, sola y desamparada, su condición de paria social. Aquí la paráfrasis explica el trágico devenir de Septimus,  que se había alistado para luchar por Inglaterra para salvar a Shakespeare y a las jóvenes muchachas que lucían sus vaporosas muselinas en los jardines y las escalinatas de Piccadilly. La mendiga sigue su canto monótono de viejas canciones de amor. Richard Dalloway la escucha y piensa en Clarissa. Él  ha comprado un gran ramo de flores y le dirá con un beso en la mejilla que la ama. El Big-Ben repica las tres de la tarde. Sobre el sofá Clarissa dormita y piensa en su fiesta de esa noche y en otras que ha organizado a lo largo de su vida, ese acaecer lánguido y embriagador de la ofrenda pura.
En esa tarde estival la señorita Kilman (robusta, petisa, fea y pobre) catedrática experta en mil materias enseña a Elizabeth (la hija de Clarissa) las muchas filosofías del mundo. Llora en secreto en la catedral  de Westminster y le pide a Dios que le permita vivir el misterio de su sufrimiento. Además, deja  partir a la bella y enigmática Elizabeth sin poder decirle lo mucho que la ama. La muchacha camina pensando en su futuro: no desea ser otra Dalloway más.
De pronto, como un relámpago que anuncia la aparición de dioses ancestrales, unas nubes blancas oscurecen la luminosidad de la tarde mientras un cuerpo cae al vacío: es Septimus que se escapa de sus enemigos. Se han escuchado seis campanadas; la oscuridad cubre la tarde, y la sirena de una  ambulancia resuena en los oídos de Peter.
La noche ha descendido sobre Londres mientras se preparan los escalones de la gran recepción que Clarissa ha dispuesto. La novela llega a sus tramos finales, los invitados ascienden lenta y pausadamente cada escalón de esa gran noche; Clarissa  está envuelta en su vestido verde jade y con su melena plateada,  rebosa de felicidad en aquellos instantes únicos e infinitos.    
La novela de Virginia Woolf es un prodigio de sintaxis, hay una búsqueda de la oración gramaticalmente perfecta, en la que se conjugan los individuos y sus historias, que dibujan una espiral sin descanso. La descripción orgásmica de detalles que rodea a cada personaje -aquí le debe mucho a Proust como ella misma lo afirma- de la infinidad de seres que van surgiendo a medida  que la obra avanza,  nos deja  un sabor de gratitud visual, de plenitud espiritual y un dejo de amargura en la comisura de los labios.    
 ¿Qué más se puede decir de esta novela bella y trágica en la que todo fluye, en la que  cada elemento de la naturaleza se compenetra con el alma de los seres humanos para darnos los espléndidos, breves y certeros momentos de verdadera felicidad,  mientras cavilamos en nuestras pequeñas mezquindades y en las negruras de nuestra alma?
Hay una película sobre la novela que se puede ver en la red, pero personalmente me parece  mediocre y trivial.
Tampoco les aconsejo que lean Mrs. Dalloway en una pantalla. Hagan una cosa: vayan a una librería y cómprenla. Nueva, usada, vieja,  destartalada (eso sí,  revisen que no le falten hojas). Si no la encuentran pregunten si una amiga o amigo la tiene. Si todo esto no da resultados pueden optar por ir a una biblioteca y en una tarde otoñal dejarse envolver por la historia de  Mrs Dalloway. Y ante todo dispongan su espíritu para disfrutar de su lectura, que es infinita, maravillosa y única.



* Ernesto Hollmann: nacido en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1947. Hizo crítica de cine para las revistas Siete Días, Biógrafo y El Porteño. Ha publicado Hierofanía de Samael (poemas), editado por Faro en 1992.  Fue integrante del FLH en los años '70, participó en el año 2008 de la película "Rosa Patria", de Santiago Loza, dedicada a la vida y la poesía de Néstor Perlongher. Se han publicado, además 12 poemas suyos en la antología Poesía Gay de Buenos Aires-Homenaje a Miguel Ángel Lens, de Acercándonos Ediciones.

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