lunes, 4 de mayo de 2015

Antropofagia

Como a través de una lente que todo lo deforma, la percepción del mundo que proponen ciertos gestos obligan a pensar de otra manera. El movimiento antropofágico del brasileño Oswald de Andrade buscaba, según una mirada de vanguardia, cómo ser latinoamericano en un universo que integrara los elementos culturales europeos, africanos y aborígenes.


Tupi or not tupi, that is the question.
Manifiesto Antropófago, 1928


Por Cecilia Galiñanes

En la historia de la especialización del trabajo intelectual y artístico, el modernismo literario se presenta como la “originalidad” de la escena cultural latinoamericana. Es el aire fresco con el que se renovó la literatura occidental. Una de las piezas infaltables de la colección literaria del modernismo es el “movimiento antropofágico”, iniciado por Oswald de Andrade, en Brasil, en 1928. A partir del cuadro Abaporu, que en ese mismo año había recibido como regalo de cumpleaños de parte de su autora, la artista plástica Tarsila do Amaral (de quien además se cuenta que fuera pareja), escribió el Manifiesto Antropófago. El texto fue publicado en la incipientemente fundada Revista de Antropofagia, que lo elevaría entonces como postulado teórico del movimiento disuelto apenas un año más tarde. Ya en 1925 Andrade había hecho uso de una imaginería propiamente modernista, en el sentido de la búsqueda de renovación estética, con la publicación del Manifiesto Pau-Brasil[i], obra poética en clave irónica y humorística en la que ejercita una crítica profunda de los valores de la sociedad occidental y del capitalismo a través del rechazo de la herencia cultural portuguesa. En ella aboga por una vuelta a la primitiva expresividad de los indígenas brasileños de una parte, y de otra, por la recuperación de las huellas africanas. También su obra en prosa, como Memórias Sentimentais de Joao Miramar (1924), trabaja a contrapelo de las estructuras narrativas tradicionales combinando la poesía con la prosa y con otros lenguajes como el cinematográfico. Esa mezcla da cuenta de la traza que sus viajes a Europa y su contacto con intelectuales y artistas de vanguardia dejaron en él.                                           
El procedimiento estético de la “antropofagia” de Andrade puede ser visto como una de las formas extremas que el arte latinoamericano adoptó en su proceso de modernización. Tanto en la reflexión a propósito de la producción como en la producción misma busca resolver la relación de tensión entre lo particular y lo universal, entre lo local y lo europeo. La síntesis buscada entre las influencias de estos dos órdenes simbólicos diferentes encuentra para Andrade una fructífera metáfora en la imagen del antropófago. Esta es una figura de signo positivo, opuesta a la idea de canibalismo entendido desde una mirada eurocéntrica como signo de animalidad, de bestialidad, o marca de la no cultura. Más bien, es próxima a la concepción antropológica de transculturación que piensa cómo elementos de una cultura alterna entran en juego en la cultura propia bajo la forma nueva que refunda su función y produce una resignificación. Es visto como el surgimiento de un signo nuevo con un nuevo valor. No es otro el sentido de “comerse al otro” que supone la antropofagia: tomar lo deseado y desechar lo innecesario. Esta transfiguración atiende a la necesidad de dar cuenta de una doble mirada del arte moderno latinoamericano en general, y brasileño en particular, que a la vez conectara con los movimientos de vanguardia europeos. Justamente, por la misma época las vanguardias rescataban la figura del caníbal a partir del contacto con culturas primitivas de África, América y Oceanía. El proyecto era la búsqueda de una literatura brasileña autónoma que superara, de esta manera, la importación de modelos estéticos de Europa. La propuesta pretendía una representación propia de la realidad, de un mundo en el que la vida y la muerte habían sido posibles incluso fuera de la razón occidental, con un tiempo y espacio reticulados por otros modos de pensar: “Ya teníamos el comunismo. Ya teníamos la lengua surrealista. La edad de oro. Catiti Catiti Imara Natiá Notiá Imara Ipejú. La magia y la vida. Teníamos la relación y la distribución de los bienes físicos, de los bienes morales, de los bienes merecidos. Y sabíamos transponer el misterio y la muerte con la ayuda de algunas formas gramaticales. Pregunté a un hombre lo que era el Derecho. Él me respondió que era la garantía del ejercicio de la posibilidad. Ese hombre se llamaba Galli Mathias. Lo devoré. Sólo no hay determinismo donde hay misterio. ¿Pero qué nos importa eso? Contra las historias del hombre que empiezan en el Cabo Finisterra. El mundo no datado. No rubricado. Sin Napoleón. Sin César. La fijación del progreso por medio de catálogos y televisores. Sólo la maquinaria.”
 La imagen del antropófago se convierte así en una metáfora del anticolonialismo, a partir de la asimilación, con características autóctonas, de la cultura extranjera universal. Da a luz una síntesis cultural entre la “civilización” y lo primitivo, o en términos de Benedito Nunes entre “la selva y la escuela”. Cabe preguntarse hasta qué punto han logrado las culturas latinoamericanas “deglutir” adecuadamente o no a sus “otros” en búsqueda de su identidad. Y si en realidad no habrá ocurrido a la inversa. No habrán sido, en estas mismas orillas, más voraz el mercado y el resto de las instituciones y prácticas culturales del capitalismo local. Acaso fracasaron los ideólogos de la liberación, que querían desprenderse de las formas caducas heredadas, los antropófagos y las vanguardias. Curiosamente, en 1998 se llevó a cabo la veinticuatroava Bienal Internacional de São Paulo bajo el tema "Antropofagia e Historias de Canibalismo", que en el mismo gesto actualizaba e institucionalizaba la antropofagia de Oswald de Andrade, como una pieza de museo.

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