viernes, 23 de octubre de 2015

Los bosques literarios

¿Qué hay en un nombre?¿Qué maravilloso secreto guardan las palabras? Las palabras que organizan nuestro universo, la percepción que tenemos del mismo, la unidad de la comunicación que aseguran, el repertorio de cosas que se agolpaan de repente en nuestra mente cuando se nombran, las propias clases de cosas que reúnen. El alivio de los nombres que ordenan las cosas no tiene precio. Y así ocurre en la literatura cuando los géneros colaboran, siempre con un dejo de arbitrariedad, en la decisión por una u otra perspectiva, en la clasificación de los textos. Libro de arena comparte un artículo a propósito de una autora que desafía los límites y desborda los nombres, Márgara Averbach.


Por Alma Rodríguez*

Casi siempre que nos enfrentamos a la lectura de un texto ponemos en práctica, aunque muchas veces sea sin saberlo, la categoría de “género discursivo”.  La mayoría de las veces esta categoría funciona como un mapa que nos permite saber “dónde estamos ubicados”, nos proporciona pistas para la lectura, nos habilita la posibilidad de pensar en los antecesores dentro de ese género. Y así, cuando alguien nos pregunta con tono curioso: “¿Qué estás leyendo?”, estas categorías resultan aliviadoras, puesto que nos proporcionan la respuesta precisa a esa pregunta: “Estoy leyendo una novela” o “estoy leyendo una saga” o “me enganché con unos cuentos fantásticos” o “estoy incursionando en el policial”.
Parecería ser, entonces, que “el nombre de aquello que es” ese texto representa un alivio puesto que podemos nombrarlo, podemos, de alguna manera, encasillarlo. Esto ocurre con la mayoría de los textos literarios, con la mayoría de los autores. Pero ¿qué pasa con aquellos textos o autores a los cuales no es tan fácil adjudicar una pertenencia a un género y que, en definitiva, producen cierta “incomodidad” por el desacato a la norma generalizada, standarizada y a quienes ese hecho hace destacables, únicos en su estilo?
Ese es, exactamente,  el caso de Márgara Averbach. Y la respuesta a esa pregunta la constituye el hecho de que sus textos cuestionan y refundan la categoría de género haciendo de la literatura un espacio de reinvención constante, creando un ámbito de lo literario donde lo fantástico se entremezcla, por ejemplo, con la toma de posición, el compromiso, el abordaje de determinadas temáticas que  trascienden lo individual y logrando, de este modo, la  conformación de una “poética del desencasillamiento” de una manera única dentro de la literatura argentina.
Esta manera de “estar” dentro de la literatura hace que toda su obra tenga algo que la identifique y que a la vez la diferencie del resto de la LIJ y de la literatura en general. Cada una de sus novelas forma parte de esa búsqueda de identidad de un género que no tiene un nombre definido y que hace de la obra de Márgara Averbach una marca personal, única e irrepetible.
En  El bosque del primer piso la búsqueda de la identidad no está centrada  sólo en lo literario o en la búsqueda y recuperación de la identidad de  Nito,  sino que además va acompañada por la recuperación de la identidad de la tierra. Devolver el bosque será parte del proceso de recuperación de esa identidad y ese proceso irá junto con la historia de Nito y su necesidad de saber quién es él en esa tierra que también le pertenece. 
Dentro de la historia la presencia femenina es central: Anahí representa la clave en toda esta búsqueda y recuperación; ella es quien,  cuando se cruza con los otros en la calle, saluda y sigue adelante sin parar como hacen los que tienen un secreto. Pero Anahí es ella  dentro de  su entorno, una casa amarilla con un primer piso, un bosque dividido en el que “bajo la tierra cada árbol crecía en su propio espacio privado; arriba, en el aire, bailaban todos unidos en una corriente de colores y silencios que borraba las paredes y fundía la casa en ondas de luz como si todo (…) nadara en el fondo de un lago transparente en esa agua blanda, respirable.” Es que así, como esa casa amarilla, es la poética  de Márgara Averbach: bosques adentro de libros que borran paredes y funden historias como ondas de luz que alumbran la literatura y la imaginación.


El bosque del primer piso
Márgara Averbach
Buenos Aires, Editorial Norma, Col. Zona libre, 2014.















*Alma Rodríguez: es licenciada en Letras, se especializa en literatura infantil y juvenil y en este ámbito participa del espacio de investigación a cargo de Lidia Blanco en La Nube.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario