lunes, 5 de octubre de 2015

Una Canción de Navidad

Cuando ser feliz pasa por dejar de lado una actitud egoísta, cuando se resuelve en pensar y hacer cosas por los otros, asistimos a una poderosa transformación: la celebración de la vida misma; de la propia y de la ajena, la que vemos proyectarse en los que quedarán tras la muerte que nos espera. Libro de arena propone transitar de la metamorfosis a la celebración, al festejo, al ritual excepcional o cotidiano, con esta bella nota de Pía Chiesino acerca de Una Canción de Navidad de Charles Dickens.


Por María Pía Chiesino

Para  los lectores de Dickens, escribir acerca de los cambios que podemos encontrar en su obra no es, en principio, una tarea difícil. La mayoría de sus personajes son niños (Oliver Twist, DavidCopperfield, Pip, de Grandes esperanzas), o personas muy jóvenes (Dorrit). Es normal, por lo tanto que cuando crezcan, o cuando cambie su suerte, se modifique también su manera de pensar y de vivir.
Oliver, por ejemplo, que es “naturalmente bueno”, tiene que ajustarse a los códigos de la pandilla de Fagin durante el tiempo que pasa con ellos. Aunque eso implique entrar con otros a robar en una casa desconocida. Esa estrategia de supervivencia del personaje, queda atrás para siempre, cuando se reencuentra con su verdadera familia, y encuentra el amor y la tranquilidad que no había conocido desde su nacimiento.
Pero hay un texto de Dickens, en el que el cambio tiene una importancia especial. Se trata de esa hermosa novela corta que es Canción de Navidad. En esta novela, el cambio llama la atención y es especialmente relevante, porque Ebenezer Scrooge, el personaje, es un hombre muy mayor para cambiar, y es además, profundamente avaro y miserable. Lo que indicaría la verosimilitud, es que un personaje de esa edad no tiene la menor posibilidad, ni la predisposición que se necesitan para pensar en cambiar su existencia.
Scrogge está convencido de que celebrar la Navidad es una estupidez, de que darle un asueto navideño a su empleado es un derroche de dinero, y que tampoco tiene sentido en esa fecha, el ejercicio de la caridad con los pobres o huérfanos. Es un personaje cerrado a todo tipo de celebración y de placer. Y su socio Jacob Marley, muerto siete años antes, era igual a él.
Es por eso que cuando leemos Canción de Navidad, la posibilidad de que Scrooge festeje algo se nos presenta desde el comienzo como un imposible, una especie de “callejón sin salida” para los lectores. Y considerando además, que Dickens es uno de los grandes narradores realistas del siglo XlX, lo verosímil, lo esperable, sería que todo en la vida de Scrooge se mantuviera inalterable.
Pero en esta novela, el que hace el primer cambio es Charles Dickens, cuando introduce un elemento que no aparece en sus otras grandes novelas y que motoriza la posibilidad del cambio en el personaje. En Canción de Navidad, aparece lo sobrenatural, de la mano del relato de fantasmas.
A partir de la visita del fantasma atormentado de Marley, que le anuncia además la visita de los tres espíritus navideños, Scrooge se inicia en un viaje por el tiempo que le permite una reflexión sobre su propia vida. Esto le permite entender el porqué de su rechazo a las celebraciones, y comprender además, que si cambia su actitud en el presente, el futuro (que se presenta como sombrío y doloroso), puede ser diferente. Para él y para quienes lo rodean.
En este viaje asiste a la contemplación de su soledad en la niñez, a la distancia paterna, al abandono de su novia de juventud, que lo amaba sin importarle qué bienes tuviera o dejara de tener, y que según palabras de la propia joven, “lo libera de obligaciones”, para que el continúe con la vida que ha elegido.
En el momento en el que viaja por las Navidades presentes, Scrooge se entera de que incluso aquellas personas a las que ha maltratado (su empleado, su sobrino), brindan por él en la Nochebuena.
Lo que lo aterra del futuro, es asistir a la posibilidad de que nadie llore su muerte, y sobre todo lo atormenta la posibilidad de la muerte del hijo menor de su empleado Bob Cratchit.
Todas estas visiones solamente son posibles en el relato, por la presencia de los tres espíritus que lo conducen en ese viaje por las tres dimensiones del tiempo,  que se condensa en una sola noche.
Al despertar, ya en Navidad, Scrogge  es otra persona. Ha comprendido que acaba de llegar a su vida la posibilidad de celebrar. Se junta entonces a almorzar con su sobrino y envía un pavo como obsequio a casa de Cratchit.
En las novelas de Dickens, nos encontramos con personajes que enfrentan situaciones dolorosas y extremas que provienen de la realidad exterior. En este caso, nos presenta un personaje que se reivindica al enfrentarse a su peor enemigo, que no es otro que él mismo.
En todos los casos, el gran marco histórico es la Revolución Industrial. Pero en el caso de los niños, el esfuerzo propio y la ayuda de algún personaje adulto benefactor, va a permitirles cambiar una vida de sufrimiento que no han elegido.
La importancia que tiene el cambio que se opera en la vida de Scrooge, pasa justamente porque se  trata de un personaje adulto,  que ha construido su vida eligiendo beneficiarse con la usura, el egoísmo y  la injusticia.
Esa ruptura con su propia historia de vida, es la que lo rescata para nosotros, y finalmente, lo hace querible. Esa historia lo ha conducido a quedarse solo juntando moneda tras moneda y billete tras billete.
Para Dickens, hasta un hombre casi anciano puede decidir para sí  un cambio de fortuna. Más allá del presente sombrío, sus personajes ven en algún momento, una luz de esperanza. Y esto será así, hasta para el avaro EbenezerScrooge, aunque para conseguirlo Dickens tenga que enviarle de visita a esos tres espíritus. Gracias a ellos comprenderá que puede ser mejor persona, y en consecuencia, hacer  finalmente, aquello que rechazó durante la mayor parte de su vida: disfrutar de la celebración de la Navidad, pensar en los demás, y cerca del final de su vida, ser feliz.


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