jueves, 21 de abril de 2016

Decepción en Tiffany

No todas las traducciones son entre lenguas, también hay traducciones entre expresiones artísticas, entre distintos soportes. Toda traducción implica una traición al “original”, en donde algo se gana y algo se pierde. Libro de arena propone un recorrido por los textos literarios que conectan con otras zonas de la cultura, como en este caso el cine, en la búsqueda de lecturas y relaciones que amplían las miradas.


Por Lucio Martins*

Los motivos por los cuales Desayuno en Tiffany es un éxito son los mismos que hacen de su versión cinematográfica un fracaso. Por qué es tan imperativo que el arte se parezca a la vida es lo que nos lleva a preguntarnos el final del film.
Anticipado como pocos a una época en que sobrevendría el aluvión de la imagen, Truman Capote logró retratar, con Holly Golightly, un estilo de conducta, una forma del ser femenino, y una forma de construcción de la subjetividad que quizá hemos logrado percibir mucho más tarde. Con mucha menos astucia, y gracias a la sobreabundancia de imágenes que la cultura unas cuantas décadas más tarde nos facilitaría hoy sabemos que vivimos en un mundo atravesado por el reino de la apariencia. En Desayuno en Tiffany se trata más que de la banalidad o de la frivolidad, de otro exceso.  El exceso de una vida representada en el reflejo superficial, falsamente prístino, profundamente falso, del mundo percibido a través de una vidriera.
Una de las cosas que más llama la atención cuando uno ve el film (Blake Edwards, 1961) que está basado en la novela, es la fidelidad de los parlamentos de los personajes con respecto al texto original. En ese sentido podría decirse que la adaptación es tan extremadamente fiel al texto que más que adaptarlo lo repite uno a uno en los diálogos de los personajes a los que les sigue textualmente el paso. Esto hace que el guión, a los ojos del espectador que ha leído primero a Capote encuentre cierto eco de reiteración indebida, de una repetición, que, a no ser por la buena caracterización lograda por los actores que dan vida al relato fílmico y de la buena ambientación y clima de época, bien podría, en otro caso, haber hecho que se fuera por la borda la empresa completa. Sin embargo, a la luz de esa misma mirada, es otro el detalle que evidencia la desavenencia entre la traducción a soporte cinematográfico y el texto original.
Por supuesto, sí es verdad que hay una selección de los nudos argumentativos principales. No todos los detalles que con tanta delicadeza introduce a través de sus largas reflexiones el narrador, Fred, como ella lo renombra, escritor alter ego de Capote en la ficción, tienen siquiera oportunidad de aparecer en la pantalla gigante. No menos cierto es el hecho de que muchas secuencias narrativas aparecen bien interpretadas a través de imágenes que logran condensar, metaforizar lo que el texto se propone que sepamos acerca de la mísera, despiadadamente solitaria y triste vida de la vacía Holly, otrora Lulamae. Justamente, la cercanía entre ambos materiales es tal que, cuando en el final de la película se trastoca el argumento para darle un cierre feliz, la sensación de desazón ante la solución de la historia que arranca al personaje de su cruel destino, del sórdido final que todo su perfil construido hacía prever, aparece como un efecto exasperante, de una artificiosidad difícil de aceptar. El final fácil, que restituye todo a su debido orden es incongruente con la línea de la historia. No  se conviene siquiera con la caracterización sostenida en la frialdad y superficialidad desprovistas del sentido de los lazos profundos que hacen posible una vida de compromiso consigo mismo y con el otro. Holly está sola para siempre, como la joya que se exhibe, en un mundo del que no puede volver para entrar en comunión con otros. Tan superficial es ella, lo sabemos ante todo por sus señas exteriores, que hasta su identidad ha trocado. Holly es una joya preciosa y radiante, un objeto de arte, que ciertamente Audrey Hepburn carateriza muy bien en la pantalla. Aun si obviáramos el dato de que la figura del narrador, testigo del derrotero de la encantadora y liviana Holly, está por completo readaptada a la imagen de un sujeto modelo de conducta masculina, el cierre nos decepciona. Sabemos que no es la descripción de la obra, ni que su amor por ella sea más que un amor platónico, si se quiere; o más bien, la  expresión de una fascinación por este ser oscuro y brillante a la vez, capaz de la mayor desaprehensión, capaz de vivir una vida rodeada de objetos y seres sin otro valor que su apariencia o intercambiabilidad. Es eso lo que le atrae de ella, lo extremo y excepcional de su carácter. Por eso el toque aleccionador, del giro final en la película, de quien puede cambiar todo menos esto, resulta inverosímil.
La vocación por trasladar las categorías de la vida, o de lo que esta se supone que es, al arte convierte al arte en una mueca de arte. Ridículo tratar de quitarle la máscara a Holly para encontrar su verdadero rostro. Tras su máscara no hay algo así como su desnudo, huesudo o corpóreo ser, sino otra impostura similar a la anterior, tan auténtica como la anterior. El texto literario no se propone desenmascararla, sino por el contrario señalar el estado regresivo de su superficialidad, en esto consiste el relato. Lo anuncia de entrada O. J. Berman en el diálogo que entabla con Fred en la fiesta en el departamento de Holly: “Pero esa niña no sabe vivir, ni cuando tiene plata.- hablaba con sincopado ritmo metálico, como un teletipo-. Bien –dijo-, ¿qué opina? ¿Lo es o no lo es? –¿Qué? –Una farsante. –Yo diría que no. –Se equivoca. Lo es. Aunque, por otro lado, tiene usted razón. No es una farsante porque es una farsante auténtica. Se cree toda esa mierda en la que cree. No hay modo de convencerla de lo contrario.”
El final del film que parece buscar confortarnos con un novela rosa, eliminando del cuadro lo único real en el personaje, su eterna superficialidad, arruina la historia, la convierte en un panfleto, en una propaganda barata y saca de un plumazo la verdadera riqueza contenida en el texto. Imaginamos con él un continuo mutar a otro estado de este ser que cambia de lugar y de compañía como una bailarina que va saltando de casilla en casilla, o como una joya preciosa que se traslada de vidriera en vidriera, la de Nueva York, Brasil o Buenos Aires. Como lo dice su tarjeta: “Holly Golightly, viajera”.


Desayuno en Tiffany
Truman Capote
Buenos Aires, Lumen, 2015



















*Lucio Martins: es Licenciado en administración de empresas, ha realizado talleres de narrativa, y cursos sobre cine, guión y adaptación cinematográfica, que es su gran pasión fuera del trabajo.

3 comentarios:

  1. Hola, les envié un correo electrónico hace un mes, más o menos, y nunca me lo respondieron. No sé si realmente lo recibieron o no. Era sobre una donación de libros. Gracias

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    1. Hola, José. Te pido, por favor, que nos vuelvas a enviar el mail para poder ponernos en contacto. Nuestra dirección es bibliotecasparaarmar@gmail.com.
      Muchas gracias.

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    2. Por favor, escriba a bibliotecasparaarmar@gmail.com

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