jueves, 16 de junio de 2016

Andrea Ferrari: "La cuestión de la mirada del otro es muy fuerte, muy dura."

La Segunda parte de la charla de Andrea Ferrari con Mario Méndez en La Nube retoma la conversación acerca de los proyectos literarios, de cómo se trabajan, de cuál es su lógica, del destino de las historias y los personajes que van siendo tramados desde la escritura. La autora expuso sus reflexiones acerca del tema de la inmigración a través del recorrido de sus textos, del peso que el fenómeno mogratorio tiene actualmente en el mundo, de la adaptación que cada individuo hace al trasladarse a un nuevo destino, del choque de identidades.

MM: ¿Sos de escribir más de una cosa a la vez?

AF: En general siempre trabajé con un solo proyecto. Me cuesta enfocar en dos cosas muy distintas. Pero esto de estar armando un proyecto con Martín a cuatro manos hizo que sí, porque yo estaba terminando la saga de Sol de Noche, y paralelamente, mientras estaba escribiendo el tercer libro, empezamos este con Martín. La mecánica que hemos utilizado para escribir a cuatro manos es hacer capítulos alternados. Uno reacciona al capítulo del otro. No es cuestión de avanzar, sino de esperar que el otro mande su capítulo, y a partir de ahí pensar en cómo va a seguir mi personaje. La verdad es que es muy divertido y estimulante, porque cuando uno recibe el capítulo surgen muchas ideas y dan muchas ganas de seguir trabajando. Pero a la vez, implica que hay tiempos que uno no maneja… la espera. Como Karmo. Eso hizo que empezara a trabajar en dos libros al mismo tiempo. En ese sentido, también es algo nuevo para mí. Tener que esperar los tiempos de Blasco. (Risas).

MM: Tiene un poco de la lógica del cadáver exquisito…

AF: Sí, por eso de ir generando cambios a partir de lo que hace el otro.

MM: ¿Te pasa de imaginar hacia dónde va a disparar? ¿O de sorprenderte con algo muy novedoso?

AF: Me sorprende hacia dónde va. Igual cada uno desarrolla su propia historia. No es que se cruzan todo el tiempo. Hay momentos de cruce y situaciones que se viven en paralelo. Por eso a veces uno reacciona con un capítulo por lo que pasó en otro. Porque temporalmente van en forma paralela.

MM: Está bueno, es interesante. ¿El personaje de Martín no tiene nada que ver con la inmigración?

AF: No, no tiene nada que ver. El personaje de Martín es un ladrón. No puedo contar mucho porque quizá él no quiera.

MM: Además, cuando lo contás es como que se diluye…

AF: Se pierde, sí.

MM: Mejor no contarlo. Pero bueno, lo de los chinos es muy interesante por esta cosa cerrada y porque está lleno…

AF: Y además convivimos en forma estrecha. Desde la obviedad del Súper chino. A lo mejor es algo que me pasa a mí nada más pero me da la sensación de que se habla muy poco. Es una parte de la población que está muy cerca, y con la que tenemos el diálogo mínimo. “¿Cuánto es?” “Buenas tardes”, y no hay mucho más. Me resultó interesante ir atrás de eso y descubrir cómo nos ven ellos.

MM: ¿Quiénes fueron tus fuentes en este caso?

AF: Una profesora de chino de un instituto, que es nacida en Taiwán y vino siendo adolescente. Tiene hijas acá. O sea que tiene esa doble visión interesante para mí. Por un lado, la inmigrante, y por otro la madre de chicos nacidos acá.

MM: ¿Su pareja es china también?

AF: Sí, su marido es chino. Lo más habitual es eso. Los casamientos dentro de la cultura. Me resultaba muy interesante esto de cómo nos ven ellos. Dice que es muy difícil adaptarse acá, que hay muy pocas reglas. Ellos están acostumbrados a un país en el que todo es más claro. Lo que ellos sienten es que acá todo cambia todo el tiempo. Las normas comerciales o económicas… Sienten que hay que tener una flexibilidad que les cuesta mucho.

MM: Somos muy divertidos. (Risas).

AF: No sé si divertidos… Raros. Muchos tienen el proyecto de volver. De juntar dinero y volverse. No lo ven como un lugar para toda la vida. Por supuesto, después viene el conflicto con los hijos que son nacidos acá, y que quizá se casan acá con alguien que no es chino y ya no tienen ese proyecto de volver. Hay pocos, pero hay algunos.

MM: Curiosidad pura y dura. Esa fantasía de que trabajan “todo el día”…

AF: Lo que ellos  cuentan es que ha habido inmigraciones chinas diferentes. Por ejemplo, la de Taiwán es anterior, es una inmigración que vino con bastante dinero en general, les ha ido bien, están con una situación bastante asentada. Toda esa parte de la comunidad (en la que está el origen del Barrio Chino que era un barrio taiwanés), ya tiene horarios de trabajo más normales, y parámetros más normales. Hay otra inmigración que viene de otras zonas de China, de gente mucho más humilde que se ayuda entre sí, pero que vienen con lo básico y trabajan a destajo. La familia entera, los chicos, todos.



MM: Es otra de las lógicas que se ven de afuera.


AF: Igualmente, si bien cada sector de la comunidad tiene más relación hacia adentro, el Barrio Chino es en este momento mezcla. No es que sea todo taiwanés, o todo de China Continental. Y todos hablan la misma lengua, el chino mandarín.

MM: Me decías de la profesora, ¿y quién más?

AF: Entrevisté a dos chicas, porque me interesaba ver la visión más adolescente, juvenil. Son nacidas acá, hijas de padres chinos y han recibido toda su educación con esta doble adscripción. De lunes a viernes, la escuela argentina. El sábado, la escuela china. Y la familia que se maneja siempre dentro del mundo chino, cerrado. Todos hijos de comerciantes. Estas chicas me permitieron ver este perfil interesante. Una todavía está en el colegio. La otra ya terminó. Esas fueron mis informantes.

Asistente: Yo hago un corretaje por el que visito periódicamente supermercados chinos. A veces les pregunto cómo vienen, cómo viven acá. Me cuentan que hay grupos familiares que vienen acá, los mandan, y trabajan las veinticuatro horas. Viene uno que abre el supermercado, y después vienen parientes o personas cercanas. Los ponen a trabajar con ellos hasta que aprenden el idioma. Van avanzando, van conociendo, y abren otro autoservicio. Y vuelven a traer gente de China. Cuando los chicos tienen dos años, los mandan a China, a hacer la escuela allá…
AF: Sí, es cierto.

Asistente: Me llama la atención esa frialdad con los hijos, de los que se desapegan por seis o siete años. Después vienen y los ponen al cuidado de gente… Son muy especiales…

MM: Muy diferentes.

Asistente: Siempre dicen que el argentino es vago y que no quiere trabajar. La verdad es que son muy estructurados y de una forma vertical. Al que está arriba, todos los de abajo le obedecen. Hasta el último.

AF: También hay una cuestión con la jerarquía en la familia, con la autoridad paterna. Una de las cosas que les chocan de acá es cómo los adolescentes desafían a sus padres y desafían las reglas.



Asistente: Me acuerdo de un chico que había venido a los seis años. Había hecho acá la primaria y la secundaria, y noviaba con chicas argentinas. Y el padre le dijo que le iba a sacar un pasaje al otro día para que se fuera a China, se casara con una paisana de ellos y la trajera acá. Y me decía el chico, con el que yo hablaba, que iban a pagarle veinte chanchos al suegro… Es una costumbre de allá…

MM: La dote. Acá se usaba, no tan antiguamente.

Asistente: Y así un montón de historias. Lo que más vale para ellos es la palabra. Entre ellos acuerdan una cosa y la cumplen a rajatabla.

MM: Eso que decía Andrea de las reglas… Interesante. Vamos a esperar esa novela, porque eso está muy poco transitado, hay varias colectividades que no han tenido espacio en nuestra literatura. Más allá de la investigación puntual, porque ayer hablábamos de un montón de libros que habían tomado a la inmigración como eje, ¿en qué literatura has abrevado para esto?

AF: No me acuerdo exactamente, me viene a la cabeza Stefano, de María Teresa Andruetto, en lo que tiene que ver con literatura juvenil. Pero sobre todo, a lo que me dediqué fue a leer sobre las diferentes culturas. Para La noche del polizón, leí cosas que hablaban sobre el conflicto en Liberia, las guerras, los movimientos rebeldes… Tampoco encontré tanto sobre inmigración en la literatura juvenil.

MM: Quizás haya más en la literatura para adultos. Una de nuestras intenciones era la de invitar a Griselda Gambaro, por El mar que nos trajo, pero no creo que llegue. Hay otra novela en la que a inmigración aparece de manera tangencial, que es El círculo de la suerte. Es menos juvenil,  más infantil… En este caso el inmigrante es un ruso. Y en este caso no hubo que investigar tanto…

AF: No, es un libro un poco más lúdico, más infantil, y que tiene que ver con una especie de círculo que se forma entre personas, a partir de que van tomando contacto con un determinado objeto. Un personaje lo pierde, otro lo encuentra. Y eso, de alguna manera, los va uniendo. Me gustó poner gente muy diversa. Y ahí se dio la inclusión de un ruso. Yo creo que es algo que en mí funciona de manera inconsciente en mí, no es que me propongo trabajar el tema de la inmigración. Pero es algo que en nuestra sociedad y en nuestra cultura está muy presente aunque uno no se dé cuenta. Lo del ruso, tuvo que ver con un momento en el menemismo, en el que había bastante gente de los países del Este.


Asistente: Fue una migración que vino, sobre todo de Ucrania, directamente a la Argentina, por los datos macroeconómicos de los que se enteraban por Internet, y porque además, no les pedían visa. Pero venían con la idea de irse después para otros lados.

AF: Les convino durante un tiempo y después se les complicó.

Asistente: Muchos sufrieron el embargo de sus bienes con el corralito. Venían con dinero y lo sufrieron muchísimo.

AF: Me acuerdo, en esa época de los rusos, de estar en una peluquería, charlando con la peluquera, que me contó que era médica. Había hecho toda la carrera. Ese es otro tema para los inmigrantes. Tienen que adaptarse, tienen que olvidarse de la preparación que han tenido en sus países y trabajar de lo que venga. Esta chica trabajaba en una peluquería. Mi personaje es un maestro, que vende encendedores.

MM: Es cierto. La validación de los estudios previos es un problema.

AF: Claro. Es un problema a nivel mundial. En un momento en el que hay tantas migraciones, esto sucede todo el tiempo. La gente tiene que adaptarse a una realidad a la que quizás no se adaptaría en su propio país.

MM: Sí, un poco lo que decía José acerca del “argentino vago” de  los chinos… Nosotros cuando vamos allá también trabajamos en lo que venga, y veintipico de horas…

AF: Muchos argentinos en España han archivado sus títulos y han trabajado de mozos.

MM: O de lo que se puede. Por algo te sale inconscientemente, tenemos un país atravesado por la inmigración…

AF: En este momento, creo que el mundo. Es el gran conflicto de este momento. Lo que uno ve en Europa. Se levantan muros y rejas para intentar frenarla.



MM: Como el amigo este que quiere hacer un muro entre México y los Estados Unidos, y encima quiere que lo paguen los mexicanos… (Risas). Qué bárbaro… qué personaje… Podemos hablar del verosímil. Hay gente que te diría que no lo puede creer. Úrsula K. Le Guin hablaba de eso, Sebastián Vargas hizo la traducción, de hay cosas que ya pasan de ser graciosas.

Sebastián Vargas: Ella quiso inventar titulares de diarios sobre Trump que fueran inverosímiles y no había…

Asistente: Andrea, un poco la temática te la va dando la profesión de periodista. ¿Partís de una buena historia o de algo que te cruza por la mente?

AF: El origen de una idea es siempre distinto. No sé de dónde sale. Pero el hecho de haber trabajado muchos años como periodista hace que la lectura de la realidad muchas veces sea el estímulo original para una determinada historia. Muchos de los libros que escribí surgieron a partir de una noticia. De algo que leo en un diario, o de algo que yo misma trabajé periodísticamente. Y después sí, utilizo muchas veces esas herramientas para investigar una historia. Cuando voy a buscar estoy abierta a lo que surja. En una entrevista trato de llegar hasta donde se quiera abrir. Todo el material me sirve para trabajar desde la ficción. A veces es bastante difícil explicar esto a una persona. Como cuando lo de los chicos africanos, que creían que yo iba a hacer un libro sobre cada uno de ellos. Yo explicaba que ibaa hacer una novela donde lo que me contaban me servía de estímulo, de información. Pero no es fácil, para alguien que está alejado de este mundo, entender este planteo.

Asistente: ¿Hacés muchos ensayos hasta encontrar la voz de un personaje como Karmo, por ejemplo? Es una voz muy fuerte, en la que se nota por un lado una manera distinta de ver el mundo, y también una forma muy particular de expresarse…

AF: Ese personaje me costó muchísimo. Otros, me salieron más naturalmente. Con ese libro tuve un momento como de parálisis, porque después de hacer la investigación me sentía tan metida en las historias, que no podía separarme de ellas. Por un lado, sentía que tenía que tomar una historia y seguirla hasta en sus mínimos detalles, por otro lado, sentía que nunca iba a poder ponerme en la cabeza de un chico así, porque el abismo cultural y de experiencias era tan enorme que no podía. Entonces empecé varias veces. Al principio, empecé en primera persona y no me convencía la voz, me resultaba artificial. Lo deje un tiempo y lo retomé en tercera. Y ahí encontré el tono.

MM: Hay una extrañeza en la voz de Karmo que está muy lograda. Uno lo mira “con la cabeza de acá”, y se nota que es difícil acceder a su modo de pensar y de sentir. Por ahí, una de las cosas más interesantes, una de las escenas que más lo pinta es cuando se roba el cosito verde, el posavasos que se lleva de la casa de la novia. Parece una situación menor pero es muy significativa. Él se lleva el posavasos, que no tiene ningún valor económico, se lo mete en el bolsillo, los padres de la novia creen que se lo estaba robando, y en realidad es un recuerdo de un vestido de la madre. Esa cosa afectiva de estos chicos, ¿cómo pudiste trabajarla?

AF: Muy de a poco. A veces más lateralmente, a través de las entrevistas con otros. Por la práctica que tenemos los argentinos, en la que cultura del psicoanálisis es tan fuerte,  uno habla de sus sentimientos con facilidad, pero no es así en otras culturas. Si uno trata de que la otra persona cuente cómo se siente, esta pregunta encuentra un vacío. Se pueden contar cosas concretas. Qué hacen: tomo el colectivo, voy a trabajar, pero ¿cómo me siento? Es una pregunta mucho más difícil. Me ayudó mucho acercarme de manera lateral. Con personas que habían trabajado con ellos: la gente de la Defensoría, los profesores de español, una amiga que tuvo una relación con un chico africano. A través de ellos podía tener mayor acceso al interior, a ese sentimiento. Pero era complicado. Y creo que eso se reflejó en el personaje.

MM: Sí. Está muy logrado, porque uno “llega hasta ahí”, con el personaje. Es palpable la tristeza, y además hay una historia concreta, que es para estar triste. ¿En general fue un lugar común esta cosa de la tristeza y  la melancolía en los muchos que entrevistaste?

AF: Y sí. Muchos de los chicos habían perdido todo, y había una sensación de vacío muy grande. Otros, no sabían, que es todavía más difícil. No sabían si su familia vivía o no. Yo me involucré tanto (demasiado), que hasta me puse a investigar sobre las familias. Llamé a la Cruz Roja, a ver si ellos podían ocuparse de averiguar.

MM: ¿Eso pasa? Porque en la novela la Cruz Roja le consigue el dato para llamar al hermano.

AF: Existe esa posibilidad. No significa que pase a menudo, pero existe la posibilidad de que intervenga para reunificar a familias dispersas. Personalmente, no conocí ningún caso. El chico que está en Rosario, por ejemplo, no sabe si hay alguien vivo de su familia. Ha tratado y no ha encontrado. En Liberia, más allá de la masacre que hubo, se dispersó muchísimo la población. Entonces se hace muy difícil encontrar a alguien.

Asistente: Es interesante ver cómo estas historias se repiten a lo largo de la historia. Durante la Segunda Guerra Mundial, era muy común que las familias que habían migrado antes acá no supieran qué había pasado con la familia que había quedado en Europa. Y hay un dato poco conocido que me resulta sobrecogedor. Porque lo veo. Y es la escena de las familias que vivían acá, y que recibían un diario una vez por semana, y en la contratapa del diario estaba la lista de los sobrevivientes. Y estas familias emigrantes hacían esta consulta para ver si podían localizar gente. Y por supuesto, en algunos casos se enteraba qué había sucedido con ellos. Pero la inmensa mayoría, no lo sabía. Y algunos no lo supieron jamás. Es una historia muy cruel.

MM: Sí, como dijo Andrea, una historia que hoy es central en el mundo.

Asistente: ¿Estos jóvenes africanos tienen relación con jóvenes de acá?

AF: Les cuesta ser aceptados. La comunidad de africanos se junta más internamente. Hay algunos chicos que han ido al colegio y han logrado así sumarse a la comunidad general. Pero no es fácil la aceptación.



Asistente: A mí me interesa preguntarle a Andrea cómo fue que el periodismo impregnó esto. ¿Este trabajo te deja una inquietud de continuar como periodista, con esa mirada?

AF: ¿Volver a trabajar en periodismo, decís?

Asistente: Claro.

AF: No. Creo que son momentos de la vida. Yo trabajé veinte años en una redacción y en este momento no tengo más ganas de hacerlo. Siento que me dio mucho, muchas herramientas. Y que mi mirada sigue marcada por esa experiencia periodística. En general, cuando me involucro con un tema me gusta trabajarlo inicialmente desde lo periodístico, como para tener una materia bruta antes de empezar a trabajar en la ficción. Es como si tuviera una plastilina a partir de la que puedo amasar. Me resulta más fácil eso que amasar a partir de la nada.

MM: Esto es coincidente con lo que decía Sandra hace un par de lunes. Que investigó muchísimo más de lo que finalmente quedó en Lucía, no tardes. Me imagino que hay un descarte enorme…

AF: Sí. Y a veces da una tristeza espantosa. Una tiene una historia, una anécdota que le parece una belleza, algo muy rico, y que sabe que no la va a usar porque no pega con la historia. También hay veces que uno pone de más. Y hay que saber limar y cortar. Lo veo a veces en otros libros. Y me doy cuenta de que el autor investigo mucho, y quiso usar todo. Y de pronto sobra…

Asistente: ¿Los editores te dicen que saques cosas?

AF: En general no. Hay veces en las que una usa elementos de la realidad que no suenan verosímiles en la ficción. Y entonces eso aparece en las devoluciones. Y una, que ha investigado, les dice que es de esa manera.

Asistente: El actor de Un cuento chino, decía que acá es muy rara la posición del actor. No es una cuestión sencilla o que sea solamente artística, sino que tiene que ver con las diferentes culturas.

AF: Ahí tenés un ejemplo, de un actor que ha conseguido hacer una carrera acá.



Asistente: Contaba que le costaba mucho esfuerzo. Y eso que hace de un chino que está en la Argentina… (Risas).

Asistente: ¿Cuánto tiempo te lleva hacer una novela?

AF: Es muy variable. En el caso de La noche del polizón demoré un montón, porque la investigación me llevó mucho. Y después me pasó lo que contaba hacer un rato, que me paralicé, y también tuve que escribir parte del libro por segunda vez… estuve más de un año. Otros libros salen mucho más rápido.

MM: El tema de las voces, ¿te costó mucho trabajo? Acá, en Aunque diga fresas,  me parece que la voz de Ayelén, de entre las muchas voces, de tus muchos libros, es la más “Andrea Ferrari”.

AF: ¿Qué habla como yo, decís?

MM: Que habla como vos y que Ayelén piensa como vos y tiene características parecidas. Mucho más que Sol, me pareció. O que otros personajes…

AF: Eso no sé decirte. Sí, es un libro en el que trabajé mucho las voces, en el sentido de que como hay personajes que hablan diferentes variantes del español (ecuatoriano, colombiano y argentino) cada uno tiene distintas líneas de diálogo en las que tiene que aparecer su español. Eso me costó bastante. Como el libro salió primero en España, tuve la edición española, y ellos me ayudaron, me decían si detectaban en los personajes españoles algo que no fuese correcto o no fuese natural. Y después conseguí un lector colombiano, al que le pedí que leyera la novela y que mirara los usos y los giros de los personajes colombianos. Así que fue con un trabajo en conjunto.

MM: Y con el tema de la edición que decía Sebastián… ¿Qué pasó editando en España? Creo que encontré una sola nota al pie con una palabra argentina, “zapallo”, que usa Ayelén. Y después no vi ninguna otra nota.

AF: No, porque llenar de  notas al pie hace que la lectura sea bastante pesada, entonces la idea era tratar de evitar eso. En general, cuando he publicado en España, los editores te advierten cuando algo no se entiende. Siendo juvenil, uno piensa que el lector tiene la capacidad de interpretar, aún palabras que no se entienden. Como acá se juega mucho con el idioma, eso está explícito. Porque la protagonista dice cosas como “pollera” o “canilla” y el otro le toma el pelo, justamente, porque no entiende. O dice “campera de cuero”, y él le dice que tiene que escribir “cazadora de piel”.

MM: Ahí hay un lindo trabajo de edición. Porque ella está escribiendo un relato que va a mandar a un concurso y él le hace una edición…

AF: En vivo, sí. Va leyendo por sobre el hombro de ella y le dice lo que no se entiende. Volviendo a tu pregunta, el lugar del editor español, en general, te marca eso. Si no se entiende, sobre todo si es para chicos, buscarle la vuelta. Sin recurrir necesariamente a la palabra que se utiliza. Mi estrategia es tratar de no cambiar mi manera de hablar. Si hay algo que no se entiende, buscar una explicación. Pero a veces te piden. Que en lugar de “celular”, escribas “móvil”.

MM: Ya que estamos con la “cocina”, dos cuestiones. Una es un clásico de estas entrevistas, y además viene a cuento de la visita de Sandra de hace poquito, que contó que Lucía, no tardes, fue un pedido de Cecilia Repetti, que la tomó por sorpresa, y que en poco tiempo le salió una novela magnífica. ¿Cómo te llevás con los pedidos editoriales?

AF: La verdad es que no he trabajado mucho a pedido. En general, no me entusiasmo y entonces no aparece nada. Cuando me han sugerido temas… Necesito que surjan de mí, y entusiasmar yo al editor. Ahora que el policial está en auge y yo he escrito policial, me han pedido que escriba policial para ocho años. Y la verdad es que no me sale. Se me tiene que ocurrir la idea. No sé cómo decidir que sea para ocho años…

Sebastián Vargas: ¿Y lo de las leyendas? (se refiere a Susurros que cuenta el viento, una antología de leyendas en la que participó Andrea Ferrari).

AF: Es cierto, Sebastián. Fue lo único que hice a pedido.

Sebastián Vargas:  Ambientadas en un contexto urbano…

AF: Al pedido accedí de una manera un poco peculiar. Es una recopilación de distintos autores, de visiones sobre leyendas.

MM: El Pombero está urbanizado. Lo agarraste por ese lado.

AF: No. Lo tomé por un personaje que está acá, en Buenos Aires, pero que es del interior y trae un poco esa historia. Pero lo que pasa,  pasa acá. En un contexto bien urbano. Es lo único que hecho así, absolutamente a pedido.

MM: Yo trabajé muchos años con chicos en situación de calle, que al Pombero le habían cambiado hasta el nombre. Le decían “El Bomberito”. Es un duende que a veces es bueno y a veces es malo, respeta eso, pero que los visita en los institutos, en las cáceles, les pide puchos, es interesante la adaptación…Así que hasta ahora, un pedido solo. Y la otra pregunta, un clásico que no puede faltar en las entrevistas en La Nube. Recién salió el tema de la edad, con lo de escribir un policial para ocho años. Es difícil poner una edad. ¿Qué pasa con esta separación, teórica o no, entre literatura infantil y juvenil? ¿Existe o no existe una literatura juvenil?

AF: Uh… Volvemos a la vieja pregunta. Yo creo que hay una forma diferente de encarar lo infantil y lo juvenil. Uno se planta en el tipo de conflictos que plantea para los protagonistas, y son diferentes. En general, para un chico, lo infantil lo planteo más desde el humor. Hay herramientas diferentes, también. Pero también los criterios de edición varían muchísimo. Lo que para mí podría ser un Juvenil, para otro es un Infantil y viceversa. De hecho, tengo libros que han salido en una colección en Argentina, y en España en otra para más grandes…

MM: Se adapta al lector…

AF: Hay visiones diferentes de los editores sobre para quién es eso. A veces resulta demasiado encasillamiento. Como si todos los chicos de diez años, o de doce o de catorce leyeran o pensaran igual. Esto no es así. Esto de poner en los libros una edad, puede pensarse como orientación para el padre que está buscando un libro. O para el docente. Pero tiende a encasillar mucho, y el lector puede decirte que no lee algo porque dice que es de doce y él tiene catorce. Para mí, la literatura juvenil es un espacio que tiene que ver con una mirada, que creo que se acerca a lo que es la literatura de iniciación. En distintos planos: a la adultez, a la sexualidad, a muchas cosas. Con eso relaciono lo juvenil. Pero también puede ser literatura para adultos. Hay muchos libros editados para adultos que tienen muy buena recepción en el mundo de los jóvenes, creo, porque tienen que ver con esa mirada. De todas formas, en la práctica es un hecho que existe. Existe porque se edita. Aunque sea en el marco comercial.

MM: Muchas gracias, Andrea por haber estado por segunda vez. (Andrea estuvo en el primer ciclo que hicimos hace como quince años…).

AF: Muchas gracias a ustedes.

(Aplauso final)

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