Mi barrio tranquilo

Los dispositivos, máquinas, robots, ocupan nuestra vida cada vez más, y se instalan en nuestras rutinas sin que tomemos nota de ello.  Se camuflan con el resto de lo que nos rodea, se hacen transparentes como un cristal. Excepto cuando fallan, cuando todo se desordena y nos señalan en qué gran medida dependemos de estas creaciones, porque ahí se hacen opacos. Libro de arena comparte un relato de ciencia ficción que cuenta cómo es ese orden de cosas cuando otro mundo es posible.



Por Fernando Barragan*

Me gusta que las cosas funcionen como deben. Vivo en un barrio tranquilo y predecible. He pagado para que así sea.
Don Campillo a las 7:10 pasea su perro, en pijama y pantuflas, abrigado con una bata de lana azul.
Los chicos, cargando sus mochilas, de camino al colegio a las 7:20.
Mi vecino de la izquierda saca el auto a la vereda a las 8:00 para partir 8:15 y retornar 18:30.
La patrulla de la seguridad privada, cada cuatro horas.
Es bueno saber todo esto, enumerarlo, verificarlo, verlo recomenzar. Hasta mi vecina de la derecha, con su gusto por la vulgaridad y el desaliño, cumple una función: la mancha que rompe la monotonía de la perfección para hacerla, definitivamente, perfecta.
La vida con ella funciona así:
Lunes a la mañana: mucho antes de que pase el camión recolector, ella saca sus bolsas de residuos a la puerta, sin molestarse por dejarlas dentro del canasto, y los perros las destrozan desparramando toda la basura. Veinte minutos después, puteando, la recojo con mis guantes de látex.
Miércoles alrededor de las doce: nos encontramos en la verdulería. Sin respetar el turno ni saludar ni pedir disculpas por la basura, se pone a darme lata sobre sus primas harpías o las discusiones filosóficas que se pueden seguir en los programas de chimentos.
Viernes a partir de la once de la noche: lo peor. Equipo de audio con cumbia o Arjona a todo volumen.
Como esa mujer no está hecha para entender razones, todas sus molestias ya forman parte de mi rutina.
Pero ocurrió que un lunes me faltó la basura en la puerta. Eso no fue todo. El miércoles siguiente, mientras seleccionaba unos tomates, alguien a mis espaldas dijo “Buenos días ¿Quién es el último?” Era una voz nueva y agradable. Más por desconcierto que por educación giré para responder y la vi. Era mi vecina, pero arreglada. Peor, elegante. Me quedé duro. Ella me miró y dijo:
– ¿Se enteró lo de Le Clézio?
– ¿Le qué...? – respondí repasando mentalmente la lista de vedetongas de moda.
– Le Clézio, que se ganó el premio.
– ¿Qué premio?
– ¡Qué premio! El Nobel de literatura. Me parece, me parece… que hoy mi vecino está un poquito dormido ¿no?
– Sí, un poco – murmuré. Pagué los tomates y me fui a casa sin comprar lechuga.
Recuerdo que el lapso entre el miércoles y el viernes a la noche fue bastante tenso. Once menos cinco abrí la ventana del living y esperé. A las once, nada. Once veinte, nada. Once treinta salí a la calle y corrí hasta la casa de mi vecina. Desde su vereda, agarrado de la reja del portón de entrada, escuché, por la ventana abierta del frente y a un volumen moderado, el Canon en Re mayor de Pachelbel.
Por suerte pago el servicio plus. Me mandaron un técnico aunque fuera sábado a la madrugada. El tipo fue muy amable y, antes de volver a colocarle la cabeza, me mostró los circuitos neurales de mi vecina. Me explicó que las programaciones están divididas en dos categorías y que cada una tiene como cien programas. Está la categoría profesional, que incluye maestra, abogada, ama de casa y oficios más raros, como adiestradora de nutrias, y la temperamental, que tiene para elegir entre estúpida, intelectual, cabrona, trola y varias más, pero sólo se activa la combinación de opciones que corresponde al diseño de barrio que pidió el cliente. A veces pasa, como en este caso, que a la unidad se le saltan los programas. Para él, un incidente menor.

Pero bueno, lo que importa, al fin y al cabo, es que el lunes siguiente tuve que juntar la basura.


Fernando Barragán: Nació en Alta Gracia (Córdoba) en 1961, pero es ciudadano de Longchamps (Bs. As.) desde los tres años. Profesor de matemática y física con extrañas inclinaciones por la literatura, concurre desde hace años al taller de la escritora Iris Rivera y ella no se ha quejado aun. Fue director de una escuela técnica, pero se recuperó. Crónico es, en cambio, su gusto por la fantasía y la ciencia ficción. Busca equilibrio en el Yoga y profundidad en el buceo.

Comentarios

  1. Buenísimo y tendrás que seguir escuchando a Arjona.....

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    1. Excelente...menos mal que nuestro modelo soporta 4 atas y nos permite ,de vez en cuando, liberarnos de la vecina.

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