El hilo de la voz

Más difícil que volver a Ítaca aun es salir de esa insularidad próxima y distante que es un mar de ensueño profundo. En un juego poético y mágico Esteban Valentino nos propone un viaje literario que nos acerca al funcionamiento mismo del relato y de la literatura tal como fue en su origen, el recorrido de la voz.


Por Marina Ruiz*

Los viajes de regreso no son fáciles. Siempre entrañan alguna complejidad. La naturaleza del regreso puede ser de lo más diversa, pero en cualquier caso, hay un esfuerzo en volver, hay un trabajo que se requiere para estar de regreso. En Es tan difícil volver a Ítaca, una mezcla de novela y diálogo interior de Esteban Valentino, el narrador, que es Mónica, una madre que acompaña a su hijo gravemente enfermo, es la marca sonora, es el canto y la melodía que prepara el camino de regreso de ese sueño profundo y largo en el que Eduardo se encuentra sumido. Es el conjunto de todas las huellas en que se deposita la posibilidad de la vuelta.“Y vuelvo a pensar en Ulises, cuando por fin pudo volver a su isla, a Ítaca, y a Penélope y a su hijo. ¿Cómo se llamaba el muchacho? Ah, sí, Telémaco. Y cuando pudo volver a tener a Telémaco en sus brazos. ¿Qué habrá sentido? Es tan difícil vovler a Ítaca si en el camino hay sirenas, cíclopes, brujas, naufragios. Y cuando finalmente se llega… ¿qué pasará por la cabeza?”
Con el empeño y la terquedad que caracterizan ese lugar irrenunciable que Mónica ocupa tan bien, cada visita al hospital, cada conversación, cada diálogo en el que ella le pone voz a su hijo que no habla, porque no puede hacerlo, cada una de esas escenas en que Eduardo encarna el personaje que ella construye para él, es un canto de esperanza y la búsqueda promisoria de una recuperación improbable. A primera vista la historia es a la vez triste, desoladora, dolorosa, pero optimista y profundamente luminosa también; porque nos abre una posibilidad, la de pensar que aun de lo que parece ser no más que una fina y delicada conexión, la del hilo de la voz, podemos agarrarnos. Es que a veces son las notas de un tono suave pero intenso y único, los de quien nos ama, los que sostienen nuestra unión con todo lo que nos rodea. Entonces cada isla del recuerdo tiene sentido y ya no participa de la serie inconexa de lo que está ahí en el mundo, y pasa a participar de lo que está unido por el sentido de la historia personal. “Un camino y una isla. Una Ítaca que espera y una mujer que ha tejido”, unen las piezas que dan consistencia a Eduardo para traerlo de vuelta. A través de los capítulos recorremos las circunstancias que explican la dolencia que aqueja a Eduardo y de su origen hereditario; se trata de un síndrome que va degenerando ciertas neuronas cerebrales por micro derrames recurrentes. Uno no puede dejar de imaginar o conocer en primera persona los sentimientos que el relato evoca y, sin embargo, continuar la lectura con la misma fuerza y ganas de ver el despertar de quien involuntariamente ha viajado tan lejos. Por eso la fiesta de cumpleaños es una fiesta de sensaciones, de sonidos, de experiencias táctiles, de olores, de todo lo que alguna vez ese nene disfrutó. Desde luego que no se trata de una reescritura de Odisea, aunque es cierto que es el cantado intertexto que la edición, en forma de adaptación, trae junto con una entrevista al autor, como ayuda a los lectores jóvenes que aun no hayan abordado esas lecturas. Pero no sería cierto creer que el texto se limita a un público específico, al contrario, pide muchas formas de ser leído, pensado y compartido, como los viajes.



Es tan difícil volver a Ítaca
Esteban Valentino
Buenos Aires, SM, 2010















*Marina Ruiz: vive en Buenos Aires, estudia antropología en la UBA, y su mayor pasión es viajar, y conocer cómo se vive en otros lugares.

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