El negro corazón del crimen

Las ficciones y la realidad se cruzan, se mezclan, se transforman una a otra. La lectura y la escritura crean realidades virtuales que sirven para contar verdades. Libro de arena publica un fragmento de El negro corazón del crimen, de Marcelo Figueras, que aborda la cuestión del relato que interviene en la historia.



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Desde el comienzo, cuando aún no sabía si escribiría un artículo, una campaña o un libro, la historia había tenido para Erre un final único: Desi iba preso. En un policial perfecto, el asesino terminaba pagando un precio por sus crímenes.
Pro Operación Masacre era además un policial real. Por esa razón, bajar el telón después del arresto de Desi debía significar algo más que la conclusión de la historia: daría testimonio del modo en que esa narración detectivesca con forma de libro había intervenido en la realidad. Iba a ser un texto –o sea una entidad virtual, una entelequia-que utilizaría las herramientas de la narrativa  para contar una verdad y, además, incluiría el relato de cómo ese universo de signos había modificado la Historia.
Erre quería conservar la torta y comérsela a la  vez. Durante meses apostó a que el libro le permitiera desmentir el refrán. Porque Operación masacre tenía algo de aquella bestia mitológica, la quimera: era una criatura que participaba de una naturaleza nueva compuesta por partes que hasta entonces nadie había ensamblado. Se movía como una ficción, pero con el rigor del periodismo, mientras exhibía la Historia tal como Greg la entendía. Era un libro que comenzaba en la órbita de lo privado –el retrato de una víctima, el deseo de un particular de investigar lo que nadie se animaba a saber- para detonar en el dominio de lo público el influir sobre la polis, el escenario político por antonomasia.
En sus sueños –aquellos que habían escapado ya de su control- Operación Masacre iba a permitirle no solo contar una historia, sino también narrar la forma en que un libro había conseguido lo implausible: alterar la realidad. Porque muchos otros libros, empezando por los devocionales, habían moldeado el paisaje humano, pero ninguno de ellos había incluido la historia de esa transformación como parte de su texto.
Había aspirado a que el libro pariese una forma nueva. Pero se estaba quedando a mitad de camino. La realidad que creyó modelar había contraatacado, despojándolo de su final ideal. Lo que tenía entre manos era algo informe.
Que, para colmo, no sabía cómo acabar.

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Su timing había resultado erróneo. Ya no eran los tiempos de Zola. Los escritores habían perdido el peso moral de antaño, carecían de ascendiente. La cultura de masas había depreciado su arte: ahora cualquiera escribía una novelita porque la maquinaria era efectiva y podía escupir muchas obras, además de las esenciales. Se imprimían tantos libros como demandaba la capacidad de las imprentas, más allá de su calidad; en consecuencia habían surgido demasiados escritores. Se habían vuelto moneda corriente. ¿Cómo vas a ser escritor vos, si vivís a la vuelta de  casa, si también sos un gil, si no tenés un sope? Ya no ocupaban el lugar de los  vates y los visionarios. Se habían convertido en operarios, otro eslabón de la tramoya capitalista.
Dejá de escaparle al término, no es una mala palabra: nos hemos convertido, aunque a Borges le espante, en obreros.
Parte de aquel ascendiente se había trasladado a la prensa. Erre lo sabía, por eso estaba dispuesto a que el relato circulase en los medios gráficos. Que lo llamasen periodista en lugar de escritor, era un riego que había enfrentado con gusto. Pero la prensa grande, aquella que intervenía a diario sobre la realidad –porque los diarios de la cadena no solo reflejaban lo que ocurría: nada les gustaba más que crearlo- le había cerrado las puertas. Si La nación hubiese reproducido la denuncia, Erre  habría obtenido su final ansiado. Desi estaría preso.
Pero eso no había tenido lugar. Nada salió como había sido soñado.
Empezando `por él mismo.
Yo, -este “yo” de hoy que lucha para terminar Operación masacre- no me parezco a los sueños que mis padres abrigaban. Lo que hago, y también aquello en que me estoy convirtiendo, no forma parte de ninguna de las fantasías que alentaron.


"Εντροπία", en El negro corazón del crimen
Marcelo Figueras

Buenos Aires, Alfaguara, 2016.  

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