Mariana Enríquez: “Me encantan los lectores jóvenes, son los que más me gustan. Son más curiosos, menos librescos, más interesados con la trama”

En la última entrevista del Ciclo Literatura sin fronteras nos dimos el lujo de recibir a Mariana Enríquez. La escritora nos habló del género (del terror y cómo se lo trasciende), de su relación con los lectores jóvenes, de sus primeras lecturas, de su experiencia como periodista que cubría recitales y de cómo eso está, en parte, en la base de Éste es el mar, su última novela, la que quiso ser –y quien sabe si lo fue o no- una novela juvenil.


Mario Méndez: Buenas tardes. ¿Cómo están? Último encuentro del año. Como pusimos en el Facebook de Bibliotecas para Armar, y aunque parezca un lugar común, un cierre de lujo con Mariana Enríquez. Muchas gracias por venir, Mariana.

Mariana Enríquez: Muchas gracias a ustedes. De nada.

MM: Siempre empezamos con una breve reseña biográfica. Mariana es periodista, es novelista, cuentista y escritora de crónicas, ensayista también…

ME: Más o menos.

MM: Es escritora. Con eso abarcamos todo. Es exitosa, justamente exitosa, publicada en más de veinte países, traducida a varios idiomas. Y una escritora, podría decirse y esa podría ser la primera pregunta, de género… ¿lo serías?

ME: Últimamente sí. Yo empecé a publicar muy chica, a los veintiún años más o menos. Este libro, Bajar es lo peor, es raro, porque es un libro que se leyó y se habló de él como un libro realista. Y yo no lo había escrito así. Yo lo había escrito como un libro con elementos realistas, pero las partes que terminaron leyendo muchos de los reseñistas, como que eran partes donde uno de los personajes tenía alucinaciones, eran partes en las que había seres sobrenaturales. Pero yo no dije nada, entonces cada cual puede pensar lo que quiera. Después escribí una novela realista, pero a partir de ahí siempre me gustó trabajar con el género. Mi uso del género es por ahora bastante particular. Uso el terror, pero relacionado con situaciones que tienen que ver con lo urbano, con la realidad. Incluso adapto temas reales, casos reales… Si uso una calle, un paisaje, un barrio de Buenos Aires, es ese barrio… No transcurren en general en lugares abstractos. Por ahí este último libro, Éste es el mar, es un poco más fantástico en otro sentido: es más sobrenatural, no transcurre en la Argentina, pero fue un poco un descanso mental de hacer estos cuentos, que son muy locales, y muy coyunturales también. Muchos tienen que ver con temas de coyuntura, y eso. Que no es una cosa nueva en realidad, ni que se me ocurrió a mí. Yo se la copié a Stephen King. Lo que pasa es que me parece que hay una lectura un poco rasante de Stephen King. Si ustedes leen Carrie… ¿es una novela sobre qué? Sobre una chica a la que le hacen bullying, y mata a sus compañeros de escuela. De eso se trata Carrie. Después tiene poderes y los mata con la mente, pero dale una escopeta y termina igual la novela. El resplandor es la historia de un tipo que es violento con su mujer y con su hijo, le rompe el brazo a su hijo, está frustrado con su escritura, entonces se van a un lugar aislado, y las cosas para la familia en vez de mejorar, empeoran. Entonces, los fantasmas, que son también los de una familia anterior, muerta también por un tipo, existen y no existen, pero él trabaja con eso. El resplandor es un libro sobre violencia familiar. Además de ser un libro sobre fantasmas, y ser un libro sobre moteles, y todo lo que es. No es que se me ocurrió hacer esto, es lo que se viene haciendo en el terror contemporáneo. Lo que pasa es que el terror contemporáneo en castellano se escribe poco, y el que nos llega suele ser muy popular, no me gusta decir muy comercial. Suele ser de best sellers y me parece que no es leído con una mirada literaria. Puede ser leído, disfrutado, hay mucha gente que lo pasa súper bien, le encanta Stephen King, no tienen el prejuicio ya, pero les cuesta leerlo literariamente, como “¿Qué está escribiendo este tipo?” Ahí me parece que hay un pequeño problema que tiene que ver con que hay una falta de traducción. No es que no se traduzcan los libros, sino en que no hay una lectura de lo que hace la gente de mi edad y un poco más chica, o un poco más grande, dentro del género fantástico de terror, en castellano. Tampoco hay una traducción de lo que están haciendo en el sentido de poder trasladarlo… Doy un ejemplo y cierro. Hay un escritor inglés que a mí me gusta mucho que se llama China Mieville, que no está directamente traducido. Hay un solo libro que se publicó en Interzona, en la colección de Marcelo Cohen, que es una colección freak para gente como yo que leemos cosas freaks. Y China Mieville tiene una novela que se llama La ciudad en la ciudad, de ciencia ficción, que se trata de dos ciudades que viven juntas, en el mismo lugar. En el mismo lugar literal. Por ejemplo, yo vivo en Buenos Aires, pero Mario vive en Rosario. Pero estamos acá. Como Mario vive en Rosario, solo puede hablar con él, que vive en Rosario. Como yo vivo en Buenos Aires, solo puedo hablar con vos. Fue complicado alguna vez este mecanismo de las dos ciudades, pero dejó de serlo, porque la gente se acostumbró. Lo que sí pasa es que la gente está entrenada para no ver, para ser indiferente a ciertas cosas. Hay una ciudad que es más rica que la otra… es sutil, tampoco es que una está hecha pedazos y la otra está súper bien. Es más sutil, pero de lo que se trata es de ese entrenamiento de vivir en el mismo lugar y no verse. No ser empático, y poder vivir tranquilamente cada uno con sus reglas en cada ámbito urbano. Y es una novela policial. Todo lo que ocurre es que se muere una chica, matan a una chica entre ciudades. Entonces ahí tienen que colaborar y verse. Es una novela se ciencia ficción, pero es una novela social tremenda.

Asistente: Perdoname, depende de la lectura que le das, es una novela real.

ME: También. Depende de la lectura, es una novela filo realista… o muy metafórica. Tiene que ver un poco con eso. Me parece que hay un prejuicio. Como que el género no puede hablarte de cosas importantes, emocionales. Como si hubiera ciertos géneros: el realismo, la crónica, la auto-ficción, que están mucho más cerca de hablarte de algo que pueda conmoverte o que sea real o movilizante. Creo que eso es un prejuicio. Creo que eso puede pasar o no, depende del texto. Pero que sobre todo es un prejuicio en cuanto al género, a veces el escritor al usar el género puede llegar más lejos con ciertas cosas, o animarse a ciertas cosas que sin el género, que es una especie de protección.

MM: Bueno, vos sos un ejemplo de usar el género para hacer crítica social, y para hablar de cuestiones políticas. Como dijiste antes, de coyuntura y locales. En Las cosas que perdimos en el fuego con toda esta horrible “costumbre” de las mujeres quemadas, hacés una especie de distopía a partir de esas chicas que deciden quemarse como una respuesta a la agresión machista. O cuando relatás Constitución, por ejemplo, en “El chico sucio”. Los pibes de las calles, esas ciudades que conviven…vos trascendés absolutamente el género.

ME: Sí.

MM: Hablábamos hace un rato sobre la literatura infantil y juvenil. Éste es el ámbito, y este proyecto es “literatura sin fronteras”. Escritores que no han escrito para chicos, pero que los chicos y jóvenes se apoderaron de su literatura. ¿Cómo fue con vos? Creo que fue con Los peligros de fumar en la cama, que fue comprado por el Estado y leído en los últimos años en la secundaria. ¿Cómo fue tu experiencia con los lectores juveniles?

ME: Me encantan. A mí son los lectores que más me gustan. Es el tipo de lector más curioso, menos libresco, más interesado en algún punto con la trama, y con algo que le pasó en su vida. No tan interesado en “qué estuviste leyendo”, más interesado en que esto es verdad o esto no es verdad. Y se ponen mal porque casi todo es mentira. (Risas). Pero sí pasa eso. Y chicas sobre todo. Muchas chicas. Los peligros de fumar en la cama lo compraron para la secundaria pero no se leía entero, porque hay algunos cuentos que no da. (Risas). Y otros que sí, aunque es un poco arriesgado. Lo que a mí me preocupaba… preocupaba entre comillas, porque en realidad a mí no me importa nada, porque todo esto se explica porque cuando yo tenía nueve años, mi mamá me leía a Baudelaire.

MM: ¿Te leía qué?

ME: A Baudelaire. Cuando yo tenía hepatitis. Para mí no había demasiada distinción. Yo no entendía nada, primero me pareció un poco violento que me leyera eso, porque es violento que te lean “Una carroña”, cuando tenés nueve años. Pero yo después no hice ninguna distinción, para mí es un tipo de lectura muy entusiasta, y al mismo tiempo muy normal. Porque es el tipo de lectura que yo hubiese hecho. Cuando yo tenía ocho o nueve años, ya leía libros “para adultos”. Y lo que podía pasar era que no entendiera algo que tenía que ver con el lenguaje, o con cierto tipo de emoción que me parecía medio complicada, pero no tenía demasiadas restricciones en cuanto a qué leer, en mi casa. Entonces no tengo mucho cuidado cuando hablo con chicos, y ese es como un tema. Me parece que en este hay cosas que son de la experiencia juvenil. Lo que pasa es que se van un poco al diablo, yo entiendo eso. Entiendo que en un ámbito docente, dar un cuento sobre dos chicas a las que se les muere el ídolo. Pero que ellas interpreten en el disco que él les pide que se lo coman, y se lo comen… literal… al muerto se lo llevan y se lo comen, yo estoy pensando en la incorporación del ídolo para ser como él, casi como en un ritual pagano. Pero hasta que llegamos ahí en la clase…

Asistente: Lo que vos decís, algunos los leían, otros no, pero el pibe tenía ese libro en la casa, en la mano.

ME: Claro. Yo tenía ese libro.

Asistente: Si vos le decís que eso no vas a leerlo en clase, es lo primero que hace.

MM: ¿Pero hicieron una edición especial de ese libro?

ME: No. Eso es lo que a mí me preocupa. El libro está entero. (Risas). Les dan algunos cuentos. Se los fotocopian, pero si lo tienen en la biblioteca, el libro está entero. Y lo que sí me pasó algunas veces en charlas, es que si hablamos prolijamente de los cuentos que habían leído, y después era… “¿Qué onda?” Porque hay algunas cosas medio heavys. Hasta ahí estaba bueno. Y después este, le contaba a Mario, Las cosas que perdimos en el fuego, lo dieron entero en una secundaria que es medio especial, que es Paideia. Lo leyeron entero. Yo fui a una de las dos clases en las que lo leyeron, y la verdad es que toda la conversación fue muy seria, en algún punto muy preocupada, pero en ningún momento tensa, ni horrorizada, ni tampoco adulta. Porque son pibes, pero sí fue una charla muy comprensiva de ciertas cuestiones. Incluso había cosas que no les gustaban porque eran para grandes. Hay un cuento sobre un chabón que se encierra en la casa y se obsesiona con la computadora, que no quiere salir, y a todos, sin excepción, les parecía que estaba exagerando. Que era una cosa de viejo esa. Y tienen un poco de razón, es cosa de viejo. Esa cosa medio distópica de la tecnología…

MM: Como un miedo de los adultos respecto de que a sus hijos les pase…

ME: Claro. Yo nunca lo escribí así, porque yo lo escribí para adultos. Lo que le pasa al tipo, es que está deprimido, y lo que encuentra es la posibilidad de tener una vida fuera de la vida. En la que pueda continuar viviendo, sin matarse, pero no estando con gente, en relaciones más personales, emocionales. Yo entendía que eso no podían entenderlo en ese sentido. Pero me parecía igual de rico poder hablar de las diferencias que tenemos respecto de la tecnología. Incluso, algunos estaban más en contra de la tecnología que mis personajes, Para un chico que estuvo toda su vida en un ambiente donde se comparte todo lo que hacés… Yo estoy tomando un café, me saco una foto y pongo que estoy tomando un café, en La Nube… (Risas). Y eso es lo que hace todo el mundo, toda la vida, no hacerlo es rebelde, está bueno. Vos ves que empieza a pasar eso. Había pibes que no tenían Instagram, eran súper cool… (Risas). Y yo era una grasa por tener. Empiezan a pasar esas sutilezas, pero no vi mayor problema en que leyeran un libro que para mí es para adultos, chicos que ya son grandes, de dieciséis, diecisiete años. No chicos de trece. Que tampoco pueden leerlo porque es muy largo.

MM: Sí, igual viste que ahora leen algunos ladrillos…

ME: Sí, pero esto es más denso…

MM: Claro. En ese cuento en especial, a mí me quedó una duda con esas páginas que visita. Muy extrañas. ¿Esas cosas existen?

ME: Sí. Sí. (Risas). Hay que saber llegar.

MM: Pero vos investigaste.

ME: Sí. Esos sitios existen. No es tan difícil llegar, si a uno no le da un poco de vagancia…

MM: Me da un poco de miedo…

ME: No sé cuánto de eso realmente ocurre, pero sí. En realidad nosotros antes estábamos acostumbrados a escribir la dirección de la página Web. Ahora no lo hacemos más. La deep web es así. Tenés que escribir la dirección del lugar adonde vas a ir, con un código especial, y tenés que comprar además una especie de programita para poder entrar. Parece más complejo de lo que es. El problema es que tenés que borrar tu dirección. No puede salir de acá, de Jorge Newbery, el cable no puede salir. Tenés que tocar eso para que parezca que sale de Flores. Y no de Villa Crespo. Ese es el problema. Pero en general, que se usa para vender armas o drogas, no sé si no es más mito. Existen las páginas, existe la cuestión, se habla de eso con más libertad, no te lo cortan, pero no sé si realmente se hace.

MM: ¿Y los pibes que te entrevistaron lo conocían?

ME: Sí.

MM: Vivimos en un mundo en el que los chicos a veces tienen realidades que se hacen difíciles de conocer… Hablando de los chicos, y esto me gusta preguntártelo, ¿vos intentaste escribir para jóvenes, directamente, más allá de su apropiación? Me decías de Este es el mar

ME: Ese sí. Puntualmente, para mí es un libro juvenil.

MM: ¿Leyeron Este es el mar?

Asistente: Yo lo leí en la escuela. Me gustó mucho. En quinto año.

ME: Para mí es un libro juvenil. LO que pasa es que bueno… un personaje que se suicida en la tercera página, hay sexo…

MM: Se suicida inducido, además.

ME: Sí, inducido. Pero la protagonista no era una persona, era un ser mitológico, no es lo mismo… creo…

MM: No… suponemos que no… (Risas).

ME: Quiero decir, para mí, desde que el trato, el verosímil, era que eran seres mitológicos, que tenían cierta continuación en el tiempo desde las bacantes… Todo esto suena como fino, pero es un libro que se lee (espero) bastante fácil. En lo que yo también venía pensando desde Las cosas que perdimos en el fuego, y en el cuento que se llama así, era en cierta cuestión de las mujeres juntas, produciendo cierto tipo de saber y de poder. En “Las cosas que perdimos en el fuego” pensaba en las brujas, pensaba también en las bacantes, en un estado de éxtasis producido por los excesos, la música, y una cierta especie de devoción. Y eso como una línea histórica que va desde las bacantes, hasta las mujeres que matan a Orfeo, que si querés es la primera estrella de rock… A Orfeo lo despedazan unas chicas locas. Hasta las chicas que siguen a Charles Manson, o todas las fans de rock. Y eso empecé a pensarlo como separado del ídolo, como diciendo que esa experiencia que yo notaba… en ese momento yo cubría shows de rock y de pop, iba a ver a Luis Miguel, a los Back Street Boys, iba a ver diferentes cosas, algunas me gustaban y otras no, pero lo que siempre pasaba, era que el ochenta por ciento eran chicas, en un estado casi místico de devoción por lo que estaba pasando arriba del escenario. Y cuando digo Luis Miguel o Back Street Boys, lo digo a propósito, porque lo que ahí quedaba era el ritual. Esas mujeres todas juntas haciendo ese pasaje, que de alguna manera tenía un desborde de deseo, un desborde emocional, y en el caso de que sean jóvenes, para mí hasta el pasaje de ser joven o niña o adolescente, a tener como un reconocimiento de una sexualidad femenina adulta. Y eso siempre se repitió. Yo empecé a verlo como un ritual independiente de lo que estaba ahí. Ahí no tenías a Baco o a Orfeo, ahí tenías a Nick Carter, que es un tarado. (Risas). De todas maneras, no es una cosa que desprecie cuando a mí el que está ahí arriba me gusta. Yo escribí este libro, porque a mí eso me pasa con ciertos músicos. No con estos. Entonces yo pensaba que lo que quedó es el ritual, la aproximación a lo sagrado de estas mujeres, sin tener ahí al “hombre-falo” a mano. Todo esto suena muy pensado, pero en realidad, lo que yo pensaba es: qué pasa si nosotros miramos las fotos de las chicas que gritaban por Elvis, las chicas que gritaban por Los Beatles, las que gritan por Nirvana, las que gritan por Gun’s & Roses, ¿no? Si viéramos que todas las caritas son las mismas, y la única diferencia es que tienen el vestido plato en los cincuenta, la melenita en los sesenta, los pelos rosas en los noventa, pero son las mismas porque no son personas. Son seres que están alimentándose de esa energía, y en consecuencia, produciendo que esa persona esté arriba del escenario, se convierta en una leyenda que las alimente a ellas y nos alimente a nosotros. Una sociedad casi laica en la que alguien nos cambie la vida desde el arte. Pero después es como una especie de novela de aventuras, un fantasy en el que una de estas chicas tiene que lograr matar (porque de esa manera se hacen legendarios), a la última estrella de rock, que es un joven muy carismático pero medio piedra. No tiene canciones muy buenas… en ese sentido es un poco realista la novela. (Risas). También tiene partes en las que es como una historia de amor, ella no tiene que tener una historia… más bien la misión es buscarle una historia. Ella tiene que ser la escritora de él, es como que en el rock a las mujeres se nos dejó siempre tanto de lado, y en posiciones tan antipáticas (más allá de las músicas, que son muchas menos), como que en el rock siempre se despreció la contribución de lo femenino que es tan importante… Porque vamos… Mick Jagger no se mueve así arriba del escenario para los chicos eh… se está moviendo así para mí. Y la ropa que usaba Keith Richards cuando era lindo hace cuarenta y cinco años, era la ropa que le robaba a la mujer. Y yo, que hice crítica de rock, y crecí en ese ambiente, y fui a shows de rock, quería hacer crítica de rock, porque para mí era muy frustrante leer una reseña que me hablara de cómo se grabó el disco, en qué estudio, cuántas guitarras se usaron… ¿y dónde está lo que a mí me pasa cuando voy a ver a la banda? Que es una cosa erótica, alegre, una cosa que tiene narrativa, una cosa que no es si el volumen está en ocho o en nueve. Y eso también está, y podemos apreciarlo, pero ¿por qué hay un desprecio por la estética, la moda, el carisma, un desprecio por la narrativa, por el artificio? Esa cosa muy rockera de “lo auténtico”. Y qué se yo… yo tengo una remera de David Bowie, un tipo que hizo diecisiete personajes en toda su carrera, y nunca nadie supo qué pensaba él de verdad. Y el arte es eso. No tenés por qué. La verdad no se dice en ese sentido.

MM: ¿Y vos en tus crónicas hablabas de eso?

ME: Lo intentaba, pero también se cruzaban esas obsesiones de años de tratar de encontrar cierta estética mía, de obsesiones mías. Hay un punto en el que este libro es como el libro mío más personal. Es el más fantástico, y es el más personal. Es como un tipo de relación que tengo con personajes que son mis ídolos, un tipo de observación acerca de ser mujer en un mundo de varones que a mí me preocupó durante un montón de tiempo. Pero no porque me discriminaran violentamente, sino porque no estás representada a un nivel que es impresionante. Supongo que debe ser parecido al periodismo de cine, que es uno de los ámbitos más dominados por críticos varones que hay. Si les pido que me nombren una crítica de cine mujer en Argentina no se les va a ocurrir ninguna. Y las mujeres miran cine igual. Y lo único que hay que hacer para saber de cine es mirar cine. Porque ninguno de ellos filma. Así que había como ganas de pensar en eso, pero después la historia, para mí es una historia juvenil, de amor, con seres sobrenaturales, que no transcurre en Argentina, no transcurre en ningún lado en especial…

MM: Intentaste que fuera publicada como novela juvenil.

ME: Lo intenté, y me dijeron que estaba loca. (Risas). Que hay una escena de abuso… Les dije que no era abuso, pero no. Hay dos o tres escenas de sexo, se drogan, una se suicida… No. Definitivamente, no. Pero yo creo que es posible que lo lean jóvenes.



Asistente: Yo lo llevé para hablar después, para hacer un debate con preguntas. Armó polémica, sí, pero se prenden, se prenden un montón. Se prenden con palabras, incluso con lo actual del tumbler, que hablábamos al principio, de las redes sociales.

ME: Claro que se arma. Más vale. Pero con todo se arma debate. Yo entiendo que en un ámbito docente tenés que tener cierta guía, que es diferente. Pero leer para adultos… yo casi siempre leí sin distinción de si era para grandes o para chicos. Desde chica.

MM: Sí, a veces hay un cuidado excesivo… Vos leías a Baudelaire, pero casi todos leímos a Quiroga…

ME: Lo leía mi madre.

MM: La gallina degollada” leíamos…

ME: ¡Te lo daban en la escuela! Y es peor que Baudelaire.

MM: Sí, y lo leíamos en quinto o sexto grado.

ME: En la primaria. Es un escándalo.

MM: Hoy pasa porque es Quiroga y está canonizado…

ME: ¡Claro! Pero es un escándalo. Además es una incorrección. Son cuatro chicos que tienen  un problema de capacidades diferentes y matan a su hermana, que no. Es una cosa que ahora no se puede publicar…

MM: No, claro. Con muchos de los cuentos de Quiroga pasa…

ME: Informe sobre ciegos”, tampoco. Imaginate que vas a una editorial y les decís que los malos son los ciegos… que lo van a seguir al tipo que es un héroe, qué se yo por qué. ¿Es un héroe porque es lindo, Vidal Olmos, que se acuesta con su hija? No importa. ¿Qué es esto? Esto, en el medio de una novela canónica, como Sobre héroes y tumbas, donde está lo de Lavalle, que después le hacen la música… No se puede más hacer eso.

MM: No. Y menos para lectores jóvenes.

ME: Y Sobre héroes y tumbas hace muchos años era una “novela de frontera”. Yo la leí de muy chica. Y no solo yo, Mariana. La gente de mi edad (tengo cuarenta y tres años). Era uno de los libros que traficabas a los dieciocho, diecinueve años. Después te dabas cuenta de que Sábato era un plomo. (Risas).

MM: Es verdad. Pero se leía en quinto año…

ME: Sí, y es un libro zarpado, es un horror.

MM: Hoy sería difícil de publicar. ¿Vas a seguir intentando con la novela infantil y juvenil o no te da ganas?

ME: Para mí es esa. No sé. Mis ideas ahora son de novelas para adultos. Pero eso no quiere decir nada. Este libro no iba a existir y empezó a existir porque yo estaba escribiendo cuentos de terror que eran realistas, urbanos, como con un tono que no me representaba mucho a mí, ni a todo lo que a mí me obsesiona. A mí no me da miedo ni me deprime escribir esos cuentos. Nada de eso me pasa. La paso bien. Pero es un tono un poco monocorde, como ponerte siempre la misma pilcha. Está buenísimo el vestido, pero por ahí querés tirar alguna otra onda. Y este libro fue de esa especie. Está buenísimo vivir acá, pero por ahí tengo ganas de irme a la montaña. Fue como una cosa así. Y salió como mi intento de novela juvenil, que para mí lo es. Yo leo “juvenil vintage”. Es como si fuera para mí cuando era joven.

MM: Está bueno eso. Lo que te hubiera gustado leer…

ME: O para una persona de mi edad que lea algo que es para su juventud. Para ella ahora, pero para que recuerde su juventud de alguna manera.



MM: Bueno, hay varios de los cuentos y en Este es el mar, en el que aparecen adolescentes, sobre todo chicas, en “plan reviente”. En plan “rebelde mal”. El de la virgen de la olla, por ejemplo. O “Carne”, que lo mencionaste recién, y varios más. Pregunto como un chico: ¿hay algo de tu propia adolescencia en eso?

ME: Sí, mucho, mucho. Además es una época que a mí literariamente me gusta, me rinde. En general me doy cuenta de que me gustan mucho los libros con personajes adolescentes, y escribir sobre adolescentes en situaciones sobre las que no se escribe. Es raro lo que pasa. Los adolescentes hacen cosas que no aparecen en la literatura. Es como si hubiera cierto miedo a que los adolescentes leyeran eso.

MM: Claro. Lo que hacen no se escribe…

ME: Es un poco raro. Y me gustan como personajes porque son divertidos de escribir, son muy arriesgados. Hay algo de la juventud que también me divierte. Estoy un poco aburrida de leer novelas de matrimonios y eso. Y hay que pensar que puede tener la misma complejidad emocional una persona muy joven que una persona adulta. Para mí, la idea de que el adulto es más complejo emocionalmente es una pavada que es mentira. Porque hay cada tarado… Es una edad medio borde, y desbordada en algún punto, hay algo que me gusta de eso en general. Y yo viví la adolescencia muy intensamente, entonces también tengo mucho material. Ahora mi vida es muy tranquila, pero cuando era chica, no. Tengo mucho material ahí. Yo no trabajo mucho con la experiencia, pero casi toda mi experiencia es juvenil. De la intensa, de la que a mí me gusta. Entonces la uso bastante más que otros escritores adultos…

MM: Claro, porque te metés con cosas ásperas de tu propia adolescencia.

ME: Sí, claro. Drogas… casi todas. Casi todas.  (Risas). Dejé hace muchísimos años, así que las más modernas, desconozco.  Me imagino, igual. Tampoco es tan diferente todo. Hay una cuestión de la amistad en esa época que me parece muy potente y muy literaria. Y que a mí me sirve mucho por un tema muy recurrente que noto, de ciertas comunidades, Que se vuelven un poco tóxicos al estar juntos. Sobre todo a las chicas les pasa mucho. Esas amistades muy intensas entre mujeres que empiezan a parecerse todas entre ellas, algo medio monstruoso.

MM: Como de posesión, ¿no?

ME: Sí, una cosa muy posesiva de las chicas. Yo tengo una amiga… no es más mi amiga, es una hija de puta, (Risas) pero me acuerdo de que me hice amiga de otra chica de la cuadra y me cagó a palos. Pero no me cagó a palos “normal”… ¡me cagó a palos! Aparte era grandota. Yo siempre tuve más o menos el mismo tamaño. Fue muy violento. Nunca me habían pegado así…

MM: Por celos…

ME: Por celos. Había una cosa erótica en la situación que la veo ahora. En ese momento tenía ocho o nueve años…

MM: ¡Eras muy chiquita!

ME: Sí, me cagó a palos. Me tiró una bicicleta encima, me lastimó mal. Porque me había visto hablando con esta otra en la esquina. Yo no sé qué quería. La otra tenía plata, yo quería entrar en una casa que tuviera buenas… qué sé yo… (Risas) Era todo muy precario. Y esta reaccionó mal. Y es muy loco, no sé qué pasó, pero desde ahí nunca recompusimos. Está bien… me pegó mucho… (Risas). Pero con los años no dijimos “son cosas de chicos”. No fue nada de chicos, fue todo muy muy salvaje. Habrán sido sus primeros celos fuertes, de mi parte también fue mi primer desplante fuerte, porque yo sabía que ella no quería que yo hablara con esta por no sé qué rollo, y lo hice medio a propósito… Fueron mezquindades varias y fue todo como muy irresuelto. El miedo también es una cosa muy de chico. No es que de grandes no tengamos miedo… Creo que tenemos más. Pero se vive de otra manera. O bien se racionaliza, o se pasa directamente a la histeria total. Pero esa cosa muy paralizante y muy sutil de cuando sos chico, no se vuelve a vivir exactamente igual. Y, desde luego, como una persona adulta, no puedo recuperarla, porque me la acuerdo. Entonces trato de trabajar con el miedo desde ese lugar muy amenazante e irresuelto. Como que nunca te pasa nada. Acá, en general, si tenés miedo de que te afanen, te afanaron.

MM: Sí, claro. El otro día, en otro encuentro, hablábamos de la descripción que hacés de Constitución. Es muy real, es muy verosímil…

ME: Yo trabajaba ahí.

MM: Es tremendo ese cuento del chico…

ME: El chico sucio”. Y saqué cosas. En realidad lo concentré en la madre adicta, el nene, las chicas travestis son todas divinas, pero con lo poco que aparecen en la literatura no tenía el menor interés en hacer un retrato de chicas travestis en cualquiera, porque me parece innecesario, e injusto. Después está la gente que vive en la calle, convencional… pero yo te cuento tres o cuatro anécdotas de lo que pasaba a diario en ese barrio cuando yo iba a laburar, tenés un cuento inverosímil, barroco, impasable como cuento… No sería un cuento, quiero decir…

MM: Sí, excesivo…

ME: Sí. 

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