Los hombres duros, ¿no bailan?

Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río ni leer dos veces el mismo libro. Los cambios que el tiempo produce en las lecturas señalan el camino y las huellas que la vida va dejando en los lectores. Mario Méndez escribe un artículo para Libro de arena acerca de la novela Los hombres duros no bailan, del escritor y director Norman Mailer, que descubre detrás del policial, mucho más allá de la serie negra, otros acontecimientos: la historia de las pasiones que dominan las relaciones entre los personajes.



Por Mario Méndez


Leí por primera vez Los hombres duros no bailan hará unos veintitantos años. Poco tiempo antes había leído, maravillado, otra gran novela de Norman Mailer: Un sueño americano. Seguro de que ya había leído la novela, de que me había gustado mucho, y de que por eso mismo la recordaría en casi todos sus detalles, programé Los hombres duros no bailan, la película, para el ciclo de escritores que dirigieron sus propias versiones cinematográficas. Y además, por supuesto, propuse la lectura de la novela, que yo debía releer antes del encuentro, y de la que hablaríamos con los concurrentes del ciclo durante dos horas.
Para mi sorpresa, y lo dije al abrir la charla, curiosamente al releer me encontré con que no recordaba demasiado de la historia. No sabía quién (quiénes) habían sido los asesinos, y me fueron sorprendiendo muchas de las peripecias de un argumento intrincado, que te llena de dudas,  tanto como la voz del narrador protagonista, que logra transmitir la total confusión -lindante con la locura-, matizada de drogas, alcohol y nicotina, de un tipo que no sabe, no recuerda, si ha matado a su esposa, o a una amante ocasional, o a ambas. Sí recordaba, con total claridad, la anécdota que el Gran Mac, el padre de Tim, narrador protagonista de la historia, le cuenta a su hijo adolescente luego de que este fuera derrotado en un torneo de boxeo juvenil: en una fiesta, el capo mafioso Frank Costello obliga a tres hombres duros, entre ellos nada menos que al campeón mundial de los pesos pesados, Rocky Marciano, a sacar a bailar a su mujer. El último en salir a la pista es Marciano. Cuando vuelve a la mesa, animado por la joven esposa del capo, el campeón de los pesados le insiste respetuosamente a Costello para que él también baile; el jefe se niega con una frase genial, un gancho al mentón, de knockout: “los hombres duros no bailan”, sentencia.
Esta frase, yo lo recordaba vagamente, y lo comprobé en la relectura, no solo aporta el título de la novela: es su eje. Me encontré, veintitantos años después de aquella lectura juvenil, con una lectura diferente, muy diferente. Creo ahora que si no recordaba las peripecias fue porque en aquella lectura de juventud entendí la novela sólo como un policial muy bueno, muy entretenido, una especie de neo-polical negro que, en vez de estar ambientado en los bajos fondos de las grandes ciudades, al estilo de las historias que protagonizaban Marlowe, Spade o el gordo detective de la Continental, se encuentra emplazada en un pequeño pueblito pesquero y balneario, en la soledad en que los sitios turísticos quedan cuando pasa la temporada. Y en la que los protagonistas, además, tienen muchas de las costumbres del post-hippismo: algo así como una psicodelia tardía, la parte experimental, adicta y promiscua del hippismo sin nada de su mejor filosofía.
Pero hoy, en la madurez, me encontré con una lectura mucho más profunda. Ahora pude ver, tal vez porque soy padre, tal vez porque mi padre es un anciano, que lo que subyace en la novela, lo más interesante, es la historia de amor y de tensión, de orgullo, decepción y puesta a prueba constante, entre el padre del protagonista, el gran Mac, modelo de una especie de brutal rectitud, representante de una generación pasada, y su hijo Tim, el muchachito que perdió aquella pelea de la adolescencia, el escritor fracasado, alcohólico y adicto que poco se asemeja al modelo paterno. Y me gustó mucho descubrir (por eso los signos de pregunta del título), que el gran Mac, el hombre duro, intransigente a la vejez, duda. En una de las escenas finales, cuando el padre, que está en pleno tratamiento de cáncer, ayuda al hijo comprometido en varios crímenes, ambos conversan. Tim trae a cuento la anécdota famosa. Y Big Mac responde:
“-Ahora comienzo a dudar de que sepa el verdadero significado de sus palabras ‘los hombres duros no bailan’. Hace seis meses que me dijeron que debía dejar de beber o, de lo contrario, era hombre muerto. Dejé de beber. Ahora, cuando me acuesto para dormir, los espíritus salen de las maderas y forman un círculo alrededor de mi cama. Luego, me hacen bailar durante toda la noche. Y yo les digo: ‘Los hombres duros no bailan’; y ellos me contestan: baila hipócrita, baila, sigue bailando”.
He descubierto una profunda novela enmarcada en un thriller. Como pocas veces, he vivenciado eso que dicen que es regla: los libros son distintos para cada lector. Por si me quedaban dudas de que ya no soy el mismo lector que era hace veintitantos años, Mailer, y sus hombres duros que bailan y no bailan, me lo ha demostrado. 

Los hombres duros no bailan
Norman Mailer
Barcelona, Anagrama, 1993

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