María Inés Falconi: " Cuando uno plantea una situación incorrecta, lo hace para debatir, para tomar postura, para movilizar, para provocar."

La segunda parte de la entrevista a María Inés Falconi retoma la conversación con Mario Méndez acerca del trabajo con distintos formatos de libro, de la importancia de la palabra, del texto escrito, en el desarrollo de las historias. También se habló sobre las políticas educativas y editoriales en relación con los contenidos literarios, de la cuestión del público al que van dirigidos los textos considerados infantiles, y la representación de las problemáticas socio culturales como la violencia. Para finalizar la autora leyó un fragmento de El llorón.



Mario Méndez: ¿Has trabajado el libro álbum?

María Inés Falconi: No, porque yo hablo mucho. (Risas). Escribo con mucho texto, entonces el libro álbum me cuesta muchísimo. Esas cosas maravillosas, tan sintéticas del libro álbum… Yo necesito muchas palabras. Puede encajar para este tipo de cosas, que es como un cuento ilustrado.

MM: Hablando de hablar, lo iba a googlear y me olvidé, ¿las jirafas son mudas? Hay un libro de María Inés que se llama Alta, muda y con las patas largas.

MIF: Sí, son mudas. No me acuerdo de dónde salió el dato.

Asistente: A mi hija, para una actividad con animales que hizo en el jardín le tocó la jirafa, y una de las características es que era muda.

Mateo Niro: Semejantes cuerdas vocales.

MM: Claro, no deben llegar. Porque de la manera en que lo contás, no es que esta jirafa es muda.

MIF: Para mí son mudas. Ahora me hiciste dudar…

MM: A mí me hiciste dudar peor porque tengo un cuento en el que la jirafa habla…

MIF: Acá no tenés los libros de Norma, pero ahí, están Bichos de cuento, Mascotas de cuento, donde juego mucho con eso también. Con los animales como parodiando la burla de los humanos. Cuando escribía ese libro me reía sola, cuando me imaginaba a los animales riéndose de la pobre jirafa.

MM: Además, como está aislada allá arriba, ella no se conecta con el mundo que vive allá abajo. Y se burlan, la cargan por la altura, por el cogote, hasta que ella descubre, desde la altura, que se viene una inundación. Y quiere avisarles y la hiena se ríe, el mono se ríe. Quiere hacerles señas y empiezan a jugar a “Dígalo con mímica”. La jirafa empieza a saltar, hasta que descubren lo que pasa, y después de eso empiezan a aprender lenguaje de señas. ¿Y este personaje que cuenta en primera persona las desgracias de tener un hermanito? ¿De dónde surge?

MIF: Surgió de la necesidad de hacer una serie sobre el sufrimiento del hermano que tiene un bebé, y que va pasando por distintas etapas. Hay dos publicados. Uno es El llorón, que es el primero, y otro es El llorón cumple tres meses, a medida que el hermano va creciendo. Tengo más escritos.

MM: ¿Van a salir?

MIF: No sé. Empezó como una idea mía que fue aumentando mucho por las anécdotas de niñez. Tengo una que es la causa del que todavía no salió, que es de un nene que tenía una hermana bebé, y alguien decía: “¡Ay, qué linda la nena!” y el tipo muy serio dijo: “No, no habla”. (Risas). Esos anecdotarios te dan pie para esto.

MM: Esta cosa de qué es lo que pensará el hermano del llorón, el que se supone que escribe,  que es un chico chiquitito, de dos años.

MIF: Diario de un hermano desesperado…

MM: El pibe lo quiere matar, se mete en la cuna, le pone el oso en la cara y se lo refriega para que juegue, le tira pelotazos para que ataje, y lo quiere, por supuesto, pero es una relación de hermanos. Y es muy gracioso lo que él lee. Lo que mejor sirve para que el chico no llore, es la teta. La mamá le da la teta y el pibe se calma. Pero la abuela, no. Se ve que la de la abuela ya no funciona. (Risas). O el chupete, que es como un tapón, pero a veces se sale… Está muy bien.

MIF: A mí me divierte mucho jugar a pensar cómo ven la realidad los chicos. Nosotros manejamos una cantidad de códigos que para los chicos son absolutamente desconocidos. Me gusta mucho jugar con esa idea de pensar cómo lo verán. Hay otro cuento, que está en un libro que se llama Los hermanos no son cuento, que cuenta de la hermanita que nace, y el chico la va a ver al sanatorio y piensa que se tiene que llevar a la casa a todos los bebés que hay en la nursery. Ese tipo de juegos de confusión de la realidad me divierte.


MM: Es muy divertido. Una pregunta que te quería hacer… Está en Primera Sudamericana, por lo que, podría ser que, si bien está ilustrado, lo lean chicos más grandes. Este relato, a veces es más para los grandes, ¿no?

MIF: Son libros con una contradicción seria, porque la temática es como para chicos más chiquitos, pero la estructura con mucho texto es para chicos un poco más grandes. Nosotros usamos mucho este libro en la biblioteca, cuando hay que leer cuentos y la verdad es que termina funcionando muy bien para todas las edades. No es para que un chico lo lea. Es un cuento para que le lean. No creo que haya un chico que se siente a leer esto. Para leer esto tiene que tener de nueve años en adelante… Es para que a un chico se lo lean y es para grandes.

MM: Para grandes es muy divertido.

MIF: Está muy lejos de ser la intención de que sea para grandes, pero cuando los grandes lo leen le ponen muchas ganas.

MM: Vamos a una de las estrellas. Caídos del mapa.  Yo tengo una edición nueva, pero traje un histórico para mostrar. ¿Cómo fue que Caídos del mapa primero era obra de teatro, después fue novela? Contanos un poco.

MIF: Yo escribía mucho teatro para chicos chiquitos, no había escrito todavía para adolescentes, ni preadolescentes, y no había, no hay, mucho teatro para esa edad. Yo pensaba en cómo sería escribir una obra para preadolescentes, cuál sería la temática, que podía interesarles. Estuve mucho tiempo dándole vueltas a eso, hasta que funcionó esta idea de los chicos que se ratean de la clase de Geografía. Y fue una obra de teatro, porque todavía no había escrito ninguna novela. Pero cuando la terminé, y la estrenamos y salió muy bien, me quedé como con las ganas de contar. Yo contaba nada más que lo que les pasaba a los chicos que estaban escondidos en el sótano de la escuela, y me había quedado con las ganas de contar lo que pasaba en la escuela. En el teatro no lo podía hacer. Cómo reaccionaban, cómo los buscaban, llamaban a los padres. Esos personajes, en la obra de teatro ni siquiera existían. El escenario era el sótano y la mención de “la foca” como la maestra, que no aparecía nunca…

MM: El padre que era presidente de la Cooperadora…

MIF: Claro, se los nombraba a todos, pero no aparecían. En ese momento vino Carlos Silveyra a ver la obra. Estaba sacando esa colección de Quipu, y cuando vio la obra me preguntó si no me gustaría escribir una novela con eso. Yo estaba justamente pensando en eso y se lo dije. Y me dijo que tenía que escribirla muy rápido porque estaban trabajando en una colección que iban a presentar en la Feria. Yo la tenía bastante presente, así que me senté, la escribí, se presentó en la Feria con toda la colección. Se presentó, además, con una escena de la obra, que fueron mis propios actores, y funcionó bien de entrada. Fue un libro que no tuvo ningún tipo de marketing, ni de distribución, y que pasó momentos complicados de la editorial también, pero que funcionó con el boca a boca de los chicos. Ellos se lo recomendaban entre sí.

MM: ¿Y a qué atribuís vos que sea tan exitoso, que les guste tanto a los chicos?

MIF: No sé… ellos, lo que manifiestan es que los personajes hablan como ellos, eso es algo que les gusta mucho, que es un libro muy divertido, y que se sienten muy identificados con los personajes. Recibo cientos de cartas y de mensajes que me dicen: “Yo soy como Graciela y mi amiga es como Paula”.  “En mi curso hay una Miriam”. “A mí me gustaría tener un novio como Fabián”. Los chicos hacen todo el tiempo una transposición, y se identifican con eso.  Y eso, iba a ser un libro, nada más. En un momento, mi hijo menor estaba en séptimo grado y se iba de viaje de egresados. Y fui a una reunión de esas en las que están los padres, la empresa de viajes, y era una cosa tan insoportable… (Risas).

MM: Como las reuniones de consorcio…

MIF: Más o menos. Yo estaba sentada al lado del papá del mejor amigo de mi hijo, que también es editor, y en un momento empezamos a hacer chistes entre nosotros porque era imposible salir de ahí. Y le dije: “Esto es un libro”. Era una cosa terrible. Ahí escribí el segundo, que quedó corto, y el resto de la saga fue a pedido de los chicos. Me la pasé años diciendo que el que estaba escribiendo era el último…

MM: El once ya está…

MIF: Es el último. (Risas).

MM: ¿En qué año están? Recordanos…

MIF: En el once hay un salto. La historia en continuidad termina cuando están en segundo o tercer año. Pero en el once, justamente para que sea el último, hay un salto y están en quinto. Y vuelven a la escuela, a una fiesta de despedida del portero, que se jubila. Y vuelven a encontrarse con los espacios, con el sótano, que lo van a tirar abajo… Hay un montón de cosas que  van cerrando.

MM: Además ya terminan la secundaria…

MIF: Por eso. Lo busqué para que no tuvieran ningún tipo de posibilidad de pedirme nada. (Risas).

MM: La próxima los matás. (Risas). Una pregunta más difícil o más antipática. Con esta cosa de cierta incorrección política, sobre todo por el personaje de Miriam, ¿has tenido algún problema, reclamo?

MIF: Distintos. De hecho, cuando el libro salió en el año ’92, era otra época. De un montón de cosas de las que ahora la gente se escandaliza, no se escandalizaba nadie.

MM: Vos decís que es al revés…

MIF: Para mí, nos volvemos cada vez más hipócritas. Cuando pasamos de una edición a otra, tuve que limpiar un montón de cosas del lenguaje del libro. A Miriam la llamaban “la gorda”, y nadie se asustaba por eso. Entonces, a pedido de la editorial traté de alivianarlo un poco, porque si no era dificultoso en las escuelas, los Ministerios ni te cuento, y no cambié la esencia del libro.


MM: ¿Es un libro que ha comprado el Ministerio?

MIF: Recién después de la película.

MM:Eso es a pedido de los chicos.

MIF: Sí, es políticamente incorrecto. Pero, por ejemplo, ahora que estamos con el tema del bullying, hay que explicar que no es lo que le hacen a Miriam. El bullying es cuando atacan a alguien que no tiene posibilidad de defenderse. Miriam tiene una estructura fuerte. Son violentos pero es una cosa entre pares. No hay una cosa de “agarrarla de punto”.

MM: Me hacía pensar un poco en la estructura de nuestra vieja y querida Jacinta Pichimahuida. Etelvina era así y nadie se escandalizaba.

MIF: No la vi.

MM: Era la cosa arquetípica. Caballasca que era bruto, el lindo, la linda, y Etelvina que era insoportable, a la que todos odiaban…

Asistente: En la vida real, también. Uno venía del interior, y en la escuela te decían “Estrellita esa pobre campesina”.

MIF: Sigue existiendo. Yo creo que ahora toda la sociedad está más violenta. Me parece que esa es la diferencia. Lo que antes pasaba por la cargada ahora pasa por la piña, cuando no la puñalada. Todo adquirió una forma mucho más violenta, los chicos tienen mucha menos contención.

MM: ¿Vos creés que  hay reticencia o cierto temor de caer en el riesgo de fomentar la violencia o algo así?

MIF: ¿En el libro?

MM: Sí, sobre todo en esta mirada que calificás de hipócrita.

MIF: Creo que todavía no se perdió el criterio de que el libro tiene que decir cómo se hacen las cosas. De que la literatura tiene que enseñarnos el camino correcto. Y en la escuela, ni que hablar. Y el teatro también. Es difícil entender que cuando uno plantea una situación incorrecta, lo hace para debatir, para tomar postura, para movilizar, para provocar. Es mucho más cuadrada la cosa. Si el libro dice que le pegan a Miriam, yo estoy haciendo apología de la violencia y estoy diciéndoles a los chicos que peguen. No estoy diciendo eso. Estoy diciendo que eso pasa. Realmente pasa. Me parece que nos quedamos tranquilos como poniendo grandes titulares, pero que las cosas, los chicos las siguen haciendo igual.

MM: Lo que pasa es que corrés el riesgo fuerte de ser acusado de apologista de la violencia, o de lo que sea.

MIF: Cuando nosotros hacíamos la obra de teatro, una vez nos pasó que terminó la obra, eran chicos de sexto y séptimo grado, se levanta una maestra en el medio, y empieza: “¡Esto es una vergüenza!, ¿cómo pueden invitar a los chicos a ver una obra con este lenguaje, y con este tratamiento de las maestras?”. Se armó un escándalo que no sabés. Nos dijeron de todo. Nosotros tratábamos de defender nuestra posición, y los pibes, pasaban al  lado nuestro, y bajito para que la maestra no los escuche, nos decían: “No le hagan caso. Estuvo buenísima”. Ahí me quedó bien claro el punto de vista del adulto, y el del chico. Los chicos no son tontos. Difícilmente entiendan que hay una apología de la violencia o de la discriminación.

MM: Pero has pasado por esas situaciones.

MIF: Sí, y por lo de que a la escuela el libro no entra, que el Ministerio no lo compra… A mí a esta altura no me preocupa. Pienso que cada uno sabe lo que tiene que hacer. Uno no tiene que traicionarse a sí mismo. Si la gente lo compra o no lo compra, es aparte. Pero no se me ocurriría suavizarlo, porque la realidad no es suave. A las chicas gordas, les siguen diciendo “gorda”. Es así, mejor que el libro lo diga y que alguien se dé cuenta de que pasa. Y que una chica gorda pueda sentirse identificada con Miriam, que es mejor que sentirse sola, y la única a la que la maltratan. Extrañamente, cuando se dio lo de la película, que los chicos conocían a los actores, la actriz que hace de Miriam es lo más. Los chicos la adoran. Al que más adoran es a Federico.

MM:Es el langa…

MIF: Sí, pero ella…no sabés cuánto quieren los chicos a ese personaje. Es una cosa rara.

MM: Es raro, sí, contanos la experiencia con el cine, porque además, ahí fuiste la guionista.

MIF: Cuando empecé a trabajar con el guión tenía muy en claro que tenía que ser fiel a los lectores, lo cual produjo no pocas discusiones, porque a veces los productores o los directores querían cosas más rimbombantes, desde el punto de vista cinematográfico. Y yo no los quería desilusionar, porque muchos chicos me habían preguntado si no me gustaría hacer la película. Tenía que ser esa historia. Se podía agregar un poco más o menos en cuestión de imagen, pero sin modificar eso. Y creo que salió así. Los chicos no salieron desilusionados.

MM: Y fuerte la movida con el cine y la promoción y todo eso.

MIF: Y sí, es otro ámbito, mucho más expuesto, los libros les van llegando a los chicos de a uno, el teatro de a cincuenta personas, la película llega de pronto a diez mil. Los chicos la esperaron mucho. Desde que la anunciaron hasta que se estrenó, pasaron como tres años. Así que cuando salió, estaban con mucha ansiedad. A mí me decían que no pensara en los lectores, porque iban a ir a verla los que no habían leído el libro. A mí los que no leyeron el libro no me importan, porque van a conocer la historia desde ahí. A mí me importan los que sí lo leyeron. Pero funcionó bien. Les gustó a los chicos, a los adultos, se divierten, está muy bien hecha.

MM: ¿Y viene la segunda parte?

MIF: Está esperando el presupuesto correspondiente. Pero viene.

MM: ¿Tuvieron crédito del INCAA y todo eso?

MIF: Sí. Y el proyecto ya está presentado. Pero no alcanza con el INCAA.

MM: No, claro. ¿Y ya empezaste a escribir el guión?

MIF: Sí, un primer guión, porque además el cine tiene eso, no es como el libro, que cuando terminás y lo mandás a la editorial, va. Yo creo que escribí como seis versiones de la primera. Por las correcciones.

MM: ¿Estuviste en los sets?

MIF: De visita. No quería meterme. Era pesado que yo estuviera ahí. Tenía muchas cosas para decir, pero me parece que hay que dejar que el que hace la otra tarea la haga como la ve.

MM: ¿Sentiste que se respetó bastante?

MIF: Sí, fueron muy respetuosos. El cine tiene esas cosas, después viene el que hace el montaje y te va cortando escenas, compagina, es muy incontrolable.

MM: Bueno, la otra saga, con la que me estaba riendo solo en el bar de acá al lado es Fin de semana en El Paraíso. Hay también cuatro chicos: Gonzalo, Diego, Carla y Agustina. Acá te metés con una cosa muy interesante que es el mundillo del country, como Piñeyro con Las viudas de los jueves. Creo que incluso con el mismo filo, porque es bastante descarnada la visión del country, de los señores de la Seguridad, al que es de afuera se lo mira de otra manera, y sobre todo, de la alambrada para allá, la villa.

MIF: Yo ubiqué esa historia ahí, porque en un momento, en los noventa, mucha gente empezó a irse a vivir a los countries. Y yo sufría mucho por los chicos. Porque la situación de los chicos de diez, once, doce años, a los que se los llevaban, era de un desarraigo terrible. Ellos estaban acá en su escuela, con sus compañeros, a los padres se les chiflaba en un momento que estaba re cool irse a vivir al country, agarraban a los chicos y se los llevaban. Y tenían que adaptarse, no solo a otra realidad sino a esa cosa cerradísima. Tenía una alumna, siempre me quedó grabada esa experiencia… Estábamos ensayando una escena, tendría catorce o quince años la chica y las compañeras le dicen: “Bueno, entonces vos acá te vas al chino” Y ella las mira y dice: “¿Dónde?” “Al chino, nena. ¿No sabés lo que es el chino?” “No. ¿Qué es el chino?”. Eso fue como un disparador de defensa de la libertad de los chicos por crecer en sociedad. No sé cómo decirlo.

MM: Están como en una burbuja. Y eso que en este caso van y vienen.

MIF: Sí, no son de los que viven.

MM: Y es fuerte la cuestión de que por la portación de cara y vivienda, los pibes, que son absolutamente inocentes se comen la entrada en la comisaría, el fin de semana adentro…

MIF: Los chicos de la villa, sin comerla ni beberla.

MM: Por “portación de cara”.

MIF: También me interesó mucho trabajar el tema de la hipocresía, porque cada uno de los cuatro libros es, de alguna manera, como una historia policial. Los chicos descubren siempre, que aquel que tiene el poder dentro del country, o al que maneja los hilos, de pronto le encuentran plantas de marihuana en el jardín. El otro compra a un referí para que gane el equipo de su club del country. Siempre hay alguna cosa así, que los chicos terminan descubriendo y deschavando, pero donde se ve la diferencia entre la imagen, lo que quieren mostrar, y la transfugueada por debajo.

MM: El trasfondo. Realmente está muy bien. ¿Y este entra a los colegios?

MIF: No, no mucho, pero por una cuestión de política editorial. Se vende porque los chicos lo compran.

MM: ¿Y vende bien?

MIF: Sí. En general con los libros para adolescentes empiezan con Caídos del mapa, se terminan los once y siguen buscando. Entonces leen todo, hasta que no les queda nada.

MM: Y hay que ponerse a escribir.

MIF: Claro.

MM: Y de C@ro dice…, dijimos poco. A mí es uno de los que más me gustó, si no el que más. ¿La leyeron? Me contaba María Inés que se iba a llamar Sobre ruedas

MIF: Es una novela que también surge de una obra de teatro que se llama Sobre ruedas. Es la historia de dos chicos de doce o trece años que se conocen chateando, y que se divierten mucho, porque el chico es muy rápido, tiene mucho sentido del humor y a la chica la divierte. Ella, a su vez, tiene una amiga que quiere presentarle un chico para que salgan juntos, ella tiene un novio…

MM: Una chica bastante especial…

MIF: Le gusta leer. Todo el mundo la carga por eso. Y el chico le ofrece que vaya a una fiesta que se va a hacer en la escuela para que se conozcan. Van. Y cuando ella llega descubre que el chico está en silla de ruedas. Es paralítico. Y empieza toda su contradicción de seguir adelante con ese vínculo. Ella se va  enamorado del chico, pero además sus amigos la burlan todo el tiempo. Le preguntan qué va a hacer con un chico que está en silla de ruedas. Y él también tiene la duda acerca de si va a  aceptarlo, si un día va a decirle que se vaya, y todo eso. Ese es el conflicto de la historia que termina bien, con un final abierto.

MM: Como es abierto el tema de la parálisis de él. Me parece una buena elección. No sabemos…

MIF: No sabemos, porque además yo pregunté a médicos, y me dicen que un chico que está paralítico, no tiene solución. Siempre va a estar paralítico. Me parece durísimo y no me animaba a plantear esa situación, entonces dejé abierta la posibilidad de la operación. Ahora hay nuevas tecnologías que hacen que la gente que no podía mover las piernas pueda moverlas.

MM: Igual, lo que me parece bien, es que el pibe no tiene una esperanza loca. Sabe vagamente que hay una posibilidad de operación, pero está bastante consciente de que es una posibilidad un poco remota.

MIF: Vinieron a ver la obra de teatro chicos en silla de ruedas. Y estaba bueno, porque decían: “Así es como nos tratamos nosotros”. Con ese humor negro, ese reírse de ellos mismos…

MM: ¿Y eso lo investigaste?

MIF: No, lo inventé. No quería darle un tono de tragedia, ni tampoco de que no pasa nada, de que es lo  mismo estar en silla de ruedas que no. No es lo mismo.

MM: El mejor amigo lo gasta. Le dice: “Vos, paralítico…”. Él se gasta a sí mismo, pero está buenísimo que sea así, que se traten así entre ellos.

MIF: Estoy haciendo una obra con adolescentes y para adolescentes en la Universidad popular de Belgrano, y una adolescente que tendrá dieciséis años, tiene un problema de columna y mucha dificultad para caminar. Está con nosotros desde que tenía once. Pasó muchas operaciones, usó aparatos, muletas, carrito, camina mal, pero la traen en su silla de ruedas. Camina y actúa, y se sienta porque le duele. Y termina la función, salgo a la calle, y veo a uno de los chicos actores, de dieciséis años, que juega waterpolo, y tiene un lomo de este tamaño, sentado en la silla de ruedas, con la chica que tiene el problema, empujándolo ella al grandote, los dos muertos de risa. Y es bárbaro eso que se produjo de manera absolutamente inconsciente, de transformar la dificultad en un  momento de juego.

MM: Quería hacerte unas últimas preguntas. Coordenadas para un crimen, me la pasaron de Sudamericana, pero tiene otro sello, Montena. ¿Cómo es esto?

MIF: No sé. (Risas). Porque Sudamericana tiene una colección que no es la típica de Sudamericana, de autores extranjeros. Mucha novela americana, ciencia ficción, policiales, aventuras, y ellos querían una novela para esa colección. Ya sabía que no iba a salir en la tradicional. Pero no sé cómo funciona ese sello, porque es nuevo, también para mí.

MM: ¿Y esto salió hace poco?

MIF: Salió este año.

MM: ¿Y ya tenés alguna respuesta?

MIF: Sí, viene muy bien, no sé si en ventas, pero en respuesta de los chicos.

MM: ¿Y qué es? Contanos un poquito.

MIF: Una especie de locura en la que me metí para no hacer una cosa tan realista como las que suelo escribir. Quería escribir otra cosa. Y es una mezcla de policial y ciencia ficción.

MM: ¿No habías escrito ciencia ficción antes?

MIF: Nunca. Es más, no me gusta. No soy muy lectora de ciencia ficción. Mi marido sí, entonces a veces me sirve de consejero. En realidad la novela empezó así: empecé quejándome del GPS, porque decía que iba a terminar con las peleas adentro de un auto. “Doblá para acá, no, te dije que era la otra”. (Risas). Eso que hace a la comunicación no existe más, porque el GPS te dice dónde tenés que doblar. Estaba con eso de la tecnología, del GPS, empecé queriendo escribir sobre el aparatito ese. Es el movilizador de esa situación. Son tres chicos en el campo. Viene el tío de uno, de la ciudad, y le presta un GPS. Y están muy entusiasmados hasta que descubren que funciona mal, porque los lleva para el otro lado, hasta que le hacen caso. Y cuando llegan al otro lado, encuentran a dos viejos que ellos conocían, muertos en su casa. Es un GPS que los traslada en el tiempo, los adelanta para que vean que van a matar a los viejos, pero cuando no está funcionando, vuelven al tiempo actual. Hasta que descubren eso, y se dan cuenta de que a los viejos los van a matar y no pueden contarle a nadie, porque no van a creerles. Van armando la trama con el aparato… está bueno.

MM: Suena muy interesante, y la combinación entre ciencia ficción y policial se da pocas veces.

MIF: Sí, creo que lo hice de inconsciente, como no soy de ninguno de los dos… (Risas).

MM: Normalmente terminamos con una lectura. ¿Te animás a leernos algo?

MIF: Yo soy mala leyendo, pero si quieren…

MM: ¿Vos actuaste? Esa pregunta se me quedó…

MIF: Alguna vez, pero no en forma sistemática. Hice reemplazos de actrices, cuando era joven. Cuando tenían algún problema, como sabía bien los textos y conocía muy bien la obra, me mandaba  arriba del escenario.

MM: Pero no es lo que más te gusta…

MIF: No. Me gusta mucho dirigir, lo hice mucho. Eso me apasiona, pero actuar, no.

MM: Bueno, aunque seas mala, ¿querés elegir algo cortito para leernos?

MIF: Elegí vos…

MM: Si tengo que elegir yo, vamos a reírnos un poco, algo de El Llorón. Elegí cuál de los dos llorones querés…

MIF: Éste, el primero.
Mi hermanito llora. Tiene hambre y llora. Tiene sueño y llora. Yo lo pellizco y llora. ¡Y eso que lo pellizco despacito!

¡No sé por qué me tuvo que tocar un hermano que llora! Yo quería uno que hablara, como el de Camila. Se ve que el hermanito de Camila es de otra marca, porque habla y es más grande que el mío. Yo no sé porqué mi mamá eligió un hermano tan chiquito. Seguro que uno grande como el de Camila, era más caro. ¡Ojalá me hubiera dejado elegir a mí!

Para que funcione, mi mamá le hace cosquillas en la panza. Como a mi oso, que hay que apretarle la panza para que haga ruido. Pero me  parece que mi hermanito anda mal, porque cuando mi mamá le toca la panza (“la panchita”, como dice ella), no llora nada y le sale un sonido muy raro. Mi mamá dice que se ríe, pero eso no es risa, es algo así como un “ggggllllrrrr”. ¿Estará roto?... Si mi mamá compró un hermanito que llora y cada vez que le aprieta la panza, en vez de llorar hace ese ruido tonto, quiere decir que está roto. O, a lo mejor, es que ella no lo sabe usar; porque cuando yo le pellizco la cara, sí que llora. Yo le quiero enseñar a mi mamá cómo tiene que hacer, pero ella se enoja y no me deja tocarlo. Quiere jugar ella sola.

El chupete es para desenchufarlo. Si estás cansado de que llore, le ponés el chupete, que es como un tapón, y no llora más. Es un sistema bastante práctico, aunque a veces, tampoco anda bien. Algo pasa, porque el chupete se le salta de la boca y entonces, sigue llorando.

Lo que mejor funciona para que deje de sonar, es la teta de mi mamá. Eso no falla nunca. Se calla inmediatamente y durante horas. Claro que, cuando mi mamá no está, se nos complica, porque en casa, la única que tiene una de esas, es ella. Mi abuela también tiene una. Dos, como mi mamá. Pero la de mi abuela se ve que no anda bien, porque nunca la usa para hacerlo callar. Mi abuela prefiere la mamadera, que es bastante buena, pero no tanto.

A mi mamá, a mi papá, a mi abuela… ¡a todos les encanta que mi hermanito llore! A mí, no. En cuanto pega el primer grito, salen corriendo para mirarlo llorar. Eso ya me molesta un poco, porque cuando él llora, nadie se acuerda de que yo estoy ahí.

El otro día probé, y cuando todos estaban alrededor del llorón, me puse a llorar yo también, y a los gritos. ¡Fue buenísimo! ¡Vinieron corriendo! Y yo puedo llorar mucho más fuerte que él, porque soy más grande.

Ya lo hice varias veces y siempre funcionó. Pero no sé si lo voy a seguir haciendo, porque mi mamá no tiene cara de contenta; tiene cara de preocupada, y a mí esa cara no me gusta.

Mi mamá dice que al llorón no lo podemos cambiar, ni devolver, ni nada. ¡Pero a que no saben qué! Dice que se va a venir más grande, como el hermanito de Camila y a lo mejor, más. Y yo pienso: si se vuelve más grande, capaz que deja de llorar y empieza a hablar.

Ahora estoy esperando. Me paso horas agarrado de los barrotes de la cuna esperando que se haga más grande y diga alguna palabra, pero nada. Sólo llora o hace ese extraño “ggggllllrrrr”. A lo mejor está hablando en otro idioma y somos nosotros los que no lo entendemos. Por eso llora. Es muy triste que nadie te entienda. Yo también lloraría si me pasara eso. Mi mamá, mi papá y mi abuela juegan a adivinar: “debe tener hambre”, dicen; o “debe tener dolor de panza”, o “está mojado”… Pero, para mí que ninguno acierta, porque el llorón sigue llorando.

Yo, creo que se aburre. A veces el llorón me da un poco de lástima, porque está siempre en la cuna y no puede jugar a nada. El otro día, mientras él me decía “ggggllllrrrr” se me ocurrió una idea. Abandoné mi puesto junto a los barrotes y fui a buscar la pelota.

El llorón no sabe atajar. Le tiré la pelota desde lejos con mucha, mucha puntería. Eso no es nada fácil, porque a veces se me va para cualquier lado. Pero esta vez, no. Esta vez, cayó justito en el medio de la cuna. Lástima que él no la atajó. Le rebotó en la panza y empezó a llorar. Está funcionando bien otra vez, pero para jugar a la pelota, eso no nos sirve.

Yo traté de explicarle que tenía que poner las manos, o los pies, como me dice mi papá. No sé si me entendió, porque como estaba llorando debajo de la pelota, que es muy grande, yo no podía verle la cara. Sólo escucharlo. Entonces vino mi mamá, sacó la pelota de la cuna, le puso el tapón-chupete, y me retó. Dijo que nunca, pero nunca más, jugara a la pelota cerca de la cuna. Y tenía razón, porque el llorón no sabe jugar.

A lo mejor, no sabe atajar la pelota pero puede jugar a otra cosa. Yo tengo muchos juguetes. Más que el llorón, que sólo tiene esas cosas que dan vuelta y hacen ruiditos y que son muy aburridas. Si esos fueran mis únicos juguetes, yo también lloraría.

Pensé que si le prestaba mis juguetes no se iba a aburrir tanto, entonces, traje todos los que pude: los autos, el oso que hace ruido, el conejo, los cubos de colores y hasta el camión grande que carga arena. Fue muy cansador. Tuve que hacer muchos viajes desde mi cuarto y, además, tirarlos con fuerza adentro de la cuna, porque los barrotes son muy altos y no alcanzo. Después me quedé mirando para ver si le gustaban. No le gustaron. No agarró ninguno. Pasando la mano entre los barrotes, alcancé al oso y se lo apreté contra la cara para que le diera un beso. ¿A qué no saben qué?... El llorón empezó a llorar. Mi mamá vino y me volvió a retar. Que no ponga cosas en la cuna, me dijo esta vez. Y ahí entendí: el llorón no puede jugar adentro de la cuna. Hay que sacarlo. Por eso sacude los brazos y patalea en el aire. Porque se quiere bajar, pero nadie lo entiende.

Hacer eso fue mucho más difícil, porque, como ya dije, yo no alcanzo hasta arriba. Tuve que traer una silla, subirme, asomarme adentro de la cuna… ¡y casi me caigo de cabeza! Al llorón le gustó mi pirueta, porque esta vez no lloró. Empezó a reírse con su ggggllllrrrr… Y eso me gustó a mí, y le hice algunas morisquetas, y él me hizo más ggglllrrrr… Me parece que nos estamos entendiendo.

Lo difícil fue levantarlo. El llorón no es muy pesado, pero se desarma todo. Lo tiraba de los brazos para sentarlo y se iba para atrás otra vez, le decía que se pare y no entendía nada, sólo pataleaba. Al final lo abracé con toda la fuerza que tengo (que es mucha porque ya soy grande) y pude sacarlo de la cuna. Ahora, tenía que bajar de la silla, donde yo estaba parado con el llorón a upa, y no sabía como hacer. Sólo eso faltaba para llegar al suelo y empezar a jugar pero, en ese momento, apareció mi mamá. No se puso contenta. Pegó un grito. Mi mamá gritó, el llorón lloró, y yo… también lloré.

Mi mamá puso al llorón en la cuna y me sacó del cuarto. Estaba muy enojada. Yo traté de explicarle, porque yo sí, hablo, no como el llorón que sólo llora; pero ella no me entendió. Ojalá el llorón también pudiera hablar para ayudarme…

El llorón y yo seguimos mirándonos a través de los barrotes de la cuna. Yo le hablo y él sigue haciendo “ggglllrrrr” y llorando. Cada vez nos entendemos mejor. Igual, yo sigo esperando que se vuelva grande y aprenda a hablar, como el hermanito de Camila.

Aplausos.

MM: Muchas gracias, María Inés.


MIF: Gracias a ustedes. Yo tengo una página que se llama “María Inés Falconi, oficial”. Ahí pueden contactarme, la leo todos los días, contesto los mails, si quieren ponerse en contacto.

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