Laura Devetach: "Sigamos haciendo estos encuentros, amuchémonos."

La segunda parte de la charla con Laura Devetach continuó con el relato de la producción de sus libros, de la historia que los vio nacer y de su vínculo con su vida personal y familiar en la que anudan, tanto como con los procesos históricos. También contó acerca de la difícil experiencia de vivir de la docencia y de la literatura durante el golpe militar, de su mudanza a la capital federal y la edición de su obra en el exterior. En el final la autora leyó un poema que festejó el encuentro, la memoria y la poesía “Para que sepan de mí”.



Mario Méndez: Los señores del Ministerio de Cultura y Educación de hace cuarenta años, decían que “algunos de los cuentos incluidos en el mencionado libro, atentan directamente contra el hecho formativo que debe presidir todo intento de comunicación, centrando su temática en aspectos sociales como crítica a la organización del trabajo, la propiedad privada, y al principio de autoridad, enfrentando grupos sociales raciales o económicos con base completamente materialista”. Eras muy jodida, Laura. (Risas).

Laura Devetach: Soy. (Risas).

MM:  “...como también cuestionando la vida familiar, distorsas “…ese debe ser un error…

LD: Un error o una exquisitez… la palabra es distorsiones

MM: “…distorsas y giros de mal gusto, la cual en vez de ayudar a construir, lleva a la destrucción de los valores tradicionales de nuestra cultura”.  Y tenían razón… (Risas). Nos contabas el otro día, cuando estuvimos en el abrazo al ECuNHi que con “Monigote en la arena” pasó algo muy curioso. Me gustaría que nos cuentes cómo fue que lo viste por primera vez impreso.

LD: Monigote en la arena es posterior. Digamos que La torre de cubos pertenece al ciclo de mi hija mayor, y Monigote en la arena al ciclo de mi hijo menor. La primera impresión que se hizo acá (está presente Susana Itzcovich, compañera de ruta de todas estas cosas), fue en Los cuentos de la Vereda, no me acuerdo hace cuántos años. Los traje para mostrarlos. Es un libro pequeñito… Estos libros, primero los hicimos nosotros, Gustavo y yo, con un dinero con el que no podíamos pagar la 1050 en la que estábamos metidos. Los jóvenes no deben saber lo de la 1050, ni yo me acuerdo como para explicarlo, pero ese dinero, que no nos alcanzaba para pagar la deuda, decidimos usarlo para hacer libros. E hicimos estos, que se llamaron “Los libros del malabarista”. Están también los de Gustavo. Hoy traje solamente los míos. Estos eran del ’77. Ya era difícil editar los cuentos. Finalmente, lo que pasó fue que mandé La torre de cubos al Fondo Nacional de las Artes, me dieron el subsidio para poder editar, y ahí lo reeditamos con la Universidad de Córdoba. Y Monigote en la arena, lo mandé al concurso de Casa de las Américas, en el año ’75, que fue un boom para Argentina, porque salió Galeano, salí yo, salieron Ana María Ramb y Murillo, con Renancó y los últimos huemules… El jurado estaba formado por María Escudero, Javier Villafañe, un escritor colombiano… Y bueno, hicieron mucho alboroto estas cosas  que habían salido de la Argentina. Estábamos todos muy contentos. Acá seguía poniéndose oscura la cosa. En Cuba hicieron ediciones con tiradas de cincuenta mil ejemplares cada uno. Y me lo mandaron. Pero a mí siempre me llegaba un sobre abierto, bien arrugado, vacío. Así que yo no lo conocía. Dos años después, tuve una invitación a Alemania. Por un intercambio cultural fuimos varios escritores y poetas de Latinoamérica. Y allí me pasaron cosas maravillosas. Desde que conocí el ballet y la ópera, hasta que conocí el Monigote en la arena que estaba en la Biblioteca de Habla Castellana en Berlín. Hicieron una fotocopia y me la dieron. Así lo conocí. En la edición cubana. Con el tiempo, cuando fui a Cuba y las cosas cambiaron un poco, ahí sí me traje uno. Acá tengo la edición cubana. (Lo pasa) El dibujante es Muñoz Bachs. Acá traje otros. Este es el de Checoslovaquia. “Devetachova”. La de Alemania tiene cada cuento ilustrado por un dibujante distinto. Muy lindo. Algún día haré un PDF… (Risas). Más o menos esa es la historia de cómo conocí Monigote… unos años después.



MM: Recién hablabas de la 1050, muchos de los que estamos acá la recordamos. Algunos éramos más chicos, otros más grandes… Lo que tiene tu obra es que atraviesa generaciones. Hay chicos chiquitos que te han leído en la escuela. Chicos que no han salido hace mucho del secundario o que todavía están, y coetáneos. ¿Por qué será? Me parece que estaría bueno que alguien se anime con esa pregunta que hizo Laura hace un rato, antes de escuchar otro relato de Diana, sobre todo para contarle a los más chicos qué se sentía, entre el ’76 y el ’83 cuando estaba prohibido leer determinados libros, comprar determinadas revistas que a veces quitaban de los quioscos (me acuerdo de la revista Humor). También se prohibía a las personas…

Público: Yo de lo que puedo dar testimonio, es que tenía doce, trece años, e iba a un colegio privado en el que no podías hablar. Había cosas que no podías ni preguntar y me acuerdo de que siempre tenía miedo de perder los documentos. Uno iba por la calle con miedo, porque si te pedían el documento y no lo tenías, podían llevarte inmediatamente. Me pasó una vez. A mí me gustaban los retiros religiosos, y fuimos a uno a Florencio Varela, con un grupo de chicos. Y nos hicieron bajar del colectivo. Y  no tenía el documento. La policía dejó subir a todo el mundo y a nosotros no. Finalmente yo tenía tal cara de pollo mojado, que me dejaron subir última, y me dijeron que tenía que llevar el documento hasta en el baño. Era muy chica, estudiaba, no tenía por qué sufrir esos malos tratos. La generación más grande no nos respetaba y nos pedía respeto; era muy confuso para los chicos y los adolescentes.

Participante del público: Nosotros en esa época a nuestra hija le compramos el “famoso”, Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Y lo escondimos en nuestra casa particular, tan bien que nunca más lo encontramos.

Participante del público: Cursé toda la facultad durante la dictadura. El documento tenías que tenerlo para poder entrar. Eso sería lo de menos. Vivía en Bahía Blanca. El diario allá era La Nueva Provincia, que apoyaba a la dictadura, sigue siendo de la misma familia. Y me acuerdo de haber leído una nota en la que decían barbaridades de García Lorca. Unas críticas terribles. Yo amaba la poesía española, no lo podía entender. Pensaba que no podía ser, que tenían que estar equivocados. Hasta que después se entendía de dónde venía la crítica. Y otra cosas fue lo de los actores que tenían que irse. Ya antes de la dictadura por las amenazas de la Triple A. Lo de los libros también. Había libros que uno tenía en la casa que eran clásicos y uno se replanteaba lo de tenerlos.

Participante del público: Durante la dictadura yo ya estaba recibida, y trabajaba en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Nosotros éramos jóvenes, luchábamos por la salud pública, y me acuerdo de que venían a buscar compañeros a la Guardia, especialmente a uno que después fue una eminencia del Garraham y lamentablemente hace poco falleció, Pedro Sarrasqueta, que escribía para los niños. Era un médico extraordinario y me acuerdo de que lo sacamos (el que conoce el Hospital de Niños sabe que se entran los autos por Gallo), y en ese momento nuestro grupo de compañeros se jugaba y lo sacamos porque otro compañero lo esperaba en el auto; pudo irse de la Argentina. Además de eso, lo que recuerdo (después me fui a la Patagonia) es que nosotros sabíamos lo que sucedía, porque había amigos que no encontrábamos. Me acuerdo de que una amiga se fue a Cuba y volvió, y nos trajo un cassette. Nos dijo que lo escucháramos y que lo guardáramos bajo tierra, y era de Silvio Rodríguez. Lo traía envuelto, como si fuera no sé qué… Y algo que quería comentar es que mis hijos se criaron con Laura Devetach en una escuela pública de la Patagonia. Uno nació en el ’76 y otro en el ’77, años terribles, pero en los primeros años de la escuela fue la democracia. Y por suerte en la escuela recomendaban tus libros. Hoy, mis nietos tienen los libros de Laura que tenían mis hijos. Así, en esa escuela pública fue como llegaron a esos libros de Laura que antes no se encontraban.


Participante del público: Me acuerdo de lo de los libros, puntualmente, porque mi abuelo tenía una imprenta. A mi casa había muchos libros que llegaban y se quedaban sin que hubiera que pagar un mango. Por ejemplo, las Obras Completas de Neruda, en papel Biblia, de Losada en tres tomos. Había muchos libros que estaban en mi casa y yo los leía. Y en cuarto o quinto año, el tema eran los docentes. En cuarto año, en el ’77, no podían dar Lorca, ni Machado, no podían dar una cantidad de poetas españoles. Y la profesora se jugó con Machado, lo enganchó con el disco de Serrat y nos puso un diez a otra compañera y a mí que nos animamos a cantar, pero el programa llegaba hasta Pérez Galdós y Juan Ramón Jiménez. Y ahí se cortaba la literatura española. En argentina y latinoamericana, que fue en quinto, me acuerdo porque a muchos ya los había leído, había tres Premios Nobel en ese momento, que eran Asturias, Neruda y Gabriela Mistral. Estaban en el manual, el Loprete, que era un ladrillo. Cuando empezó el año la profesora aclaró que de todo ese libro, íbamos a poder leer El Túnel, de Sábato y Borges. Después, durante gran parte del año analizamos la letra completa del Himno nacional argentino, como modelo de poema neoclásico. En mi casa había una biblioteca grande, y hubo libros que los guillotinaron en la  imprenta por seguridad, como las Obras Completas de Lenin. Otros quedaron y después pasaron a mi biblioteca, como la Poesía Completa, hasta ese momento, de Corregidor. Salir con ese libro a la calle era salir con un documento montonero, prácticamente. Entonces se lo leía en casa. Eso era algo que me jodía mucho, sí. Y después, lo familiar y eso fue por otro carril.

MM: Sí, allá arriba…


Participante del público: Gracias por esta charla. Es muy bueno poder contar estas cosas para que se entere la gente joven. Con treinta años, mi marido y yo, con nuestros hijos, vivíamos cerca de Campo de Mayo. Ahí, la entrada y salida de camiones era constante. Y constantes las desapariciones. Y recibimos los primeros cassettes clandestinos con grabaciones de las Madres de Plaza de Mayo. Teníamos unos amigos que no tenía nada que ver con nada, lo único que tenía era una biblioteca filosófica y política muy importante. Se los llevaron, los torturaron y los dejaron casi desnudos en los bosques de Palermo… Por suerte para ellos. Entonces, al saberlo, decidimos deshacernos de nuestra biblioteca, de nuestros cassettes, de nuestros discos… Así, en una “ceremonia”, una noche, en el fondo hicimos un pozo enorme, y muy arropaditos y con un nylon que les pusimos para protegerlos, enterramos libros filosóficos, políticos, de cuentos para niños, siempre con la idea de recuperarlos. Siempre sabiendo que estaban ahí. Y cuando fuimos, no pudimos encontrarlos. Hicimos pozos por todos lados. Pero son cosas que se llevan en el alma.

(Aplausos).

MM: Bueno, muy importantes estos testimonios, sin duda. Ahora vamos a escuchar otro relato de Diana.

Diana Tarnovsky: Laura, no sé en qué año habrás escrito Azotea. El libro salió en democracia. Lo leía y pensaba en cuál habría sido la semillita, de la escritura. Tengo  este libro, Pobre mariposa, que es un tesoro, tremendo, que tiene ilustraciones de Gustavo Roldán. Vamos con “Azotea”, y después, si podés, nos contás cómo nació:

"Aquí está Sidonia, en el centro de Buenos Aires, instalada en un alto edificio. No hay patio, no hay tierra, hay muchas paredes que a veces golpean los codos y los hombros.
En la punta del edificio la azotea está llena de cielo negruzco, triste, feo, sucio, empapado de llovizna que no se acaba más. Hay alambres deprimidos y antenas de televisión. De codos en la barandilla, Sidonia trata de encontrar el horizonte en la ciudad.
Debajo de un techito el pantalón se hamaca, ya seco, a pesar de la estopa mojada que es el aire. Se hamaca en el alambre. Balancea las caderas al viento y las piernas pedalean.
            De pronto Sidonia lo ve como se calma y flota. El pantalón queda quieto y expectante sostenido por un soplo. Alguien viene. El pantalón aprieta el paso. Se detiene y vuelve a caminar apurado. Lo siguen.
Corre, corre, pero lo detienen. Lo agarran.
 Sidonia se aplasta contra la pared, aterrorizada. Trata de que no la vean.
 El pantalón se arruga en el alambre, lo palpan torpemente, lo inflan, lo desinflan, lo dan vuelta, le meten las manos en los bolsillos. Le piden documentos.
Él da sus razones de pantalón puesto a secar: no tiene documentos.
            Entonces tiran de él, lo desprenden, lo doblan, doblan. Se lo llevan, desaparece el pantalón que bailaba en la azotea.
 Sidonia grita, no soporta la soledad del alambre, esa ausencia que deja el pantalón. Todos desaparecen desde hace meses. El cuerpo de Sidonia llueve sudor debajo de la llovizna.
-¿Se siente bien? -pregunta, sorprendida, la mujer que había subido a buscar la ropa. Extiende la mano para sostener a Sidonia-. ¿Qué le pasa? ¿Usted es de la familia nueva?
 Sidonia se relaja contra la pared. Su corazón es un estómago y su estómago un hueco sin fondo. Extiende la mano y roza apenas el pantalón. Ese toque concreto, esa tela que va llenando la mano la pone mejor. No desapareció.
            -No es nada, ya me pasa -dice tratando de ser convincente-. Es el aire, sabe. Hay tan poco aire en esta azotea.
            Y ríe mientras la otra mujer dice que sí, claro, y deja que Sidonia crea que ella cree que el agua que tiene en la cara es solamente lluvia".

(Aplausos).

MM: Contanos la historia de este maravilloso cuento.

LD: El cuento detrás del cuento. Aunque parezca que no, es un cuento bastante real. Nosotros nos vinimos de Córdoba a Buenos Aires en el ’76. Los dos nos habíamos quedado sin trabajo en todos los aspectos docentes. No encontrábamos la vuelta para poder vivir en Córdoba. Y decidimos venir a Buenos Aires porque pensamos que era más anónimo. Nosotros no estábamos en nada, pero en Córdoba, con ser profesor universitario bastaba. Lo que cuenta este relato es una de las sensaciones que me agarraban muy seguido, frente a circunstancias cotidianas. Cuando llegué acá, empecé a hacer algunos talleres literarios, intentando conseguir un lugar donde insertarme. Pero no podía. Mi mundo interno no conciliaba con la ciudad, con las modalidades. Y me pasaban ese tipo de cosas, como la que le sucedió a la señora. Es del ’76. Lo tuve guardado en un cajón, hasta que cuando vino la democracia empecé a reencontrarme con esas cosas, ni me acordaba de qué había escrito. Eran formas de mantener el alma “regada”. Empecé a leer y había un montón de cuentos. Muchas cosas que tenían que ver con esa Sidonia que, ya es una Sidonia mayor, grande, que está en Pobre mariposa pero que hoy lo leen chicos y grandes. Esa es la historia. Salía, porque pasaba.

MM: Se quedó en silencio el auditorio… “Salía porque pasaba”.

Gustavo Roldán: Mario, ¿me permitís hacer un aporte como hijo de la señora? (Risas).

MM: Pero sí, como no.


GR: Esas cosas que pasaban, es verdad que pasaban de alguna manera. Una vez, Semana Santa del ’77, después del primer verano que habíamos pasado en Buenos Aires. Mis padres, intentando pasar por anónimos, encontraron la única casa que se podía pagar, que había sido “comité”, del Partido Revolucionario de los Trabajadores. (Risas). Alvarado y Patricios, en Barracas. Las tres ventanas que daban a la calle las habían tapiado con ladrillos y con una triple reja de acero. Dejaron un agujerito, no se veía nada hacia afuera. Era una fortaleza. La puerta era doble, de hierro, con remaches, de dos placas. Cuando la abrías te encontrabas con un murito, en el que había lugar para poner una Itaka, y el otro para mirar. Y adentro de la casa, panfletos del PRT. (Risas). Llegamos. Yo lo ayudé a mi viejo. Limpiamos la casa, pintamos, volvimos a poner las ventanas… se transformó en una casa normal. Pasan un par de meses, estábamos ahí desde diciembre. Llega la Semana Santa, y la mañana del Viernes Santo (llovía un montón), mi mamá estaba pelando papas, haciendo un guiso. Alguien llama por teléfono, atiende, yo andaba por la casa. Y cuando queremos darnos cuenta teníamos un batallón en el patio de la casa. Con las capas para cubrirse de la lluvia, y las armas y todo eso. Y como decía una amiga nuestra, y como lo dijo Laura también en ese momento, puso “su mejor cara de gordita boluda”. Y como estaba hablando por teléfono dijo: “Te dejo porque estoy acá con unos señores del Ejército”. (Risas). Mandó un fax inmediato, por las dudas. La cuestión es que los tipos venían a ver quién vivía en esa casa que había sido un lugar complicadito. Y en la habitación de mis viejos, estaba pintada la cara típica de la foto quemada del Che Guevara. Le habíamos dado unas manos de sintético, pero no había manera de taparlo del todo. Lo pintamos cuarenta veces con una pintura celeste, pero la cuestión es que cada vez que había humedad, el Che Guevara aparecía. (Risas). Esa debe haber sido una de las pocas veces en mi vida en las que me dije que Dios existe. Entraron a la habitación, porque estaba llena de libros. Uno de los milicos fue desesperado a agarrar un libro que se llamaba Cine Social, lo miraba… Y el Che Guevara no apareció. No vino ni a dar noticias. Anduvieron por la casa sin tirar nada, se portaron bastante bien, arriba estaba la azotea esa de donde debe venir la idea. Creo que la atmósfera resume poéticamente ese tipo de sacudones.  (Aplausos).

LD: Yo voy a contar con la cámara enfocando desde otro lado. Yo me acuerdo de que cuando llegaron, lo primero que sentí fue una especie de olor, a caballo. Eran las capas, que eran de cuero. Eran muchísimos. Y Gustavo estaba apoyado, estampillado contra la pared. Yo hablaba con una amiga y le dije: “Mirá, acá vienen unos señores del Ejército que quieren hablar conmigo, después te llamo”. (Risas). En ese momento, no se conseguía absolutamente nada para alquilar en Buenos Aires, no había nada. Y si había, había que hacer unos depósitos iniciales enormes, y un amigo nuestro, vio esa casa. Yo no participé en nada. Me llevaron y me acuerdo de que dije que no quería. Y me decían que no, que eso se limpiaba todo, y además había un papel del dueño, en el que decía que el alquiler a la otra gente era impensado. Uno no tenía ningún tipo de manejo de la realidad. Estaba a merced de cualquiera. Así fue. Fue dificultosísimo conseguir colegio. En Córdoba era bastante duro el asunto, pero nosotros vivíamos en una sociedad muy diferente. También podíamos decir que vivíamos en un raviol, porque había cosas que las veíamos con cierta ingenuidad… No conseguíamos colegio para Laura. Susana Itzcovich ayudó para conseguir una vacante en un Normal. Pero la situación en los secundarios era realmente terrible. Tengo varios cuentos de esa época…

MM: A mí me parece que hay que escribir “El fantasma del Che Guevara”. (Risas). No sé si no te lo voy a robar, Gustavo, después hablamos. En pocos minutos vamos a tener que ir cerrando porque aun las cosas buenas se terminan. 


Participante del público: Una cosa, Justo por lo que decía Laura… Yo cursé en esa época en el famoso Comercial de San Isidro, entre los años ’79 y ’83. Y estando un día ahí adentro, vinieron los militares. Pero a los chicos nos hacían vivir en un limbo. Yo, de mucha cosas no me enteraba. Para enterarse de cosas en esa época había que escuchar radio Colonia. Y se vivía en el ambiente el “algo habrán hecho”.

MM: Es así. Todos tenemos, seguramente, cosas para contar. Si “paró de llover” es un buen momento para salir.

DT: Es un momento para agradecerte, Laura, por todo lo que escribís y convidás desde todos los tiempos, acompañando a tantas generaciones. Y seguirás acompañando. Y lo que proponés en libros como Oficio de palabrera, o La construcción del camino lector,  en los que ofrecés tantas posibilidades de penar y de pensarnos, en y con la literatura. La literatura que es parte de la gente, que circula, y cómo todo el tiempo nos proponés que estemos atentas/atentos a la poesía de la vida cotidiana, y a la conversación. A que la historia se construye conversando. El pensamiento también se construye conversando. Y me encanta, porque lo encuentro cuando leo tus poesías y tus cuentos, en tus libros teóricos y también cuando te escucho. Seguís invitándonos a la reflexión y a que recuperemos la oralidad. Qué potente que es esta invitación que nos hacés a todos a que la imaginación enriquezca la imaginación y la vida cotidiana. Y con Mario hablábamos de vuelo, porque estuvimos leyendo con alegría feroz, con mucha alegría y apasionamiento mucho de lo que ha escrito Laura. Quizá alguno se nos pasó, pero acá hay mucho. Y está este libro que amamos, Avión que va, avión que llega, ilustrado por el querido Istvansch, en el que hacen una propuesta hermosa de toda hermosura, porque están los poemas. Y si uno se olvidó de cómo se hacían los avioncitos de papel (a mí me pasó), Istvansch muy generosamente cuenta al final del libro cómo se construyen distintos modelos. Y Laura propone unos poemas bellísimos, y entre los dos, se ve que jugaron lindo cuando se encontraron en este libro. Jugaron de verdad. Porque después el libro te queda así de chiquitito, te quedan los poemas. Y todo eso que está en el libro se te transforma en avión, como el que está acá en la tapa, con el poema escrito para que la poesía no solo llueva sino que vuele. Les pedimos permiso y vamos a tomar la idea para los poemas de este libro, así que atención…  A la cuenta de tres hacemos una gran lluvia de poesía. (Arroja los avioncitos de papel al público).

MM: Bueno, algunos se llevarán estos vuelos poéticos. Otros lo tendrán como recuerdo. Hoy además es el Día de la Poesía.

DT: Acá hay uno muy hermoso. ¿No querés leerlo vos, Laura?

MM: Es de los que está por reeditar Calibroscopio, ¿verdad?

LD: Sí.

MM: (Con la voz de Laura), “Para que sepan de mí”, me parece que es el cierre más redondo. Gracias.

Soy mujer de buena voluntad
mucho trabajo
variadas noches sin sueño
y carencia total de aburrimiento.
Estoy al margen del margen
porque no ando merodeando puertas.
Podría decir que estoy bien así
muy bien
y ustedes
bien gracias
y bien también la familia
pero no sería cierto.
Miento sólo por piedad
o por terror
y éste no es el caso.
Soy loba, hambre, beso de amor
para morder a fondo
el sentido de las cosas
y solo brizna para soportar esta manera
de andar andando.
Aprendí a callar
a llevar con disimulo
ciertas tristezas
a romperme por dentro
y a recomponerme por dentro
y a recomponer mis partes
a fabricar juguetes nuevos
con pedazos viejos
Y acumular con avaricia
el único capital
que merece mi fe
la fuerza del amor
que me das
que me dan
que me quitan
y que estoy dando
para tirar hacia delante
aquí
ahora
hace ya millones de siglos
desde este margen sin remedio.

(Aplausos)

Voy a decir dos palabritas más. Sigamos haciendo estos encuentros. Amuchémonos en este momento.

Aplauso Final.

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