La autodeterminación del sufrimiento

Arte y vida componen los extremos de una relación de tensión que dan forma a una figura tan literaria como religiosa: el sacrificio. O al menos existen muchos afectos a esta creencia. Escribir, decir, contar a otros la verdad o la belleza imponen el camino cuya conquista implica inexorablemente una pérdida, un sufrimiento, como ocurre en el mito de Orfeo y Eurídice. Libro de arena comparte una ficción sobre la escritura que propone el escritor Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi


Hay una belleza a la vez trivial y trágica en ese final, un aire “fin de siglo que ha seducido y seduce todavía”, a quienes cultivan la leyenda de Pavese. La soledad, el anonimato, la búsqueda imposible de una mujer, el tedio de un fin de semana de verano y ese hombre que busca la salvación en una bailarina que no quiere aburrirse; la dignidad teatral de ese suicidio tiene todo para convertir a Pavese en un símbolo de lo que alguien llamaría, hablando de él (sin metáforas), “la enfermedad del siglo”. Hoy Pavese es escuchado -ya que no leído- porque es uno de los que hablan (y la frase es de Fitzgerald) con “la autoridad del fracaso”. La suya se ha convertido en una vida ejemplar, porque viene a probar que toda escritura tiene un secreto y es el lugar de una venganza. El secreto es siempre una grieta (la impotencia, el alcohol, la autodestrucción), la venganza es el castigo que la vida le hace pagar al que escribe. El poeta consume su vida hasta las últimas consecuencias y en el sufrimiento paga el precio de la belleza que produce. Extraña química que necesita del dolor para purificar las palabras, el escritor es el héroe que descubre el uso del sufrimiento en la economía de la expresión, del mismo modos que los santos descubrieron la utilidad del dolor en la economía religiosa.
Una sociedad que sostiene en el éxito las razones de su economía, es capaz de reconocer las cualidades estéticas del fracaso. La perfección en la muerte, constituye, se sabe, un mito aristocrático, la belleza se alimenta de todas las formas del desgaste y la destrucción y especialmente del sufrimiento de ese sacerdote que le está consagrado, el artista. Si sufre como hombre, como escritor es capaz de convertir su sufrimiento en arte. En esta sublimación compensatoria el fracaso es siempre necesario para el logro “profundo” de una obra.
Pavese es uno de los mártires de esta superstición y en las circunstancias de su biografía se renueva la leyenda de la soledad del poeta y de su inadaptación frente al mundo. En última instancia, su suicidio es un símbolo porque viene a confirmar la ideología (tan de moda por otro lado desde los tiempos del fascismo) de la impotencia del intelectual, de su inutilidad frente a las sencillas verdades de “la vida”. Pavese mismo -hay que decirlo- había hecho suyo ese cliché. No es casual que en su diario asimile al escritor con una mujer: identificación paradójica viniendo de un misógino, pero que se sostiene en la idea de la sensibilidad femenina, pasiva del escritor, y en la oposición entre la vida activa y vida contemplativa. La biografía de Pavese no tiene en realidad mucho sentido si no se introduce en ella su voluntad de fracaso, su “manía de autodestrucción”, y a la vez si no se tiene en cuenta el héroe (romántico) que toma la literatura, el escritor como “hombre de letras” en sentido literal, como el raté, el frustrado que fracasa siempre en la empresa de vivir, opuesto en todo al “hombre simple”, poseedor de un saber directo y triunfal sobre la vida.

Fragmento de Los diarios de Emilio Renzi
Ricardo Piglia
Buenos aires, Anagrama, 2015

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