Madres intensas


Con el comentario de María Pía Chiesino, Libro de arena publica un fragmento de "Carta a la madre" de Salvatore Quasimodo de quien se cumple hoy el aniversario ciento doce del nacimiento. La carta poema que lo recuerda trata sobre los momentos que la memoria elige reservar, de las amarguras del paso del tiempo y de las despedidas.



Carta a la madre

"Mater dulcíssima, ahora se levantan la nubes,
el Navío topa confusamente contra los diques,
los árboles se hinchan de agua, arden de nieve;
no estoy triste en el Norte; no estoy en paz
conmigo mismo, pero no espero
el perdón de ninguno; muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives
como todas la madres de los poetas, pobre
y según la medida de amor
por los hijos lejanos. Hoy, soy yo
quien te escribe" .Finalmente, dirás dos palabras
sobre aquel muchacho que huyó de noche con su chaquetilla
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan impetuoso
lo matarán algún día en algún lugar.
"Cierto, recuerdo, fue en aquella escalerilla gris
de los lentos trenes que llevaban almendras y naranjas
a la boca del Imera, el río lleno de urracas,
de sal de eucaliptus. Pero ahora te agradezco,
-sólo esto quiero- con la misma ironía que pusiste
en mis labios, igual a la tuya.
Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores.
No importa si ahora tengo alguna lágrima por ti,
por todos aquellos, que como tú esperan
y no saben qué. Ah, amable muerte,
no toquéis el reloj de cocina que golpea en el muro:
toda mi infancia ha pasado en el esmalte
de su esfera, en sus flores pintadas;
no toquéis las manos, el corazón de los viejos.
Es. Pero tal vez alguno responde. Ah, muerte piadosa,
muerte pudorosa,
Adiós, amada adiós dulcíssima mater".




Por María Pía Chiesino 


Me cuesta mucho comentar poemas. Ni hablar de analizarlos. La poesía de Quasimodo, además, en muchos casos, con pocos versos transmite una intensidad impresionante que me deja muda. En este caso, por tratarse de un poema al que se “cruza” con lo epistolar desde el título, me resulta más sencillo decir algo, y además porque se trata del poema en el que despide a su madre.
 Más allá de la tristeza, el yo poético que se despide, tiene tiempo para el agradecimiento. Le agradece la sonrisa irónica que lo ha salvado del dolor durante su vida. Es normal que llore la muerte de su madre. Pero la sonrisa heredada le ha evitado llantos inútiles.
Aunque tenga la certeza de que la vida de su madre ha sido triste por su lejanía,( y que por estas razones él no se siente en paz), tampoco es menos cierto que no lamenta (sería inútil hacerlo) el paso del tiempo que marca el reloj de la cocina. Aunque en este caso, el tiempo haya llegado para algo tan definitivo como llevarse a su “dulccísima mater”.

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