Todos los caminos conducen a Oz


Con motivo del Día del Niño, el lunes pasado se hizo una representación de "El Mago de Oz" en la biblioteca Tierra de libros del CESAC 35. A manera de despedida de la semana dedicada a celebrar a los niños, Libro de arena comparte un fragmento del libro y una reflexión acerca de los tesoros que cada uno guarda en su interior y pocas veces se hacen visibles



Por Belén Leuzzi

El lunes pasado hicimos en el CESAC 35 una representación teatral de "El Mago de Oz" de Baum, a partir de la adaptación de Hyang-sook Lee. Ese libro tiene unas maravillosas y creativas ilustraciones, las cuales íbamos mostrando también a lo largo del relato. Realmente es una edición muy muy bella. Pero al compararla con el texto original, me quedo con el fragmento citado más abajo. Se trata del momento en el que Dorothy, el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata, el León Cobarde, y, no nos olvidemos del pequeño Toto, descubren que el "Grande y Terrible" Oz no es más que un ser humano común. Y en ese momento les dice que en verdad no necesitan nada de lo que piden porque ya lo tienen. Nadie podría dudar de la inteligencia, del amor y la valentía que tenían los amigos de Dorothy, sólo que ellos no lo sabían. 
Este mensaje nos revela también en parte el rol de los adultos en la enseñanza, sean padres, maestros, etc, con los niños: hacerlos conscientes de su propia inteligencia, y no  fomentar la creencia en la mera transmisión de conocimiento...
Sea cual fuere la versión que uno tenga de "El Mago de Oz" el texto siempre es una buena invitación para recorrer aquel camino de ladrillos amarillos que nos lleva al lugar de nuestros deseos y conocer en el viaje a amigos que nos hacen sacar lo mejor de nosotros mismos. 


"-¿No puedes darme un cerebro? -preguntó el Espantapájaros.
-No lo necesitas; día a día vas aprendiendo algo nuevo. Los bebés tienen cerebro, pero no saben mucho. La experiencia es lo único que trae consigo el conocimiento, y cuanto más tiempo estés en la tierra tanta más experiencia has de adquirir.
-Eso podrá ser cierto -repuso el Espantapájaros-, pero yo me sentiré muy desdichado si no me das un cerebro.
El falso mago lo miró con atención.
-Bien -suspiró al fin-, tal como dije, no soy muy hábil como mago; pero si vienes mañana por la mañana, te llenaré la cabeza de sesos. Eso sí, no podré enseñarte a usarlos, pues lo tendrás que aprender por tu cuenta.
-¡Gracias, gracias! -exclamó el Espantapájaros-. Te aseguro que aprenderé a usarlos.
-¿Y mi valor? -intervino el León en tono ansioso.
-Estoy seguro de que te sobra valor -respondió Oz-. Lo único que necesitas es tener confianza en ti mismo. No hay ser viviente que no sienta miedo cuando se enfrenta al peligro. El verdadero valor reside en enfrentarse al peligro aun cuando uno está asustado, y esa clase de valor la tienes de sobra.
-Puede que así sea, pero, así y todo, me domina el miedo -declaró el León-. En realidad me sentiré muy desdichado si no me das el valor que le hace olvidar a uno que tiene miedo.
-Muy bien, mañana te daré esa clase de coraje -replicó Oz.
-¿Y mi corazón? -preguntó el Leñador.
-Bueno, en cuanto a eso, creo que te equivocas al querer tener corazón. Lo hace a uno muy desdichado. Te aseguro que eres afortunado al no tenerlo.
-Cada uno opina lo que quiere -replicó el Leñador-. Por mi parte, soportaré en silencio todas mis desdichas si me das un corazón.
-Muy bien -admitió Oz con humildad-. Ven a verme mañana y tendrás tu corazón.
He desempeñado el papel de Mago tantos años que bien puedo seguir haciéndolo un poco más.
-Y ahora-intervino Dorothy-, ¿cómo regresaré yo a Kansas?
-Eso tendremos que pensarlo -contestó el hombrecillo-. Dame dos o tres días para estudiar el asunto y trataré de hallar el medio de llevarte por sobre el desierto. Ahora, todos ustedes serán mis huéspedes, y mientras vivan en el Palacio, mis súbditos los atenderán y satisfarán sus más íntimos deseos. Sólo una cosa les pido a cambio de mi ayuda: tendrán que guardar mi secreto y no decir a nadie que soy un farsante.

Los amigos prometieron no decir nada de lo que acababan de saber y, muy animados, regresaron a sus respectivos dormitorios. Hasta Dorothy abrigaba la esperanza de que "El Grande y Terrible Farsante", como lo llamaba, pudiera hallar el medio de enviarla de regreso a Kansas. Si lo hacía, estaba dispuesta a perdonarle todo."


Fragmento de:

Lynam Frank Baum

El Mago de Oz

Buenos Aires, Col Robin Hood, Clarín, 1974

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