Niñas despiadadas

La infancia puede no ser siempre la edad de la inocencia. Algunos niños son crueles.  Más de lo que se pudiera imaginar reproducen muchas veces las relaciones de exclusión que gobiernan el mundo adulto y generan la tortura de sentirse no querido y el sufrimiento de no ser parte, de no ser par, en otros. Con el comentario de María Pía Chiesino, Libro de arena publica con motivo de la semana del niño un fragmento del cuento "La casa de muñecas", de Katherine Mansfield, donde unas pequeñas niñas se aferran al recuerdo del contacto con un juguete distante.




Por María Pía Chiesino


 En este cuento de la serie de los de la familia Burnell, se presenta una situación entre niñas, en la que se advierte la tremenda crueldad que en la infancia se puede ejercer entre pares, gracias a los prejuicios adultos.
Las niñas Kelvey son hijas de una mucama y un hombre que está preso. Su madre está apartada del mundo adulto y esta crueldad se extiende a sus dos hijas. Incluso en el relato se dice que las chicas Burnell y las Kelvey comparten la misma escuela porque es la única que hay.
 Desde que reciben de regalo una casa de muñecas,  dos de las tres hermanas Burnell se dedican a invitar a sus compañeras de escuela para que la vean. De alguna manera se vanaglorian, porque al  tener este juguete, las otras niñas quieren ser sus “mejores amigas”, y visitar su casa. Las hermanas Kelvey son el límite. Y eso se lo hacen saber las mismas compañeras, burlándose de ellas de una manera insoportablemente cruel, sugiriéndoles que cuando sean grandes van a ser mucamas como su madre, o riéndose abiertamente de su padre preso.
Kezia Burnell no es igual que sus hermanas. Incluso le pregunta a su madre si puede invitar a estas chicas a conocer la casa de muñecas. La respuesta, desde luego, es negativa. Y desde ese momento, Kezia, (que sabe que las chicas pasan por detrás de su casa), las espera y las invita a que pasen y conozcan ese juguete del que hablan todas las compañeras de la escuela. Es notable que la mayor de las Kelvey, Lil, se niega. Acata esa discriminación de la que se sabe objeto. Pero la insistencia de su hermanita, la hace entrar.
La visita es breve y termina mal. Pero no importa. Lil y Else Kelvey se van rápidamente y seguramente van a seguir siendo despreciadas y discriminadas. Pero en la casa de muñecas hay un objeto pequeño, del que todas las niñas hablaron: una lámpara de juguete que parece de verdad. La “lamparita” a la que se refiere la pequeña Else. La que le arrancó algo poco frecuente en ella: una sonrisa.
Gracias a la piedad de Kezia , y aunque de ahí en más las cosas continúen como siempre, hay una cosa en la que las hermanas Kelvey son igual al resto de las chicas de la escuela. Todas han visto la casa de muñecas. Y eso, a Lil y Else, nadie podrá quitárselos de la memoria nunca más. Ni la visión del juguete, ni la generosidad de Kezia Burnell.




“Kezia se escurrió detrás de la casa. No había nadie. Empezó a columpiarse en el portal blanco del patio. Y mirando hacia la carretera vio dos puntitos. Fueron creciendo; iban hacia ella. Ahora distinguía que uno iba delante del otro, muy junto, detrás. Ya podía ver que eran las Kelvey. Kezia dejó de columpiarse. Se deslizó del portal como si fuera a salir corriendo. Luego quedó indecisa. Las Kelvey se acercaban, y a su lado andaban sus sombras, muy largas, atravesando el camino con las cabezas en los ranúnculos del borde. Kezia se volvió a encaramar en el portal. Ya había decidido lo que iba a hacer: se balanceó hacia adelante.
-¡Hola!-dijo a las Kelvey mientras pasaban
Ellas quedaron tan sorprendidas, que se pararon. Lil echó mano de su sonrisa tonta. Nuestra Else la miró con los ojos muy abiertos.
-Podéis venir a ver nuestra casa de muñecas si queréis-les dijo Kezia, y echó un pie en el suelo.
Pero al instante, Lil se puso colorada, y muy de prisa movió la cabeza negativamente.
-¿Por qué no?-preguntó Kezia.
Lil tomó aliento y luego dijo:
-Tu mamá le ha dicho a la mía que no debéis hablar con nosotras.
-Bueno-dijo Kezia. No sabía cómo contestar-. No importa. Podéis venir, de todos modos, a ver nuestra casa de muñecas. Venid: nadie nos ve.
Pero Lil movió la cabeza con más fuerza aún.
-¿No queréis venir?-preguntó Kezia.
De repente hubo un tirón, una pequeña sacudida en la falda de Lil, y ella se volvió. Nuestra Else la estaba mirando con ojos grandes e implorantes: fruncía el ceño, quería ir. Por un momento, muy perpleja, Lil miró a Else. Pero entonces nuestra Else volvió a tirar de su falda y Lil echó a andar. Kezia les enseñaba el camino. Como dos gatitos perdidos, la siguieron a través del patio hasta donde estaba ubicada la casa de muñecas.
-Aquí la tenéis-dijo Kezia.
Hubo una pausa. Lil respiró muy fuerte, dando un respingo, nuestra Else parecía de piedra. 
-Os la abriré para que la veáis por dentro-les dijo Kezia cariñosamente.
Soltó el gancho y la vieron toda.
-Este es salón, y este es el comedor y este es…
-¡Kezia!
¡Oh! ¡Qué sobresalto tuvieron!
-¡Kezia!
Era la voz de la tía Beryl. Se volvieron. En la puerta estaba tía Beryl mirando asombrada como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
-¿Cómo te has atrevido a traer a las Kelsey al patio?- dijo con voz fría y furiosa-. Tú sabes tan bien como yo que te está prohibido hablarles. Fuera niñas, fuera enseguida . Y no volváis- les dijo la tía Beryl haciendo ademán de ahuyentarlas como si fueran aves de corral-. ¡Fuera inmediatamente!-gritó fría y orgullosa.
No se lo hicieron repetir dos veces. Rojas de vergüenza, encogidas, Lil arrebujada como su madre, nuestra Else aturdida, sin saber cómo, atravesaron  el ancho patio, y estrujándose pasaron por el blanco portal apenas entreabierto.
-Eres una niña mala y desobediente-le dijo con amargura tía Beryl a Kezia, y de un golpe cerró la puerta de la casa de muñecas. (…)
Cuando las Kelvey perdieron de vista la casa de los Burnell, se sentaron a descansar en un grueso tubo de desagüe de hierro rojizo, junto al camino. Las mejillas de Lil abrasaban todavía: se quitó el sombrero y se lo puso en las rodillas. Con ojos soñadores se quedaron mirando por encima de las estacas del prado, mas allá del riachuelo, hacia los zarzales donde pastaban las vacas de los Logan.
¿En qué pensaban?
Luego nuestra Else se arrimó a su hermana y la tocó con el codo, pero ya había olvidado a la enojada señora. Con un dedito sacudió la pluma del sombrero de su hermana, y a su cara asomó una sonrisa, una de sus poco frecuentes sonrisas.
-He visto la lamparita-dijo en voz muy baja.
Luego las dos se volvieron a quedar silenciosas."




Katherine Mnasfield


Cuentos completos


Buenos Aires, Debolsillo, 2003













 
 

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