martes, 23 de junio de 2015

Estar a la deriva

Unidad, junto con la naturaleza, y unidad de la representación de la naturaleza del hombre, el río es el símbolo ambivalente de la fijeza y la transformación. El destino solitario de todo hombre se halla inscripto en él y en la imagen que refleja. Libro de arena comparte una nota personal sobre Quiroga, que apunta un conjunto de impresiones de lectura a propósito del cuento “A la deriva”.




Por Eugenia Galiñanes*

El río va. El río baja. El río fluye. A su alrededor, la naturaleza permanece inmutable. Todo cambia para que nada cambie.
La primera vez que leí el cuento “A la deriva” de Horacio Quiroga tenía 13 años. Acababa de empezar el colegio secundario y muchos mundos nuevos se abrían, como ventanas y puertas concatenadas. La literatura fue uno de ellos. Junto con aquel, leí todos los “Cuentos de amor, de locura y de muerte” y quedé fascinada. Un poco por la oscuridad y la pesadumbre que atraviesa la prosa de Quiroga (¿a qué adolescente no le fascina lo trágico?), pero también por su lirismo profundo, por sus descripciones abigarradas y su narración contundente y, sobre todo, por la temática que atraviesa su obra: la soledad, la naturaleza, lo salvaje, el destino irremediable, la muerte y el hombre frente a todo. 
“A la deriva” no cuenta mucho. Cuenta poco para decir mucho. Es una historia sencilla en el plano discursivo que, no obstante, deja traslucir mucho en el orden simbólico. Un hombre, que vive en un entorno selvático y cuyo nombre no sabemos al comienzo, es picado por una serpiente venenosa. Decide buscar ayuda en un pueblo vecino y para ello sube a su canoa. Presa del dolor y el entumecimiento que le provoca el veneno fatal, no puede ya palear y deja que la corriente lo lleve. Anochece en el Paraná. Al hombre le sobrevienen una serie de recuerdos. Por un instante el dolor agudo se va, siente frío y, finalmente, muere.
Si esta historia fuera la historia de ese hombre individual quizás no sería tan interesante. Pero sucede que ese hombre es todos los hombres. Es el hombre “antisocial” de Quiroga, ese que escapa a la selva queriendo huir de lo civilizatorio. Si tan sólo se pudiera salir de la opresión del ámbito social, de los vínculos, de las relaciones, si tan sólo el hombre pudiera encontrar su liberación en lo natural... Sin embargo, el hombre trágico tampoco puede realizarse en ese otro entorno. El hombre y su civilización pueden coexistir o confrontar con la naturaleza, pueden vivir con o de espaldas a ella, pero la naturaleza es más fuerte. Es más fuerte porque estuvo antes y estará después.  Es el orden de lo ya determinado. Y porque lo trágico está a su vez en la naturaleza del hombre, es una operación de su mente, es una estrategia argumental que traduce su conexión con los otros y el universo.
Los finales trágicos son marca registrada en la literatura de Quiroga, la idea de un destino ineluctable que signa al hombre como individuo pero también, en él, como humanidad.  El hombre de esta historia (que es ése, que tiene nombre, que se llama Paulino, pero que bien podría ser otro, o todos), aunque lucha por salvarse terminará pereciendo, hamacado por el río, recorriendo kilómetros de soledad. Pero esa soledad no es tal únicamente porque el hombre viaja solo en esa canoa que lo lleva sin rumbo hacia su final, sino porque, en definitiva, cada hombre (y por eso todos los hombres) está solo ante la muerte. El río va. El río baja. El río fluye. A su alrededor, la naturaleza permanece inmutable. Todo cambia para que nada cambie.


Horacio Quiroga
Cuentos de amor, de locura y de muerte
Buenos Aires, Gárgola, 2013

















*Eugenia Galiñanes: vive en Caballito,  fue y sigue siendo de Ferro hasta la muerte, estudia artes escénicas, es bailarina, docente, y fanática de sus sobrinos.

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