jueves, 4 de junio de 2015

El río, puente y muro

¿Qué sensación se conecta a la imagen de un ancho río que separa orillas y vidas? El río concentra el tiempo, que corre rápido como el agua y el límite a la continuidad espacial, a la comunicación, a la unión, entre tantas otras cosas que sobre este paisaje pueden ser dichas. Libro de arena propone una reseña, a modo de lectura acerca de la película El río y la muerte de Buñuel como parte de los textos referidos al tópico de mes: El Río




Por Lisandro Quiroga*


No siempre los límites físicos y concretos son los más fuertes e ineluctables. Las  barreras que inventa el hombre, es sabido, logran dividir el mundo. En un pueblo de los adentros de un México machista y prepotente dos familias se disputan no se sabe bien qué; hay, sin dudas, una causa original pero ya nadie la tiene presente; llegados a un punto, ¿acaso importa?; pelean, se vengan, se matan, y se vuelven a matar porque sobre ellos se ha impuesto una rutina de odio implacable. El río y la muerte es el título de una película de uno de los realizadores más importantes del cine de todos los tiempos, se trata de Luis Buñuel. Filmada en 1954, relata la particular costumbre de los habitantes de este pueblo de matar por nada. Y allí está la figura de un ancho río que separaba ese pueblo de odio de un monte tupido y virgen. La costumbre indicaba que había dos maneras de llegar al monte: vivo o muerto. El que era asesinado atravesaba el río como protagonista de una canoa negra de sepelio, el que mataba debía cruzarlo a nado para perderse definitivamente entre la vegetación. Todos mataban pero nadie ganaba, era la muerte o la desolación; aún conociendo las irremediables consecuencias todos mataban. Pero más allá del origen en la disputa entre dos familias, el resto de la comunidad fue tomando partido. La presión que estas dos familias ejercían hacia abajo obligó a muchos a decidirse: de un lado o del otro. De esta manera la violencia y la prepotencia se incrustaron en las charlas y en las acciones de todos, que asumieron como propia una disputa que les era ajena. Hubo un sector de la sociedad que trató de permanecer al margen pero el combate fue tan grande que no tardó en meterse de prepo en sus vidas. Un odio atiborrado de pequeñas y grandes complicaciones se apoderó de los habitantes de ese pequeño pueblo hasta destruirlo. Anegado el pueblo bajo una inundación, su reconstrucción fue llevada a cabo en la orilla opuesta del río. Excepto el cementerio, que quedaba en su sitio antiguo para no trastornar la paz de los muertos, todo fue mudado. Desde que un hombre mató a otro a puñaladas a causa de una injuria trivial la violencia comenzó a desenvolverse e incrementarse exponencialmente. No quedó un solo ser sin andar armado, todos fueron igualados en la violencia. Hasta el párroco adoptó esta actitud. En realidad, el relato nos lleva a pensar cuán poco importa si al río, símbolo de todas las separaciones, diferencias y escisiones, lo atraviesan a nado o en una negra canoa. El final de los que odian siempre será el mismo. La muerte no es la única que iguala, la violencia empareja a los que la ejercen en vida. Es lo que el film, en última instancia, intenta mostrar: cómo las pasiones emparejan y diluyen cualquier intención de fondo; ya nada puede rescatarse, el bien y el mal se han convertido en indistinguibles, todo ha quedado mezclado en el mismo lodo. Fuera de esto el relato se parece al género del melodrama moderno sin mayores variaciones, pero no está mal volver siempre a un clásico.


*Lisandro Quiroga: es politólogo y disfruta de las lecturas en sus ratos de ocio, a las que inevitablemente relaciona con su formación.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario