jueves, 11 de junio de 2015

Principio de incertidumbre

La pesquisa, de Juan José Saer, es una novela que, sin lugar a dudas, establece continuidades y desvíos respecto de la tradición del relato policial clásico.  Como parte de la edición especial por el décimo aniversario de la muerte del escritor santafesino, Libro de arena publica una nota acerca de las lecturas transversales que su obra permite a partir de las regularidades y rupturas respecto del género.


Por Tomás Schulliaquer*

Juan José Saer se reconoce, en La narración-objeto, como un lector del policial negro estadounidense y declara su admiración por Raymond Chandler. Desde su punto de vista, afirma que esa derivación del género ya está muerta y que, para poder adaptar la idea de novela que tenía en mente a su propia narrativa, le era más provechoso retornar a los orígenes del género. En este sentido, si bien podemos relacionar La pesquisa (1994) y “Recepción en Baker Street” (Lugar, 2000) con el policial clásico, ninguno de los dos textos adscribe de manera estricta, sino que el autor realiza una operación de apropiación y desvío mediante una utilización consciente y renovadora de las reglas del género.
Ambas narraciones policiales están dentro de otra ficción; la de Pichón, Soldi y Tomatis, a la que se agrega Nula en “Recepción…”. Tanto la historia de Morvan como la Sherlock Holmes se transmiten oralmente. Ninguno de los dos relatos está escrito y esto atenta contra la verosimilitud de lo narrado, ya que en estos relatos “orales” se de cumplimiento a un plan rigurosamente lógico y orientado hacia el desenlace.
Como sabemos, después de Piglia, el policial narra dos historias en una. La historia de la investigación, que lleva a la reconstrucción de la oculta historia del crimen. Es decir, un género de tanta precisión, donde se presenta un enigma de manera tan estricta y económica, con una distribución de los indicios para poder engañar y a la vez guiar a los oyentes, narrado de forma oral con tanta perfección, produce un extrañamiento en el lector, que constantemente nota la artificiosidad que caracteriza a la escritura de Saer.
El lector, suspicaz, escéptico, despliega una estrategia de lectura que se basa en la desconfianza, la duda, la incredulidad. En este sentido, en La pesquisa podemos notar la continuidad de este fenómeno, ya que el autor santafesino introduce al lector en la novela. En este relato enmarcado, Tomatis es el lector perfecto del policial clásico. Escucha (o lee) con atención y pone en duda la autoridad de la conclusión que cuenta Pichón Garay. Sin embargo, cuando quiere intervenir en medio del relato, el narrador amigo pareciera ubicarlo en su lugar: “Ya te va a tocar el turno. Pero por ahora silencio: aquí el que cuenta soy yo.” Entonces, el lector tiene un espacio asignado, pero debe esperar su turno. Tomatis es, desde luego, el lector ideal porque no sólo funciona como detective que sigue los indicios del relato para poder anticipar la conclusión, distinguiendo las pistas engañosas de las verdaderas, sino que también postula su propia hipótesis. La resolución que propone Tomatis es opuesta a la del escritor y se sostiene de igual manera.
“Una expresión casi cómica a fuerza de connotar desconfianza y esfuerzo mental aparece en su cara, y Soldi, equidistante de los dos, observa que cuando los ojos de Pichón advierten la expresión de Tomatis, se iluminan, discretos, con un brillo malicioso.” La relación entre el lector y el escritor es de respeto, pero a la vez de desafío. Por una parte, Pichón quiere que Tomatis no pueda refutar su hipótesis de Morvan como asesino pero, al mismo tiempo, pareciera desear lo contrario. En “Recepción…” Tomatis es el narrador (el lector puede convertirse en escritor) que relata un texto futuro. Sigue siendo un potencial escritor y constantemente refuerza el hecho de que quizás su relato nunca llegue al papel: “si llego a escribirlo alguna vez”, “dice Tomatis que, si él escribiese su poema”. Entonces, en este desvío del policial clásico, también se nos presenta la igualdad del escritor ante el lector.
Otra muestra de la apropiación que hace el autor santafesino del policial clásico, es que en ambos relatos se presenta un crimen de difícil resolución en el que, a partir de deducciones y elementos que funcionan como indicios, se puede llegar a identificar al asesino y a descubrir las causas que motivaron sus crímenes. En La pesquisa, el desvío está en que en el relato de Pichón Garay, el propio detective es engañado por estas pistas y, así, el papel que encuentra lo lleva a deducir que el asesino es su compañero, ya que “Lautret ni siquiera hubiese necesitado valerse de su credencial para entrar, no solamente al departamento de las viejecitas, sino donde se le ocurriese”. Sin embargo, mientras el detective malinterpreta los indicios, un lector atento, con una mirada diferente de la de Morvan, puede reconocer muchos elementos que lo delatan a éste como asesino. Por ejemplo: “tenía en ese lugar la sensación de proximidad y de inminencia que tanto lo angustiaba” o “el galgo era también presa, y la presa, galgo”.
Es sabido que el policial clásico postula la infalibilidad del pensamiento lógico para interpretar los hechos y la realidad del texto. Por eso, en La pesquisa, Saer propone justamente lo contrario: el texto es absolutamente falible. El detective no sabe quién es el asesino, y una vez que se descubre que son el mismo personaje, se demuestra que ni el asesino se reconocía a sí mismo, y se culpa como criminal, aún sin estar convencido. Es en este sentido que vuelve a reforzarse la importancia del lector, al mismo nivel que el del escritor. El caso no tiene una sola resolución, sino que tiene, como mínimo, dos. Ni el narrador, ni tampoco el detective tienen una voz más autorizada que la del lector, ya que la resolución de Tomatis tiene tanto valor como la de Pichón. Las reglas del género policial clásico siguen un movimiento en que el lector corre tras el enigma, al igual que el detective tras el criminal, y garantizan que, al final, el vacío semántico inaugurado por la incógnita se resuelva: el enigma recibe una explicación que lo elimina y cierra el relato. En este caso, al tener dos explicaciones a un mismo nivel, el relato no se cierra nunca; el lector de la novela podría decidirse por una u otra resolución, o, mejor aún, proponer su propia hipótesis. En consecuencia, podríamos pensar que el texto es infalible en su multiplicidad; es decir, en tanto que cada hipótesis crea una nueva resolución y, de esta manera, un texto nuevo, cada una de esas conclusiones sí debe ser infalible para poder sostenerse.
En “Recepción…”, el investigador, ya viejo y retirado, cuenta él mismo sus propias deducciones, una vez que tiene resuelto el caso. Pero su investigación es diferente al del policial clásico, ya que su hipótesis es que “Holmes la habría elaborado sin salir de su habitación (…) y casi sin levantarse de su sillón favorito”. Entonces, podemos pensar en Sherlock Holmes como el lector ideal, porque llega a descubrir al asesino a través de la lectura: “recortes de diarios de distintas épocas (…) o consultar alguna obra sobre la aristocracia inglesa, un tratado acerca de diferentes variedades de substancias venenosas (…), o si no una guía completa de los ferrocarriles…”, son los signos de que se vale para adivinar, es decir, resolver.  En consecuencia, la operación que realiza Saer es la de reducir o, mejor dicho, elevar, al detective clásico por excelencia al lugar de un atento lector.
La figura de Tomatis en la novela, y la de Sherlock Holmes en el cuento, son similares: ambos leen sobre el caso, después deducen a partir de los relatos su propia hipótesis y, por último, la narran a su auditorio. Es decir, los dos son lectores y narradores minuciosos que se comportan, efectivamente, como detectives.
Por otra parte, un importante desvío del género policial que percibimos en “Recepción…”, es que el investigador no va a arrestar al criminal, sino que, por el contrario, se encarga de que el criminal vaya a buscarlo a su propia casa.
Juan José Saer se apropia del policial clásico para poder desplegar su propia materia narrativa y presentar, así, la relación entre el escritor y el lector como si fuese un policial mismo: el receptor debe estar atento para crear una hipótesis infalible, no importa si distinta a la del autor, que pueda sostenerse con las palabras que son, entonces, los indicios de la literatura.

La pesquisa
Juan José Saer
Buenos Aires, Seix Barral, 2000








*Tomas Schuliaquer: estudió Letras en la UBA y trabajó en la Biblioteca Nacional. Nació en Villa Crespo a principios de la década del `90 . Y aunque de grande se dio cuenta de que su casa queda en el barrio de Caballito, siempre que le preguntan dice que es de Villa Crespo e hincha ferviente de Almagro.

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