viernes, 19 de junio de 2015

Cecilia Pisos:"Si uno encara la poesía de la misma manera que encara una historia, está frito."

De cómo la vida nos sorprende, de cómo el camino se va haciendo en una dirección inesperada, de la vocación infantil por la poesía y el amor por la literatura, de todo eso habló Cecilia Pisos en la charla con Mario Méndez. Contó cómo su interés académico se transformó en su actual labor como escritora y editora, cuáles fueron sus primeros pasos en la escritura de textos infantiles y sus referentes en ese ámbito; habló acerca de las modas, los lineamientos editoriales, las exigencias docentes y escolares en cuanto a la producción de los textos y su presentación, entre muchos otros temas. Libro de arena publica la entrevista a la escritora, realizada en La nube, el 27 de abril último, como parte de los "Encuentros con escritores de Literatura Infantil y Juvenil" del ciclo organizado por el Programa Bibliotecas para armar. El viernes próximo saldrá la segunda parte.

Mario Méndez: Buenas tardes. Gracias por venir. Empiezo como siempre, pidiendo un merecido aplauso para nuestra entrevistada, Cecilia Pisos… (Aplausos). Y también, como siempre, empiezo leyendo la biografía, porque vale la pena contarla antes de entrar en la charla. Cecilia Pisos es Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Ha sido docente de las cátedras de Retórica en la Facultad de Psicología de la UBA, Literatura inglesa y Literatura Española II, en la carrera de Letras, también de la UBA, y Auxiliar de Investigación, en el Departamento de Investigaciones Filológicas de la Academia Argentina de Letras. Realizó estudios sobre la lírica del Siglo de Oro, con beca del CONICET, en el Instituto de Filología Hispánica de la UBA. Y publicó artículos en revistas de la especialidad. Ha finalizado además una especialización en Gestión Cultural y Políticas Culturales en la Universidad Autónoma Metropolitana, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México. Desarrolló tareas de autora, coordinadora y editora para diversas publicaciones y editoriales, dedicándose especialmente a los libros escolares y a la literatura infantil y juvenil. Ha sido, asimismo, responsable por la Argentina de la Coedición Latinoamericana de Libros para Niños y Jóvenes de UNESCO. Coordinó talleres de poesía para niños, adolescentes, y adultos en diversas instituciones. Y sus poemas para adultos han recibido premios en varias oportunidades. Su libro Como palabras educadas, fue publicado por Ediciones de Tierra Firme a través de un subsidio de la Fundación Antorchas. Produjo y dirigió también el site de Literatura, Zona de Letras, en el portal del Ministerio de Educación. Publicó las series: Los Requetelibros 1, 2 y 3 y Panzarriba 1, 2 y 3 para primer ciclo de la Educación Primaria. Y es coautora de Proyectos con todos, premiado en la Feria del Libro de Buenos Aires. Su poesía para niños puede leerse en Las hadas sueltas, Las brujas sueltas, Un rey con 99, Dragones o pajaritos, Todos los ogros, El libro de los hechizos, Una pregunta por punta, El pájaro suerte, En la soguita de un verso, Soplacoplas… Y entre los cuentos y novelas, publicados en Argentina, Ecuador, México, España. Alemania, se encuentran Maus y el ratón tigre, Un cuento por donde pasa el viento, Rompecabezas, El té de la princesa, El rock de la princesa, No te acerques a este libro, Salsa de Cuentos, Dominó, Una escoba para cada cosa, Las cajas mágicas, Mientras dura el hechizo, ¡Basta para mí, basta para todos!, Las temitas invasoras, Yo, mi perro, Querida Autora, La máquina de hacer los deberes, y las series de aventuras de Juan y Superfido y Ufagenial. Con Te lo cuento otra vez, en el que relata de treinta maneras diferentes una misma historia, resultó finalista del Concurso Internacional de Literatura Infantil Julio Coba, Ecuador. Como si no hubiera que cruzar el mar fue seleccionado por un jurado internacional en los premios de Jaén en 2003, El té de la princesa fue finalista del Premio Barco de Vapor, en Argentina en 2004, y Esto no es una caja, en 2011. Un cuento por donde pasa el viento integró la lista de seleccionados de ALIJA en el 2005, y San Valentín de los dientes fue título recomendado en 2010 por la sección mexicana del IBBY. Mar cruzado, publicado como libro en 2013, fue la primera experiencia de novela en formato blog, para jóvenes, realizada por Alfaguara. Mucho. ¿No? Vamos a empezar por varias. Tenemos muchas puntas para tirar. Se habrán dado cuenta de que al principio, cuando leí la parte de la investigación académica de Cecilia, que fue investigadora del CONICET, que ha trabajado en la Academia Argentina de Letras, es bastante original conjugar esa parte de la investigación con algo de lo que nos venimos quejando los autores de literatura infantil y juvenil, que es la poca cabida en la parte académica. ¿Cómo pudiste conjugar eso?

Cecilia Pisos:En realidad, no lo conjugué, se fueron dando así las cosas. Cada vez estoy más convencida de que hay cosas que la vida las decide por uno. La verdad es que yo pensaba dedicar mi vida a las investigaciones académicas y a la docencia universitaria. Esa era mi planificación cuando estaba terminando la carrera de Letras. Y como me había gustado mucho Literatura Española ll, que es la que corresponde a las obras del Siglo de Oro, intenté insertarme en la cátedra, en las investigaciones que estaban en curso en ese momento. Y me presenté a las becas de CONICET, donde me dieron directamente una beca de Perfeccionamiento. Con eso, al no otorgarme la beca de iniciación previamente, me quitaron como dos años de investigación. Entonces, tenía que apurarme mucho. Hay que investigar, hacer cursos, escribir artículos…  En ese momento no tenía dinero, no podía viajar a España, y había solo cuatro personas más trabajando sobre el mismo libro que yo, que era Las Rimas Humanas y Divinas del Licenciado Tomé de Burguillos de Lope de Vega. Un libro de 1634, en el que Lope se presenta como editor o antologador de los poemas de este alter ego o heterónimo que crea, Tomé de Burguillos.

MM: Cuatro personas en el mundo…

CP: En el mundo, sí. En España, en Estados Unidos y yo, en Argentina. A contrapelo de la cátedra, porque en ese momento eran todos gongorinos. Yo era la única lopesca. Cuando terminó esa beca, presenté mi informe, una cosa gordísima, había investigado un montón, había logrado escribir algunos artículos que publicó la revista Filología, estuve en un par de congresos, acá, en Argentina, pero no podía ir a ningún otro lado. Y en ese momento, se dieron algunas de  esas cuestiones que a veces se dan entre quien te evalúa y quien te presenta o es tu tutor, y me dijeron que ahí, más o menos, se terminaba la cosa con la beca. Que el trabajo estaba muy bien, pero que me faltaban cursos, antecedentes para la siguiente etapa antes de la entrada en la carrera de investigador… Podía presentarme pero no tenía mucha chance. Me acuerdo de que estaba con la persona que me decía eso en el CONICET, yo tenía la cara cada vez más roja, las lágrimas a punto de saltar, y la señora me decía que no era grave, que quizá estaba escrito que yo tenía que hacer otra cosa. Yo estaba indignada, y le dije que ella no podía saber que era lo que yo tenía que hacer o dejar de hacer. Me fui. Y la verdad, es que ahora, mirándolo retrospectivamente, tenía toda la razón del mundo esta mujer. Así que cada vez me resisto menos a las cosas, que pase lo que pase. Y ahí empezó mi vida editorial, no de escritura porque yo venía escribiendo poesía desde los ocho años. Para mí, la literatura era la poesía. Publiqué mi primer poema en Clarín a los dieciséis años. Fue muy gracioso, porque lo mandé de puro kamikaze; yo iba al taller de poesía de la SADE de Osvaldo Rossler. Era la más jovencita, era un taller para adultos. Me llevaba mi mamá, era en 1980. Estábamos en plena dictadura, y la SADE tenía vigilancia abajo, en la puerta. Mi mamá esperaba afuera, porque no quería dejarme ir sola a la SADE, porque no sabía qué podía pasar. Rossler era bastante temperamental, su taller de poesía era el menos conservador de la SADE. Y ese año, se me ocurrió mandar un poema  que había hecho en el taller al suplemento de los jueves de Clarín. Estaba Fernando Alonso como secretario de redacción, y me mandó una carta que tengo, mecanografiada, en la que me decía que me querían conocer porque el poema les había gusto mucho. Yo creo que querían cerciorarse de que yo fuera la autora del poema. Fui, conocí el diario, y me dijeron que lo iban a publicar el jueves siguiente. Imagínense que ese jueves, a  las cinco de la mañana estaba al lado del kiosco de diarios, esperando. Y cuando llegué a la página del suplemento cultural y lo vi publicado, de alguna manera se selló la cuestión.

MM: Verse en letra de molde…

CP: Y poesía, que es una costumbre que tenían antes los diarios. Publicar poesía. Ahora no la publican.

MM: Es cierto. Y ¿cómo llegaste a la literatura infantil?

CP: Yo había hecho la carrera de Letras. Después de esa cuestión del CONICET, era la época en la que me iba a casar y me había quedado sin trabajo. Tenía la cátedra en la facultad, pero con eso no podía hacer mucho. Empecé a buscar trabajo otra vez, y fui a las editoriales. Yo quería hacer algo relacionado con Letras. Estuve un mes como secretaria del directorio de Kapelusz, pero la cuestión de ser secretaria de los directores no tenía mucho que ver con los libros. Yo había mandado mi currículum a todas las editoriales a las que se me ocurrió, hasta que me respondieron de Hyspamérica, que lamentablemente, en el momento en que yo entré, se estaba yendo a pique. Entonces me fui a trabajar a Avellaneda, arriba de la planta, de la imprenta, que es adónde habían puesto las oficinas de ediciones. Aprendí un montón de cosas ahí. Porque nosotros estábamos arriba, editando, y abajo estaban imprimiendo. Y eso era muy interesante, y muy lindo. Ahí éramos muy poquitos, estaba un chico en el archivo fotográfico, que era impresionante, con miles de copias del Archivo General de la Nación. Ellos querían reducir una obra del equipo de Félix Luna que habían sacado anteriormente, a fascículos, para acompañar el diario Crónica. Ahí aprendí un montón de historia y de fotografía, y aprendí un montón de cosas sobre edición, sobre la marcha. Y lo que descubrí, fundamentalmente, fue que yo quería hacer libros para que le llegaran a la gente. Porque lo que me pasaba con lo de Lope de Vega era que solamente le interesaba a cuatro personas y quizás, a algunas pocas más… Empecé a editar esos fascículos, unos libros chiquitos de historia argentina, que salían con el diario. Y un día en el subte, sentado enfrente de mí había un señor muy humilde que tenía el diario Crónica con el librito. Yo era muy escéptica con ese proyecto en ese momento. Pensé que el señor iba a dejar el librito y se iba a poner a leer el diario. Y no. Para mi sorpresa, dejó el diario a un costado, y se puso  leer el libro. Yo estaba sentada frente a él, y me dije: “Esto es comunicación”. Para mí, los libros, la literatura, tienen que ver con la comunicación. Que al lector le pase lo que sea, que le guste, que no le guste… Pero que se produzca una conexión. Ahí me apasioné por la edición. Si yo no me dedicara casi exclusivamente a escribir, en este momento estaría editando, tendría ese oficio, como lo tuve durante casi diez años.



MM: Este fin de semana salió un trabajo dedicado a dos grandes editores, en la Ñ. Uno de ellos era Roberto Calasso, que decía que el de editor es uno de los trabajos más lindos del mundo. Pero todavía no llegamos a la literatura infantil.

CP: Cuando Hyspamérica se terminó de ir a pique dos años después, nos fuimos a pique todos los que trabajábamos ahí. Como me veía venir la debacle, yo había empezado a repartir mis datos, y en ese momento me llamaron de Aique. Estaba cerca de Parque Centenario. Fui, y empecé como editora. Tenían un editor para primaria y otra editora para secundaria, y yo era la editora de “proyectos especiales”. Entonces, me caía cualquier cosa. Edité inglés, periodismo, una revista, aprendí el oficio. Une vez que cumplí unos años ahí me especialicé en Primer Ciclo, y empezaron a darme todo ese material a mí. Ahí empecé a leer obras de literatura infantil. Justamente, el último proyecto que hice en Aique fue adaptar la colección “Sopa de Libros” de Anaya, a una edición local. Salieron dos libros y el proyecto quedó un poco trunco hasta que la editorial lo retomó muchos años después. Ahí la conocí a Graciela Cabal, a Esteban Valentino, a Laura Devetach… Ese proyecto fue mi primer contacto, en los ’90, con la literatura infantil.

MM: Directamente por el lado editorial…

CP: Sí.

MM: Porque en general, para el mundo de Letras, de la academia, no hay ninguna conexión.

CP: Ahora puede haber un poquito más. Puede haber cátedras que se ocupan, o seminarios… La gente de Jitanjáfora en Mar del Plata, la gente de la Facultad de Humanidades en la Universidad de La Plata.

MM: Pero cuando vos egresaste de Letras era inexistente.

CP: Sí.

MM: Y de joven o adolescente, ¿habías leído algo de literatura infantil o juvenil?

CP: Como lectora, por supuesto María Elena Walsh y Elsa Bornemann, y alguito de Laura Devetach. Recuerdo el cuento de La planta de Bartolo, que me lo dieron a leer en la primaria, en tercer grado, en 1974, y me pareció maravilloso, muy diferente de todas las demás cosas que nos hacían leer en la escuela. Pero fue debut y despedida; eso se acabó. Ya en la secundaria, leí literatura española, medieval, argentina. Me acuerdo de que mi papá era amigo del director de Plus Ultra, y cuando yo estaba en quinto año, me consiguió un ejemplar del manual que había sido censurado, que tenía textos de Borges, de Cortázar… Y entonces yo tenía el que nos habían mandado a comprar en la escuela, y tenía el censurado.  Y veía las diferencias…

MM: Somos del mismo año, y me acuerdo de que tenía una profesora de Literatura, que nos leyó uno de los cuentos menos comprometidos de Cortázar, y nos aclaró que ella era de derecha pero nos leía a Cortázar. No dijo “de derecha”. “Yo soy de acá”, dijo, y levantó la mano. Y nos leyó “La isla a mediodía”. Igual, ya era el ’83 y estábamos llegando a la democracia. Vos trabajaste en Aique, como editora de libros de texto, y obviamente, como autora de poesía y de narrativa infantil, tenés un contacto muy fuerte con la escuela. ¿Cuál es tu mirada de esto que llaman “la literatura complementaria”, la que circula por la escuela?

CP: Creo que hubo un cambio muy grande. Cuando nosotros íbamos a la escuela, todavía había libros de lectura, que a mí me encantaba leer, pero uno se quedaba siempre con las ganas, porque era un fragmentito. No está mal la idea de las antologías; yo no estoy en contra de las antologías porque sirven para conocer autores. Pero a veces, por la forma en que están hechas, son una especie de mutilación. Creo que la escuela, ahora, les hace leer a los chicos cuatro o cinco libros enteros por año, y quisiera saber si todos los papás de los chicos leen esa misma cantidad de libros. Porque esa es la gran discusión que sostengo en este momento y el gran enojo que tengo, a veces. Los maestros se pusieron las pilas, los bibliotecarios también, los chicos están leyendo pero, ¿cómo es el rebote en las casas? ¿Qué pasa cuando los chicos llegan a sus casas? Creo que habría que trabajar, quizá desde la escuela… ¿Pero la escuela tiene que seguir cargándose de tarea? Para mí, lo que hay que hacer ahora es llegar a los padres a través de los chicos y hacerlos leer. Creo que hay un camino que se recorrió y que tenemos muchos autores, ilustradores, editores… Ahora hay editoriales de todos los pelajes. En la literatura infantil hay mucha mediación oral, muchos especialistas. Es un campo muy nutrido. Casi ningún país de América Latina tiene esto.  No hay tanta variedad. Yo viví en México, y viví en Canadá. Y en México, aunque la población escolar es mucho más grande que la nuestra, hay menos autores locales; en general, en los catálogos uno ve que importan autores muchas veces. Yo estuve entre el 2004 y el 2006, y estaban empezando con la idea de las visitas de los autores a las escuelas, como una cosa ultranovedosa.


MM: Coincido con vos. En Latinoamérica, la Argentina es el país con más cantidad de autores, por lejos, y la cantidad de editoriales, también. Uno de los últimos que leí, de los muchos tuyos que por suerte he leído, es Yo, mi perro, que está publicado por una editorial muy pequeña. Eso ya me mueve a una primera pregunta. Vos estás publicada en Alfaguara-Santillana, en SM, en Edelvives, en Sudamericana… ¿No tenés problema con abrir a pequeñas editoriales?

CP: Es un poco lo que decía antes, uno va haciendo lo que puede. No es algo que uno pueda planificar. Convengamos que hay muy pocos autores exclusivos de una casa editorial. Contados con los dedos de una mano. Todos los demás tenemos que ir viendo qué hacemos con los libros que escribimos. Y la verdad es que la experiencia es interesante con cualquier tipo de editorial. No hay que tener prejuicios. Uno a veces cree que una editorial grande puede hacer de todo, y  a veces eso no sucede. Porque como es tan grande, mover los engranajes de la editorial por un solo libro es muy difícil. Quizá una editorial chica tiene diez libros, y como son los diez libros de los que va a vivir, los mueve más, y el libro que uno escribió tiene otra circulación. Como los circuitos son distintos, como los lectores son diferentes, a veces escribir para editoriales más chiquitas te da otra libertad. Podés proponer algo que en una editorial grande no puede darse, no porque el editor no quiera, sino porque ya tiene pautadas las colecciones que son de determinada manera… No es que los editores sean cerrados, todo lo contrario, pero las colecciones les vienen bajadas como son de la empresa. Esto lo digo porque me pongo del lado del editor, porque lo fui. Uno hace lo que puede con lo que tiene. Y trata de ser lo más creativo posible. Como autora, trato de no tener prejuicios.

MM: Acá bromeás mucho con las palabras que se pueden decir o que no se pueden decir en la escuela. En Yo, mi perro, ocurre esto que hemos visto en películas fantásticas. El chico se mete en el cuerpo del perro y el perro en el del chico. Los dos se entienden entre sí, pero salvo los animales, nadie lo sabe. Y aparecen cosas con la caca y con el pis que la escuela no puede incorporar. ¿Por qué será que la escuela se resiste a esto?

CP: Porque ensucia. (Risas). Les voy a contar una anécdota muy divertida, sin dar nombres. Una vez me llamaron para encargarme textos para manuales. A mí me gusta hacerlo porque es un ejercicio. Yo escribo mucho, a veces, cosas extensas, entonces, cuando me piden un texto de una carilla, me dispongo a hacer el ejercicio. A menos que el tema no me guste. Y me pidieron, entre otros,  “un cuento con valores”. Y a mi juego me llamaron. Por esos días, tenía un bebé con el que andaba con el cochecito por todas partes y pisaba caca a cada rato con las ruedas. Andaba híper furiosa por el mundo. Entonces escribí un cuento con valores pero con caca. Y esta fue la respuesta que me dieron en la editorial: “Sí, sí, tiene valores, pero además tiene caca. Y eso no puede ser porque cuando una maestra lo abra en un aula, va a causar revuelo”. Los docentes aquí presentes me dirán si es verdad o no. Creo que el revuelo dura un ratito y luego se sigue adelante. Me decían que podía provocar un revuelo grande y perjudicar la imagen del manual. Ahí lo entendí, porque en un manual de trescientas páginas, mi cuento ocupa una página. Es lógico. No iban a jugarse. Igual, no me amilané y lo mandé a la revista Genios. Y como en las revistas los cuentos “andan por el viento”, no quedan inmortalizados como en los manuales, me lo publicaron, y Pez lo ilustró. Después, lo publicó Antonio Santa Ana, ilustrado por Matías Trillo. Los dos ilustradores ilustraron la caca. Y nadie los retó.

MM: ¿Qué libro es?

CP: La caquita de ese perro está en No te acerques a este libro, de la colección Torre de papel. Y es un cuento que tiene un trasfondo más terrible, porque yo vivía a unas cuadras de una escuela para chicos ciegos. A la tarde veía como los chicos estaban con los maestros que les enseñaban a caminar. Y un día vi a uno de los chicos más grandes, que se tropezaba con una botellita y se caía. Y me dio tanta bronca que lo escribí por ese lado, quería crear conciencia de que no vivimos solos en la ciudad. En el cuento, uno de los personajes que está a punto de pisar la caquita de ese perro, además del viejito y de la madre con el cochecito es un nene ciego. Fue eso más que la caquita. Se me mezclaron las historias, se me cruzaron los cables. Y tengo varios textos con este tipo de palabras, porque soy provocadora. Y parece mentira pero aun hoy en día, hay ciertas ferias del libro escolares y ciertas  escuelas, en las que ciertos libros míos que contienen ciertas palabras como “caca” o “pedo”, un poco escatológicas, prefieren no mostrarlos. Otras, sí.

MM: Habrá que seguir…

CP: Yo insisto.

Asistente: Pero es algo lógico lo escatológico en los chicos.

CP: Es una liberación. El último así “explosivo” que tengo es la historia de una princesa, que está muy presionada por las obligaciones cortesanas, muy harta del protocolo tipo Palacio de Versalles, hasta que un día,  por fin, se libera, sale a bailar y se le escapa un pedo. Me acuerdo de que lo leí por primera vez en la Feria del Libro Infantil, en un ciclo de poesía que se hizo y después nunca más estuvo, ¿habrá sido por este libro? (Risas). Y estaban las nenas delante de mí, repitiendo todos los gestos de la princesa que yo iba haciendo mientras leía. Hasta que recité una de las últimas estrofas: “Y en el final, parece, FlordeRosa,/ ganó confianza, perdió de todo el miedo./Tanto que, a despecho de su nombre,/ hizo una reverencia y… ¡salió un pedo!” Las chicas se quedaron quietas, congeladas un segundo,  y después se mataron de la risa, yo seguí leyendo. Pero desde el fondo de la sala, los ojos filosos de las madres, no se los puedo describir… ¿Cómo “una autora de libros para niños ha dicho tal palabra delante de los inocentes pimpollitos?”. Y verlas escritas a esas palabras, creo que es lo peor. (Risas) Tuve mi revancha con ese libro. (Risas). En una escuela de Carmen de Areco. Estaba presente la inspectora del distrito, y las maravillosas maestras de esa escuela, escenificaron el libro, y hasta una nena se levantó el vestido, y del vestido salió un globo de helio en forma de corazón que era claro, el pedo, “en carne y hueso”. Yo estaba feliz pero miraba a la inspectora. Que después, al final, se rió. (Risas).

MM: Esa era una poesía, ¿no?

CO: Sí, es un poema narrativo que está en un libro ilustrado. Se llama Nube de corazón, a propósito. (Risas). Ese libro tiene trampa, con la editora hicimos trampa. Le propuse que estéticamente pareciera “de princesitas”, rosado, con una delicada nube en forma de corazón en la tapa, que tiene su chiste después de haber leído el libro. En ese momento, me acuerdo que le pusieron unos brillitos también. Yo comprendo que hay mucha gente que se acerca a ese libro, y lo compra pensando que realmente es de princesas (risas), pero mi objetivo era otro: “descomponer” un poco la figurita de princesa para las nenas lectoras.



MM: Calculo que muchos de ustedes hacen lo mismo que yo; cuando compramos un libro nuevo, lo olemos. Con este no se puede. (Risas). ¿Por qué hay escritores y escritoras que escriben poesía, que tienen tanta dificultad para publicar (no es tu caso porque tenés mucha publicada), y por qué hay tanta dificultad para que la poesía circule en la escuela?

CP: Lo que pasa en la literatura infantil, es lo que pasa en la literatura en general. Yo siempre que estoy con un grupo, les pido a todos que me digan cuál fue el último libro de poesía que fueron a buscar. A la biblioteca, a la librería. Si fueron a la librería, ¿lo encontraron fácilmente? ¿Revisaron los catálogos? ¿Qué porcentaje de libros de poesía hay en los catálogos? Es como un círculo vicioso. Vos acercás un libro de poesía a una editorial, y te dicen que los maestros no quieren poesía. Y cuando vas a hablar con los maestros, te dicen que no hay poesía. Uno no sabe. Es como el huevo o la gallina.  En estos últimos años, sin embargo, hubo una especie de florecimiento, aunque el porcentaje de publicación de la poesía con respecto a la narrativa siempre es menor al 5% de lo publicado. Con teatro pasa lo mismo. Incluso peor. Hay un problema para la lectura de la poesía: si uno la encara de la misma manera que encara una historia, está frito. Cuando uno lee una historia, se mete en un trencito que va pasando por varias estaciones, introducción, nudo y desenlace. Puede haber variantes, pero siempre hay una vía en la que uno se introduce, hay una comodidad en la que uno se deja llevar. ¿Por qué la gente mira tanto las novelas o  las series por la tele? Porque siempre aparecen los mismos personajes, uno ya está instalado en ese mundo. Cuando uno lee cuento o poesía tiene que acomodar la cabeza a cada rato a algo nuevo, porque el cuento es más corto, la poesía es más corta. De un cuento a otro van cambiando los personajes, los escenarios, las situaciones, y en la poesía, ni te digo: las palabras tiemblan.  Lo que hace la poesía es arruinar todas las relaciones entre el lenguaje y las cosas. Y uno nunca sabe dónde está parado. La famosa pregunta: “¿qué quiso decir el autor?”, es imposible de contestar. No hay una figura de autoridad. Y hay maestros que sí pueden trabajar con ese grado de incertidumbre en el que la poesía nos instala. Y hay maestros que se sienten muy incómodos. Como todas las personas. Yo hablo de los maestros, pero esto forma parte de todo. La gente mayoritariamente ve y lee novelas, no va a recitales de poesía. Circulan más novelas porque la gente lee más novelas. Y, sin embargo, hay un montón de movimientos alrededor de la poesía. Claro, no impresos, orales. Hubo muchas acciones últimamente para promover la edición de poesía, y me parece que está bien. Es como el cupo de las mujeres en el Congreso. Este es un género desfavorecido. Pero yo creo que no pasa por publicar más cosas, sino por sentarse con la gente a leer poesía. Y a ver qué pasa. Puede que un primer libro no lo entiendan, pero hay que tener paciencia. Vamos al segundo. Y a otro. Es una cuestión de capacitación y compañía. Hay que leer con el que nunca leyó.

Asistente: Pasa lo mismo con las canciones… yo estoy dando poesía y les encanta.

MM: En general, los libros que llegan al aula, vienen con actividades, si no están en un folleto aparte, o al final del libro, están en Internet. ¿Qué opinión tenés vos de las actividades?

CP: Yo he tenido que hacer guías cuando trabajé en editoriales. Me he resistido a hacer guías. ¿Viste que en un momento las editoriales empezaron a hacer las planificaciones? Bueno, yo me negué, porque me parecía que era una falta de respeto para el maestro. Un maestro tiene que saber dónde está plantado y cuáles son sus chicos. Con respecto a las guías,  mi posición es que están buenas porque uno se entera de cosas y toma ideas de ellas. Pero no para seguirlas a rajatabla. Porque puede haber actividades maravillosas y otras en las que se les piden a los chicos que unan con una flecha el nombre del personaje con sus características físicas. En general, lo que me parece que habría que hacer con los textos, es una cosa muy libre, onda club de lectura, y ver qué tema suscitó en el grupo la lectura del libro. Sí usar la guía cuando a veces se sugieren lecturas conexas, que uno quizá no conoce, eso me parece absolutamente válido. Pero yo sé que hay escuelas que compran determinadas colecciones, que atrás traen las actividades y trabajan con eso en piloto automático. Si están cómodos enseñando de esa manera, bien, pero a mí me parece un poco una estafa. Cuando era editora, no hacía planificaciones. Podía dar sugerencias, pero no hacer planificaciones.

MM: Qué bueno esto del club de lectura, esta idea de hablar de libros. Leemos, charlamos, relacionamos con otros. Otra de las cuestiones que estuve viendo y que charlábamos el lunes pasado con los concurrentes, es tu fuerte relación con la ilustración. Hay varios libros que son libro álbum, o que están muy ilustrados. Por ejemplo, Un rey con 99, que tiene hermosos dibujos de Mónica Pironio, o este, con Pablo Bernasconi, Un cuento por donde pasa el viento, que es una maravilla. ¿Cómo es tu relación en el trabajo con los ilustradores? ¿Has podido trabajar codo a codo?

CP: A mí me gusta mucho trabajar con los ilustradores, pero a veces, no es posible. Por muchas razones, ajenas a los autores y a los ilustradores. No sé si me entienden… (Risas). Quedan pocos protagonistas. Creo que el texto puede ser de uno, pero en el libro para chicos hay mucha gente que trabaja. Correctores, diagramadores, ilustradores, editores. A veces, si es un libro relacionado con acontecimientos históricos también se piden lecturas críticas de especialistas. A mí, sinceramente, me hubiera gustado trabajar con los ilustradores mucho más de lo que trabajé. Yo soy de las que no se desentienden del libro, debe ser por mi pasado de editora. Una vez que lo entregué, sigo preguntando qué pasó. Acá, en el auditorio, hay una editora que puede dar cuenta de cómo hemos trabajado con ella y con el ilustrador, (se refiere a Verónica Bondorevsky, editora de Atlántida que trabajó con Cecilia), pero la verdad es que no es frecuente, aún en el caso de las editoriales que sacan libros muy ilustrados. A veces, siento como que tienen miedo de que se produzcan problemas entre el ilustrador y el autor. Entonces se paran en el medio y te van dando información de a poquito. Me ha pasado, en algunos casos, que no me dejaron ver hasta que el libro no estuvo impreso. Ahí, me pongo muy pesada, muy moscardona, y me enojo, porque no puede ser.

MM: Querés ir viendo cómo va…

CP: Claro.

MM: En general la ilustración es buena, pero está esa cosa como de no largar la manija.

CP: La verdad, es que salvo en uno o dos casos, no he tenido malas experiencias.  De todos estos libros, uno o dos casos es poco. Cuando se dice que el autor y el ilustrador tienen que trabajar juntos se habla de algo ideal… A menos que vos seas amigo del ilustrador, como me pasó en este (Un rey con 99), con Mónica Pironio, ya que nos conocíamos antes del libro, entonces las dos lo fuimos trabajando y después lo presentamos…

MM: ¿Y proyectos previos terminados, como este con Mónica llevaste algún otro?

CP: Hemos llevado, con otros ilustradores, pero es bastante complicado. Es difícil, porque hay muchos proyectos dando vueltas, no es fácil que lo acepten. Y los editores también tienen sus preferencias y preservan su espacio de intervención. En ese sentido, uno baja a tierra todo el tiempo.

Asistente: ¿Y es muy variado lo que te piden que cambies? Las condiciones para publicar…

CP: Nunca me pidieron que cambiara cosas de ningún libro. Alguna cuestión menor de estilo, o alguna incongruencia descubierta por el editor. Uno a veces está tan metido adentro de la historia que se le pierde el hilo de algún detallecito. Ahí, la lectura del editor es importantísima.

Asistente: Me refería a si hay modas, que han ido cambiando a lo largo de todos estos años, desde que eras editora hasta hoy,

CP: Sí, hay modas, pero quizás más dentro de la edición, por ejemplo, con respecto a la tipografía. Se pide mucho la mayúscula pura para los primeros grados. A veces, en las escuelas se lamentan de que algún texto no está en mayúscula de imprenta; entonces las editoriales van corriendo y lo “mayusculizan”, y es comprensible. Porque la editorial tiene que vender. Pero esas son modas, porque nosotros hemos aprendido a leer con todos los tipos de letra al mismo tiempo.

MM: Con esto hay un tema, y lo cuento desde el lado del editor: es muy difícil saber qué es lo que quiere el público docente, porque el otro día, por ejemplo, en la Feria del Libro vinieron unos editores chilenos a ver unos libros de Amauta que están en imprenta mayúscula y me dijeron: “Ah, pero son todas letras altas. Todo en altas no nos sirve”. Yo me lo había anotado entre las preguntas. Por ejemplo, Maus y el ratón tigre, que está en Los caminadores, de Sudamericana, está toda en imprenta mayúscula.

CP: Sí, en la colección Los caminadores, de Random House, esa es una de las características de la colección.

MM: Y sin embargo, hay escuelas de las “más progres”, que no quieren imprenta mayúscula.

CP: Porque son más constructivistas y prefieren un texto “natural”, y no presentar un texto especial. No es que yo esté en contra  de las mayúsculas pero… En un momento, cuando editaba primer ciclo, hasta la mitad del libro de lectura tenía que estar todo en mayúscula pura y después se iban introduciendo las otras tipografías. Pero eran cosas que cambiaban todos los años. Yo creo que los chicos aprenden de cualquier manera. Les termina cayendo la ficha en algún momento, más allá de las teorías y las metodologías. Por eso, la contrapartida de estas adaptaciones a mayúscula de los textos es que encuentren los textos tal y como existen en la vida real, no “fabricados”. Lo de las “letras altas” es muy de Argentina. Yo no lo he visto en México, y menos que menos en Canadá.

Asistente (Natacha Goransky, ilustradora): En Gran Bretaña tampoco. Yo trabajé en una editorial inglesa, y cuando entré acá y vi los libros en mayúscula, me shockeó. Y como ilustradora, hasta me parece que luce feo. No sé hace cuanto que está dando vueltas esa teoría

MM: Lo curioso de esto es que yo, como editor, muchas veces no sé qué hacer, porque hay escuelas o zonas donde te dicen que no, porque es imprenta mayúscula. Y otros casos te lo agradecen y te dicen que, si no, hasta segundo grado no pueden trabajar.

CP: Los que conocen mejor el tema de los libros para la escuela son los promotores de las editoriales. Saben que hay un libro que en una escuela va a ir bárbaro, y en otra no, y por qué.



MM: Ya que mencionaste a Verónica de Editorial Atlántida, que vino a visitarnos, ¿este es tu último proyecto? ¿Una taza de duendes?

CP: Sí.

MM: Contanos algo. No se los pude mostrar el lunes pasado…

CP: Está un poco en la línea de los poemarios que estoy haciendo. A mí me molestaba mucho que los poemarios para chicos fueran tan distintos de los que son para adultos. Que los libros para chicos fueran siempre como un popurrí. Como se publican menos, una vez que publican un libro de poesía, se meten poemas de toda clase y de todos los temas posibles. Así fue como saqué Las hadas sueltas, que fue mi primer libro para chicos. Hice como un catálogo de hadas, con distintas formas, un tanto libres. Y Canela, que fue la editora, me dijo que no podía haber hadas sin brujas. En realidad, esta segunda colección de poemas también surgía de las actividades que yo hacía con los chicos en las aulas: el combate de las hadas con las brujas. Y así salieron los versos de Las brujas sueltas. Pero no puede haber brujas sin ogros… Aparecieron Todos los ogros. (Risas). Y también tengo uno de dragones y pajaritos, y resultó que a los chicos les gustó acercarse a la poesía a través de esos personajes que ya conocían de los cuentos maravillosos. Tuvieron muy buena aceptación, y tenía la deuda de los duendes. En este libro, que lo trabajamos mucho con el ilustrador, que es Federico Combi, hay poemas que son juegos visuales, parecidos al de encontrar a Wally, en los que pasa eso con la ilustración y el texto, hay poemas que son de métrica y versos libres, y hay otros que son rimados. Ese es otro de los problemas con los que se encuentra el lector no habituado a la poesía. La rima es una seguridad impresionante, pero a la vez, en algunos casos, en aras de la rima se escriben cada cosas, que sería mejor no escribir. (Risas). A mí no me gusta mezclar poemas sin rima y con rima, pero en este libro lo hice porque pensé que a lo mejor, algunos lectores entran por el hábito de la rima, y se quedan leyendo los que no tienen rima. Y hacemos un poco de educación poética.

MM: Como que “el que no tiene rima está mal”.

CP: Claro. Y además, algunos de los poemas de este libro son historias, son poemas narrativos…

MM: ¿Son duendes traviesos?

CP: Lo que nos encantó, a Vero y a mí, de las ilustraciones que fuimos viendo aparecer, es que contrariamente a la imagen más común que uno tiene, de los duendes como seres diminutos y traviesos, estos duendes son muy diversos. Y eso nos gustó mucho porque van cambiando a lo largo del libro. Hay duendes que son como muñecos; hay duendes muy flaquitos, muy poéticos, melancólicos. Y hay duendes más circenses. Hay duendes diminutos, que viajan en copos de nieve y hay duendes más grandes. Los que están en la cocina son chiquitos; otros, mayores,  se meten en la fuente de la plaza… Hay como distintas escalas.

MM: Nos vas a tener que leer uno.

CP: ¿Ahora?

MM: Sí.

CP: Bueno, les voy a leer uno con rima y uno sin rima. Este no tiene rima pero si tiene su ritmo, que está dado por los cortes, por la medida de los versos. Y es una historia. Se llama Duende en el fondo del mar. Habla del duende enamorado de la falsa sirenita.

Duende en el fondo del mar
El duende distraído
que cae en la pecera
hace boquear de asombro
al pez dorado.

Perdidamente
se enamora luego
de la sirena de plástico
del fondo.

Subidos a la falsa
gruta ambos
se casan con burbujas
y se besan.

Confeti de alga
les tira el pez dorado
y sin pausa y sin párpados
los mira.

 Para el viaje de bodas
ya se espera
que el niño de la casa compre
ese  viejo galeón
lanzaburbujas
que está de oferta
en la vidriera del acuario.


Y después, los que son más cantaditos, que tienen rima, que vienen de a tres poemas por página. Por ejemplo,  el
Duende de la rosa:
Hay un duende que en la rosa
hace no sé bien qué cosa
para que parezca hermosa.
A ti y a las mariposas.

El duende de las piedras
Aparta las que son para montaña
de las que sirven para la rayuela,
las que molestan adentro del zapato
de las que rompen ventanas cuando vuelan.
(Y arroja siempre en cartas,
todo el tiempo al buzón,
las de forma más roja,
con todo el corazón.)

 Y el Duende del libro:
En frase oscura, sin temor, sale al rescate,
con lámpara luciérnaga ilumina;
al punto más cercano te acompaña

y espera hasta que duermes o imaginas.

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