viernes, 31 de julio de 2015

Cargas Generales

Final del viaje. Unos recorridos se terminan y otros comienzan. Para finalizar el mes dedicado a las publicaciones sobre literatura de viaje, Libro de arena comparte una ficción de Daniel Lopes, “Cargas generales”, publicado en el libro Agosto y otros perros por editorial Colisión . El cuento relata la historia de un camionero cuya experiencia vital le resulta inenarrable e indescifrable. En esto consiste la tarea del narrador, contar con palabras lo que está hecho de una materia totalmente distinta a la de la palabra. Esa traducción, esa traslación, es también una forma de viaje.



Por Daniel Lopes

Crespi decía que no tenía suerte. Ni mala, ni buena, decía, no tengo suerte. Nunca le pasaba lo que quería, las cosas le pasaban y punto, según él.
Los que lo conocían desde su época en el expreso, decían que tampoco tenía ideas. Y no era que lo dijeran porque cada vez que le preguntaban algo él respondiera "no tengo idea". Es que en verdad no las tenía. Incluso cuando le dijeron de pintar una frase en el camión, de esas que pintan con ribetes y fileteados, Crespi dijo que no se le ocurría ninguna. Podés elegir una, no se te tiene que ocurrir, le dijeron. Él no supo cuál elegir.
Entre los camioneros se da mucho lo de estar trazando planes para salir de "esto" como llaman a su trabajo. Todos los camioneros -de aquel expreso al menos-, todos, sin excepción, tenían planes para dejar de manejar camiones. Crespi, en cambio, decía que a él le gustaba estar solo en la ruta.

Los camioneros suelen inventar leyendas. El anecdotario se basa en hacer de una pequeña historia sin importancia, una anécdota que quede instalada en la ruta, en las paradas, en los depósitos, talleres, garajes y fábricas.
El camionero se da maña para construir su propio personaje. Tiene experiencias, le suceden cosas como a cualquiera. El secreto está en saber contarlas. Una anécdota o un plan para el futuro no son nada sin un oficio para contar. Y los camioneros hablan de sus historias y de sus futuros con indudable dedicación, como si estuvieran hablando no de ellos sino de un amigo a quien es preciso defender.
Ahora bien: Si un camionero no tiene suerte y no dispone de historias para contar, debe, sí o sí, echar mano a la imaginación. Aquello que ha visto, más lo que ha escuchado, más lo que le contaron, más lo que inventa, ese es el último recurso.
El caso es que Crespi no supo explicar nunca lo que le pasaba.
Todos a su alrededor contaban historias y planes, menos él. Bueno, ¿Acaso alguien hablaba con él?  Incluso cuando lo del cambio de convenio, todos lo sabían y habían estado de asado en el garage y no se lo habían mencionado. ¿Por qué? Era mejor no hacerse esas preguntas. A veces creía que se lo hacían a propósito y otras que no se daba cuenta de nada. Mejor conservar la duda sobre ambas hipótesis. Bomparola y Salvatierra dieron por sentado que él ya lo sabía y empezaron a cargarlo y a hacer bromas imitando su cara de sorpresa. Ya tenían algo más para contar. Peralta, en cambio, intentó convencerlo de que no había sido mucha la pérdida. Los otros reían y Crespi pensó que Peralta sentía lástima por él. Pero ¿era lástima? No lo sabía, no podía estar seguro. Su vida parecía oscilar entre la ignorancia y el malentendido. Apenas pudo mantener la mirada en los ojos del otro deseando que dejase de hablar, y, mientras, juraba no confiar nunca más en Peralta.
Crespi no tuvo problemas serios con los gendarmes. Y si los tuvo fue por no traficar gran cosa. Salvo aquella vez, hace años, cuando lo de las calculadoras en las cajas de los cepillos. Pero no tuvo suerte. Así que cuando fue a Córdoba con Salvatierra, se metió en el casino y después en un club y ni siquiera supo aprovechar ese fracaso para transformarlo en una anécdota respetable que lo identificara de alguna forma y lo dejara bien parado ante los demás. Salvatierra, en cambio, hizo del relato de Crespi en el casino perdiendo toda la plata de las calculadoras, un memorable episodio que aún hoy es recordado en las paradas. Incluso entre los gendarmes. El relato y Salvatierra son recordados. Crespi, en cambio, se quedó hablando de su suerte con una especie de tierno rencor, si cabe. Así hablaba también de Mirna, la cordobesa, su primera mujer. La que conoció esa noche, en el club, junto al casino, aunque nadie lo sabe. Él no supo contárselo a nadie. Ni siquiera a Mónica, su mujer.
Antes de Mirna, Crespi conoció otras mujeres. En ciertos caseríos minúsculos, al costado de la ruta, como aquél donde había un taller iluminado día y noche, con un perro encadenado que ladraba todo el tiempo y un auto viejo y abandonado que hacía las veces de gallinero bajo los flecos de un sauce. Crespi se familiarizó con el padecimiento de dejarse ver mientras se quitaba la ropa. No muchas otras cosas guardaba en su memoria diferentes a ese padecer, a la incomodidad de saberse mirado más que desnudo. Crespi se movía sobre aquellas mujeres sin quejidos, inesperadamente desesperado, mientras a su espalda se hacía enemigo el silencio, quebrado a veces por una risotada en la habitación vecina, el crujir de otra cama, el ladrido imperturbable de aquel perro arrastrando su cadena. Nada lo enardecía, ni la fatiga, ni el alivio, ni aquello que creía recibir o dar. Después, ya en su camión, mientras se escuchaban mezcladas varias emisoras, mientras el amanecer se demoraba, iban creciendo en él ciertas palabras que hubiera querido decir y que guardaba siempre para la próxima. La radio estaba siempre encendida, a punto tal que había dejado de escucharla. Lo mismo pasaba con aquellas palabras. Sin vértigo, la ruta se tragaba esas palabras como se tragaba todo: nombres de mujeres. Días. Noches, mejor.
Pasó el tiempo y un día Mirna, la cordobesa, empezó a ponerse amarilla y decidió volverse a Buenos Aires. Lo fue a buscar a la casa de Burzaco y él dejó que durmiera en la habitación que había dejado disponible Damián, el hijo de Mónica.
A la mañana siguiente los tres fueron a ver al médico. Viajaron en tren y durante el viaje él miró constantemente por la ventanilla. Nunca le había prestado atención al viaje en tren. Ese día tampoco.
Cuando Mirna dijo su edad, Mónica se sorprendió. Dos veces más tuvo que acompañarla. Después Mirna volvió a Córdoba y cuando Crespi regresó de un viaje tuvo los detalles. Mientras él no estuvo en la casa, Mirna y Mónica habían hablado. Fue casi al final. Hablaron y Crespi lo supo. Lo descubrió, en realidad, porque era como si Mónica estuviera ahora contaminada por el ánimo de la cordobesa. Como si aquella la hubiera invadido. Parecía poder verla en la forma en la que juntaba las yemas de los dedos de ambas manos como si se los estuviera midiendo, en el silencio con que se abrazaba las rodillas mientras él, desorientado, sentía ganas de pensar en otra cosa, cualquiera, en algo que le hubiese ocurrido en otro tiempo, y deseó estar en el futuro, y que ya hubieran pasado años.
Con frecuencia le pasaba eso: se quedaba callado mirando fijamente un punto. Parecía caer en trance o algo parecido. A veces ni se daba cuenta que alguien le hablaba, incluso alguien ahí nomás, frente a él. Y cuando le preguntaban en qué estaba pensando su respuesta era que no lo sabía. Inmediatamente después le ocurría que hacía algo: tomaba una decisión. Esta sería una de esas veces. Como cuando se compró la moto. Tenía casi veinte años y había estado ahorrando dinero. No tenía idea de qué haría con él, pero ahorraba. Una tarde estuvo sentado en el garage mirando fijamente un lugar ahí dentro, en el fondo. Alguien debió de haberle preguntado que qué estaba haciendo o en qué estaba pensando o algo así. No supo responder nada, simplemente se puso a limpiar ese lugar y al día siguiente compró la moto y la guardó allí. Ahora, luego de dejar a Mónica en el dormitorio, salió y se sentó en el estribo del camión y ahí se quedó. Es difícil saber si realmente comprendía lo que iría a hacer, sin embargo, sólo cuando desenganchó el acoplado, supo que no iría a buscar la carga, sino que iría a Córdoba a buscar a Mirna.
El club seguía en su lugar. Mirna había desaparecido. En el bar le dijeron que había vendido todo para irse a Buenos Aires y que de ahí se iría al sur, que había estado ahorrando mucho para ese viaje. Siempre quiso conocer el sur, le dijeron. Él ya lo sabía, tantas veces Mirna le había insistido con eso de ir a conocer.
Mirna era demasiado linda y hacía que él se sintiese feo, feo y aburrido. Y torpe. No sabía ni contar bien una historia. No sabía hacer reír a nadie, tampoco a Mirna.
Cuando estuvieron juntos él solía pensar que si Mirna conocía a alguno de sus compañeros, a Bomparola, a Fonseca, a Salvatierra, cualquiera de ellos, comprendería lo torpe que era él. Lo feo, lo aburrido. Y por eso no le decía nada a nadie. Por eso nunca le contó a nadie sobre Mirna y la sacó del club y se la trajo a Burzaco y la dejaba sola en la casa. Y por eso pensaba que ella lo engañaba con otros hombres y por eso empezó a gritar por cualquier cosa, a mirarla cuando ella dormía a su lado, a quejarse porque nada estaba hecho a su gusto en la casa cuando él regresaba, y después, a volver de los viajes sin aparecer por Burzaco, que era otra forma de hacerle daño, de abandonarla, porque en el fondo, se decía, Mirna se merecía algo mejor.
Sí, ella se merecía algo mejor que a él. No tenía idea por qué pensaba así. Esas cosas le fueron apareciendo con el tiempo, como aquellas verdades que escuchaba en las parrillas y que no verificaba nunca de tan sencillas que le parecían, de tan reales. También las fue olvidando, una por una. En el pasado se había construido un olvido a medida para el futuro.
Ella merecía algo mejor y cuando lo dejaron entrar en la pieza de Mirna, la pieza que ella ocupó el último año y medio, y cuando se encontró allí, con la luz del día proyectada en la mesa, las puertas torcidas del ropero, el sobrecito de lavanda y el colchón consumido y arrollado, por eso cuando vio, cuando pudo ver, cuando escuchó que detrás de él murmuraban "es Crespi, el camionero, el que se casó con Mirna, ¿no te acordás?" comprendió lo que estaba pasando. Él era Crespi, él seguía siendo Crespi. Él tendría que seguir siendo Crespi.
Ya no volvió a viajar al sur. Una empresa, un expreso nuevo, con camiones nuevos traídos de Italia lo contrató para hacer viajes desde Quequén a Buenos Aires.
Nada del otro mundo.
Allí no lo conocía nadie. Bien podría hacerse dueño de las historias de sus ex compañeros. De hecho cuando varios de los nuevos compañeros supieron que él había trabajado en aquel mítico expreso patagónico, quisieron corroborar ciertas historias, la existencia de ciertos personajes. Él no supo o no quiso contar nada. Allí terminó la novedad del 'nuevo' y empezaron a dejarlo tranquilo, como él siempre deseaba, porque deseaba que la gente lo dejara tranquilo. Y se repetía, se preguntaba que por qué la gente no lo dejaba tranquilo, hasta llorar, diciéndose que él no se merecía eso que le pasaba.
Eso que le pasaba.
Eso, aunque no tuviese idea de qué se trataba.

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