viernes, 17 de julio de 2015

Sandra Siemens: “Cada libro, para mí, es una búsqueda”.

La escritura, al igual que la lectura es un búsqueda que ejerce un poder sobre quienes se involucran en la actividad, el poder de una verdadera pasión. En la entrevista realizada por Mario Méndez en La nube, el lunes 11 de mayo a Sandra Siemens   la escritora ubicó esa búsqueda como el centro de su labor. Habló de cómo surgen los temas de los que narra, del gusto por dejarse llevar por la escritura sin un guión, de las investigaciones que ha tenido que hacer sobre algunos temas específicos acerca de los que ha escrito, y el placer por la búsqueda en sí misma. También se refirió a la edición y publicación de sus textos, a los inconvenientes y límites que algunas propuestas encuentran en la lectura de ámbitos como el escolar, además de los prestigiosos premios que ha recibido. La segunda parte saldrá el próximo viernes.



Mario Méndez: Buenas tardes. Bienvenidos ¿Cómo están? Bienvenida, Sandra. Muchas gracias por estar acá. Sandra es de Wheelwright, en la provincia de Santa Fe, vino por la Feria, y como ya lo hizo otra vez Laura Escudero que está por ahí, presente también, se quedó un día más para la entrevista, así que doble agradecimiento. Bienvenidas las caras nuevas. Por primera vez anda circulando una lista, así que anótense, así les llega información. Vemos varios autores que se han sumado para escuchar a Sandra: Andrea Ferrari, Paula Bombara…

Sandra Siemens: Si se aburren conmigo les pueden preguntar algo a ellas… (Risas).

MM: Te cuento Sandra, el lunes pasado, como siempre, hablamos de la obra del autor o autora invitada. Y leo la biografía que saco de Internet, que está en primera persona. La voy a repetir para los que no la escucharon:
Me llamo Sandra Siemens y nací  el martes 15 de junio de 1965 en Lomas de Zamora, una localidad de la provincia de Buenos Aires.
Mis padres, que eran de Banfield, vivieron un tiempo en Bernardo Larroudé, La Pampa, y cuando yo tenía unos cuatro años, se instalaron en Wheelwright, un pequeño pueblo del sur santafesino. Allí transcurrió toda mi niñez y mi adolescencia. Hermanos varones. Largas y calurosas siestas en verano. Amigas para toda la vida. Veredas interminables.  Primer amor. Urgencias de poemas.
Cuando terminé el secundario decidí  estudiar Antropología, así que me tuve que ir a Buenos Aires para cursar en la UBA. Digo me tuve que ir porque es el primer alejamiento por el que deben pasar los chicos que no viven en las grandes ciudades. En ese entonces también asistía al Taller de Literatura Infantil de la SADE.
Pero mi desarraigo debió de pesarme mucho o Buenos Aires sería demasiado ajena, quién sabe. La cuestión es que me volví a Wheelwright.
Me instalé definitivamente allí, en el lugar donde me gustaba vivir y comencé a transformarme en una especie de modesta Ulises. Salir, nutrirse del afuera y volver.
Empecé a viajar a Rosario primero, para asistir al taller de la escritora Alma Maritano, y después para cursar la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Rosario.
Todavía sigo viajando. Y todavía sigo volviendo.
Mientras tanto me enamoré, me casé  y tuve a mis cuatro hijos.
Siempre escribí.
Siento la literatura como una fluencia. No quiero decir con esto que sea fácil o placentera porque no siempre es así. Digo que la escritura fluye dentro de mí. Aun cuando no escribo. Es un continuo movimiento donde no puedo marcar el inicio, o la decisión de ser o hacer algo. No puedo marcar el momento en el cual haya decidido ser escritora, o escribir para niños.
Sin embargo en algún momento eso sucedió  porque es lo que hago. Escribo libros para niños y para jóvenes. En ellos trato de poner en palabras mi manera de mirar el mundo.”
Esa es la presentación de Sandra, que ha ganado varios concursos, entre ellos, el Premio Barco de Vapor, del que fue finalista en los años 2004 y 2007. Lo ganó con su libro La Muralla en 2009. Un año antes había ganado el Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma, por El último Heliogábalo, que también obtuvo una mención en los Premios Nacionales de Literatura infantil y juvenil. Y este año, en la Feria, hace pocos días, recibió dos destacados de ALIJA, por este que tenemos acá, Mención en Cuento, La tortilla de papa, que publicó Del naranjo, con dibujos de Claudia Degliuomini, y Tatuajes, que es el primer premio, destacado de ALIJA, en novela juvenil, del que estuvimos charlando el lunes pasado. Además, obtuvo muy recientemente la primera Copa LIJ, (Risas), porque además de  escribir es una excelente tenista. Así que estamos con ella. (Aplausos). Hay muchos libros aquí, porque Sandra escribe mucho. Y lo hace con un registro muy vasto, que va desde el humor más disparatado, hasta algunos libros que son realmente muy fuertes, como El hombre de los pies murciélagos, como Mi papá es un tlacuilo, que estuvo editado en Norma de México. ¿Cómo lo explicarías? ¿Por qué hay una actitud tan amplia?

SS: Les voy a leer algo lindo, porque recién terminé de leer una biografía de Marguerite Duras, y creo que a mí me va muy bien: “Cuando escribo, tengo la sensación de encontrarme en la desconcentración más extrema. No me confío en absoluto. Soy un colador, tengo la cabeza agujereada. No puedo explicarme lo que escribo, porque hay cosas que no reconozco en lo que escribo. Por lo tanto proceden, por fuerza, de otra fuente. No soy yo la única que escribe, cuando escribo”. “No soy la única que escribe cuando escribo”, qué bueno. La verdad es que no puedo explicarlo. Habrá “otras Sandras” adentro. Hay momentos en los que me aparece un tema, o las ganas de escribir algo, y ese algo tiene un ritmo, tiene un tono, que me lleva a elegir algo que termina siendo humorístico, o algo que termina siendo más profundo. O más serio. Pero no hay una decisión anterior, ni una predisposición para escribir algo con humor, o algo que sea más dramático. Aparecen los dos registros. Y no sé cómo los manejo, me parece que es como una expresión natural, de respiración, cuando me pongo a escribir. Hay libros que necesitan un aliento y una respiración, y otros, otra. No puedo decir cómo manejo los registros. No es algo racional. Yo no soy racional.



MM: También hay un manejo muy cuidado de las estructuras. Por ejemplo, en Tatuajes, este reciente premio… Para los que todavía no lo leyeron, son capítulos que tienen los nombres de tres personajes que son una familia, están imbricados, Taia, Marcos y Amparo. ¿Cómo preparás esto? ¿Te armás un guión “de hierro”  o fluye la cosa?

SS: Nunca armo un guión. Ni de hierro ni de nada. (Risas). Generalmente, cuando empiezo a escribir, tampoco tengo claro qué voy a escribir. Tengo una idea muy vaga. Cada vez que empiezo a escribir un libro empiezo una búsqueda, y recién me entero de qué es lo que estoy escribiendo cuando estoy un poco más avanzada en esa búsqueda. No lo sé de antemano. Tatuajes es una novela que nació de una imagen… Yo vivo en un pueblo en el campo y salimos a caminar. Era verano, ya estaba oscureciendo, caminaba por el costado, por un camino de tierra, estaba casi oscuro, y estaba lleno de luciérnagas. Cuando volví ya era de noche, y parecía como si estuviera caminando en medio de las estrellas. Esa era la imagen que tenía. De esa imagen nació este libro. Uno empieza una búsqueda, una cosa te lleva a la otra, creo que después leí algo sobre los tatuajes, y sobre los tatuajes polinesios de las mujeres, que se tatuaban las piernas, y en esos tatuajes emulaban las redes de los pescadores, con las estrellas de mar, y también las estrellas del cielo. Debo haber conectado algo ahí, con las luciérnagas y las estrellas, y ahí empezó a formarse y a tener cuerpo esta novela. Cuando avanzo empiezo a pensar un poco más en la estructura; a veces tengo que reescribir, y en esa reescritura se va afinando el tema de la estructura. Pero eso, en mi escritura aparece mucho después. Nunca tengo armada una estructura de novela, a la cual me ciño y sigo. Jamás. No lo hago.

MM: ¿Y sos de abrir, mientras estás construyendo la obra? ¿O terminás y recién después mostrás?

SS: Casi siempre termino. Aunque sea de manera provisoria. Nunca muestro algo que está en construcción. Porque tampoco sé muy bien qué mostrar o qué decir. Porque no sé para dónde voy. (Risas). Cuando termino una primera versión ya tengo más claro adónde quiero ir, qué quiero contar, qué cosas retocar. Ahí sí, muestro, y además me interesa mucho la mirada del otro.

MM: ¿Tenés un grupo amplio de lectores o muy selecto?

SS: Voy ampliándolo. Tengo que ver eso, tengo que manejarlo mejor. Ya es mucha gente. Uno te dice una cosa, otro te dice otra… (Risas).

MM: ¿Y la investigación? En Tatuajes, especialmente (después vamos a ver en los otros), está toda esta cosa de Paul Gauguin, y los tatuajes, y la Polinesia. Hay un trabajo de investigación importante. ¿Es común que lo hagas? ¿O es extraordinario?

SS: Lo hice en esta novela, también en La doncella roja, en El hombre de los pies murciélago…  Cuando empecé a escribir esa novela, yo no sabía qué era el bullying. Era una palabra que en ese momento, antes del 2010, me sonaba rara. Estaba mirando un noticiero, y mostraban algo que había pasado en París, entre un grupo de estudiantes y un grupo de inmigrantes del norte de África. Mostraban un video que habían filmado con un celular, en el que este grupo de estudiantes estaba matando a patadas a un inmigrante magrebí. Eso me espantó, y me puse a investigar. El bullying no es nuevo, era lo que llamábamos “acoso escolar” cuando íbamos a la escuela.  Empezó a circular esta palabra, que a mí me sonó ajena. Entonces empecé a investigar un poco, empecé una búsqueda, y me encontré con un montón de casos que me sirvieron para escribir la novela, en todas partes. Acá, en España, en Alemania, en Inglaterra… No es una novela en la que se vea este trabajo de investigación, como se puede ver acá o en La doncella roja, pero lo llevó.

MM: Una escritora que está presente, Florencia Esses, me escribió la semana pasada diciéndome que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas. Muy, muy fuerte. Pero vamos a seguir con esto antes, que tienen una relación con la Antropología. Hoy, más temprano, te preguntaba si habías estudiado, y me dijiste que estuviste un tiempo. Pero hay un fuerte interés. En La doncella roja, en Tatuajes, en Mi papá es un tlacuilo… ¿Hay un interés por la investigación antropológica?

SS: Sí, es un campo que me interesa. Ese enfoque de pensar cada tema alrededor de su eje cultural.


MM: No, pero en La doncella roja, lo que comentábamos el lunes pasado, porque nos llamaba la atención era que el antropólogo, que además tiene orígenes aborígenes, está repudiado por grupos originarios, pero a la vez vos mostrás que es el que cuida de la destrucción que hacen los huaqueros. Hay una tensión permanente. Una triple tensión.

SS: Yo estuve como cuatro años escribiendo esta novela. Me dio mucho trabajo no mostrar personajes planos, sino las complejidades de cada personaje. Con situaciones delicadas, porque empecé a leer y a investigar y me di cuenta de que era la situación que estaban viviendo las comunidades. Hay gente que visitó el Museo de Alta Montaña, en Salta, y yo empecé a pensar esta novela cuando leí sobre el hallazgo de las momias de Llullaillaco. Yo no fui a este Museo, pero se construyó para esas momias. ¿Ustedes fueron? Dicen que son espectaculares. Son tres momias pero se muestran de a una, porque las van rotando, para cuidarlas. Y abajo armaron un laboratorio.

MM: Hay una película de la National Geographic.

SS: Sí, la vi. Y con eso hay toda una polémica. Hay gente que ha ido y dice que es maravilloso poder ver eso, que es un descubrimiento, que es como trasladarse en el tiempo y tomar dimensión de lo que fue esa cultura. Un enfoque positivo. Y hay otra mirada completamente opuesta, que se opone a la exhibición de las momias, porque dicen que es como si estuvieran exponiendo a tu abuela. No hay una visión plana, y yo tenía que mostrarla en esta novela. Y eso me dio mucho trabajo. No es una o la otra. Construir los personajes y las situaciones mostrando la complejidad de la situación. Por eso, el personaje de Manuel está tironeado entre esas dos visiones.



MM: Incluso, otra cosa que me parece que resolviste muy bien, pero que debió ser trabajoso, es este tema de que no hay que ver con los ojos de hoy el sacrificio de la doncella.

SS: Esa fue otra cuestión que tuve que trabajar. Me puse a leer mucho. Para esa novela tuve que leer de todo. Sobre la cultura y la cosmovisión andinas. Algo que para nosotros es tremendo, que se sacrifique a una chica de dieciséis años, para ellos no era ni es así. Ellos tienen una visión cíclica, en la que la muerte no es la muerte, sino que es pasar de un estado al otro. Por eso, estos niños en realidad no mueren sino que son mensajeros que pasan a otro estado llevando un mensaje. Yo leí algo que no me acuerdo si lo puse en el libro, me olvidé. (Risas). Hay otro enterramiento inca en el Aconcagua, en el Cerro del Plomo, de un niño de ocho años, una momia, que cuando la bajan (porque tenían que ser enterrados a cuatro mil y pico de metros de altura), empieza a sangrar por las orejas y por la nariz. Entonces, lo que dice la gente del lugar, es que en realidad estaba vivo cuando estaba en la montaña, y al sacarlo de allí, lo mataron. La lectura es al revés de la que podemos hacer acá, desde nuestra cultura. Tuve que leer sobre eso, sobre el tráfico de bienes culturales, tuve que leer sobre las plantas y cómo se obtenían los colores para teñir la lana, además de toda la parte histórica.

MM: ¿Y es un trabajo que en general te gusta hacer?

SS: Sí, creo que cada libro, para mí, es una búsqueda. Empiezo a buscar, una cosa me va llevando a la otra, y de pronto, como si fuera mágico, cada cosa encuentra su lugar.

MM: Ahí está el arte, quizás. Y en Mi papá es un tlacuilo, hay toda una investigación con los mayas, ¿no?

SS: Sí, los mixtecas. Sí, una editorial de Rosario me pidió que escribiera un libro con “temática americana”. Me puse a investigar y a leer y me acordé de la historia de Nezahuacóyotl, un príncipe maya que además era poeta. Empecé a buscar por ahí y di con los tlacuilos, que en la cultura maya, son los que escriben los libros. Pero a la vez, como la escritura es pintura, en realidad los pintan. Esos libros eran como los libro álbum de ahora. Por esa simbiosis entre la escritura y el dibujo o la pintura. Me puse a leer sobre ese oficio, que me pareció hermosísimo, mágico, que además se transmitía de padre a hijo, de un grupo selecto, como los sacerdotes. Se preparaban para escribir cada cosa, cada libro, tenían un espacio propio. Y me dieron ganas de escribirlo.

MM: ¿Ya salió en Rosario?

SS: No, al final ese libro no salió, y me encontré una vez a la editora de Norma de México, y le conté sobre lo que había escrito. Me dijo que quería leerlo, así que se lo mandé, y ella lo publicó allá. Acá no está.

MM: ¿Sabés si circula en las escuelas en México?

SS: Sí, circula mucho. El año pasado fui a México, porque me invitó la editorial, así que hice una recorrida por escuelas. Y lo había comprado el Ministerio. Hubo una compra muy grande, y fue muy lindo, porque la editora de allá, me contó que para que el Ministerio hiciera esa compra, hubo una Junta de la Universidad, que tuvo que evaluar el libro, para ver si yo no decía verduras. (Risas). Estaba todo bien, y además felicitaron a la editorial y a la editora, así que estaban muy contentos. Y yo también.

MM: ¿El pueblo mixteca tiene descendientes actuales? ¿Han intervenido?

SS: Sé que la lengua maya tiene muchas variantes, pero sí hay, y se escribe y si uno quiere rastrear, hay libros mayas, libros bilingües. Incluso se hablaba en México de hacer una edición bilingüe.

MM: Lo que me interesaba saber es si había lectores de origen maya, mixteca.

SS: No sé, las escuelas que visité eran de ciudades grandes.

MM: Algo vimos el lunes pasado, después vamos a seguir charlando. Hay otro libro, que creo que está en el medio de los temas duros y profundos, y el tono de humor, que es La polilla. Les leí la parte del tesoro y la aventura de la lectura, de este chico al que le dicen que le van a hacer comer los libros. ¿De dónde salió La polilla?

SS: Creo que salió de esa expresión, igual que ¡Ay! -dijo Filiberto. A mí me gusta jugar bastante con las palabras, y con esas cosas que a veces dicen los maestros o las madres también: “Te voy a hacer tragar los libros”. Jugué con eso y le hice tragar el libro.

MM: Se transforma en una polilla. Llevás la metáfora al extremo. Es un recurso que está en ¡Ay! dijo Filiberto, y en Querido Blog. En los tres noto una relación fuerte con esto de tomar un tema duro, con un toque de humor. Porque en  ¡Ay! -dijo Filiberto, también está el bullying. Con otro tono…

SS: En La silla de la izquierda también está. También están la muerte, la enfermedad…

MM: La silla de la izquierda tiene un tono totalmente humorístico, para hablar de algunos temas. En “La silla de la izquierda” no lo encuentro, pero en “Una herida absurda”, y en el tercero de los cuentos que es “Mi tío Hugo”. ¿Qué dicen los lectores chicos sobre ese cuento de un tío que se ha muerto por distraído?

SS: Se murió por consecuente. Era nadador profesional y estaba entrenando, y el tipo quería romper un récord y tanto se esforzó que se ahogó. Pero siguió, y cuando tuvo que competir no había categoría, así que el club lo puso en la categoría “Póstumos”. Y ganó, porque era el único. (Risas). Con este libro no tengo mucha respuesta de los chicos, porque cuando salió publicado yo no iba a las escuelas porque no se usaba tanto, o a mí no me llamaban. No tengo visitas a escuelas con ese libro, así que no sé.



MM: Hablando de los premios, el primer premio importante que obtuviste, creo, es…

SS: El primero fue Colihue.

MM: Colihue. Cierto. Ese no lo tengo. ¿Cuál es?

SS: Un tren a Cartagena.

MM: ¡Este no lo tenía! Obtuviste el Premio de Novela…

SS: Yo te voy a bajar la nota como entrevistador a vos. (Risas).

MM: Lo obtuviste en el ’90.

SS: Sí, fue mi primer libro publicado. Y  la publicación era el premio. Por eso acá figuro con mi apellido de casada. Sandra Matiasevich. Ese es el apellido de mi marido. Y en Colihue sigo figurando así, son como dos personas en una. (Risas).

MM: ¿Por qué?

SS: No sé, yo mandé todos mis datos al concurso, me avisaron que había ganado para que fuera a la entrega de premios, y cuando llegué ya estaba el libro…



Asistente: El que atrasó fue el que lo puso en la editorial.

SS: A lo mejor me preguntaron, no me acuerdo, pero yo lo cambié, y en adelante seguí siendo Sandra Siemens. Lo único que logré en Colihue fue que en la página web pusieran Sandra Siemens de Matiasevich. Entonces, el que busca ve que soy la misma persona.

MM: Tenías veintiséis años. Cuando ganaste el premio tenías menos. Decía en ese entonces, Sandra: “Vivo en Wheelwright, un pueblo en el sur de Santa Fe. Estoy casada con Tati, tengo dos hijos, Francisco y Santiago, por orden de aparición. “Me gusta cocinar tartas de manzana”. Esto no lo hemos probado. “No me gusta hablar por teléfono, no me gusta peinarme…”. (Risas).

SS: Sigo igual, ¿viste? (Risas).

MM: “Me gusta salir a correr, jugar al tenis, tengo sinusitis…”.

SS: Es verdad. (Risas).

MM: ¿”Ojos pardos…”?

SS: Acá me traicioné…

MM: Deberías poner “ojos azules”.

SS: Claro.

MM: “Y no te cuento nada más sobre mí. Al fin y al cabo, yo no sé nada de vos, y eso no es justo”. (Risas). “Si querés escribirme, a San Martín 725”. ¿Te escribió alguien?

SS: Escribieron a la editorial, no escribieron a casa.

MM: En la foto están Graciela Cabal y Sandra, que parece la hija…

SS: ¡Pasemos a algo más moderno! (Risas).

MM: Después de Un tren a Cartagena, y hasta que llegaste al premio siguiente, ¿publicaste?

SS: Sí, en Sudamericana, cuando Canela estaba como editora, esos de bolsillo. Ahí publiqué El bandido de los mares, Ay dijo Filiberto, La polilla, El grito (que primero publicó Canela, ahora está en Colihue), De Unicornios e Hipogrifos y también en Colihue, cuando estaba Roldán como editor, publiqué El crimen del señor Ambrosio, en Libros del Malabarista.

MM: ¿Cómo modifica la carrera de la escritora que en los últimos dos años hayas ganado dos premios importantísimos, de gran trascendencia, con El último Heliogábalo y con La muralla?  La llegada a Buenos Aires, al resto del interior…

SS: No me modifica a mí en la escritura. La verdad es que los premios siempre son una sorpresa. Supongo que se es más conocida… Preguntale a ellos… (señala al público).

MM: No, no, a ellos les pregunto cuando no estás vos. (Risas).

SS: Una supone que a partir de los premios te conocen más. El premio te da como una plataforma de lanzamiento más grande. Y conocen más al libro, por supuesto.

MM: Acabás de ganar dos premios importantes que son los destacados de ALIJA. Yo supongo que Tatuajes va a ser un libro que va a circular muchísimo. Además está en una colección como Zona Libre, que tiene mucha llegada. ¿El hombre de los pies murciélago está llegando mucho a los colegios?

SS: Sí, y eso puedo comprobarlo un poco más, porque he visitado muchos colegios. Estuve en muchos lugares con ese libro. Acá… estuve en Perú, en muchas ciudades, en Colombia también, en México… Y la verdad es que los chicos se conectan con algo, me escriben mucho, y cosas que para mí son piolas. Como: “Es el primer libro que leo entero”. O “La profesora nos dio el libro para leerlo para la semana que viene, pero yo me lo leí en un día”. Esas cosas están piolas, son premios. Tampoco deja de sorprenderme, me ocurre siempre con todos los libros. Cuando uno visita escuelas de distintos lugares, con chicos de distintas realidades, que se conectan con el mismo libro… eso me sorprende.

MM: Y como dijiste antes, es un tema que atraviesa casi todos los lugares en el mundo.

SS: Sí. Cuando estuve en México, que estuve también con El hombre de los pies murciélago, estábamos hablando y presentando el libro, y se paró una chica que estaba sentada adelante, y me dijo que quería agradecerme, porque mi libro le había salvado la vida. Y yo me quedé dura, y los profesores también, porque era una chica que se había cambiado de escuela, pero nadie sabía qué había pasado. Ella tenía una situación parecida, la estaba pasando muy mal, y a partir de la lectura del libro se animó a hablar en su casa, a contar lo que pasaba, y sus padres la cambiaron de escuela. Había hecho todo un movimiento y en ese momento estaba muy bien. Esas cosas que pasan con este y con todos los libros. Porque siempre la literatura modifica.

MM: Cierto. Salimos de los libros un poquito cambiados.

SS: Sí.

MM: ¿Cómo fue el proceso de edición? Me imagino que habrá habido un intercambio fuerte con la editora… ¿Quién te lo editó?

SS: Ana Lucía Salgado. Hizo una excelente edición pero no hubo mucha ida y vuelta.

MM: Es una colección bastante amplia.

SS: Sí hubo con Tatuajes. Yo cambiaba mucho hasta que la editora me dijo: “Basta, no cambies nada más, porque no leo nada más”. Yo no había cambiado la historia, pero había cambiado como tres veces el discurso. En la primera versión, la primera parte era muy poética. A la editora le había gustado, pero a mí me empezó a hacer ruido. Y lo modifiqué todo.

MM: ¿Por excesivamente poético?

SS: Sí. Me parecía que desentonaba con las otras dos partes del libro. Era mucho. No porque pensara que algún chico no iba a disfrutarlo, pero me pareció que me estaba regodeando mucho en la cuestión poética. Y era una novela. Entonces, tenía que tener más conexión con las otras partes. Y seguí trabajando esa primera parte de una manera poética, pero desde una voz narrativa.



MM:El otro día, cuando te dieron el Destacado, dijiste que habías andado en los bordes con Tatuajes. Es una novela que podríamos decir claramente que es del sector juvenil…

SS: Es un traicionero… ¡es traicionero! (Risas). Yo les voy a contar qué dije. Dije: “Si me preguntan qué es la literatura juvenil, creo que no sabría qué decir”. Entonces me dijo que me iba a preguntar…

MM: El que avisa no traiciona. (Risas).

SS: Cuando yo iba a la escuela, no había una literatura juvenil. La verdad es que los que teníamos quince o dieciséis, leíamos cualquier cosa. Lo que nos caía en las manos. Y después se fue armando un espacio que está bueno, que es piola, pero a mí nunca me quedan muy claros los objetivos de esa literatura. Para un joven eso puede ser atractivo, pero también le puede atraer cualquier otra literatura que no esté destinada a eso. Es una cosa un poco difusa. Lo que sí ocurre en ese espacio, son algunos límites o prejuicios que tienen que ver con la ubicación de esos libros que están como más destinados, en la escuela. Cuestiones que tienen que ver con lo sexual, o con la muerte… a veces es problemático a la hora de escribir. Temas que para entrar en las escuelas generan algún tipo de ruido…

Asistente: ¿En los lectores?

SS: En los mediadores. Por eso, con este libro yo sentí que andaba por los bordes de esos preconceptos. Porque Tatuajes es una novela muy sensual. Veremos qué pasa con eso.

MM: Claro, porque salió ahora. El año pasado, pero recién está empezando a circular por los colegios.

Asistente: Lo sexual en los primeros años, sí lo tengo claro, porque me ha pasado. Pero en los últimos años del secundario la cosa cambia…

SS: No son cuestiones tajantes. De hecho, en muchas de mis novelas  hay escenas  en las que está contado. En La doncella…, Tatuajes… en una novela que está por salir ahora en SM. Hay sugerencias… en la primera parte de esta novela, yo cuento los últimos años de la vida de Paul Gauguin, el pintor, que los vivió en la Polinesia Francesa. Él tenía setenta y pico de años, y sus relaciones siempre fueron con niñas de doce, trece, catorce años. Esas fueron sus amantes y sus mujeres. Yo invento un personaje que es una niña de catorce años. Si bien no hay una escena en la que se cuente una relación sexual, hay un montón de cosas que están sugeridas y que pasan por otro lado. A veces, la cuestión no es no abordar ese tema, que ya sabemos de antemano que va a ser conflictivo, sino buscarle la vuelta. No quiere decir que no vaya a entrar a la escuela. Son cosas que no son tajantes, ni siquiera en el nivel de los mediadores y de las editoriales, pero están dando vueltas como preconceptos en este espacio de la literatura juvenil. Yo trato de no tenerlos en cuenta a la hora de escribir.

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