lunes, 20 de julio de 2015

En el centro: la palabra

La palabra está en el centro de la experiencia. Un relato da inicio a una odisea. El misterio y la aventura de leer se entremezclan con el ansia por el conocimiento científico. Todo se desencadena a partir del desciframiento del código de un antiguo documento que guarda el secreto de cómo acceder al centro de la Tierra. Así inicia la historia de Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra, de la que hoy Libro de arena publica un fragmento que señala la centralidad del saber escrito y cómo opera la ficción en la lectura.


“…cuando entré en la habitación estaba lejos de pensar en ellos; mi tío solo absorbía mi mente por completo. Se hallaba recostado en su gran butacón, forrado de terciopelo de Utrech, y tenía entre sus manos un libro que contemplaba con profunda admiración.
-¡Qué libro! ¡Qué libro!-repetía sin cesar.
Estas exclamaciones me recordaron que el profesor Lidenbrock era también un bibliófilo en sus momentos de ocio; si bien no había ningún libro que tuviese valor para él, como no fuese inhallable o, al menos, ilegible.
-¿No ves?-me dijo-¿no ves?  Es un inestimable tesoro que he hallado esta mañana  al registrar la tienda del judío Hevelius.
-¡Magnífico!-exclamé yo, con entusiasmo fingido.
En efecto, ¿por qué tanto entusiasmo por un viejo libro en cuarto, cuyas tapas y lomo parecían forrados con una grosera cuerina, y de cuyas amarillentas hojas pendía un descolorido registro? Sin embargo, no cesaban las admirativas exclamaciones por parte del grave profesor.
-Vamos a ver-decía preguntándome y respondiéndose a sí mismo- ¿es un buen ejemplar? ¡Sí, magnífico! ¡Y qué encuadernación! ¿Se abre con facilidad? ¡Sí, porque las cubiertas y las hojas forman un todo bien unido, sin separarse ni abrirse por ninguna parte! ¡Y este lomo, que se mantiene ileso después de setecientos años de existencia! ¡Ah! ¡ He aquí una encuadernación capaz de enfurecer de envidia a Bozerian, a Closs y aun hasta el mismo Purgold!
Al expresarse de esta suerte, mi tío abría y cerraba el feo y repugnante libraco; y yo, por pura cortesía, asentía sus afirmaciones, puesto que no me interesaba en lo más mínimo.
-¿Cuál es el título de ese maravilloso volumen?- le pregunté con un entusiasmo demasiado exagerado para que no fuese fingido.
- ¡Esta obra-respondió mi tío animándose- es el Heimskringla de SnorriSturluson, el famoso autor islandés del siglo XII! ¡Es la crónica de los príncipes noruegos que reinaron en Islandia!
-¿De veras?-exclamé yo, afectando un gran asombro-; ¿será sin duda alguna traducción alemana?
-¡Una traducción!- respondió el profesor indignado-. ¿Y qué habría de hacer yo con una traducción? ¡Para traducciones estamos! Es la obra original en islandés, ese magnífico idioma, sencillo y rico a la vez, que autoriza las más variadas combinaciones gramaticales y numerosas modificaciones de palabras.
-Como el alemán- insinué yo con asombro.
-Sí- respondió mi tío encogiéndose de hombros- pero con la diferencia de que la lengua islandesa admite, como el griego, los tres géneros y declina los nombres propios como el latín.
-¡Ah!- exclamé yo con la curiosidad un tanto estimulada- ¿y es bella la impresión?
-¿Impresión? ¿Pero cómo se te ocurre hablar de impresión, desdichado Axel? ¡Bueno fuera! ¿Pero es que crees acaso que se trata de un libro impreso? Se trata de un manuscrito, ignorante, ¡y de un manuscrito rúnico nada menos!
-¿Rúnico?
-¡Sí! ¿Vas a decirme ahora que te explique lo que significa eso?
- Me guardaría bien de ello-repliqué con el acento de un hombre ofendido en su amor propio. Pero se quiera o no, mi tío me enseñaba cosas que no me interesaban en lo más mínimo.
-Las runas-prosiguió-eran unos caracteres de escritura usada en otro tiempo en Islandia y, según la tradición, fueron inventados por el mismo Odín. ¿Pero qué haces, desdichado, que no admiras estos caracteres salidos de la mente excelsa de un Dios?
Sin saber qué responder, iba ya a proferir un género de respuesta que pudiera agradar a los dioses, tanto como a los reyes, porque tiene la ventaja de no ponernos en el compromiso de tener que replicar, cuando un incidente imprevisto vino a imprimir a la conversación otro giro. Este fue la aparición de un pergamino grasiento, que deslizándose de entre las hojas del libro, cayó al suelo. Mi tío se apresuró a recogerlo con indecible avidez. Un antiguo documento, encerrado tal vez desde tiempo inmemorial dentro de un libro, no podía tener para él un elevadísimo valor.
-¿Qué es esto?-exclamó emocionado


Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamente sobre la mesa un trozo de pergamino de unas cinco pulgadas de largo por tres de ancho, en el que había trazados, en líneas transversales, unos caracteres mágicos. 


Viaje al centro de la Tierra
Julio Verne
Barcelona, Molino, 1983

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