martes, 21 de julio de 2015

El misterio de la casa de la colina

Los viajes pueden ser una buena excusa para escribir y un viaje de egresados para las múltiples versiones o puntos de vista sobre el terror. En el mes dedicado a los viajes, Libro de arena publica un falso cuento colectivo “El misterio de la casa de la colina”, de  Ángeles Durini, perteneciente a la compilación de relatos sobre viajes de egresados coordinada por Mario Méndez, bajo el título Nunca me gustó viajar.


Por Ángeles Durini

Para el concurso:
La llave que abre Bariloche: un cuento entre todos
7º C, Escuela Nº 20, Provincia de Buenos Aires.

Empiezo yo, Alberto Sánchez, a contar esta historia. Una historia de monstruos verdes y también, de una chica de camisón blanco. Que en su mano llevaba una vela y el pasillo estaba oscuro. La chica vivía en este mundo antes de que se inventara la lamparita, por eso lo de la vela, porque si no tenía, ¿cómo iluminaba el camino? Se habría tropezado ya que el camisón era blanco y largo. O sea, se habría tropezado por lo largo, no por lo blanco, se entiende. Porque, además de ser la época en que no existían las lamparitas, aunque sí las velas, era la época en que las mujeres usaban camisones largos. Y también los vestidos eran largos. Pero mejor lo del vestuario se lo dejo a alguna chica ya que saben más de esas cosas. Y la gente cree que los varones sabemos más de las cosas de miedo, pero yo no sé mucho porque no me gustan tanto. Salvo que aparezcan monstruos verdes. Esos sí me gustan.
Victoria Taranto dice que los monstruos verdes no tienen nada que ver con esta historia. Que eso es puro divague de Alberto Sánchez ya que, cuando nos pusimos de acuerdo sobre de qué se iba a tratar esta historia, lo de los monstruos verdes fue bochado. El único que insistía con los monstruos verdes era Alberto Sánchez, pero nadie quería. En cambio sí es verdad, que había una chica de vestido blanco y largo. Aclaración: era vestido, no camisón. La chica, que de ahora en más llamaremos, La Joven, con mayúscula, ya que no le hemos inventado un nombre, conste que yo sugerí tres: Eulalia, Virginia, Anastasia, y los tres fueron bochados, así que ahora le digo La Joven,  y al que no le guste, que se jorobe. Entonces continúo, La Joven llevaba vestido blanco aunque no camisón, esa no era su casa y la agarró la noche en casa ajena y por lo tanto, no tenía camisón. Lo único que poseía La Joven en esa casa era el vestido con el que había llegado. Que era blanco, como ya se dijo. Seguiría contando pero tengo que pasar la hoja. Media página cada uno, ¿no es poco?
Claro que es poco, y más si te pasás escribiendo sobre lo que escribió el otro, en vez de avanzar con la historia. La chica caminaba con su vela, vestida de blanco y muerta de miedo. El pasillo era largo, largo y estaba oscuro. Y a los costados, un montón de puertas. A izquierda y derecha. La chica (no pienso decirle La Joven) no se animaba a abrir ninguna. En eso, se escuchó una voz.
—Ven, acércate –decía la voz. Era una voz de hombre, bien profunda.
A la chica, la voz la hipnotizó. Avanzaba con la vela mientras los ojos le daban vueltas. En eso, se abrió una de las puertas que estaba a los costados. Y salió una mano. ¿Sigo? Bueno, un poco más. Resulta que salió una mano y después la otra, hasta que se asomó un cuerpo. No, mejor, una cara. Era de un chico más o menos de la edad de la chica, con rulos en la frente, y se pone a gritar: 
—¡María! No avances, no te dejes hipnotizar.
Cuando la chica pasó a su lado, medio hipnotizada, las manos del chico trataron de agarrarla, pero María, (¿vieron?, al final se llamaba María, lo dijo el chico de la historia) siguió de largo.
—¡María, no me dejes solo! –seguía gritando el chico.
Hasta que se escuchó otra voz, la voz del malo, la del hombre profundo, y dijo:
—Cerrá la puerta, querés –y luego, poniendo voz más seductora, siguió diciendo- vamos, María, que te estoy esperando.
María, mientras, seguía avanzando y avanzando con la vela. Y se escuchó un portazo, que era el chico que cerró la puerta enojado. He dicho, Román Casares. Mi parte es desde que dice Claro que es poco… hasta acá. Me pasé de la media página pero me pareció que si nadie hacía nada, la historia quedaba estancada. Quiero ver al próximo. Y lo de los monstruos verdes, ni ahí, Alberto Sánchez, no pegan ni con la gotita.
¿No les parece que le falta algo a esta historia? ¿Algo obvio? ¿No se dieron cuenta? ¿No tienen la sensación de que le falta el principioooo? ¿Qué historia empieza con que hay una chica (está bien: María, me gusta), una chica que avanza por un pasillo con una vela, muerta de miedo? ¿No se preguntaron acaso, por qué María fue hasta allí, la casa de la colina, una casa inmensa y solitaria, ella sola y su alma vestida de blanco? ¿Y encima de noche? Nos tendríamos que haber puesto de acuerdo antes de empezar a escribir. Lo único que piensan ustedes es en ganarse el viaje a Bariloche. Y está bien, a mí también es lo que más me importa. Pero si queremos ganar, tenemos que presentar un cuento como la gente. Yo propongo que María fue hasta allí porque la noche anterior hubo una fiesta en esa casa. Y ella se había olvidado algo importante y lo tenía que recuperar. Por eso volvió. Y volvió de noche para que nadie la viera. Era un anillo mágico que le había regalado un duende y que el conde, el dueño de la casa y el que organizó la fiesta, se lo había robado. Obvio que el que la llama con esa voz profunda no es nada menos que el conde, pero nada que ver con Drácula, inventemos otro conde. Romina Lema escribió esto.
Yo digo, Tere Guzmán, que si Alberto quiere monstruos verdes, en algún lado tienen que estar. Todos tenemos el mismo derecho, el cuento es de todos. Podríamos adaptar la idea, por ejemplo: si un duende dio un anillo mágico a María, que el duende esté allí hecho estatua, digo, en el jardín del conde, y que sea verde. O en vez de forma de duende, que tenga forma de monstruo verde, pero estatua, y está a la entrada de la casa. Y cuando pasa María para ir a la fiesta, el duende, o enano, o monstruo verde, le chista. Entonces María se acerca, asombradísima, porque nunca antes un enano verde de jardín le había chistado. María se acerca con la mano extendida por el asombro, y allí aprovecha el enano para deslizarle el anillo, que él tenía guardado en su bolsillo de piedra. El enano verde desliza un anillo mágico en la mano de María, María abre cada vez más los ojos mientras mira al enano. Entonces el enano le guiña un ojo y vuelve a quedar duro piedra, como siempre. María quiere preguntarle pero justo en ese momento, ¿quién aparece en la puerta? Nada menos que el conde, vestido de negro, que le dice a María:
—Por fin llegaste, te estaba esperando. Ven, pasa.
María se sobresalta con esa voz tan profunda y guarda en secreto, el anillo, en su carterita de perlas blancas. Piensa que el conde no la ha visto. Aunque los ojos del conde, sin que María llegue a darse cuenta, sospechan que allí, en la carterita de María, pasa algo raro.
Bailaron toda la noche, lo dice Juanjo Montalvo, o sea, yo: María y el conde bailaron toda la noche. El muchacho con rulos en la frente los espiaba de lejos, detrás de una de las columnas del gran salón. Se había escapado del cuarto donde el conde lo tenía encerrado. María, medio hipnotizada por los ojos del conde, se dejaba girar y girar mientras volaba su vestido entre las columnas del gran salón, la carterita de perlas también volaba, colgando de su muñeca. En una de las vueltas, pasó enfrente del joven con rulos en la frente. El joven chistó, hacía gestos, movía las manos, se agarraba un dedo, lo que quería decirle a María era que se pusiera el anillo mágico. Pero María ni lo vio. Era fanática de los valses y el conde la guiaba a la perfección. Además, de tanta vuelta, estaba medio mareada. Y si a eso le agregamos unas copitas de más que le convidaron cuando entró, ya no sabía ni cómo se llamaba. El joven de los rulos, al ver que María se alejaba dando vueltas con el conde, sin ni siquiera haberlo mirado, se agarró la cabeza y se puso a llorar. La única posibilidad de salvación se estaba esfumando.
Se ve que ninguno se tomó el tiempo de leer todo y lo único que leyeron cuando les pasaron el papel fue lo que escribió el último. Pero ojo, se supone que María fue al día siguiente de la fiesta a hacer no sé qué. Pero en realidad no volvió, sino que lo que pasó después de la fiesta, pasó la misma noche, no se va a poner las dos noches el mismo vestido blanco. Además, el hecho de que vaya a su casa y vuelva a ir a lo del conde, me parece que no respeta la economía que se supone que íbamos a respetar, porque un texto económico, o sea, que no cuenta cosas al divino botón, por no decir otra cosa, es un texto más valioso. O sea, es un texto que tiene muchas más posibilidades de hacernos ir a Bariloche que otro texto que dice que volvió una noche, y luego volvió la otra noche y luego…, y así. Que pase todo la misma noche y listo. O sea, María y el conde daban vueltas y vueltas. El joven los espiaba llorando. A María le colgaba la carterita con el anillo mágico de la muñeca. Los invitados se fueron yendo, ya era tarde. Pero María seguía dando vueltas. Hasta que una de esas vueltas, el conde la empujó, la metió adentro de un cuarto y antes de cerrar la puerta, le arrancó la carterita (no se olviden que él sospechaba que en esa carterita pasaba algo raro). Adentro del cuarto, María ve una vela arriba de la mesa. Sin perder tiempo ni ponerse a llorar, toma la vela y sale del cuarto. Está dispuesta a recuperar su carterita. No tanto por el anillo, que a esa altura ya se lo había olvidado, sino por la carterita en sí, que era de su hermana, y si volvía a la casa sin la carterita, la hermana la hacía puré. He dicho, Ramón Gutiérrez.
Claro, a mí me dejan el final, que es lo más difícil, y encima en tres renglones, porque ya llegamos a la sexta página, y en las bases del concurso dice bien clarito: ¿Querés ganarte un viaje a Bariloche para vos y todo tu curso? Proponé a tus compañeros escribir un cuento de terror de seis páginas. Todos los cuentos serán publicados pero los únicos que tendrán la suerte de leer la publicación en el micro que los conduzca a Bariloche, serán vos y tus compañeros. Los demás leerán la publicación en sus casas. Dale, animate. Me revientan esas propagandas, te hacen creer que vas a ganar y después siempre gana otro. El final de Marisa López es éste, les guste o no: María camina con la vela, así empezaba este cuento, la llama el joven que abre la puerta, el conde lo manda a su cuarto, el muchacho cierra la puerta, María sigue con la vela hacia la voz del conde, el conde sale a su encuentro, trastabilla con el escalón, se le sale el anillo de la boca (el conde lo había escondido en la boca, para que nadie lo encontrara, ni siquiera los enanos verdes del jardín porque, ¿quién se iba a animar a revisar su boca inmunda, con dientes cargados de veneno? No era Drácula pero era un conde que si te mordía te envenenaba, como las víboras),  cuando se le sale el anillo, da una vuelta en el aire, María levanta las manos asombrada (acuérdense que cuando María se asombraba, ponía las manos para adelante, como bien puso Tere, con la mano extendida por el asombro, me encanta esa frase, casi se quema el pelo, porque cuando extendió la mano que llevaba la vela, se rozó el flequillo, y el anillo voló hasta entrar en el anular de la otra mano, la que no llevaba la vela. Entonces, al tener el anillo mágico puesto en el dedo, se terminó el hechizo: el conde se hizo polvo, quedó todo esqueleto hasta que se deshizo, el joven pudo salir del cuarto sin que nadie lo retara y, junto con el joven, salió un montón más de gente, que eran los que el conde tenía presos. Allí se reconocieron todos, empezaron a aparecer muchas personas a las que habían dado por desaparecidas. Se saludaban, cómo estás, tanto tiempo, tu mamá te está buscando, mirá, vos por acá, etcétera. Y todos juntos se fueron para el pueblo, porque con la cuestión de que se había terminado el hechizo, la casona de la colina se empezó a derrumbar. Volaban los pedazos de techo, las columnas, en fin, era un desastre. Hasta los enanos verdes de jardín se mudaron para el pueblo. Y María y el joven de los rulos en la frente se casaron, claro. Y basta porque se acabó el tiempo, hay que mandar el cuento hoy mismo, si no, no llegamos al cierre del concurso. Yo ni pienso revisarlo. Si alguien quiere, que me avise hoy mismo y si no, lo mando así como está.
Esperé un rato y nadie me llamó, así que lo mando porque está por cerrar el correo. Es la última vez que me ofrezco a ir yo. No porque sea un trabajo tan grande ir al correo y mandar el cuento, sino porque después no faltan los criticones, por qué lo mandaste así, tendrías que haber hecho el final asá. Pero hablando del final, todavía falta el final final: resulta que en el casamiento de María y el joven de rulos en la frente, el joven le pone el anillo a María, usan nada menos que el anillo mágico, los anillos de oro estaban carísimos y decidieron aprovechar el que tenían. Entonces, en cuanto María tiene el anillo en el dedo… las casas se empiezan a derrumbar, la plaza, la iglesia, el campanario, todos salen corriendo, hasta los enanos verdes de piedra. Algún hechizo se había terminado, pero como no sabían cuál, corrían sin saber a dónde ir. Y ahora sí, punto, punto. Punto. Final. ¡Ah sí, ya sé, el pueblo entero se fue corriendo a Bariloche, con los enanos verdes de piedra que los seguían! Y me pasé un poco, en las bases decía seis páginas, pero no creo que por eso perdamos.


Nunca me gustó viajar y otros cuentos antes de partir
Compilador: Mario Méndez
Buenos Aires, Crecer Creando, 2009

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