Al maestro, con cariño

Los papelitos perdidos en una caja de zapatos no hacen una historia hasta tanto no encuentren su orden, y la literatura requiere de ese orden, que es su trabajo. La lección del maestro se aprecia aun mejor a la distancia. Libro de arena recuerda a Antonio Dal Masetto, "El tano", que murió en la madrugada de este lunes 2 de noviembre a través de un artículo que generosamente comparte Hernán Carbonel, en donde cuenta anécdotas de los secretos de la escritura de sus novelas y de las dificultades del hacer literario.


Por Hernán Carbonel*


A todo aquello que porte un gran tamaño, cuesta admirarlo a pocos metros. Como bien dice el título de la novela, Demasiado cerca desaparece. Quizás por eso los grandes ejerzan el retiro y la distancia.
Antonio Dal Masetto parecía encuadrarse dentro de ese subconjunto. Parco pero generoso, severo pero amable, detrás de los silencios vivía un hombre sensible; como dice Andrés Calamaro, un varón tierno.
A principios de los ’90, cuando yo quería ser un escritor pero desconocía absolutamente todo lo que implicaba serlo –todavía sigo sin conocerlo-, lo crucé en un viejo bar (esos espacios que él tanto amaba por entonces, lugares donde la soledad se ejerce rodeada por comunes y extraños) de Salto, el pueblo en el que nací y al que él llegó a los 12 años desde su Italia natal para aprender, en la calle y la biblioteca -coincidencia mediante, la misma en la que hoy trabajo- la vida y el idioma.
Radiante en mi ignorancia, le pregunté qué se necesitaba para escribir una novela. Sin poder citarlo textualmente, puedo recuperar, más de veinte años después, una teoría: ir juntando ideas sueltas, papelitos, hasta que un día todo eso concurriera para crear un argumento; por el momento ese era su sistema, y no era el único.
Años después, en una de las tantas entrevistas que le hice, me contó que el sistema le había deparado sus buenos dolores de cabeza: “Todos esos papelitos iban a parar a un gran cajón que había en mi departamento. Con los meses el cajón se fue llenando. Un día volqué el contenido sobre una mesa y era una montaña. La miré descorazonado y me pregunté si valía la pena intentar ordenar ese material o lo mejor era tirar todo a la basura. Opté por lo primero. Me dije: Por lo pronto, sin duda alguna, una novela se puede dividir en tres partes: comienzo, parte central y parte final, empecemos por ahí. Fui sacando papel por papel y con cada uno resolví si esa anotación podía ir en la primera, segunda o tercera parte. Así que la montaña quedó divida en tres. Todo eso fue a parar a cajas de zapatos que guardé en un armario. Un día saqué lo que correspondía al supuesto comienzo y me hice el mismo razonamiento: Todo comienzo puede dividirse en tres partes: Comienzo de comienzo, mitad de comienzo, final de comienzo. Nueva subdivisión. Y así seguí. La cosa terminó con docenas y docenas de pequeños paquetitos marcados con números e inscripciones. Finalmente, un día me animé, lo fui abriendo uno por uno y traté de pasar a máquina lo que había ahí adentro y esbozar capítulos. Todavía no tenía computadora. Fue una tarea ardua. En fin, son múltiples y complejos los caminos para escribir una novela. Sin duda éste es uno de los menos recomendables. Sigo trabajando con anotaciones desordenadas, pero cuidándome de volver a caer en semejante trampa”.
Su personalidad se trasladaba a su escritura. Artista de lo poco, estilista puro, heredero de Pavese pero también de Hemingway -no en vano una de sus grandes amistades dentro de la literatura fue el Gordo Soriano- y de un simbolismo solapado, para nada estridente, alentaba una hipótesis: los personajes deben hablar de sí mismos a través de las acciones.
Quizás aquello deviniera en su sangre. Días después de enviarle a su madre el primero de los libros de la trilogía de la inmigración, donde ella era la protagonista, la llamó por teléfono y le preguntó si lo había leído y qué le había parecido. “Sí, sí, lo leí”, respondió ella. “Y qué te pareció”, repreguntó el Tano. Lo único que la anciana contestó fue: “está muy bien”. “Para mí fue más que suficiente”, confesó él. “Fue la mejor aprobación”.
Allá por 2010 me lancé, finalmente, a publicar mi primer libro. Como todo amante suicida de la escritura, lo solventé con mi propio bolsillo. Cuando otro grupo de suicidas apareció para reeditarlo, me la jugué: le pedí a Antonio por mail si no sería mucha molestia para él escribir un prólogo. La historia de mi investigación periodística estaba atravesada por Siempre es difícil volver a casa. Me llamó; me preguntó si tenía un cuaderno a mano, empezó a hablar con la morosidad que lo caracterizaba. A los quince minutos el texto había pasado por las llamas y ya se había enfriado. Poco le quedaba para ser definitivo. Hoy, esas "Palabras previas" son para mí un objeto inestimable.
Si fuéramos pretensiosos, y aunque a él quizás no le agradase, podríamos arriesgar que la obra de Dal Masetto se resume en tres grandes núcleos: la hipocresía del pueblo –pueblo chico, infierno grande, pinta tu aldea- que es espejo de la humanidad; la inmigración; el factor iniciático. Y siempre al rescate de la anécdota, costumbre tan propiamente pueblerina y de los bares del Bajo, a los que dejó tan pintados en las contratapas de Página 12. Y siempre lo indagatorio, el peso de las cuentas pendientes. Y antes incluso, como él mismo lo dijo, Siete de oro: “ahí ya estaba toda mi obra”.
Suele suceder con los maestros, con aquellos que, de tan grandes, al estar demasiado cerca, desaparecen: la sensación de que uno aprendió menos de lo que tenía a su alcance. Ahora, cuesta escribir sobre los muertos. Porque siguen flotando ahí, en la memoria. En lo onírico, en la lectura, en el hombre primal alrededor del fuego narrando lo que ha sido su día. Y más aún si el oficio y la búsqueda es la escritura. Idea derretida pero irrefutable: se sostienen en la obra y en las voces que supieron construir, cara a cara, aunque fuera de manera desordenada, como papelitos perdidos en una caja de zapatos.


*Hernán Carbonel nació en Salto, provincia de Buenos Aires, en 1973. Es conductor y productor de radio, bibliotecario de oficio, y colabora con La Gaceta Literaria y la revista Acción. Ha publicado artículos, entrevistas, reseñas y ficciones en diarios, revistas y medios digitales. Tiene tres libros publicados.

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