jueves, 19 de noviembre de 2015

Oscura y fuerte como la vida

Una escena apacible se presenta como el lugar propicio para el placer de la lectura, en donde los libros son habitantes y protagonistas de los libros y de la ficción que nos hacen vivir. Libro de arena publica, como parte de las ficciones sobre la lectura y la escritura, un fragmento de Oscuramente fuerte es la vida, de Antonio Dal Masseto.


Como otras cosas, también el gusto por la lectura me vino de Elsa. Descubrí rápidamente que una de sus pasiones eran los libros. No había mucho en casa, pero siempre andaba alguno rondando por ahí. Los domingos, si no salíamos y el tiempo era bueno, nos sentábamos bajo el nogal, sobre la hierba, y pasábamos la tarde charlando. Hablábamos de la excursión pasada, de la que vendría, de los parientes, de los conocidos. Era un coloquio trivial, se deslizaba como el agua de los ríos e, igual que el agua, sin objetivos aparentes, salvo aquel placer de sentir pasar las horas y estar en paz. Según la época, la brisa nos traía oleadas de perfumes: a pasto seco, a tierra revuelta, a hojas nuevas. Un día Elsa llevó un libro: Los Miserables. Lo colocó a su lado y después de un rato preguntó:
— ¿Querés que leamos un poco?
Aquello era una novedad para mí. Asentí y me dispuse a escuchar. Leyó varios capítulos en voz alta. También ahí, en la lectura, su voz fluía como un agua, pero ahora arrastraba historias insospechadas y vertiginosas, y yo partía hacia otros mundos. Cuando se detuvo para descansar quiso saber si me interesaba lo que había oído. Yo estaba entusiasmada y sólo deseaba que continuase. Se lo dije y Elsa me contestó:
— Tenemos tiempo, ésta es una historia muy larga, hay muchas historias, muchos libros.
A partir de ese día, aquellas horas de lectura bajo el nogal se reiteraron. Vinieron otros títulos: Nuestra Señora de París, Los Tres Mosqueteros, El conde de Montecristi, Crimen y castigo, Los novios, Guerra y paz. Elsa leía, yo escuchaba en silencio y seguía partiendo y viajando. Mantenía la mirada al frente, veía las cosas de siempre, el prado bajo el sol, los tejados de las casas aisladas, los pinos contra el cielo vacío, la cueva de un grillo junto a mi zapato, el desplazarse de las hormigas a través del sendero, un moscardón colgado de una flor, un mirlo deteniéndose brevemente en la vid, la rugosidad del tronco de un árbol caído, un campanario sobre una cuesta, la mole oscura del Monte Rosso y sus manchas negras dejadas por los incendios. En mi fantasía, seguramente en el germen de mi memoria futura, se iba fundiendo lo que oía y lo que veía. Aquellas historias, las aventuras lejanas y fantásticas, los dramas de los libros, se revestían con detalles y ropajes que me eran familiares.

Oscuramente fuerte es la vida
Antonio Dal Maseto
Buenos Aires, Planeta, 1990.


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