viernes, 29 de julio de 2016

Martín Blasco: "El cine, la música y la literatura son las tres cosas en las que vivo sumergido a diario."

La segunda parte  de la entrevista a Martín Blasco continúa la conversación acerca de la inmigración como tema y problemática en relación con la obra del autor. El escritor se refirió a las técnicas que emplea para trabajar, a las estrategias de escritura y el planeamiento de la producción paso a paso, así como también al trabajo en colaboración. Antes de despedirse leyó un fragmento de una novela inédita, Todas las tardes de sol. La charla tuvo lugar en el Café Vichenzo de Chacarita, el lunes 6 de junio y formó parte de los "Encuentros con autores de literatura infantil y juvenil" que coordina Mario Méndez.

MM: Bueno, contanos un poco del tema de la inmigración en el otro proyecto, ya que hablamos con Andrea Ferrari el otro día. Tu visión de ese proyecto.

MB: Una cosa antes de empezar con lo de la novela. Yo sé que cuando me invitás a charlas lo hacés más por cariño, porque los libros de Andrea y de Sebas son bien sobre el tema de la inmigración, pero el  mío hasta ahí. Pero lo que me gustó, lo que es genial cuando pasan estas charlas, fue que vos me dijiste y empecé a encontrar inmigración en mis libros por todos lados. En El misterio de la fuente el protagonista es un turco inmigrante, en Maxi Marote hay un chico de Laos y  otro de Uruguay, y en la novela en la que estamos trabajando con Andrea, es una chica de la colectividad china, que un día sube al subte y le roban el celular. Y a partir de ahí son dos historias en paralelo. La que carga con la inmigración en este caso es Andrea, porque ella escribe la parte de la china y yo escribo la del ladrón. Pero la verdad es que yo estoy muy contento con el resultado. No sé qué habrá dicho ella, calculo que algo parecido. Salió muy fluido. Ella es diez millones de veces más rápida y más responsable que yo.

MM: Lo dejó entrever…

MB: Qué raro… (Risas). Si fuera un juego de ping pong… ella mandaba su parte y yo estaba tres o cuatro días.

Asistente: Dijo que empezó otro libro…

MB: Se aburría. (Risas). Lo que a ella le lleva una semana, a mí me lleva un mes. Pero aun así, me tiene paciencia, y a mí me gusta mucho cómo está quedando el libro.

MM: ¿Está bastante avanzado?

MB: Ya estamos en los últimos dos capítulos. En mi parte, lo más lindo fue eso de escribir un ladrón evitando todas las posibles metidas de pata con lo políticamente correcto, y creo que el ladroncito es un personaje más que interesante. Más allá de que es un personaje adulto…

MM: Ah, yo pensé enseguida en un pibe.

MB: No. Es adulto y es un tipo de clase media.

MM: Ahí ya saliste del cliché.

MB: Sí, sale todo el tiempo del cliché. Tampoco es que se lo reivindica. Disfruté mucho construyendo ese personaje. El trabajo con Andrea es muy lindo, ella es muy profesional.

MM: ¿Esto de escribir con otro es un lugar de aprendizaje?

MB: También. Es algo totalmente distinto. Primero, porque Andrea es muy diferente a mí escribiendo, y de una forma que uno no creería. Ella es muy organizada pero puede ir avanzando sobre la marcha. Yo necesito una escaleta. Ella avanza capítulo a capítulo.

MM: ¿Armás escaletas?

MB: Sí, las armo y las destruyo.

MM: Claro, son herramientas.

MB: Sí. Antes de escribir nada, pienso adónde voy. Después de que escribo el primer capítulo veo adónde va y esa escaleta va modificándose. Pero muchas veces suelo hacer primero cada capítulo resumido en una oración (bien de cine).



Asistente: Andrea comentaba el placer que le provocaba encontrarse con algo inesperado. Dijo que ella esperaba con cierto grado de inquietud y que eso la conmovía.

MM: Sí, incluso hablaba de la lógica del cadáver exquisito.

MB: Pasa mucho eso, no tenemos idea de lo que el otro va a hacer, de para dónde va a empujar la historia, y los personajes van creciendo en su día a día (el mío, robando), los capítulos terminan siendo uno espejo del otro. Si ella pone un capitulo en el que la chica china está con su madre, lo que a mí se me viene a la cabeza es que él este con su madre. Y entonces da la sensación de ser una novela muy planeada, de dos historias que van avanzando en espejo, y en realidad fue naturalmente acción/ reacción. Uno manda algo que despierta algo en el otro.

MM: ¿Y en este caso cómo fue la escaleta que te armaste?

MB: No, en este caso no me armé escaleta. Con Andrea fue todo muy rápido. Nos juntamos una vez y ya sabíamos de qué íbamos a escribir. Y empezamos directamente. No con una escaleta, sino con una sinopsis. Sabiendo muy pocas cosas, y muy por arriba. Y la escritura fue un capitulo, y otro. Cada uno.

MM: ¿Y cómo hacen con las correcciones? ¿Se corrigen mutuamente o van a esperar el final?

MB: Vamos a esperar el final, pero creo que está muy parejo, porque optamos por escribir en presente y en tercera persona. Esa fue una decisión inteligente para emparejar el texto, porque no tenés muchas opciones. Por supuesto que hay estilos distintos y creo que te vas a dar cuenta. Andrea escribe de una forma y yo de otra… Pero al usar el Presente y la tercera persona… estás muy ahí.

MM: Pero es un esfuerzo… por ejemplo, la elección de los adjetivos. ¿Te dan ganas de “tocarlos”? ¿De decirle que te parece que hay alguno que no funciona o que vos cambiarías?

MB: ¿Sabés que no? Cuando le mando algo ella me dice: “Buenísimo”. Y a mí me pasa igual. Hay que ver cuando la terminemos. Pero en ese caso, me parece que lo mejor va a ser dársela a un editor. En ese sentido, no me jode para nada que me corrijan. No tengo ningún problema. No me molesta, no me ofende, está todo bien.

MM: En todos los ciclos hablamos de esto, pero en el caso de este, el más cercano, cuando hablábamos con Sandra Siemens, por ejemplo, decía que ella trabaja muy en conjunto con los editores. Que espera ese ida y vuelta. No te digo que manda borradores, pero sí primeras versiones para después trabajar. Andrea, todo lo contrario. Manda la novela prácticamente cerrada. ¿Vos?

MB: En general la mando terminada,  porque si no, no me la leen.  Alguna vez puedo haber mandado un fragmento, pero en general mando la novela terminada. Lo que sí puede pasar, por ejemplo con la que va a salir el año que viene, es que la primera versión era mucho más floja que la que va al final. María Fernanda Maquieira y Lucia Aguirre la leyeron, me dijeron que le gustaba, me hicieron una buena devolución y yo trabajé con eso. Me parece que el libro crece siempre con la edición.

Asistente: Con La oscuridad… decías que lo mandaste tres veces.

MB: Hubo muchos lectores. Laura Leibiker tuvo mucho que ver porque lo leyó cuando estaba en SM, y la rechazó, pero me dio muy buenos argumentos y me hizo una lista de lo que no le gustaba. Con esa lista yo empecé a cortar. Y después la leyó Sergio Aguirre, que es muy bueno  para decirte: “¿Y esto? ¿Y esto otro? ¿Y este personaje que hace?”. Y le hice caso. Me di cuenta por ejemplo de que la historia se sostenía sin un personaje. Y saqué todo lo que había sobre ese personaje. Toda mención. Era el personaje de una chica. En el sentido romántico del término, además. Apenas empezaba la investigación, Alejandro, el protagonista, se enganchaba con la hermana de uno de los chicos, la hermana de Verde, que lo ayudaba a investigar. Entonces, todo lo que pasaba no le pasaba a él solo. Les pasaba a los dos juntos. Era algo demasiado tradicional, muy la cosa de buscarle romance…

Asistente: ¿Muy Sherlock?

MB: Más que Sherlock, era esa cosa de no ser tan duros con el protagonista. Y no. Mejor ser durísimos. Porque en todo el palazo del final, la chica quedaba descolgada. Es un  palazo que va para él solo. Era mejor, mucho más crudo y mucho más duro no darle ni una alegría al pobrecito. Y además permitía mucho más esta cosa de enamoramiento que tiene con Amira, así que funcionó mucho mejor después de sacar ese personaje. 

MM: ¿Ese fue Sergio?


MB: Sí, y tuvo razón. También, como leí mucho de 1910, hubo cosas de la época que había puesto al principio, por el gusto de la investigación y hacían la novela aburridísima. Saqué muchas descripciones. Dejé el Zoológico, dejé el Parque Lezama… Pero había un montón de lugares más, parecían una guía turística de 1910 y los saqué.

MM: ¿Uno de ustedes dos, Sebastián o Martín, estaba con un proyecto sobre el Jardín Botánico Thays?

MB: No, yo metí una escena cuando Alejandro y Amira van al  Botánico  y el Zoológico. Pero hasta ahí llega.

MM: Entonces alguien me contó algo y estoy spoileando. Belén, queremos escucharte. Después hacemos las preguntas finales.

Narración de Belén Torras: Para contar esta historia creo que es necesario recurrir a una imagen. Una mujer de una edad avanzada para la profesión que realiza, sonríe sensualmente desde su corset blanco. El corset blanco dibuja el cuerpo. Es su disfraz. Le queda chico. Pero dibuja una cintura fina, un busto exuberante, una cadera proporcionada. Pero ni el busto ni la cintura ni las caderas, son reales. ¿Cómo explicar que lo real es aquello que excede el corset, esos rollos que salen por encima del busto y por debajo del corset? La ficción, la imaginación, intentan asir, encorsetar la realidad. En este caso el corset es la ficción, y el cuerpo es la realidad que es más grande, que se niega a ser encorsetada. Dicho esto, de esta historia solo puedo dar cuenta de ciertos hechos. En 1885, un escueto informe policial da cuenta de un robo… cinco robos, en realidad. El informe se cierra por falta de pruebas. Lo cierto es que en un radio de pocos kilómetros, se suceden cinco raptos, cinco robos. Las personas denunciantes pertenecen a cinco familias distintas que no se conocen entre sí pero comparten las mismas características: inmigrantes, de una clase social baja. Que viven en casas chorizo o casas de alquiler. Una de españoles, una de italianos, una de franceses, una de rusos y una de árabes. Todas denuncian lo mismo: han sido robados sus hijos. Niños de apenas un año. Se sospecha: robo de niños. También en 1885 comienza en Buenos Aires a escribirse un diario. Voy a reservar el nombre, el autor, y sí leer algunos someros pasajes. “Febrero de 1885. La casa no está mal. Algo lejos del centro, una zona poco habitada. No me atrevo a decir que es ideal, pero casi. Debo dar el ejemplo y trabajo a la par de mi personal. Son pocos para una tarea tan enorme. Dejan bastante que desear. Son cuatro, pero todos fieles a mí. Entre ellos se encuentra Marie, que posee conocimientos de medicina, lo cual será muy útil a mi experimento”. “Abril de 1855. Ha sido un éxito mi plan. Mientras escribo esto cinco bebés gatean en la alfombra. Mientras los miro pienso: estos chicos ya están muertos. No es que lo desee. Será mi material de trabajo pero debo pensar en ellos de esa forma para no pensarlos como personas. Serán fruto de la pasión del conocimiento. ¿Qué es lo que pretendo con esto? Lo único sensato que puede pretender alguien: cambiar el mundo. Julio de 1885. Cada niño está instalado donde corresponde. Vivirán en absoluto aislamiento. Llamaré a cada uno por un color. Azul, Verde, Blanco, Negro, Marrón… La niña árabe será azul. Le enseñaré a leer y escribir pero no conocerá el mundo como lo conocemos nosotros. Estará metida en un viaje espiritual, hacia el desarrollo de sus capacidades psíquicas. Por ello le suministraremos diariamente variadas drogas. Espero que su cuerpo lo resista. El italiano, Verde, en cambio, recibirá la educación más brillante que nadie jamás haya pensado. Será una mente prodigiosa. El francés, Negro, será la violencia. Conocerá la violencia en cada segundo de su vida. Nunca le enseñaré a leer ni a escribir. Será criado a golpes. El ruso, Marrón. Él ya está instalado en la gran perrera que mandé a construir en el fondo. Cinco perros adiestrados, incapaces de producirle algún daño se ocuparán de su crianza. No le será provisto un espejo, ropa… Nunca nadie le hablará. Dejaré su crianza enteramente a la voluntad de los perros. Será tratado como uno más de la jauría. El español, el Blanco, quizás afortunado, será educado en la educación convencional. Criado fuera de la casa. En un departamento con una nodriza, hasta que tenga la edad suficiente para ir al colegio. Hecho.”. Buenos Aires, 1910.  La efervescente Buenos Aires de festejo del primer Centenario. Un hombre intenta abrirse paso en las concurridas veredas del Buenos Aires. Cuando su figura desgarbada no puede pasar entre la gente, con un método, a codazo limpio, método estético, con un codazo apenas tomado se abre paso entre la gente, murmurando a su paso un Perdónpermisoporfavorgracias. Intenta no llegar tarde, otra vez, a su destino. Mientras camina, observa que la geografía de la ciudad cambia constantemente. Un monumento, una fuente, una plaza… Llegando a la Avenida de Mayo se detiene. Respira. Allí el gentío se disipa. Frente a  él, la imponente imagen de Palas Atenea que corona el edificio del diario La Prensa, donde él es corresponsal efectivo desde hace un tiempo. Lo ha logrado a costa de ser corresponsal durante un tiempo. Sube al primer piso, al Departamento Redacción. Ve a su jefe cruzado de brazos, e intenta una excusa: “Me quedé dormido, siento que estoy llegando, tarde pero durante el recorrido encontré la posibilidad de hacer una nota muy interesante: ¿Por qué todos los gobiernos extranjeros se ocupan de enviarnos, torres, fuentes? Creo que podría ser una excelente nota”. El jefe lo mira y le dice: “No digas idioteces. Hoy tengo algo distinto para vos. Hay un hombre que  te espera hace una hora. No sé qué busca, pero pidió específicamente hablar con vos. Está allá”. Efectivamente, a pocos metros una imagen de un hombre petiso, rechoncho, con un bigote finito. Intenta no ajar del todo el ala de su sombrero. Se ve visiblemente nervioso. El hombre se acerca y me dice: “Alejandro, un gusto”, mientras me extiende la mano. El hombre: “Quisiera hablar con usted si es posible en privado”. Él intenta explicarle que ahí no hay problema. “Es un tema muy importante. ¿Podríamos hablar en privado?” Lo conduce hasta un lugar y allí se sientan. El hombre no deja de ajar el ala del sombrero y le dice: “El tema que me ocupa es mi hija. Voy a pagarle muy bien. Mi hija. Mi hija desapareció. “Con sobrada indiferencia le dice: “Ah, eso no es raro.” “Pero mi hija luego apareció”. “Ah, eso es muy bueno”. “Mi hija, en 1885, un cinco de abril, fue raptada de mi casa, y apenas tenía un año. Hace unos días, mi hija volvió. Veinticinco años después”. El gesto de la cara de Alejandro cambia. Mira al hombre y le pregunta: “¿Pero dónde ha estado todo ese tiempo?”. El hombre estira el ala del sombrero y le dice: “Eso, estimado señor, es el negocio que le vengo a proponer”.  (Aplausos).

MM: Muy bueno, muchas gracias, Belén.

Sebastián Vargas: Es sobrecogedor el planteo. Científico y a la vez totalmente demente.



Asistente: La novela me sorprendió, pero no terminaba de entender cuál era el plan de este hombre. No lo entendía. No quiero arruinarles nada a los que no leyeron la novela… Si vos a un  nene lo tenés dos años ladrado como un perro y gateando. Cinco años, igual. Diez años, igual. ¿Cómo querías llevar el experimento a un final?

MB: Yo no creo que la idea es que ese chico en el futuro va a ser tal cosa. No le importa si se muere, incluso. Lo que importa es el resultado que él va a tener sobre cómo es la conciencia humana. Ahora sabemos más cosas que en esa época, pero incluso cada uno de nosotros, no sabemos hasta qué punto somos como somos como producto de la genética, o de los padres, o del ambiente…

Asistente: Eso lo entiendo pero me planteo qué más estaba buscando, si ya a cierta edad estaba esperando que se volvieran adultos…

SV: Supongo que los extremos a los que podía llegar cada uno. Como las posibilidades de lo humano. Durante toda esa primera mitad del siglo XX eso estaba muy presente en el ambiente científico. Lo humano, el superhombre…

MB: Los casos de Azul y de Verde, son los que más aspiran a lo del superhombre. A Verde se cansa  de enseñarle cosas, pero a la vez, no conoce la realidad. Sabe lo que es un árbol en teoría, pero no lo vio. En el caso de Marrón, es forzar el límite para ver si en algún momento le dice: “No che, yo no soy un perro”. O si el tipo va a pasar toda su vida, hasta el último minuto convencido de que es un perro. Porque eso demostraría, o no, hasta qué punto somos diferentes de un perro. Nos estamos poniendo en la cabeza de él. A ver… yo no secuestro niños… (Risas). Yo no escribo sabiendo lo que desea cada personaje. A mí me parece que un experimento científico siempre quiere probar una hipótesis. Acá son cinco hipótesis distintas. Y me parece que en el caso del perro la hipótesis es ver si en algún momento va a dejar de ser perro. Si fuera por él, era capaz de tenerlo encerrado hasta el fin de sus días para ver si alguna vez Marrón se daba cuenta de su humanidad o no. Pero una cosa de las que vos me decís, me viene bien. No sé si se notó del todo o no, pero la idea es que el mismo Andrew, a medida que va avanzando el Diario, empieza a perder interés en el proyecto, empieza a sentirse relacionado y tiene una especie de amor con Verde y con Amira. De hecho una cosa que hablamos y que me di cuenta de que no iba, fue que él tenía relaciones con Azul. Y eso no solo era demasiado para Juvenil, sino que era demasiado para todo. En la primera versión, ella quedaba embarazada del científico, el chico moría, y el científico estaba tan mal que organizaba un entierro y los dejaba salir a todos por primera vez. Y en ese entierro, Verde entendía todo lo que estaba pasando y empezaba el plan de escape. Así era la primera versión. Laura me marcó que era demasiado fuerte, no solo para juvenil, sino dentro de la historia. Lo ponía a Andrew en un lugar del que ya no había retorno. Lo hacía un personaje más horrible de lo que ya es. Nadie se identifica con Andrew, nadie lo quiere, pero el personaje tiene cierta inocencia.

MM:  Pierde el ascetismo científico de la otra manera.

MB: Exacto. Por eso lo saqué. Y esa fue otra de las grandes complicaciones, porque yo había estructurado toda la novela alrededor de ese momento. Yo quería que él se fuera enamorando de Amira, y al final eso lo dejé en un plano más intelectual. Él empieza poniéndoles colores, trata de tenerlos como si fueran cosas, pero a medida que avanza se desilusiona de él mismo y de todo. Y creo que empieza a comprender un poquitito que está loco. Creo que hacia el final va entendiendo que lo que hizo es un desastre, que los de su equipo son una manga de psicópatas peligrosos, que él solo les arruinó la vida a esos chicos, y que el único que vale la pena es Verde, que es justamente el que lo va a superar. Ahí, lo terrible de la idea, y por eso quería que fuera lo más ambigua posible, y es que Verde en cierta manera considera que el experimento funcionó. Y se lo da a entender a Blanco. Verde cree que son los hijos de Andrew. Que Andrew hizo un experimento con ellos y que en cierta manera, son especiales. No son gente común. Es un poco lo que pasa en el final.

MM: Se me ocurre ahora… ¿Andrew busca una especie de entidad superadora del ser humano?

MB: Creo que sí. Creo que no tenía mucha idea de qué iba a pasar cuando llegara a los veinte o los treinta. Que esperaba que antes ocurriera una especie de milagro. Para mí, Andrew es más un místico que un científico. Tiene más que ver con Niestzche y con la cosa del Superhombre. Él está esperando que uno de estos chicos, Amira quizás, aparezca un día levitando. Creo que él esperaba algo trascendente.

MM: Como en Sturgeon…

MB: Como en Más que humano. Creo que él esperaba algo así. Si vos leés El Superhombre, de Nietzsche, hay una idea, que creo que es una de las cosas que no pasó, y que está muy presente en la ciencia ficción. Durante la primera mitad del siglo XX está esta idea de que algo cambió, de que no somos igual que antes. Volamos. Vamos al espacio. El Hombre en cualquier momento pega un salto. Hay como una necesidad de que de pronto alcancemos una nueva conciencia. El fin de la infancia… Creo que Andrew buscaba una cosa así.

BT: Incluso, del que más se desilusiona es de Blanco, porque es el más normal. Lo desprecia absolutamente. La primera vez que pone el conejo en la celda de Negro y ve lo que Negro hace con eso, se admira.


Asistente: ¿Por qué tardaron diez años en juntarse otra vez?

MB: Creo que en esos diez años Verde armó todo el plan. No sabemos qué pasó. Pero me parece que fue el tiempo que le llevó ubicar a los padres de cada chico. Pensemos que no sabía nada. Pensemos que salió, que tuvo que averiguar de quién era hijo cada uno, cómo podía conectarse con esa familia, qué tipo de  profesión podía tener él en el mundo. Descubrió lo de la hipnosis, descubrió lo de hacerse pasar por español, para no tener que identificarse. Por eso puse diez años en el medio, que es un bache grande entre que termina el Diario en el momento en el que te das cuenta de que se escaparon, y la edad que tienen cuando aparecieron. Se van a los quince y vuelven a los veinticinco. Verde estuvo diez años planeando en detalle lo que va a ser la novela.



MM: Bueno, nos gustaría que nos despidiéramos con una lectura.

MB: Vos me habías pedido que trajera algo para leer y pensé en algo inédito. Lo inédito que tengo son, o fracasos, que no voy a leer, o esto, que es un pedacito de una novela que va a salir el año que viene que se llama Todas las tardes de sol, que es una especie de continuación de En la línea recta, y no.

MM: ¿Va a salir en otra editorial?

MB: Sí, no quiero que se lea como una continuación. Es el mismo protagonista, pero es como otra historia. Volviendo al cine, no sé si alguien vio la serie de Antoine Doinel, de Truffaut, que a mí me gusta mucho. La primera película que protagonizó este personaje se llamaba Los cuatrocientos golpes. Y después, a lo largo de su vida, Truffaut filmaba otra película de Antoine Doinel. Pero no tenían nada que ver una con otra. Una es un tipo divorciándose, en la primera tiene diez años, en la segunda dieciocho, en la tercera veinticinco, en la otra, treinta. Son distintos momentos en la vida de ese personaje. Se pueden ver como películas completamente separadas una de otra. La idea de esta novela es un poco esa. No es una novela que es continuación de otra. Pero el protagonista es Damián, el mismo de En la línea recta. Y sus gustos y sus maneras de pensar, son los mismos. La otra vez, cuando me invitaste, leí una parte que es el final de esta novela. Y esto que voy a leer está en el medio. Ahí voy:

Nadie recuerda la primera vez que escuchó música. Es un misterio. Está ahí desde antes que nosotros. Simplemente, un día nos enteramos de que eso que suena se llama música. Pertenece a ese grupo selecto de cosas y de emociones de las que no podemos establecer un comienzo, una primera vez, porque ya estaban en este mundo esperándonos o porque forman parte de lo más íntimo de nosotros mismos. Un grupo que podría incluir el dolor, la risa, dormir, comer, el amor, el odio y tantas otras cosas. ¿Alguien recuerda la primera vez que comió? ¿La primera vez que algo le causó gracia? ¿La primera vez que se sintió triste? Luego, nos vamos apropiando de la música. Hay cosas que nos gustan y otras que no. O que nos resultan indiferentes. Algunas canciones nos ponen tristes, otras nos hacen dar ganas de salir a conquistar el mundo o nos hacen pensar en la casa de nuestros abuelos. Cosas así. Y cuando finalmente podemos elegir, aún muy pequeños, cuando pedimos una canción infantil gritando: “¡Poné esta!”, me refiero a la primera elección musical consciente que hacemos, en realidad ya es tarde. La música ya lleva mucho tiempo dentro nuestro. Ya la escuchábamos desde la panza materna. En la radio del hospital donde nacimos, en la televisión de fondo. En la casa de la tía, de la abuela, en el jardín, en las canciones de cuna para dormir. Ella nos transformó. De alguna manera eligió por nosotros. En mi casa se escuchaba bastante música. Mi mamá ponía ópera, tangos y boleros. Mi papá, en cambio, era más rockero. Recuerdo que cuando yo tenía cuatro o cinco años me dijo: “Traje un disco especial para vos. Vas a ver que te va a gustar”. Y puso un disco, un disco especial, un disco que él había comprado para mí. Un disco que me iba a gustar. No sé si fue eso exactamente lo que dijo. Quizás dijo otra cosa. Quizás no dijo nada y solo puso el disco. Quizás me inventé todo el recuerdo yo. La memoria siempre trabaja en equipo con la imaginación. Pero el disco que puso ese día, era Submarino Amarillo, de Los Beatles. Tenía razón, me fascinó. Y en esto no me engaña la memoria. Lo seguí escuchando muchos años después, junto con todos los demás de Los Beatles. Pero si vuelvo ahora a mis cinco años, a mi padre diciendo “esto te va a gustar”, y a Los Beatles sonando, el recuerdo se completa con una alfombra, la del comedor de mi casa, mis juguetes tirados encima, y yo jugando con las canciones de fondo. Esa escena debe haber ocurrido miles de veces. Mi papá ponía el disco, yo me tiraba a inventar historias con mis juguetes. Creo que en ese momento se produjo en mi cabeza una asociación que aún permanece. Escuchar música, inventar historias. Mientras escribo estas líneas sobre Julia y Ana, suena música. No importa cuál. Lo que importa es que hay una relación entre lo que escucho y lo que escribo. Música compuesta por otros, va despertando en mí diferentes sensaciones, ideas, caminos posibles. Y ahora se convierten en estas palabras, pero ahí, cuando estaba en la alfombra y escuchaba a Los Beatles, y la sombra de mi padre se extendía protectora, mis juguetes brillaban con la luz que venía del patio. Y yo vivía aventuras mágicas, peleaba con monstruos, hacía amigos, reía, lo hacía siguiendo una fuerza que no me pertenecía. Como si las historias me llegaran de otra parte. Como si las historias las inventara la música”.

(Aplausos).

MB: Esta novela es sobre un chico que quiere ser músico.

MM: Muchas gracias, Martín.

MB: Muchas gracias a ustedes.

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