Una biblioteca necesaria

El CeSAc Nº 44 es una institución pública que si bien depende del área programática del Hospital Piñero  instrumenta programas de atención y prevención de salud en conjunto con la comunidad. En una entrevista, Cristina Ponce, trabajadora social y profesional del centro, nos cuenta su interés por fomentar la lectura y su deseo de armar una biblioteca.


Por María Laura Migliarino

El objetivo principal de una biblioteca es encontrar lectores. Cuando los recursos existen y el personal abunda el encuentro es casi inmediato, el material está ahí, listo para ser llevado, leído, comentado. En algunas ocasiones el encuentro con los libros y la lectura es más dificultoso. Entonces la presencia de la biblioteca se hace necesaria, indispensable para el buen desarrollo de las personas a las que va dirigida.
Para algunas poblaciones, como la que asiste al CeSac 44, ubicado en el barrio de Villa Lugano, la lectura y el encuentro con los libros no es una práctica habitual. Ese es un privilegio que detentan otros. Porque allí, en los alrededores del barrio, la búsqueda de empleo y el estudio de sol a sol para un trabajo mejor opacan la posibilidad de pensar en la literatura como opción válida vinculada con el disfrute y el descanso.
Cristina Ponce, trabajadora social del Centro de Salud y Acción Comunitaria Nº 44 que depende del área programática del Hospital Piñero, fue la primera en detectar esta problemática y la principal impulsora del espacio de cuenta cuentos que se desarrolla allí los días martes por la mañana. “Un centro de estas características se ocupa de la salud de la población e intenta llevar adelante acciones preventivas y promocionales de la salud. En este sentido, pensar un espacio de cuenta cuentos, de promoción de la lectura en un CeSAC, tiene que ver con esto: con la promoción de la salud.”
Cuando pensamos la salud como algo mucho más integral, relacionado con las condiciones de vida, con la forma de vincularnos, con los vínculos saludables, con lo que nos sostiene a diario dispuestos a enfrentar cualquier desafío, cuando pensamos en la salud como parte de sentirnos integrados, acompañados y plenos, podemos ver que desde el ámbito de lo profesional hay mucho más por hacer que atender una contingencia.
En la sala de espera, nos cuenta Cristina, donde los pacientes “esperan” ser atendidos, nos planteamos armar momentos de encuentro, generar espacios propicios en donde uno se mire y pueda conversar con el otro más allá de lo cotidiano o de lo que la sala, en tanto dispositivo, permite. Cuando uno se acerca con la lectura de un cuento genera un clima muy particular, un ambiente más relajado donde prepondera la escucha respetuosa y, en ocasiones, el intercambio de experiencias de vida. Como aquella vez en donde un paciente, en medio de la sala, contó la historia de la planta de coca. Un relato que seguramente había escuchado desde su niñez y que no hubiese sido compartido de no mediar nosotros con nuestros libros. "Como profesional, siempre me planteo el tema del acceso a los bienes culturales como una cuestión de derecho. Todos tenemos derecho a la salud, a la educación, al alimento,  pero en algunos estratos el derecho  a la cultura, compartir un libro, compartir un momento de encuentro, no está tan claro."
Bajo estos cuestionamientos en agosto del año 2012 organizó un espacio de cuenta cuentos partiendo de la idea de que los libros y su lectura hacen a la subjetividad de un individuo. Como diría Michèle Petit, las bibliotecas con sus libros son espacios que abren mundos desconocidos y permiten acceder a cosas que alguna vez imaginamos, a experiencias que no vivimos pero que suman a enriquecer nuestro mundo interior.
El 2012 fue un año de experimentación, con el empuje de una persona que convocaba a profesionales y compañeros a sumarse a esta nueva iniciativa. A partir del 2013 empezaron a unirse estudiantes del profesorado de nivel inicial que pertenece a la Escuela Normal Bernardino Rivadavia. Enmarcados dentro del programa “Aprender trabajando”, una pasantía con convenio anual, su participación permitió comenzar a pensar en actividades más estructuradas. En los inicios Cristina contaba cuentos en los momentos en que su intervención clínica se lo permitía pero a partir del arribo de los estudiantes y de un breve diagnóstico de la sala de espera, llegaron a la conclusión de que los martes por la mañana era el momento más propicio para llevar a cabo una actividad. Allí, durante una hora y media, los asistentes disfrutan de un espacio donde se cuentan cuentos, se realizan actividades vinculadas con esos cuentos y donde se dispone de una caja con libros para leer libremente. Cristina nos relata lo maravilloso que es para ella mostrar un libro a sala de espera plena donde a veces la convocatoria es espontánea, donde los chicos van llegando, se acomodan y protestan cuando el pediatra los llama porque saben que se perderán el final de la historia,cuando les piden a sus cuidadores volver al espacio, y a veces luego de la atención de salud se quedan a la actividad (lúdica o plástica).
Tener un horario fijo les permite continuidad y poder evaluar cuánto se involucra la gente con el espacio: porque los chicos no se quieren ir, los cuidadores preguntan, se escucha una y otra vez “me pierdo el final, después me lo cuentan.” Junto con las practicantes las actividades se planifican, se evalúan, se sacan conclusiones que permiten pensar futuras actividades. Y el eje siempre está puesto en conservar el vínculo familiar-niño-libro.
Los encuentros están siempre pensados para chicos y, en raras ocasiones, para adultos. Como cuando se convocó a la ginecóloga a trabajar cuestiones de género y armar un mural, que con el paso del tiempo, fue intervenido plásticamente por las cuidadoras y sus niños. Lo interesante de estas actividades especiales es que los cuentos que se cuentan siempre pueden ser disfrutados por grandes y chicos.
Cristina destaca especialmente el impacto que tiene la promoción de la lectura en términos de promover lazos sociales. El trabajo con el cuento en la sala de espera y en momentos concretos, como las intervenciones familiares o la juegoteca, tienen una importancia vital teniendo en cuenta que los vínculos entre estos vecinos son frágiles, donde muchas veces cada sujeto siente amenazada su seguridad y la de su familia por la presencia de otro que no vive a más de 20 metros. La discriminación está presente en la historia de los barrios circundantes al CeSAC, por eso se hace indispensable acrecentar el acervo y trabajar con el material que permite, en el vínculo, reconocernos como vecinos y no como amenazas.“Lo que se produce en sala de espera, lo mágico, son los momentos de encuentro que se dan, que nos acercan como seres humanos... Este lugar que es de paso y de espera se transforma en algo activo, y nunca sabremos cuánto en lo personal se lleva cada uno, cuándo de un cuento, una historia nos resonará, nos vibrará, nos servirá en nuestras vidas, ni en qué momento lo recordaremos.”
En la actualidad el espacio dispone de libros de literatura, de cartoné y de tela para los más chiquitos. Y por ahora no hacen préstamo porque no hay cantidad suficiente. El anhelo, en un futuro no muy lejano, es tener una mini biblioteca con mobiliario y libros acordes a las distintas edades para poder prestar a domicilio.
Los libros facilitan que la palabra circule y en nuestra cultura, situada bajo la lectura y la escritura, la palabra es la gran estructuradora del pensamiento. Poner en palabras lo que uno lee, siente y desea es la premisa de este CeSAC y fundamentalmente de Cristina, que sabe que con el tiempo esa “biblioteca necesaria “que tanto desea  se convertirá en realidad.

CeSAC Nº 44
Villa Lugano

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