viernes, 15 de julio de 2016

Sebastián Vargas y Eugenia Nobati: "Siempre pensamos que somos maravillosos con los que vienen de afuera"

La relación con el lector es todo. Es todo lo que hace a un libro y sus lecturas, a las múltiples capas de lectura que un mismo texto puede contener, al impacto, a la interpretación que pueden darle los distintos públicos a los que llegará. La segunda parte de la charla doble de Mario Méndez con Sebastián Vargas, escritor y Eugenia Nobati, ilustradora, de Son tumikes, la novela cuya presentación se llevó a cabo como parte de los encuentros de "Literatura de inmigración". Libro de arena publica la conversación con ambos autores, que tuvo lugar el lunes 30 de mayo, en La Nube.




MM: Sí. Eso está bueno como desafío. Me contabas que esto fue un poco un experimento y andás en otros. ¿Cómo es eso?

SV: A mí me salen muy fácil las ideas para escribir. No es que tengo períodos en blanco en los que no se me ocurre nada. Lo que tengo más fácil son ideas. Tengo montones. Lo que a veces me falta es tiempo para sentarme y escribirlas. Y muchas veces, me da ganas de escribir cosas que me presentan un desafío fuerte, aunque no tenga la menor idea de si voy a poder escribir algo así y si va a ser potable. En este caso, me pregunté si yo sería capaz de escribir un libro que tratara sobre la inmigración. Ese fue el desafío inicial a partir del que empecé a hacer un experimento. Y el tema de la inmigración me llevó a buscar un clima que no fuera alegre. Porque para mí, en nuestro mundo, no es un tema alegre para nada, es un tema muy conflictivo y que está a flor de piel en nuestra sociedad y en todas partes. Claramente, no podía ser un libro alegre, para mí. A partir del experimento empecé a imaginar eso que, en este caso, quedó. Hay otras ocasiones en las que empiezo algo que dejo por la mitad… Y a veces escribo todo y no sé qué hacer con eso que tengo: no cierra en ningún lado, o lo llevo y me dicen que no, y saben lo que están diciendo.

MM: Sé que en uno de los cuentos de Diez en un barco escribiste un cuento de ciencia ficción. ¿Es lo único del género que habías escrito antes de Son tumikes?

SV: Sí.

MM: O sea que también había parte de experimentación en hacer una novela.

SV: Sí, y también aquel era un cuento en el que se contaba un encuentro con un extraterrestre, el de ese libro.

MM: Lindo cuento de un lindo libro. ¿Y vos experimentás?

EN: Cada tanto me aburro y arranco con alguna cosa. Uno tiene siempre un estilo general que va siguiendo. Pero cada vez que se puede trato de probar con algo…

MM: Y este te lo permitió…

EN: Este no se parece mucho a lo que yo tengo hecho, es bastante diferente. Últimamente me metí con cosas para chicos más grandes, Drácula… Poe… Cosas que no tienen que ver con lo que venía haciendo. Y ahora estoy por meterme en un nuevo experimento. Vas a probar qué sale. Porque si no, lo que pasa es que uno se aburre de sí mismo. A diferencia de lo que les pasa a los escritores, nosotros tenemos una cosa de “tablero continuo”. Son muchos trabajos por encargo y consecutivos. Y lo que suele ocurrir si trabajás de esa manera, es que “te lleva el caminito”. Y cada tanto hay que tratar de borrar y arrancar para otro lado. A ver qué sale…

SV: Como para no automatizar la onda, digamos.

EN: Claro. Termina siendo todo muy parecido. Y más allá de que nos guste o no, uno termina por aburrirse.

MM: Me imagino que salir de lo seguro produce una cierta angustia…

EN: Y si, a veces te lo rebotan también. Porque te llamaron por eso que hacés siempre. ¿Qué vamos a hacer? (Risas). A veces se puede y a veces no, pero uno lo intenta.



MM: Otra de las cosas tristes de la novela es el final. Vamos a spoilear. Total, si no la leyeron la van a leer igual. Acá tomaste una decisión muy fuerte. Y pasás de hablar de la inmigración y del rechazo que a veces ocurre, más o menos light, a la expulsión o incluso al genocidio. No sabemos… ¿Cuál de las dos cosas es?

SV: Parece más probable que sea un genocidio a que sea una deportación.

EN: Y la esperanza casi ingenua que tiene la narradora.

SV: Sí, que elija creer en la deportación, pero cree que lo más lógico sería el genocidio.

Asistente: Lo terrible para mí es la sumisión con la que ellos aceptan el destino. No se rebelan…

SV: Se rebelan un poquito, pero no hubieran tenido mucha chance…

Asistente: Igual están en la Comisión…

SV: Sí, ellos protestan, hacen lo que pueden, pero no les va a alcanzar. Los tumikes no tienen muchas chances. Y algunos humanos protestan, pero los meten presos.

MM: Además se borran los registros…

SV: Se borran todos los registros, sí. Es o que suelen hacer los genocidas.

MM: Se niega el genocidio.

SV: Por supuesto. Igual, no quería que estuviera representado un genocidio en particular. De hecho, en la primera versión había un capítulo al que yo le había puesto como título “Solución final”. Y una de las cosas que arreglamos con las editoras, sobre todo con Cecilia, fue que eso terminaba funcionando como una clave a partir de la cual todo el libro se podía interpretar como una analogía del nazismo. Y yo no quería que se interpretara así, como analogía de algo, sino que hablara de una situación en general, no de algo en particular. Hubiera sido un error mío como autor, y si se les hubiera escapado, de la edición.

Asistente: Le hubiera quitado profundidad, porque cuando se usa la comparación en la cotidianeidad, se desbarata la profundidad de análisis. Si ponés eso en juego, se acabó la discusión.

SV: Por suerte lo vieron las editoras y lo cambiamos.

EN: Te permite situarlo y trasladarlo a cualquier situación posible.

SV: Sí, no habla de ningún genocidio ni de cualquier situación histórica en particular.

Asistente: Sacás del juego lo que ya se sabe.

SV: Exactamente.



Asistente: Ponerlos dentro de una balsa hacia un continente helado, sin saber nada más que eso… hay un desamparo del lector y una cosa que no se termina de resolver. Hay un anuncio de la Junta de Gobierno que dice que están muy bien los tumikes donde están…

EN: Igual te pasa un poco lo mismo que le pasa a la narradora. Quedás en la misma posición.

SV: Tenés que elegir si creer o no creer. Y qué hacer con eso.

MM: Sí, es una deportación, como dijo la compañera, pero criminal. Hay una referencia a unas balsas…

SV: Les dan remos…

Asistente: ¿Tuviste respuesta de chicos?

SV: Tuve respuestas individuales. Lo leyó Silvia Lanteri con Santino, el hijo, que me mandó un mensaje de esos grabados, por wasap, llorando, pobre. Y me decía que mi libro le había gustado mucho. (Risas). Me decía: “Ojalá que vuelvan los tumikes…” Le pedí disculpas. Pobre Santino[1].

Asistente: ¿Y tu hija, Mario? ¿Qué dijo?

MM: No he tenido todavía una devolución. Se lo di y va a leerlo, porque es lectora de Sebastián, pero todavía no lo leyó.

SV: Por ahora la mayoría de las devoluciones que tuve son de adultos. Y la verdad es que gustó.

MM: Pienso en por qué mi hija todavía no lo agarró. Y eso nos trae a la discusión anterior sobre en dónde lo ponemos. La discusión editorial. Mi hija, que es muy lectora, y que es lectora tuya además, tiene catorce años. Está en la secundaria. Yo le di este libro que está publicado en una colección para chicos de nueve, y le dije que estaba buenísimo. Pero creo que va a haber que insistirle bastante con el libro.

SV: No le insistas. Dejala que no lo lea. (Risas). Yo agarro un libro que dice que es para ocho años y lo leo igual. Y es algo que hacemos nosotros, que somos más lectores. Pero creo que no todos los adultos lo hacen.



Asistente: Editorialmente me parece que siempre se baja. Si uno lo baja de serie, se amplía el público.

SV: Pero no funciona siempre así…

Asistente: Pero no vas a ponerlo en Serie Roja si podés ponerlo en Serie Naranja y venderlo desde que son más chicos.

Asistente: Es más probable que un chico más chico lea un Rojo…

SV: Lo toma como desafío. En cambio uno de catorce agarra uno de Serie Naranja y te dice que es para chicos.

Asistente: En términos económicos, vende más.

SV: Tampoco es una regla fija.

Asistente: No, pero cuarto y quinto grado es un momento en el que se lee mucho.

SV: Tres espejos se lee un montón en quinto grado. Y no es de la Serie Naranja. Es supuestamente para chicos mucho más grandes.

Asistente: Podría ser un desafío interesante cambiar el libro de categoría a futuro y ver qué pasa…

MM: Dependerá de los resultados.

SV: O ponerlo en Serie Azul, y que estalle todo. Que salgan juicios y todo. (Risas). Termino preso.

MM: Como dijimos de entrada, este libro tiene muchísimas capas para leerse. Incluso desde las decisiones editoriales. Esto no pasa siempre. Pasa con algunos libros. Este es uno. Aun cuando Susana Aime anunció que iba a saltar esa barrera hay que ver. Ojalá que sí, porque la verdad es que se lo merece muchísimo.

Asistente: ¿Ya está a la venta en librerías?

SV: Sí.

MM: Incluso, como diría Les Luthiers, acá en el hall del teatro pueden comprarlo. Ya que hablamos de ciencia ficción, unas preguntas a futuro para ir terminando. ¿En qué proyectos andás, Eugenia?

EN: Como cinco cosas al mismo tiempo…

SV: Yo también…

EN: ¿Vos también trabajás mejor bajo presión?

SV: En general, sí.

EN: Estoy haciendo como cinco cosas al mismo tiempo. Me gustan los animalitos y me gusta el humor. Me dijeron que eligiera un clásico para hacer y busqué uno en el que pudiera despacharme a gusto, con un ojo acá y el otro allá, y una pata por un lado y otra para el otro. Y voy a hacer Los músicos de Bremen. Estoy haciendo uno de humor escatológico con Fernando de Vedia. Está por salir un proyecto con un escritor español que en realidad es editor, con el que trabajamos muy a gusto, sobre pollos…



MM: ¿El español que estuvo acá el año pasado?

EN: No. Se llama Fernando Rubio, y tiene una pequeña editorial que se llama La Guarida, que se cargó su proyecto al hombro en medio de la crisis, igual que hicieron editoriales chicas acá. Y ahora tiene un pequeño catálogo (debe tener siete libros). Drácula acaba de salir en Una Luna…

SV: Es buenísimo, porque es siniestro pero a la vez tiene una cosa tiernita…

MM: ¿Con quién?

EN: Con Una Luna, que tiene una colección de clásicos ilustrados.

MM: ¿Los textos también son versiones tuyas?

EN: No. Ahí ya no me meto. Zapatero a tus zapatos.

MM: Dirían los tumikes. (Risas). Lo de las manos era de Bela Lugosi…

EN: Claro. Están también las viejas fotos de Nosferatu. Uno cuando dibuja esas cosas pone caras. Cuando dibuja gallinas también. ¿Vos cuando escribís ponés caras?

SV: Nunca lo pensé, eso. Capaz que sí…

MM: Yo hago ruidos. “Se escucha que está escribiendo”, dice mi hija. Cada loco… ¿Y los tuyos, Sebas?

SV: Estoy con varias cosas. En medio de una novela larga, un proyecto a mediano o largo plazo que no sé si me saldrá, y haciendo algunos experimentos. Algunos los tengo que arreglar a ver qué pasa y en otros casos estoy empezando. Estoy experimentando con algunas cosas en verso. Otro de los experimentos que hice es un texto que es todo diálogo, que le gustó a Cecilia y quizá salga el año que viene, y una novela larga.

MM: ¿Y cómo haces? Esto se lo he preguntado a varios escritores que vinieron. ¿Te sentás y abrís archivos al azar y ves con cuál te enganchás? No es muy común que los escritores trabajen con varias cosas a la vez… ¿Cómo es en tu caso?

SV: Los días que puedo escribir, que no son todos en general, en mi cabeza ya sé con qué voy a trabajar. Por lo general no escribo más de una cosa en el mismo día. Pero sí puede pasar que está con dos archivos distintos en la misma semana.

MM: ¿No se te cruzan los tonos?

SV: No, porque siempre son cosas muy distintas unas de otras. No hay casi posibilidad de cruce.

EN: ¿Funciona como descanso?

SV: A veces, sí. Si estoy mucho tiempo con un libro, funciona, para cortar un poco, escribir otra cosa.

MM: Muy bien. ¿Alguna pregunta del público que haya quedado pendiente?

Asistente: A mí la novela me hizo acordar mucho a la película Sector 9, la de unos aliens que caen en un iceberg…

SV: Ah, sí. La vi.

Asistente: Son como insectos, langostas…

SV: Sí, quizá hubo algo.

Asistente: Es una película sudafricana que es una metáfora del apartheid

SV: Esos aliens comen comida para gatos. Quizá fue una influencia esa película (aunque nunca pensé en ella mientras escribía).

Asistente: El protagonista es un tipo que es como si fuera el inspector de los seres humanos, y hace algún trabajo en relación con los aliens, pero los tienen viviendo aparte y los tratan como basura. Les pasan lista…

SV: Sí, los tienen como en un guetto.

Asistente: Al final hay como un híbrido entre ese inspector y los bichos.

EN: En realidad era un racista que termina padeciendo la segregación de los otros en carne propia.

SV: Esos bichos tenían un arma muy poderosa…

Asistente: No podían usarla porque se les había roto. La nave queda flotando.

SV: Necesitaban insumos que solo venían de su planeta.



MM: Esto me da pie para un comentario más, y que tiene que ver con las armas. Una de las cosas que trabajas muy bien, y que tiene que ver con los balseros y la inmigración actual, es la pobreza…

SV: Son pobres, sí.

MM: Los tumikes son pobres.

SV: De hecho, cuando hablaba con amigos sobre este proyecto, les decía que era “El libro de los aliens pobres”.

MM: Tienen naves prestadas…

SV: Tampoco tienen conocimiento, no traen nada, no aportan nada visible. Después resulta que les gusta arreglar zapatos, pero de entrada vienen con dos manos atrás y dos adelante. (Risas).

Asistente: Desconocen por completo todo lo monetario. Y no hay ningún humano, ni siquiera los que están a favor, que les enseñe. Únicamente se enojan cuando los tumikes reclaman o cuando los matan. Pero nadie les enseña.

EN: Da la impresión de que tampoco entenderían. Lo que pasa con los pueblos originarios, los contratos y la tierra… La tierra no es de nadie…

SV: La relación entre los tumikes y los humanos está exasperada, llevada casi hasta lo cómico, en el sentido de que por momentos esa incomprensión es bizarra.

Asistente: Los humanos se toman tiempo para enojarse, pero no para hacerles conocer…

Asistente: Rompe un poco con el imaginario que uno tiene del extraterrestre como un ser que siempre es mejor que nosotros, que trae tecnología, poder y conocimiento.

SV: Sí. También intenté que fuera una ruptura la imagen que tenemos de nosotros mismos respecto de los inmigrantes que llegan. Siempre pensamos que somos maravillosos con los que vienen de afuera, y en la cantidad de cosas que les damos, cuando en realidad no es así. Vos lo decías en el encuentro con Sandra. Está esa idea de lo bueno que es nuestro país con los inmigrantes, y la verdad es que no suele ser así. Ni acá ni en ningún lado.

MM: La inmigración tiene una cosa asimétrica. En general los inmigrantes son pobres. Ahora me olvidé del nombre, pero hay unos que vos mencionás que son muy glamorosos…

SV: Los nabrils. Que bailan muy bien…

MM: Me hacen pensar en Sarmiento cuando quería que vinieran escandinavos. No eran los tanos del sur…

SV: Los nabrils vinieron solo para la temporada teatral y se fueron. (Risas).

MM: Bueno, hasta acá llegamos. Me parece que es una novela que ha dado que hablar. Espero que los que no la leyeron la lean y la disfruten y ojalá que circule mucho por los lectores niños, jóvenes y adultos. Gracias Eugenia, gracias Belén, hermoso tu relato, gracias Sebastián. Un aplauso.

(Aplauso final).





[1] Pocos días después de la entrevista, Sebastián Vargas concurrió a una escuela, y esto me contó: Mario, hace pocos días estuve en el colegio San Agustín, en 9 de Julio, y allí conversé con chicos de cuarto grado que habían leído Son tumikes. Hicieron montones de preguntas muy interesantes. Cuando me preguntaron qué les había pasado al final a los tumikes, yo les repregunté, cauto: “¿Y qué piensan ustedes que les pasó?”. La mitad del curso, quizás más, gritaron entusiasmados: “¡Los mataron!”; la otra mitad, “¡Se fueron en balsa!”. Me impresionó, porque los chicos sienten (o al menos, estos chicos expresaron eso) mucho menos terrible el final de lo que lo percibimos los adultos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario