Horacio Convertini: "El fútbol es una excusa que a mí me permite jugar con las emociones de los distintos personajes, montar dramas."

Un narrador que tiene algo para contar cuenta en el soporte que sea, y traduce de un soporte a otro. En la segunda parte de la entrevista a Horacio Convertini, el escritor cuenta acerca del trabajo de pasar de la escritura del relato a la del guión, de los detalles que hacen a los protagonistas de sus historias. También habló de la formación que le dio el taller de Julio Ramos, del caso omiso a los géneros a la hora de escribir, y de cómo es para él contar historias para niños y adolescentes, entre muchos otros temas. En el final leyó el cuento Chinos del libro Aguante.



MM: En un par de tus libros le agradecés y le dedicás a Pablo Ramos. De paso les aviso que en You Tube se puede ver “Animal que cuenta”, que dirigía Pablo en Canal Encuentro, en el que está Horacio, por “Mitología griega”. https://www.youtube.com/watch?v=VbFPBsoJSIs. Dura media horita, es imperdible, y ahí está Claudio María Domínguez, que es personaje de este cuento. En “Mitología griega”, el cuento de Horacio, un vendedor de pollos al que le llaman Pollo, además, rapta a Claudio María Domínguez porque hay una situación con la madre que no les cuento en detalle. Lo buenísimo del programa, es que hay entrevista a Horacio, a Claudio, y lo usan de actor. ¿Cómo fue, fuera de cámara, en encuentro con un personaje como Claudio María Domínguez al que golpeás y tenés secuestrado en una casilla?

HC: Hay una historia previa. “Mitología griega” es un cuento de mi primer libro que se llama Los que están afuera. No lo busquen porque no van a encontrarlo, ya lo vamos a reeditar. Con ese libro gané un premio del Fondo Nacional de las Artes, y por eso pude publicarlo. El concurso se llamaba Régimen de Fomento Editorial. Y ganabas un dinero que no era para que salieras a emborracharte con tus amigos, sino para que el libro se publicara. Entonces vos hacías el contacto con la editorial para la publicación.

MM: ¿Ya no es más así?

HC: Entiendo que no. Que el nuevo gobierno modificó eso. No te lo puedo afirmar, pero tengo entendido que pusieron mucha más plata, pero no tenés la obligación de que se publique, no es de fomento editorial. Lo edité por Paradiso, y el editor, Américo Cristófalo, sobre el final me preguntó si no pensaba que teníamos que tener la autorización de Claudio María Domínguez. Porque no dejaba de ser el protagonista de un cuento. Encontré un mail, le escribí, le recordé que yo una vez le había hecho una nota, cuando había sacado una miniserie que se llamaba “La marca del deseo”, en los noventa, bastante polémica. Le expliqué, le mandé el cuento y me contestó muy rápido. Al principio se sintió un poco impresionado, pero enseguida hubo un intercambio de mails muy cordiales. Yo le expliqué algunas características que tenía el cuento, y a partir de que hubo una buena relación con él, básicamente mía, de agradecimiento, porque tal vez si él se hubiese negado ese cuento no habría podido publicarlo y es un cuento que funciona muy bien. Cuando sale el proyecto de “Animal que cuenta”, Pablo Ramos me convoca, y me dice que quiere filmar “Mitología griega”. Y Pablo me dijo que el golazo sería que lo hiciera Claudio María Domínguez, pero tenía que convencerlo de que aceptara debutar como actor, que se dejara secuestrar… Es más, en un momento fantaseé con la idea de ser yo el personaje que lo secuestra, pero no me animé. Hablé con él, me pidió el guión, le gustó y aceptó. Hasta último momento tuve miedo de que no viniera, pero vino, grabó, la rompió, y el programa quedó tan bien que fue el primero de la serie. Fue muy lindo.

MM: Es muy bueno. ¿El guión lo hiciste vos con Pablo?

HC: No, el guión lo hizo Pablo, creo que intervino Oski Frenkel, el director. Es más, el personaje, en el cuento, no tiene nombre, no se llama “El Pollo”, como en el programa, pero era necesario que lo tuviera para que funcionara. Son distintos los lenguajes audiovisual y escrito. Por eso le pusieron así.

MM: En realidad empecé esta pregunta hace un rato (y ahora la retomo, me colgué con lo de “Mitología….). Decía que tenés estas dedicatorias a Pablo y evidentemente un afecto grande por él. ¿Cómo fue hacer taller con Pablo Ramos?

HC: Fue extraordinario. Fue el tipo que a mí me abrió el camino, que me contagió la confianza que me faltaba, que adoptó un compromiso genuino y muy valorado por mi propio trabajo, de presentarme a editoriales, de alentarme a seguir adelante. Yo suelo hacer metáforas futboleras.  Ahora, como las hace el presidente Macri las evito…

MM: Sí, sí, mejor…

HC: Mejor sí, pero en este caso voy a hacerla. Yo hice el taller con Pablo Ramos (yo lo hacía de manera individual), lo despertaba los miércoles, creo que a las nueve de la mañana, él es noctámbulo, y estaba escribiendo La ley de la ferocidad. Él escribe de noche, de pie, en una máquina de escribir. Yo le tocaba el timbre puntual, él abría y yo pensaba que un día me iba a matar. La hora que duraba el taller era extraordinaria. Yo llevaba mis textos, él me planteaba líneas para seguir, para mejorar, y creo que sin él no hubiese podido explotar lo que tenía adentro. Él sacó el tapón, más que yo, más que la presión interna. Voy a poner dos ejemplos que marcan lo que es él como maestro. El refuerzo. En esa etapa, yo estaba absolutamente abducido por la escritura, sin saber adónde iba a terminar pero con un fuerte compromiso emocional y físico puesto en ella. Un día me despierto a las cuatro de la mañana con un sueño. Soñaba que me obligaban a hacer jueguito con la pelota en un lugar público, la pelota se me caía una y otra vez, era un papelón y la pasaba muy mal. Me desperté con una gran lucidez, recordando esa imagen y pensando que ahí tenía algo. Bajé, prendí la computadora y me puse a escribir. De ahí salió un cuento de diez páginas que se llamaba “El refuerzo”. Lo llevé al taller de Pablo, lo trabajamos en dos clases, y en la tercera clase me dijo que tenía una buena noticia y una mala noticia. Le pregunté cuál era la buena y me dijo que el cuento ya estaba perfecto y había que pasar a otra cosa. Y cuando le pregunté cuál era la mala, me dijo que ahí yo tenía una novela. (Risas). Lo que hice fue tirar el cuento, y empezar a trabajar la novela. Fue una  novela corta, porque yo estaba muy estructurado en el cuento y me costaba la distancia, el esfuerzo casi aeróbico de la novela. Llegar a una novela de noventa o cien páginas para mí era un sacrificio notable. Probablemente también me faltaran recursos técnicos para llevarlo a cabo. Hice El refuerzo, la premiaron es España, y fue la primera vez que viajé a Europa como escritor. Avión pago, hotel de cuatro estrellas frente al mar, ágape. Fue extraordinario. Y la segunda anécdota que lo marca como maestro fue con El último milagro. Estuvimos un año trabajándola. Y el trabajo se interrumpe porque él gana una beca y se va un año a vivir a Alemania. Él me ofreció seguir trabajando por Skype, pero como yo soy muy bruto con la tecnología, casi un troglodita, le dije que no, que prefería trabajar solo, y que cuando él volviera veíamos. En ese año que él estuvo afuera la terminé. Cuando volvió, me escribió, me preguntó si quería volver, y le dije que sí, para que retomáramos El último milagro. En cada clase leíamos tres capítulos. El texto ya venía muy liso, muy elaborado tras dos años de estarle encima. Llego al quinto capítulo y me dice que ahí tengo un problema, porque estoy diciendo una cosa y más adelante voy a decir otra que es una contradicción. Le digo que no podía ser, que se estaba equivocando. Me responde que se acuerda perfectamente. Se lo discutí, terminó la clase y me fui a mi casa. Yo no podía creer que un tipo que había estado un año en Alemania sin leer ni ver el texto, supiera más del texto que yo, que lo había seguido trabajando un año entero más. Llego a casa, prendo la computadora y busco lo que él me decía. Y tenía razón. Era un datito que había que cambiar nada más. Pero el tipo tenía la música  y la letra de la novela en la cabeza. Y eso yo lo valoraba mucho. Por eso, todos los libros que surgieron de su taller se los dedico a mi mujer, a mis dos hijos, y a él.

MM: En un momento, en “Animal que cuenta”, él dice que es notable lo diferente que sos en tu vida en relación con los cuentos y las novelas para adultos. Que sacás lo más recóndito.

HC: Sí, suele decir que no hay relación entre mi vida de hombre civilizado y padre de familia (una vez me hicieron una nota y me definí como un burgués estándar) y las cosas que escribo, que son terribles. Dice que no hay vínculo entre el autor y la obra. No debería por qué existir un vínculo así, pero a veces pasa que alguna gente se sorprende.

MM: ¿Hay más vínculo en la literatura infantil? Por ejemplo, con La leyenda de los invencibles


HC: ¿Si mi infancia es más parecida a la infancia de los personajes?  Por ahí hay más cercanía, claro. Porque frente a la imposibilidad de que esos personajes sean sádicos, crueles, hace que se parezcan más a lo que era yo como pibe, común y silvestre y bastante buenito.

MM: Hablando de límites, está La Orquídea de Plata que está en Torre de Papel Azul que es para chicos a partir de los nueve años. Me decías que en esta novela hay un tema un poco fuerte y que tuviste algún problema…

HC: No, problema no. El tema es que la historia gira alrededor de la administración de la verdad en los chicos. El narrador es un adulto que recuerda un episodio de su infancia. Vive en un pueblo, y de golpe, su mejor compañera desaparece. Deja de ir al colegio y nadie dice cuándo va a volver, ni por qué dejó. Se dice que está un poquito enfermita, que ya va a volver… pero hay una especie de pacto de silencio de no decir qué pasa con esa chica. El narrador empieza a averiguar y a través de una  vecina se entera de que la nena tiene cáncer y que la llevaron a tratar a Buenos Aires. Primero está la profunda decepción del nene frente a la ausencia de verdad. Él siente que todos lo traicionaron. Además, el protagonista, que es huérfano, que ha perdido a sus padres en un accidente, vuelve a revivir lo que pasó en ese momento. Entonces planea ir a ver a su amiga, y a partir de que la ve en el hospital, empieza una especie de aventura. Me comentaban el otro día en la editorial que se vende bien, ya se reimprimió, pero que en algunas escuelas les cuesta adoptar este texto porque hay una enferma de cáncer. En este caso, con todas las comillas del caso, investigué. Mi hermana es pediatra y me asesoró sobre tipos de cáncer, posibilidades de sobrevida, tratamientos. Ella me mandó textos científicos, data concreta. Cosas que no figuran en la novela pero que necesitaba saber.

MM: Por mi parte la última. Después abro a que el público haga algunas preguntas y ¿nos vas a leer algo?

HC: Si quieren sí, claro.

MM: Yo me había anotado la preparación previa a un proyecto. Dijiste que con La orquídea de plata querías hablar de la administración de la verdad, y creo que fue con El refuerzo, de alguien que tiene  un sueño…

HC: Sí, la persistencia en un sueño, aun cuando este sueño se te niega porque te faltan condiciones.

MM: ¿Vos sabés de qué querés hablar antes de meterte en la anécdota?

HC: No siempre. En general, la historia surge de una idea que está dando vueltas, y a partir de esa idea, voy construyendo el texto en capas, como cuando levantás una pared. Primero hacés los cimientos, después vas levantando hileras de ladrillos, y no sabés si vas a hacer un rascacielos o un murito. Eso va surgiendo después. Y después vas redondeando la idea. Por ejemplo, en mi próxima novela quería trabajar sobre la idea de “normalidad”. ¿Qué es lo normal? ¿Cuándo podés sentir que una situación es normal y hacer una vida normal? Al mismo tiempo, quería escribir algo con zombis. Porque me gustan. Y armé una historia en la que aparecen zombies y en la que la gente construye un sentido de normalidad pese a estar amenazada por algo que puede arrasar a la humanidad entera. Eso se va engarzando con las ideas individuales de lo que cada personaje entiende que es la normalidad. Para uno es la lucha política, para otro personaje es la evolución académica, para otro es el amor con su mujer que quiere sostener a toda costa. Para otro, salvar a la patria. Y trabajo sobre eso, sobre la monstruosidad del ser humano y cómo puede estar oculta por un baño de normalidad.

MM: ¿Alguno tiene alguna pregunta para hacerle a Horacio? A ver Álvar…

Álvar Torales: Respecto del cuento de la niñita con cáncer… Yo hace un tiempo leí  una entrevista a una autora de literatura infantil de la que no recuerdo el nombre, y me quedó grabada una frase de ella, que las historias de la narrativa, para adultos o infantil y juvenil, son las mismas. Que solo cambia el lenguaje.

HC: Exactamente.

AT: Quisiera saber si podés desarrollar tu opinión.

HC: A ver… cuando yo me siento a escribir literatura juvenil, lo hago con las mismas herramientas y con la misma pasión, con los mismos recursos técnicos y con las mismas estrategias que para una obra para adultos. Eso no cambia nada. Que sea para chicos no implica que uno baje la cuota se su exigencia o utilice recursos o herramientas que exigen menos. Lo que sí cambia es el lector al que te dirigís. Cuando escribo literatura para adultos, pienso en un lector que sea como yo, pienso en lo que a mí me gustaría leer, me tengo a mí como centro. Escribo para mí. Ni siquiera escribo para un lector adulto desconocido. Si no, lo que haría sería fabricar adocenadamente materiales para leer, como los best sellers norteamericanos. Me enfoco en lo que a mí me gustaría leer. No puedo pensar en qué me gustaría leer a mí cuando escribo literatura para chicos, porque no soy chico. A veces, lo más cerca que llego es a pensar en qué me hubiera gustado leer a mí cuando era pibe. Trato de responder a esa exigencia. Y también a los límites que marca el público al que va destinada la obra.

Asistente: En un momento mencionaste que estabas más atento ahora a lo que lee tu hijo. ¿No tenés la tentación de escribir para él o verlo como público posible?

HC: La leyenda de los invencibles hasta un punto tuvo que ver con el proyecto de escribir algo para él, pero él no lee lo que yo escribo. Tiene todos mis libros y nunca los abrió o por lo menos eso dice (Risas). El más chico. El más grande los abrió, pero el más chico no.

MM: Hay que obligarlo. (Risas).

HC: No, ya los va a abrir, ya los va a abrir.

Asistente: Comentaste que en una novela infantil te suprimieron tres puteadas. ¿Alguna vez tuviste que pelear con un editor? ¿Cuál es el límite?

HC: La experiencia que tengo con editores es extraordinaria. Me tocaron muy buenos editores. En el noventa por ciento de los libros que he publicado lo que escribí salió publicado tal como estaba. Más allá de que haya un corrector que corrige un error de tipeo. Como soy muy obsesivo, a veces sigo metiendo cambios hasta en el PDF final, pero eso tiene que ver con mi locura, no con el proceso editorial. En general tuve muy buenas experiencias y creo que el editor tiene desarrollada una mirada que el escritor no tiene. Una mirada mucho más global. Vos estás intoxicado con tu propio texto. Cuando me propusieron cambios, siempre fueron muy respetuosos la hacerlo y muy atinados. En La isla sin regreso, Silvia Portorrico, la editora, me propone una novela de terror. Yo nunca había escrito terror; la escribo, le doy  mi primera versión y  nota que se me había virado un poquito hacia lo romántico. Ella me decía: “Terror, Horacio, terror, acordate”. Yo me daba cuenta de lo que ella me decía, pero tenía que explotar un campo que nunca había transitado. Hubo unas idas y vueltas que me sirvieron, que fueron muy buenas. Siempre tomo las sugerencias del editor desde un lugar positivo, porque siento que es gente que tiene una mirada más abarcadora que la del propio autor. Raymond Carver tenía un editor que le alargaba relatos, le cambiaba finales… Seguramente Carver era un genio, y el editor era otro.

MM: Condenados en general al anonimato. Sabemos de Carver y no de ese editor.

HC: Tengo una compañera de trabajo a la que no voy a nombrar, aunque debería porque se lo merece, que es editora en el diario, y dice: “Yo gané X cantidad de Premios Rey de España”. Y no los ganó ella… ganaron notas editadas por ella. En las que puso mucho esfuerzo para mejorarlas, en todo ese proceso invisible que llega a manos del lector. El redactor está bien. Fue, buscó la información, pero hay un esfuerzo del editor. Ahora, en algunos medios periodísticos se estila poner el nombre del editor. Como una especie de reconocimiento al que escribe detrás del texto.

MM: La verdad es que lo merecen. En literatura, por lo menos en las colecciones juveniles, siempre dice quien dirige la colección o quién edita. Y cuando llegaste a finalista en el Barco de Vapor que ganó Liliana, que se hizo en Konex…

HC: Me acuerdo, estaba, lleno de vergüenza. Primero, porque estaba vestido de traje, cosa que me resultaba absolutamente incómoda, y porque además no conocía a nadie. Ahora conozco a varios escritores y editores, pero en esa época no. Estaba escondido en un lugar, y cuando pude me fui.

MM: Lo bueno de El Barco de Vapor, es que premiaba a gente que recién empezaba, como Florencia Gattari, por ejemplo. Y me acuerdo de que Liliana Bodoc agradeció a las editoras, Laura Leibiker y Laura Linzuain, porque el libro mejora con la edición.

Asistente: ¿A vos te gusta más escribir para adultos? Además incursionás en la literatura infantil y juvenil… Para mí, El misterio de los mutilados es para adultos. O yo disfruto mucho los libros para chicos.

HC: Ojalá pudiera tener un switch, hacer “click”… Sigo intentando con la literatura infantil. Lo último que publiqué fue La orquídea de plata, hace dos años, pero sigo intentando, tengo un proyecto escrito, lo que pasa es que me plantea desafíos importantes, me pone barreras que no siempre estoy listo para superar.

Asistente: ¿Es un mayor desafío?

HC: Absolutamente. Es más, tengo veinte páginas escritas de una novela juvenil, tengo toda la historia en la cabeza, tengo los personajes, hace un año. Venía para acá y juro que pensaba en que tengo que agarrar esa novela. Me cuesta. Sé que voy a enfrentarme a cosas que por ahí no tengo ganas. Me divierte más ir por otro lado.

Asistente: Narrar para chicos y adolescentes…

HC: Es muy bravo.

Asistente: ¿Qué importancia les das a los géneros? Viste que se te identifica con el policial negro, y a lo mejor cuando uno está escribiendo lo hace con otra música y el medio le pone esa etiqueta.

HC: Escribo sin pensar en el género. Con La soledad del mal, que es la novela que me permite ingresar al mundo negro, en un sentido casi espacial, porque conocí el fenómeno de los festivales, en Argentina y en el exterior, porque conocí a un grupo de autores muy buenos, generosos, y con una especie de sentido colectivo muy desarrollado, un mundo que ni sabía que existía, cuando la escribí no pensé que estaba escribiendo una novela negra. Trato de no pensar en términos de género. Estaba en estos días con la novela que voy a sacar en agosto y la editorial me pide una sinopsis para el equipo de marketing de Random. Empiezo a hacerla y me pregunto: ¿es novela negra? Y… es novela negra, pero también es fantástica… No sé, que se arregle el lector. O el equipo de marketing, hay un poco de todo. Hasta hay una historia de amor detrás…

AT: Sería bueno si se puede definir con cierta precisión qué es novela negra. Porque hace un rato ubicaste a Simenon en la novela negra. Sin embargo, el lunes pasado Martínez habló por una especie de camino en el medio entre lo enigmático y lo negro y ahí lo puso a Simenon.

HC: No soy un teórico del tema. Por ahí, Guillermo tiene más elementos teóricos para plantear esto. Yo hablo en trazo grueso. Tenemos una novela de enigma, que empieza en el siglo XIX con Poe y “Los crímenes de la calle Morgue”. Después se desarrolla con Agatha Christie y el Sherlock Holmes de Conan Doyle. Ya en Estados Unidos y en el siglo XX, el policial deja los escenarios aristocráticos y avanza sobre los crímenes callejeros, la mafia y la corrupción, más atento a las cuestiones sociopolíticas del momento, en la cuales se desarrolla una temática de crimen. El investigador racional y deductivo es reemplazado por el detective rudo. A partir de ahí sigue creciendo y cambiando. Puede no haber enigma, puede no haber investigador y mostrar simplemente cómo un crimen modifica la vida de un montón de personas. En ese ámbito, la novela negra es como una especie de bolsillo de payaso en el que entra de todo. Para disgusto de muchos, como en España, por ejemplo, donde están muy atados a la idea del investigador privado, a la del policía que resuelve un crimen. Cuando El último milagro fue finalista en el Premio Dashiell Hammet en la Semana Negra de Gijón, un jurado me dijo que le había dado “pega” una especie de juego que hago con la ciencia ficción. No hay un caso policial real, ni un detective que investigue. Hay una trama de gente desesperada que recurrirá al crimen para resolver sus cuentas pendientes. Eso, en un sentido muy amplio, también es novela negra. Si a Simenon lo agarrás por el lado del inspector Maigret, escribe policiales hechos y derechos. En cambio, La prometida del señor Hire, es maravillosa pero está en otro rango. Cuando Martínez las ubica en ese lugar intermedio, me parece que tiene razón.

Asistente: Haber empezado a jugar el partido de la literatura en el minuto cuarenta y cinco, ¿te hace ver que perdiste un tiempo o te hace ver que tenés cuarenta y cinco más por jugar, y que esta todo por hacer?

HC: En algún momento tenía la sensación de que había perdido cuarenta y cinco minutos. Pero después pensé que a veces entrar en el segundo tiempo está bien. Tenía la ventaja de la experiencia con la escritura periodística, tenía experiencia de vida, el ego bastante domado por el periodismo. El escritor trabaja mucho con su ego, uno se expone permanentemente a la mirada del otro. Tenía veintipico de años en el periodismo en ese momento. Vos te exponés, escribís una nota, viene alguien que te dice que es buena y otro que te dice es una porquería. Eso te acostumbra y te blinda, de alguna manera. Si hoy volviera a empezar, lo haría en el momento en que empecé. En el segundo tiempo. El primer tiempo, que lo juegue otro.

MM: ¿Nos querés leer algo?

HC: Sí, dejo a criterio del amable público, si quieren que les lea algo para adultos o algo para jóvenes. O niños. Lo que quieran.

Asistentes: Adultos.

HC: Adultos. Bueno, voy a leer un cuento. Lo imprimí porque me gusta leer en papel, no en libro. Este cuento se llama “Chinos”, y es de mi libro Aguante. Acá está un poco lo que hablaba antes, de que me gusta cruzar géneros.

Chinos
El negocio lo trajo Gunther. Es fácil, dijo, chinos, como si ese dato bastara para relevar riesgos y complicaciones. A Gunther le gustaba sobrar un poco la situación, pero con nosotros nunca se ponía demasiado arrogante. Todo lo contrario: nos hablaba pausado y bajito, exagerando a veces, como si fuéramos chicos tontos y asustadizos. Pedro y Verdún eran unos idiotas, no valían el menor esfuerzo. Charito estaba enamorada de Gunther y por él hubiera hecho cualquier cosa. Eso significaba que sus explicaciones estaban dirigidas únicamente a mí, el arisco, el rebelde. Por eso me miró de reojo, suspiró como de cansancio y siguió:
—Los tipos compran mercadería de afano. Al contado rabioso. Hacen una vaquita y garpan. La guita la junta el chino del supermercado de la avenida. Supongo que es el jefe o algo así. Todos los viernes van y le llevan la plata.
—¿El dato es posta? —le pregunté, y enseguida me di cuenta de que mi tono de voz había sido mucho más alto que el de él.
—Mi hermano reventaba camiones para ellos.
Gunther empezó a palparse la ropa, nervioso. Pedro interpretó la señal y le dio un cigarrillo. Lo sacó de un atado arrugado que tenía en el bolsillo de la camisa. Gunther instaló el silencio como quien clava una bandera. Era su manera de reclamar el patrimonio del dolor. Se llevó el faso a la boca, lo prendió con un encendedor que estaba sobre la mesa; aspiró el humo, cerró los ojos. Fueron diez, veinte segundos en blanco, deliberadamente en blanco, para que el fantasma de su hermano muerto por la cana nos llenara de culpa. Ninguno de nosotros había perdido a nadie y él sí. Eso, de alguna manera, lo hacía mejor, más duro, más digno.
Cuando Gunther volvió a hablar, las primeras palabras le salieron temblorosas.
—La cosa es que los chinos guardan la guita ahí mismo. Ni caja fuerte tienen. Hay que ir un viernes a la noche, sobre el cierre, reducir al mono de seguridad, agarrar la plata y chau.
—¿Y ellos, qué? ¿Nada? —dije.
—Son chinos —se metió el imbécil de Pedro.
—Qué... ¿se van a dejar afanar así nomás?
—Tienen un mono de seguridad —saltó Charito, que no me quería—. ¿No lo escuchaste a Gunther?
—Sí, un pelotudo que está plantado ahí todo el santo día para ahuyentar a los rateritos.
Gunther sonrió como si en el fondo le gustara que yo le llevara la contra. Como si mi insolencia fuera un desafío menor que sólo servía para ratificar su condición de líder. Se entretuvo unos segundos con una pitada. Otra vez el silencio premeditado.
—Tranquilo, Juancito, todo se puede verificar —soltó por fin—. Estamos acá para saber quién se anota y quién no.
Pedro, Verdún y Charito dijeron que se anotaban.
—¿Y vos, Juancito? —Gunther cabeceó la pregunta; los ojos le brillaron.
—Yo también —contesté, pero sólo para no darles el gusto de que me vieran recular.

Charito empezó a ir al supermercado todos los días. A la mañana, a la tarde, a la noche. Gunther quería que se mostrara bien, que se hiciera la simpática, que se transformara en una cara conocida, en una clienta fiel.
—Dale charla al vigilante —le especificó.
—¿Querés que me lo levante?
—No.
Ella era buena para hacer inteligencia y enseguida trazó un cuadro de situación. A la fiambrería la atendía un pendejo. A la carnicería y la verdulería, un matrimonio de bolivianos. Pan comido los tres. Los chinos eran cinco o seis. Los mandaba uno de sesenta años que usaba pilchas estrafalarias y que no estaba casi nunca. El manejo diario del local corría por cuenta de dos capataces: un chino grandote teñido de rubio y otro flaco con la cara bombardeada por un sarpullido violeta. Las cajas, a veces, eran atendidas por dos chinas, esposas de los capataces. El chino rubio tenía un hijo de un año que corría en andador entre las góndolas. El nene se llamaba Marcelo, pero todos le decían Marchelo, como si fuera italiano. El de seguridad, Farías, había resultado suboficial retirado de la Bonaerense: un canoso panzón que se dejó encantar por el escote sin corpiño de Charito.
El dato de los viernes parecía cierto. El chino jefe se instalaba temprano y recibía a los chinos de otros supermercados que iban desfilando a lo largo del día. Según Gunther, iban a llevarle la guita. La operación se hacía en un cuartito, al fondo, que ni puerta tenía: la entrada estaba cubierta por una cortina hecha con tiras de plástico negro.
—No se ve ninguna precaución rara —dijo Charito.
—Media hora de laburo, como mucho. Limpio, sin sangre —sentenció Gunther.
Verdún se frotó las manos. Pedro propuso un brindis a cuenta del botín.

Una semana antes, sin que nadie lo supiera, fui al negocio de los chinos a comprar una botella de vino. Desconfiaba. No sé por qué, un presentimiento. El chino jefe estaba sentado en un banquito, a dos metros de las cajas. Las piernas abiertas, los codos en las rodillas, la espalda encorvada. Vestía un traje Príncipe de Gales gris y una camisa roja, con el cuello bien abierto. Fumaba y miraba el piso con el entrecejo fruncido, como si con la vista quisiera –y de alguna manera pudiera– penetrar las baldosas y llegar al culo del mundo, de donde había venido. Una mujer le daba la mamadera a Marchelo. Farías tomaba sol en la puerta. En la caja me atendió el chino flaquito. Estaba pasando la botella de vino por el escáner cuando, de golpe, como si se hubiera acordado de algo, le pegó un grito al chino rubio. Fue un ladrido seco, de violencia mal contenida. El otro le respondió con el mismo tono y una mirada que yo interpreté de odio. Mientras me daba el vuelto, el flaquito volvió a chumbar y el rubio, a contestarle. El chino jefe pareció despertarse y sin levantar la vista del piso largó una exclamación corta y áspera que los hizo callar a los dos. La escena no me gustó. Pensé que algo se nos estaba escapando, pero no sabía qué. Preferí no decírselo a Gunther. Tuve miedo de que me acusara de cagón.
El primero en entrar fue Verdún. Se puso a llenar un carrito. Atrás, Gunther y yo, los dos afeitados y de traje como para un casamiento. Fuimos a las góndolas de las bebidas y empezamos a bajar botellas de champán caro. Pedro estacionó el auto en la puerta, abrió el capot y simuló que revisaba el motor. Última, Charito, con una musculosa que rajaba la tierra. Farías le dijo un piropo y ella le dio charla, cagándose de risa. El chino jefe estaba en el mismo lugar y en la misma posición en que lo había visto una semana antes. Lo diferente era la ropa: saco amarillo mostaza, pantalón de corderoy verde, polera negra. En la única caja abierta, la madre de Marchelo. El nene andaba por ahí, jugando con un camioncito de plástico. El chino rubio lo controlaba desde lejos. A las nueve en punto, el chino flaquito salió de algún lado y le hizo un gesto a Farías para que cerrara la persiana metálica. El cana se disculpó con Charito, que pasó para adentro moviendo el culo como un sonajero. Gunther me palmeó el brazo apenas la persiana tocó el suelo. Avanzamos hacia la caja. Él encañonó a la china. Yo, a Farías. Gritamos. Los capataces se apretaron en torno al chino jefe, se miraron entre sí y arrancaron a decir, los dos al mismo tiempo, “no entendo, no entendo”. La madre de Marchelo se quedó en su puesto, pero levantó las manos y empezó a mover la cabeza en negación con desplazamientos cortos y continuados como si le hubiera agarrado un tic nervioso. Me pareció que Farías estaba por intentar algo extraño y le reventé la frente de un culatazo. Cayó como una bolsa de papas, sangrando. Lo desarmé y le metí una patada en los riñones. Verdún había juntado detrás del mostrador de la fiambrería a los bolivianos y al fiambrero. Charito ayudó a atarlos y a amordazarlos con cinta adhesiva. El rubio y el flaquito empezaron a gritarse entre ellos, como la otra vez. El más enojado parecía el flaquito. Gunther se hinchó las bolas, agarró a Marchelo y le puso la pistola en la frente. La china se largó a llorar y sacó los billetes de la caja. Gunther le pegó con la mano armada en la nuca.
—Esa guita no —le dijo—, la del fondo quiero, ¿me entendés la puta madre?
El chino rubio nos miró con unos ojos llamativamente fríos e inexpresivos. Le acababan de pegar a la mujer, teníamos al hijo encañonado, y el tipo, nada. Le apunté a la cabeza.
—Oíme, pelotudo. Hacé aparecer la guita y nos vamos.
Los chinos se dijeron algo entre ellos. Se encimaron unos a otros, hablaron demasiado rápido. Ese no era un idioma humano. No podían existir palabras tan filosas ni que se dijeran como entre toses.
—¡Basta la puta madre! —gritó Gunther—. Al suelo, todos. Boca abajo.
—No entendo —dijo el flaquito.
Yo le metí una patada en las rodillas y le hice una seña con la pistola. Entendió y se tiró al piso. La china y el rubio lo imitaron. El jefe no porque lo frenó Gunther.
—A vos te necesito, viejo puto. Llevame atrás y dame la plata o andá buscando un cajón blanco para el nene.
Recién ahí me di cuenta de dos cosas: el jefe no se había levantado nunca del banquito y Marchelo, increíblemente, se había mantenido tranquilo. Pero cuando el jefe respondió a la orden de Gunther, cuando se paró como si tuviera las rodillas oxidadas, y bufó de hartazgo, y enfiló a tranco lento hacia el fondo, Marchelo empezó a gritar. Pataleaba y se retorcía como si hubiera visto o imaginado algo que se conoce y se teme. La china, también. Largaba chillidos de rata mientras, desde el piso, estiraba la mano tensa hacia el chico, que le respondía de la misma manera. Gunther llamó a Charito y a Verdún.
—Aten y amordacen a estos forros.
—Dejá al pibe acá —le dije.
—No —respondió Gunther.
—Te va a complicar...
—Sí —se metió Charito y me sorprendió que me diera la razón—. Dámelo que lo calmo.
Gunther le pasó al nene, que se tranquilizó enseguida, pero cuando yo iba a seguirlo hacia el fondo me detuvo.
—Vos, con ella. Verdún, vení.
Supe en el acto que era un castigo. Una forma de relegarme en el escalafón por ser demasiado cuestionador, por pensar a su altura, por no confiar en su inteligencia. Los vi avanzar hacia el cuartito: el chino jefe adelante; mis compañeros atrás. Y me pareció que las tiras de plástico temblaban levemente, como impulsadas por un aliento suave que provenía del interior de ese agujero negro.

Un ruido a latas que ruedan por el piso. Un balazo. Un alarido. Silencio. Otro balazo. Otro alarido. Silencio. Así fue la sucesión. Charito tenía a upa a Marchelo y le acariciaba el pelo. Me miró.
—Quedate acá —le dije, porque pude intuir lo que estaba pensando. Una idea heroica y peligrosa, todo por Gunther.
No me contestó. Dejó al nene en el piso y avanzó hacia el cuartito del fondo. Caminó despacio apuntándole a la nada. Me pareció que Farías empezaba a moverse y le pegué un puntinazo en las costillas. Marchelo gateó por sobre el rubio y el flaquito y se acostó junto a su madre. Le tocó con la punta de los dedos la tela que le sellaba los labios.
—Quedate acá —volví a decirle a Charito, pero ella ya estaba frente a la cortina.
—¿Gunther? —preguntó. Y no hubo respuesta. Entonces se metió rápido, como quien se sumerge de cabeza en una pileta sucia. Escuché el ruido a latas. Y esta vez el grito precedió al estampido.
Enloquecí de miedo. Me eché sobre el chino flaquito, lo di vuelta y le arranqué la tira adhesiva de la boca.
—¡Qué mierda está pasando, la concha de tu madre!
—No entendo —me contestó—. No entendo.
Levanté la vista hacia el cuartito y me pareció que una garra pequeña –o una mano pequeña, como la de Charito, no lo sé– se arrastraba hacia afuera arañando el suelo. Fue peor. Sentí en la cabeza una presión terrible que brotaba desde adentro, como si el cerebro se me estuviera convirtiendo en piedra, y en mi desesperación relacioné el dolor con el chino flaquito y la frase que seguía repitiendo como un autómata: no entendo, no entendo. Le di un culatazo para que se callara, y otro, y otro, mientras mis ojos iban hacia la mano que reptaba cada vez más lenta y volvían a su cara que se desfiguraba con los golpes, el sarpullido sustituido por un pantano rojo de carne destrozada. Los dedos se estiraron sobre el piso cerámico, resbalaron ya sin fuerza y quedaron definitivamente inmóviles. El cuerpo del chino flaquito empezó a temblar y las pupilas se le dieron vuelta. Me levanté chorreando sangre. Escuché más ruido a latas y empecé a disparar contra las tiras de plástico, que se ondulaban solas como anguilas. Retrocedí tambaleante, amenazando a los chinos con cosas absurdas, maldiciéndolos. Abrí la puerta de la persiana y salí a la calle. Pedro se me vino encima, me sacudió, me gritó con la boca pegada a mis oídos. No sé que le dije, si es que llegué a decirle algo. En todo caso, no sirvió para salvarlo. Me soltó con un empujón de desprecio y entró.
(Aplausos).

MM: Muy bueno, Horacio. Muchas gracias.

HC: Gracias a ustedes por la invitación.

MM: Te seguiremos leyendo.

HC: Ojalá.


(Aplauso final).

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