Fragmento de La casa de los conejos, de Laura Alcoba

El próximo martes en el ciclo de cine y literatura “La historia y la política del siglo XX en Argentina” que coordina Mario Méndez, se analizará La casa de los conejos de Laura Alcoba. A continuación, compartimos un fragmento de la novela en la que la autora reconstruye su infancia clandestina en la periferia platense.




1
La Plata, Argentina, 1975
Todo comenzó cuando mi madre me dijo: “Ahora, ¿ves?, nosotros también tendremos una casa con tejas rojas y un jardín. Como querías”.
Hace ya varios días que vivimos en una nueva casa, lejos del centro, a orillas de los inmensos terrenos baldíos que rodean La Plata - esa franja que ya no es la ciudad ni es, aún, el campo. Frente a la casa hay una antigua vía de ferrocarril desafectada, basuras y desechos abandonados, al parecer, hace ya mucho tiempo. De cuando en cuando, una vaca.
Hasta hace muy poco, vivíamos en un pequeño departamento de una torre de hormigón y vidrio de la Plaza Moreno, justo al lado de la casa de mis abuelos maternos, frente a la Catedral.
Allá, a menudo, yo soñaba en voz alta con la casa en que hubiera querido vivir, una casa con tejas rojas, sí, y un jardín, una hamaca y un perro. Una casa como ésas que se ven en los libros para niños. Una casa como aquéllas, también, que yo me paso el día dibujando, con un enorme sol muy amarillo encima y un macizo de flores junto a la puerta de entrada.
Tengo la impresión de que ella no ha comprendido bien. Referirme a una casa de tejas rojas era, apenas, una manera de hablar. Las tejas podrían haber sido rojas o verdes; lo que yo quería era la vida que se lleva ahí dentro. Padres que vuelven del trabajo a cenar, al caer la tarde. Padres que preparan tortas los domingos siguiendo esas recetas que uno encuentra en gruesos libros de cocina, con láminas relucientes, llenas de fotos. Una madre elegante con uñas largas y esmaltadas y zapatos de taco alto. O botas de cuero marrón, y, colgando del brazo, una cartera haciendo juego. O en todo caso sin botas, pero con un gran tapado azul de cuello redondo. O gris. En el fondo, no era una cuestión de color, no, ni en el caso de las tejas, las botas o el tapado. Me pregunto cómo hemos podido entendernos tan mal; o si en cambio ella se obliga a creer que mi único sueño, el mío, está hecho de jardín y color rojo.
Por otro lado, era un perro lo que yo más quería. O un gato. Ya no sé.


                                                                                *

Mi madre se decide finalmente a explicarme, a grandes rasgos, lo que pasa. Hemos tenido que dejar nuestro departamento, dice, porque desde ahora los Montoneros deberán esconderse. Es necesario, ciertas personas se han vuelto muy peligrosas: son los miembros de los comandos de las AAA, la Alianza Anticomunista Argentina, que “levantan” a los militantes como mis padres y los matan o los hacen desaparecer. Por eso debemos refugiarnos, escondernos, y también resistir. Mi madre me explica que eso se llama “pasar a la clandestinidad”. “Desde ahora viviremos en la clandestinidad.” Esto, exactamente, es lo que dice.
Yo escucho en silencio. Entiendo todo muy bien, pero no pienso más que en una cuestión: la escuela. Si vivimos escondidos, ¿cómo voy a hacer para ir a clase?
“Para vos, eso será como antes. Con que no digas a nadie dónde vivimos, ni siquiera a la familia, suficiente. Todas las mañanas te vamos a subir al micro. Vas a bajar solita en Plaza Moreno: ya conocés el lugar. El micro para justo en la puerta de los abuelos. Ellos se van a ocupar de vos durante el día. Y ya veremos la manera de pasarte a buscar a la tardecita o a la noche.”

                                                                                  *


Voy sola en un colectivo refulgente, todo festoneado de motivos rojo y plata, pero no por eso menos destartalado y zangoloteante. Las manos gruesas del chofer aferran un manubrio forrado en tela de alfombra de color verde y naranja. A su izquierda, como en casi todos los colectivos, cuelga una foto de Carlitos Gardel, con su eterno pañuelo blanco al cuello y su sombrero ligeramente inclinado sobre los ojos. Más allá, una imagen de la Virgen de Luján, esa diminuta señora apenas visible bajo su manto celeste con arabescos de oro, aplastada por una corona de piedras preciosas, ensartada por los gruesos rayos que emite su propio cuerpo glorioso. Hay también calcomanías para advertir a los pasajeros que el chofer es “hincha” de Gimnasia y Esgrima de la Plata. Y por si no ha quedado claro, un banderín de flecos desteñidos adosado al respaldo de su asiento. En cuanto a la franja autoadhesiva con los colores de la bandera argentina, en la parte superior del parabrisas, ésa sí es idéntica a la que pegan todos los colectiveros de la ciudad, ya sean de Estudiantes o incluso de Boca Juniors, el gran club de fútbol de Buenos Aires.
En el barrio donde vivimos ahora, la calle está como bombardeada de baches hondísimos entre los que el colectivo y los autos tratan de abrirse un camino lo más clemente posible. Por suerte, los barquinazos se hacen más esporádicos a medida que nos acercamos al centro, a la Plaza Moreno.


                                                                                  *

Del altillo secreto que hay en el cielorraso no voy a decir nada, prometido. Ni a los hombres que pueden venir y hacer preguntas, ni siquiera a los abuelos.
Mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que a nosotros, sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento, al menos.
Mamá me contó de un niño que había visto el escondite que sus padres camuflaban detrás de un cuadro. Pero los padres se habían olvidado de explicarle hasta qué punto es importante callar. Era un 11 niño muy pequeño, que apenas sabía hablar. Seguramente, habrían creído que no era necesario, que él no podía decir nada a nadie o que, de todas maneras, no podría comprender sus advertencias.
Cuando los hombres de la policía llegaron a la casa, revolvieron todo, y no encontraron nada. Ni una sola arma, ni el periódico de la organización, ni siquiera un libro prohibido. ¡Y eso que hay muchos, muchísimos libros en su lista...! Nada de lo que veían en aquella casa podía considerarse “subversivo”. Y es que a nadie de aquella “patota” se le había ocurrido, claro, mirar detrás del cuadro.
Cuando ya estaban por salir, casi en el umbral de la puerta de calle, uno de ellos volvió sobre sus pasos. De pronto se había dado cuenta de que durante toda la requisa, el niño aquel, ese bebé que sabía apenas unas pocas palabras, había señalado el cuadro con el dedo, diciendo a media lengua ¡Ahí! ¡Ahí! El hombre descolgó el cuadro. Todos están presos ahora, por culpa del niño que apenas sabía hablar.
Pero mi caso, claro, es totalmente diferente. Yo ya soy grande, tengo siete años pero todo el mundo dice que hablo y razono como una persona mayor. Los hace reír que sepa el nombre de Firmenich, el jefe de los Montoneros, e incluso la letra de la marcha de la Juventud Peronista, de memoria. A mí ya me explicaron todo. Yo he comprendido y voy a obedecer. No voy a decir nada. Ni aunque vengan también a casa y me hagan daño. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. Ni aunque me claven clavitos en las rodillas. Yo, yo he comprendido hasta qué punto callar es importante.



La casa de los conejos
Laura Alcoba
Editorial Edhasa, 2008.

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