La correctora estupenda

La amiga estupenda, de Elena Ferrante, es la primera novela de una saga de cuatro que narra la historia de dos amigas, Lenu y Lila, nacidas en un barrio popular de Nápoles. Libro de Arena comparte con sus lectores, un momento significativo que comparten en la adolescencia.





“Unas semanas más tarde, Nino me pidió sin preámbulos, con su actitud huraña, que escribiese a toda prisa media página de cuaderno sobre el enfrentamiento con el cura.
-¿Para qué?
Me dijo que colaboraba en una revista que se llamaba Nápoles, Refugio de los Pobres. Había contado el episodio en la redacción y le habían dicho que si escribía a tiempo un relato trataría de publicarlo en el siguiente número. Me enseñó la revista. Era una publicación de unas cincuenta páginas, de un color gris sucio. En el índice aparecía él, con nombre y apellido, como firmante de un artículo titulado “Las cifras de la miseria”. Me acordé de su padre, de la satisfacción y la vanidad con las que en la playa dei Maronti me había leído el artículo aparecido en el Roma.
-¿También escribes poemas?- pregunté. Negó con una energía tan disgustada que me apresuré a prometerle-: De acuerdo, lo intentaré.
Volví a casa muy emocionada. Me notaba la cabeza repleta de las frases que iba a escribir, y por el camino se las expuse detalladamente a Alfonso. SE inquietó por mí, me rogó que no escribiese nada.
-¿Pondrán tu nombre?
-Sí.
-Lenú, el cura se enojará otra vez y hará que te suspendan. Pondrá de su parte a la de química y al de matemáticas.
Me contagió su inquietud y perdí confianza. En cuanto nos separamos, ganó terreno la idea de poder enseñarle la revista, mi pequeño artículo, mi nombre impreso a Lila, a mis padres, a la maestra Oliviero, al maestro Ferraro. Después ya lo arreglaría. Había sido muy estimulante recibir la viva aprobación de quienes me parecían mejores (la Galiani, Nino) al enfrentarse a quienes me parecían peores (el cura, la profesora de química, el profesor de matemáticas), al tiempo que me comportaba con los adversarios de un modo que me permitiese no perder su simpatía y su estima. Pondría todo mi empeño para que la cosa se repitiera una vez publicado el artículo.
Dediqué la tarde a escribir y reescribir. Encontré frases sintéticas y densas. Traté de darle a mi postura la máxima dignidad teórica utilizando palabras difíciles. Escribí: “Si Dios está en todas partes, qué necesidad tiene de difundirse a través del Espíritu Santo?” Pero sólo la exposición de la premisa llenaba la media página. ¿Y el resto? Volvía a empezar. Y como desde la escuela primaria estaba adiestrada para intentarlo una y otra vez, tozudamente, al final conseguí un resultado apreciable y me puse a estudiar las lecciones del día siguiente.
Media hora más tarde me asaltaron nuevamente las dudas, sentí la necesidad de una confirmación. ¿A quién podía darle a leer mi texto para tener una opinión? ¿A mi madre? ¿A mis hermanos? ¿A Antonio? Naturalmente, no, la única era Lila. Pero dirigirme a ella suponía seguir reconociéndole una autoridad cuando en realidad era yo la que ya sabía más que ella. De modo que al principio me resistí. Temía que liquidara mi media página con alguna frasecita minimizante. Temía aún más que esa frasecita me empezara a dar vueltas en la cabeza, inclinándome hacia pensamientos excesivos que después acabaría transcribiendo en mi media página, descompensando así su equilibrio. Sin embargo, al final cedí y fui corriendo en su busca con la esperanza de encontrarla. Estaba en casa de sus padres. Le hablé de la propuesta de Nino y le entregué el cuaderno.
Miró la página sin ganas, como si la escritura le hiriese los ojos. Me preguntó exactamente lo mismo que Alfonso.
-¿Pondrán tu nombre?
Asentí.
-¿Pondrán Elena Greco?
-Sí.
Me devolvió el cuaderno y me dijo:
-No estoy en condiciones de decirte si es bueno o no.
-Por favor.
-No, no estoy en condiciones.
Tuve que insistir. Aunque sabía que no era cierto, le dije que si no le gustaba, si se negaba a leerlo, no se lo entregaría a Nino para que lo publicara.
Al final lo leyó. Me pareció que se contraía por completo, como si hubiese descargado sobre ella un peso enorme. Y tuve la impresión de que hacía un esfuerzo doloroso para liberar de algún lugar en lo más hondo de sí misma, a la Lila de antes, la que leía, escribía, dibujaba, hacía proyectos, con la inmediatez y la naturalidad de una reacción instintiva. Cuando lo consiguió, todo resultó agradablemente ligero.
-¿Me dejas borrar?
-Sí.
Borró muchas palabras y una frase completa.
-¿Me dejas que cambie de sitio una cosa?
-Sí.
Encerró en un círculo una oración y con una línea ondulada la desplazó al comienzo de la página.
-¿Me dejas que lo pase todo a limpio en otra hoja?
-Ya lo hago yo.
-No, déjame a mí.
Tardó un rato en pasarlo a limpio. Cuando me devolvió el cuaderno dijo:
-Eres muy buena. No me extraña que siempre te pongan diez.
Sentí que no era una ironía sino un cumplido sincero. Después, con repentina dureza, añadió:
-No quiero leer nada más de lo que escribes.
-¿Por qué?
-Porque me hace daño-contestó, se golpeó el centro de la cabeza con los dedos y se echó a reír.



La amiga estupenda 
Elena Ferrante


Editorial Lumen, 2012.

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