Bob Dylan: desafío a un concepto de la literatura

El lunes fue el cumpleaños número 80 del músico, poeta y ¡Premio Nobel! Bob Dylan. Le pedimos a Hernán Carbonel, habitual colaborador de nuestro Programa, que nos enviara unos párrafos. Como siempre, nos gustó mucho su aporte, que acá compartimos. 



Por Hernán Carbonel*


La primera aproximación a la idea de Bob Dylan como hombre de letras quizás haya que buscarla allá por comienzos de la década del ‘60, cuando llega a Nueva York proveniente de su Minnesota natal. En Crónicas. Volumen uno, su libro de memorias publicado en 2004, confiesa haber sido influido por el poeta galés-norteamericano Dylan Thomas a la hora de crear su nombre artístico: “Había visto algunos poemas de Dylan Thomas. La pronunciación de Dylan y Allyn era similar. Robert Dylan. Robert Allyn. La letra D tenía más fuerza. Sin embargo, el nombre Robert Dylan no era tan atractivo como Robert Allyn. La gente siempre me había llamado Robert o Bobby, pero Bobby Dylan me parecía cursi (...) La primera vez que me preguntaron mi nombre en Saint Paul, instintiva y automáticamente solté: Bob Dylan”.

Porque, vale recordarlo, Bob Dylan no nació como Bob Dylan, sino como Robert Allen Zimmerman.


En octubre de 2016 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura, y no fueron pocas las voces (la discusión se dio de manera álgida en las redes sociales, los corredores de críticos y opinólogos y demás cenáculos musicales y literarios) que tildaron de al menos discutible ese galardón. El argumento de la academia sueca fue que “las letras de Dylan incorporan una variedad de temas sociales, políticos, filosóficos y literarios que desafiaron la música pop convencional existente y apelaron generalmente a la contracultura emergente en la época”, ya que “como artista ha sido altamente versátil y ha trabajado como pintor, actor y autor de guiones”.


Además de Crónicas, Dylan ha publicado Tarántula, una colección de textos en prosa poética, escritos allá por 1965 y 1966; y una antología de las letras de sus canciones, titulada The Lyrics: Since 1962, un volumen de más de mil páginas que llega a pesar unos seis kilos. Su discografía, por otra parte, es incontable, entre placas de estudio, en vivo o bootlegs.

Aquel premio, es cierto, se preguntaba sobre los límites de la literatura. ¿Toda forma de escritura es literaria? Así como todo preso es político, ¿todo verso es poético? ¿No es hoy la poesía un ritmo ya libre, sin necesidades estructurales? ¿Hasta qué punto atascan la métrica y la rima el camino hacia un concepto poético de la letra de una canción? ¿La construcción musical permite desarrollar una estética en la escritura? En fin: ¿puede darse una correlación armoniosa entre ambas?

Sergio Pujol opinó alguna vez que “en la jerga tanguera se habla del ‘monstruo’. Es la forma de una letra antes que esta tenga palabras. Un molde que se puede musicalizar. Por cierto, a partir del rock las formas canónicas o tradicionales se modifican. Creo que eso se lo debemos a Bob Dylan. En Dylan la letra rompe moldes y conduce a la música”.


La letrística dylanesca se han alimentado de diferentes fuentes, sea la poesía beatnik, la picaresca, los amores sangrantes o la religión cristiana; de índole narrativa, cargan con un profundo compromiso sociopolítico; desafiantes, nunca listas para complacer, gustosas de incomodar. Tomemos como ejemplo Hurricane, la historia de Rubin Carter, un boxeador estadounidense negro que en 1966 fue acusado y detenido por un triple asesinato que no había cometido, y pasó veinte años en la cárcel. Escribió Dylan en esa canción: “No puedo evitar avergonzarme de vivir en un país donde la justicia es un juego (...) Esta es la historia de Huracán, pero no habrá terminado hasta que limpien su nombre y le devuelvan el tiempo que ha cumplido. Lo pusieron en una celda pero pudo haber sido campeón del mundo”.


Bob supo además cerrar las etapas antes de que las etapas lo cerraran a él. En lo religioso, fue de lo judío a lo católico (Juan Pablo II llegó a incluir la letra de “Blowin' in the Wind” para uno de sus sermones); musicalmente, de lo acústico a lo eléctrico: se abrió pasó desde el folk, pero recorrió el pop, el rock, el blues, el country, el góspel y todos los subgéneros que surgieron de los esclavos negros en las grandes plantaciones del sur norteamericano del Siglo XIX.

Hábil constructor de un mito propio basado en su inaccesible vida íntima y su, dicen, reiterado malhumor; habilidoso reformulador de sus propias canciones (la sorpresa del público al oír que esa no era la canción que esperaba escuchar, o no al menos en la versión en que la estaba escuchando), supo ser desnudado en cientos de biografías –hoy el dylanismo biográfico casi alcanza cualidad de subgénero- y en el reciente y más que recomendable documental Rolling Thunder Revue.

De voz inconfundible, nasal, sus letras no merecen comparación. Aunque a la saga tal vez le vaya Leonard Cohen, otro gran juglar. Pero ya se sabe, la academia sueca no es gustosa de reincidir en ciertas estéticas a la hora de otorgar los premios.


*Hernán Carbonel escribe para el suplemento literario de La Gaceta de Tucumán y para la revista Acción Cooperativa. Da talleres de lectura y produce y conduce programas de radio. Publicó los libros Antiguos dueños de la tierra (en conjunto con Mario Méndez y Jorge Grubissich, editorial Amauta), El chico que no crecía y otros cuentos (Galerna Infantil) y la investigación periodística El caso Arroyo Dulce. Ha colaborado, también, en varios medios gráficos y digitales, y algunos cuentos suyos fueron publicados en antologías.

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